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Historia

¿Qué pasó el 26 de agosto? Efemérides que marcaron España y el mundo

El 26 de agosto dejó derechos, tragedias, ciencia y personajes que cambiaron España y el mundo, con episodios cuya huella todavía se siente.

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Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

El 26 de agosto dejó algunas de esas fechas que parecen dispersas hasta que se colocan una junto a otra. En 1789 terminó de aprobarse en Francia la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; en 1920 quedó certificada en Estados Unidos la enmienda constitucional que impedía negar el voto por razón de sexo; en 1945 regresó a España José Ortega y Gasset después de años de exilio y, ya en 1990, Puerto Hurraco quedó asociado para siempre a una de las matanzas más estremecedoras de la historia reciente española.

También hubo ciencia, religión y deporte. La Unión Soviética anunció en 1957 el éxito de un misil balístico intercontinental, los Juegos Olímpicos de Múnich comenzaron en 1972 y Albino Luciani fue elegido papa en 1978 con el nombre de Juan Pablo I. Mucho mundo para una sola casilla del calendario. Este 26 de agosto de 2026, mirar atrás permite seguir una línea bastante reconocible: la lenta ampliación de los derechos individuales, la carrera tecnológica entre potencias y esa incómoda facilidad humana para alternar progreso y tragedia.

1789: los derechos dejan de depender, al menos sobre el papel, del privilegio

El acontecimiento de mayor profundidad histórica ocurrió el 26 de agosto de 1789, cuando la Asamblea Nacional Constituyente francesa culminó la aprobación, artículo por artículo, de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La Revolución Francesa llevaba apenas unas semanas desatada y el Antiguo Régimen empezaba a crujir con un ruido que terminaría escuchándose mucho más allá de París.

El documento tenía 17 artículos y formulaba principios que hoy parecen casi parte del mobiliario de una democracia: libertad, igualdad ante la ley, seguridad, propiedad y resistencia a la opresión, junto con la soberanía nacional y la separación de poderes. Precisamente porque ahora resultan familiares conviene recordar lo extraordinarios que eran entonces. En una Europa organizada alrededor de monarquías, estamentos y privilegios heredados, afirmar que los ciudadanos nacían libres e iguales en derechos tenía bastante de dinamita política.

No nació allí la libertad moderna de una sola pieza, por supuesto. La historia nunca trabaja con tanta limpieza. La declaración convivió con exclusiones enormes y las mujeres quedaron fuera de la ciudadanía política efectiva. Dos años después, Olympe de Gouges respondería con su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, reclamando precisamente la igualdad jurídica que la revolución proclamaba con entusiasmo universal y aplicaba con una universalidad bastante más modesta.

Aun con sus contradicciones, el texto de 1789 sobrevivió a los propios revolucionarios. Inspiró constituciones posteriores y forma todavía parte del bloque constitucional francés. Su huella alcanza la cultura contemporánea de los derechos humanos, desde el constitucionalismo liberal hasta los grandes textos internacionales del siglo XX. Doscientos treinta y siete años después, algunas palabras de aquel agosto siguen sosteniendo edificios jurídicos enteros.

1920: el voto femenino entra en la Constitución de Estados Unidos

Otro 26 de agosto, esta vez de 1920, el secretario de Estado estadounidense Bainbridge Colby certificó la ratificación de la 19.ª Enmienda. Su formulación era breve y su efecto, enorme: el derecho de voto de los ciudadanos no podía ser negado por Estados Unidos ni por los estados federados por razón de sexo.

La victoria había tardado décadas. La enmienda pasó por el Congreso en 1919 y Tennessee se convirtió el 18 de agosto de 1920 en el estado decisivo para alcanzar el número necesario de ratificaciones. Ocho días después llegó la certificación formal. El sufragismo había recorrido un camino de campañas, manifestaciones, presión política, detenciones y desobediencia civil antes de alcanzar aquel despacho administrativo que, leído desde el presente, parece casi rutinario.

Tampoco conviene embellecer retrospectivamente el episodio. La 19.ª Enmienda amplió de manera decisiva la democracia estadounidense, pero no eliminó las leyes y prácticas discriminatorias que siguieron impidiendo votar a muchas mujeres negras y pertenecientes a otras minorías. La igualdad jurídica abrió la puerta; la igualdad real tardaría bastante más en atravesarla.

