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¿Por qué los musulmanes son un eje de la campaña republicana de 2026?
Los musulmanes ganan peso político en EE. UU. mientras la campaña republicana convierte religión, seguridad y sharía en armas electorales de 2026.

Resumen
- Los republicanos llevan el islam al centro de la campaña electoral de 2026
- JD Vance convierte a Abdul El-Sayed en uno de sus principales blancos
- Michigan puede decidir un escaño clave para el control del Senado
Los musulmanes estadounidenses han entrado de lleno en la campaña electoral de 2026. No como un asunto menor ni limitado a un candidato concreto: dirigentes republicanos están colocando el islam, la sharía y el supuesto avance del extremismo religioso dentro de su discurso para las elecciones legislativas del 3 de noviembre. El fenómeno se ve con especial claridad en Michigan, pero también ha aparecido en Texas, Alabama y el Congreso. Los republicanos sostienen que plantean cuestiones legítimas de seguridad y convivencia; organizaciones civiles y expertos denuncian, en cambio, una creciente retórica anti-musulmana que mezcla religión, terrorismo y política.
El rostro de esta batalla es Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado por Michigan y estadounidense de nacimiento. Podría convertirse en el primer musulmán elegido senador en la historia del país. El vicepresidente JD Vance lo llamó «muy, muy malvado» durante un mitin republicano en Michigan y lo acusó de haber mostrado indulgencia hacia el terrorismo por unas declaraciones realizadas después del ataque de marzo contra una sinagoga de las afueras de Detroit. El-Sayed había condenado aquella agresión, aunque trató también de explicar el contexto personal del atacante; después reconoció que sus palabras podían haberse interpretado mal y se disculpó.
La pelea importa bastante más que el intercambio de golpes verbales. Michigan es una de las grandes batallas por el Senado y El-Sayed se enfrenta al republicano Mike Rogers. Los demócratas necesitan arrebatar cuatro escaños a los republicanos para recuperar la mayoría de la Cámara Alta, y solo un puñado de contiendas aparece realmente abierto. Michigan está entre ellas. Cuando cada voto pesa, hasta la religión de un candidato termina convertida en munición electoral. La política estadounidense conoce bien ese mecanismo.
Michigan se convierte en el laboratorio de la campaña
El-Sayed llegó a las elecciones generales después de imponerse en unas primarias demócratas que enfrentaron sensibilidades bastante distintas. Representa el ala progresista del Partido Demócrata, con posiciones especialmente críticas sobre Israel y propuestas ambiciosas en sanidad y política económica. Rogers, excongresista republicano, intenta presentarlo como demasiado radical para un estado que puede oscilar entre ambos partidos.
Pero tras la victoria de El-Sayed en las primarias ocurrió algo significativo. Parte de la conversación conservadora dejó de girar principalmente alrededor de sus posiciones económicas y empezó a hacerlo alrededor de su identidad musulmana. Un análisis de miles de publicaciones y declaraciones políticas detectó que, dos semanas después de las primarias, una proporción notable de las menciones procedentes de figuras conservadoras hacía referencia al islam, los musulmanes o la sharía.
La religión, en otras palabras, dejó de ser un dato biográfico y empezó a funcionar como argumento electoral. Hay una diferencia considerable entre criticar lo que propone un candidato y sugerir que su credo convierte sus ideas en sospechosas. Esa frontera, ya de por sí fina en cualquier campaña feroz, está soportando bastante tráfico.
Vance lleva el enfrentamiento al primer plano
Vance viajó a Michigan para apoyar a Rogers y dedicó una parte importante de su intervención a atacar a El-Sayed. El vicepresidente vinculó sus críticas al episodio de la sinagoga de West Bloomfield y a otras posiciones del demócrata, mientras la campaña republicana intenta dibujarlo como representante de una izquierda demasiado extrema. El-Sayed ocupó así buena parte del discurso político del mitin, señal de que su candidatura se ha convertido en una prioridad para los republicanos.
El propio candidato demócrata ha respondido tratando de devolver la conversación al coste de la vida y la sanidad. Su réplica a Vance fue que el verdadero daño político consiste en encarecer productos básicos, reducir la cobertura sanitaria o dividir a los ciudadanos para obtener ventaja electoral. No precisamente una reconciliación con violines de fondo: los dos campos han entendido que Michigan será una campaña áspera.