De aquella fecha procede que Estados Unidos conmemore el 26 de agosto como Día de la Igualdad de la Mujer. Una efeméride que enlaza, curiosamente, con la de 1789: derechos proclamados primero, derechos disputados después. El papel suele llegar antes que la realidad.

El 26 de agosto español: Ortega vuelve y Puerto Hurraco queda marcado

España tiene en esta fecha recuerdos de signo radicalmente distinto. El 26 de agosto de 1945, las cronologías sitúan el regreso de José Ortega y Gasset tras nueve años fuera del país. Había abandonado España en 1936, durante la Guerra Civil, y pasó por Francia, Argentina y Portugal antes de volver a un país gobernado ya por la dictadura franquista.

El retorno de Ortega no significó una sencilla reincorporación a la vida intelectual anterior a la guerra. Nada era sencillo en aquella España. El autor de La rebelión de las masas no recuperó la normalidad universitaria de preguerra, mantuvo una relación difícil con el régimen y siguió teniendo residencia administrativa en Lisboa durante parte de aquellos años. En 1948 impulsó junto a Julián Marías el Instituto de Humanidades, una vía privada para recuperar espacios de pensamiento en una sociedad intelectualmente cercada.

La fecha importa por lo que simboliza: el regreso de una de las grandes figuras de la filosofía española del siglo XX a un país completamente distinto del que había dejado. Ortega volvió físicamente, aunque el paisaje político, académico y cultural del que procedía ya no existía.

Cuarenta y cinco años más tarde, el 26 de agosto adquiriría un significado mucho más brutal. La noche del 26 de agosto de 1990, los hermanos Antonio y Emilio Izquierdo salieron armados con escopetas en Puerto Hurraco, Badajoz, y dispararon contra vecinos del pueblo. Nueve personas murieron y varias resultaron heridas. Entre los fallecidos había dos niñas, Encarnación y Antonia Cabanillas, de 12 y 14 años.

Tras la matanza había décadas de enfrentamiento entre las familias Izquierdo y Cabanillas, alimentadas por disputas de tierras, agresiones, muertes y deseos de venganza. Pero reducir aquello a una simple riña familiar sería quedarse demasiado cómodo. Puerto Hurraco se convirtió en un espejo desagradable de la violencia enquistada, del aislamiento social y de una cultura de la revancha que transformó antiguos agravios en una carnicería.

Treinta y seis años después, el nombre del pequeño pueblo extremeño continúa inevitablemente unido a la tragedia de 1990, aunque sus vecinos hayan intentado durante décadas desprenderse de esa identidad prestada por el crimen. La historia tiene esa crueldad: a veces basta una noche para devorar siglos de vida normal.

1957: Moscú anuncia un misil capaz de cambiar el mapa del miedo

El 26 de agosto de 1957, la agencia soviética TASS anunció que la Unión Soviética había probado con éxito un misil balístico intercontinental de varias etapas. El ensayo pertenecía al desarrollo del R-7, la tecnología que muy poco después demostraría que la competición entre Washington y Moscú ya no se libraba únicamente con ejércitos desplegados sobre un mapa.

La importancia del anuncio era difícil de exagerar. Un ICBM, por sus siglas en inglés, podía transportar una carga a miles de kilómetros. En plena Guerra Fría, aquello reducía las distancias estratégicas: los océanos dejaban de ser una muralla suficientemente tranquilizadora. Estados Unidos y la Unión Soviética podían empezar a imaginar —y temer— ataques directos sobre sus territorios.

Había otra consecuencia a punto de aparecer. El 4 de octubre de 1957, apenas unas semanas después, la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik 1, primer satélite artificial de la historia. El mismo ecosistema tecnológico que producía misiles servía para conquistar el espacio. Una ironía bastante propia del siglo XX: la herramienta preparada para llevar destrucción a otro continente también abrió la puerta a colocar máquinas alrededor de la Tierra.

La carrera espacial, vista desde el presente mediante imágenes de astronautas flotando serenamente sobre el planeta, nació pegada a la carrera armamentística nuclear. No fue únicamente una competición científica de batas blancas y pizarras. Había generales mirando los mismos cohetes.