El episodio utilizado por Vance ocurrió el 12 de marzo en Temple Israel, una gran sinagoga de West Bloomfield, en el área metropolitana de Detroit. Ayman Ghazali estrelló un vehículo contra el edificio, abrió fuego contra personal de seguridad y provocó una explosión. Había niños en el centro preescolar de la sinagoga, aunque ninguna otra persona murió. El atacante falleció durante el incidente.
El FBI concluyó posteriormente que se había tratado de un acto terrorista inspirado por Hezbolá. Los investigadores determinaron que Ghazali había consumido propaganda favorable al grupo libanés, aunque no encontraron pruebas de que perteneciese formalmente a la organización ni de que hubiese actuado con cómplices.
El-Sayed condenó el ataque, pero añadió que el agresor había sufrido recientemente la muerte de familiares en Líbano y habló del ciclo por el que personas heridas terminan haciendo daño a otras. Esa reflexión, situada inmediatamente después de un atentado contra una sinagoga, fue aprovechada por sus adversarios como prueba de una supuesta comprensión hacia el terrorista. El candidato aceptó después que había formulado mal aquella respuesta. Ahí empezó una polémica que cinco meses más tarde sigue caminando con zapatos electorales.
De Texas a Alabama, el islam aparece en otros frentes
Michigan es el caso más visible, pero no está solo. En Texas, el gobernador republicano Greg Abbott ha centrado parte de sus críticas en un proyecto urbanístico promovido por musulmanes y ha pedido investigar posibles intentos de establecer tribunales basados en la sharía. Los promotores y organizaciones de derechos civiles rechazan esa interpretación, mientras el equipo de Abbott afirma que sus actuaciones persiguen posibles ilegalidades y no una religión determinada.
Abbott también solicitó una investigación federal sobre instalaciones destinadas a las abluciones religiosas en dos aeropuertos de Texas. Se trata de espacios donde los musulmanes pueden lavarse antes de rezar. El gobernador planteó dudas sobre un eventual trato preferente en instalaciones públicas; responsables locales y organizaciones musulmanas replicaron que esos espacios están disponibles para los viajeros y no constituyen áreas exclusivas para una confesión.
En Alabama, donde la población musulmana representa una fracción muy pequeña del total, el senador republicano Tommy Tuberville, candidato a gobernador, lleva meses utilizando un lenguaje especialmente duro sobre el islam radical. Ha hablado de una amenaza instalada dentro del propio país y se ha sumado a iniciativas políticas destinadas a combatir lo que sus promotores consideran la expansión de la sharía en Estados Unidos.
La sharía pasa de concepto religioso a eslogan electoral
Dos congresistas republicanos de Texas, Keith Self y Chip Roy, impulsaron además un grupo parlamentario denominado Sharia Free America Caucus, mientras el representante republicano Randy Fine presentó legislación destinada, según él, a frenar el avance de la ley islámica. La palabra «sharía» se está convirtiendo así en uno de esos términos que la política norteamericana comprime hasta que cabe perfectamente en una pancarta.
Conviene separar conceptos. La sharía engloba principios religiosos y normas de conducta del islam y su significado varía enormemente entre comunidades, escuelas jurídicas y países. Presentarla automáticamente como un sistema político paralelo que pretende sustituir la Constitución estadounidense supone un salto considerable. Los dirigentes republicanos implicados argumentan que quieren impedir cualquier aplicación incompatible con las leyes del país; sus críticos consideran que se está construyendo una amenaza colectiva a partir de una minoría religiosa.
Y ahí está precisamente el corazón de la disputa. Combatir el terrorismo islamista es una cuestión de seguridad pública. Tratar al islam estadounidense como una sospecha política general es otra cosa. Entre ambas existe una distancia enorme, aunque en temporada electoral pueda parecer que alguien ha decidido recorrerla en patinete.
Los musulmanes tienen más peso político que hace dos décadas
El momento tampoco es casual desde el punto de vista demográfico. Estados Unidos cuenta con aproximadamente 5,5 millones de musulmanes, alrededor del 1,6 % de su población. En 2007 eran unos 2,4 millones. También ha crecido su presencia institucional: el número de mezquitas pasó de unas 1.200 en 2000 a aproximadamente 2.800 dos décadas después.
La representación política ha avanzado igualmente. Nueva York eligió a Zohran Mamdani como su primer alcalde musulmán; Ghazala Hashmi se convirtió en Virginia en la primera mujer musulmana elegida para un cargo estatal, y El-Sayed aspira a romper otra barrera histórica desde Michigan. Organizaciones musulmanas contabilizan ya centenares de cargos electos de esta confesión en distintos niveles de la Administración.
Ese aumento de visibilidad produce dos movimientos simultáneos. Por una parte, normaliza algo bastante elemental en una democracia: ciudadanos de distintas religiones presentan su candidatura y ganan elecciones. Por otra, ofrece a quienes ven esa transformación cultural con inquietud un símbolo fácilmente reconocible. La mayor presencia política musulmana se convierte así en materia electoral, con todos los matices —y simplificaciones— que eso arrastra.
Economía, guerra e identidad compiten por dominar noviembre
El endurecimiento de la retórica llega en un momento incómodo para los republicanos. Donald Trump no aparece personalmente en las papeletas de noviembre, pero su presidencia pesa sobre toda la elección. Una encuesta Reuters/Ipsos realizada a finales de agosto situó su aprobación alrededor del 33 % y detectó un fuerte descontento con el coste de la vida, mientras los demócratas mostraban en ese sondeo mayor entusiasmo electoral que los republicanos.
A la economía se suma la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y sus efectos sobre la política exterior, la energía y el bolsillo. Los republicanos intentan conservar sus estrechas mayorías en ambas cámaras; los demócratas necesitan ganar apenas tres escaños netos para hacerse con la Cámara de Representantes y cuatro para controlar el Senado.
Algunos especialistas interpretan el énfasis republicano sobre el islam como una forma de movilizar a sus votantes mediante cuestiones culturales y de identidad cuando la economía ofrece un terreno bastante más incómodo. La dirección republicana responde que hablar de extremismo, seguridad y del papel de la religión en la vida pública no constituye intolerancia, sino parte legítima del debate político. Las dos interpretaciones convivirán hasta las urnas, probablemente a gritos.
Existe, además, una paradoja interesante. Una parte de los musulmanes estadounidenses mantiene posiciones socialmente conservadoras en cuestiones como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo, valores que en determinados casos podrían acercarlos al Partido Republicano. Convertir al conjunto de esa comunidad en objeto de sospecha puede servir para movilizar a un sector del electorado y, al mismo tiempo, alejar a votantes potencialmente disputables. La política identitaria tiene estas cosas: a veces la trinchera protege; otras, encierra.
Michigan medirá hasta dónde llega esta política identitaria
Las elecciones del 3 de noviembre de 2026 decidirán quién controla el Congreso, pero la carrera de Michigan ofrecerá una lectura adicional. El-Sayed no es únicamente un candidato musulmán: es también un progresista con posiciones económicas, sanitarias y de política exterior que los republicanos tienen abundante material para combatir. El debate consiste en determinar cuándo termina esa crítica política y cuándo empieza a utilizarse su religión como sustituto de ella.
Ese límite importa especialmente en un país que se acerca al 25.º aniversario de los atentados del 11-S todavía marcado por su larga relación entre islam, terrorismo, seguridad y miedo colectivo. Los musulmanes estadounidenses son más numerosos, visibles y políticamente activos que entonces. También forman una comunidad enormemente diversa, demasiado grande para caber honestamente dentro de una sola etiqueta electoral.
La campaña republicana está comprobando si asociar a determinados candidatos con el radicalismo islámico moviliza a sus votantes y ayuda a presentar a los demócratas como una fuerza extrema. El-Sayed apuesta por lo contrario: que los electores de Michigan separen su fe de sus propuestas y juzguen al candidato. Entre ambas posibilidades se jugará uno de los escaños más importantes del país. Y quizá algo menos visible, pero bastante profundo: qué lugar ocupa la religión de un ciudadano cuando entra en una urna estadounidense.

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