De Múnich a Juan Pablo I: dos agostos que cambiaron de tono muy pronto

El 26 de agosto de 1972 se inauguraron los Juegos Olímpicos de Múnich. Participaron más de 7.100 deportistas de 121 comités olímpicos nacionales, en unos Juegos con los que la República Federal de Alemania pretendía ofrecer al mundo una imagen abierta, moderna y democrática, muy alejada del recuerdo de Berlín 1936.

Aquella voluntad quedó rota diez días después. El 5 de septiembre, miembros del grupo palestino Septiembre Negro asaltaron la residencia de la delegación israelí. El ataque y el desastroso intento de rescate terminaron con 11 miembros del equipo israelí asesinados, además de un policía alemán y cinco atacantes muertos.

Por eso el 26 de agosto de 1972 conserva una especie de inocencia retrospectiva. Fue el día en que comenzaron unos Juegos diseñados como celebración de una Alemania distinta, antes de que el terrorismo los transformara en uno de los acontecimientos deportivos más traumáticos de la historia contemporánea. Desde entonces, la seguridad en los grandes eventos deportivos nunca volvería a entenderse igual.

Seis años después, otro 26 de agosto produjo una historia extraordinariamente breve. En 1978, el cónclave eligió papa al patriarca de Venecia Albino Luciani, que tomó el nombre de Juan Pablo I en homenaje a Juan XXIII y Pablo VI. Era la primera vez que un pontífice adoptaba un nombre compuesto.

Luciani proyectó rápidamente una imagen sencilla, menos ceremonial y cercana. Pero su pontificado terminó el 28 de septiembre de 1978, apenas 33 días después de la elección. Su muerte repentina convirtió uno de los pontificados más cortos de la historia moderna en fuente inagotable de especulaciones, aunque el hecho esencial es bastante menos novelesco y más poderoso: el Vaticano tuvo que convocar un segundo cónclave en apenas dos meses.

De aquel segundo cónclave saldría Karol Wojtyła, Juan Pablo II, cuya elección modificaría durante más de un cuarto de siglo no solo la Iglesia católica, sino también su relación con la política internacional y, especialmente, con la Europa comunista.

Una mujer nacida el 26 de agosto que acabaría siendo símbolo mundial

El 26 de agosto también aparece en las biografías. En 1910 nació en Skopie Agnes Gonxha Bojaxhiu, entonces territorio del Imperio otomano. El mundo la conocería décadas después como Madre Teresa de Calcuta.

A los 18 años ingresó en las Hermanas de Loreto y viajó posteriormente a la India. En Calcuta desarrolló la labor que acabaría convirtiéndola en una de las religiosas más conocidas del siglo XX y fundó las Misioneras de la Caridad. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979 por su trabajo con enfermos, pobres y personas abandonadas, y fue canonizada por el papa Francisco en 2016.

Su figura tampoco está libre de controversia. Junto al reconocimiento internacional por su atención a los más vulnerables, durante décadas se han discutido las condiciones sanitarias de algunos centros, su concepción del sufrimiento y sus posiciones muy conservadoras sobre cuestiones como el aborto.

La contradicción resulta útil para comprender las efemérides sin convertirlas en estampitas. Recordar a una persona histórica no obliga a barnizarla. Una biografía puede ser admirable, discutible y decisiva al mismo tiempo; de hecho, las más interesantes suelen serlo.

Una efeméride que durante años cayó en el día equivocado

El 26 de agosto guarda también una pequeña trampa histórica. Numerosos calendarios de efemérides han situado tradicionalmente ese día de 1896 el llamado Grito de Balintawak o inicio de la insurrección filipina encabezada por Andrés Bonifacio contra la dominación española.

La historiografía oficial filipina fijó después el Grito de Pugad Lawin el 23 de agosto de 1896. La interpretación actualmente aceptada sitúa esa mañana la reunión de Bonifacio y alrededor de un millar de miembros del Katipunan, que decidieron levantarse contra el Gobierno colonial español y rompieron sus cédulas como símbolo de desafío.

No es una minucia. Las fechas históricas también cambian cuando aparecen documentos, testimonios o nuevos consensos académicos. Repetir cada agosto una cronología heredada sin comprobarla puede terminar convirtiendo un dato discutido en una supuesta certeza. Y la historia, por fortuna, es algo más incómoda que un calendario de sobremesa.

El 26 de agosto y esa extraña conversación entre pasado y presente

Vistos desde 2026, los acontecimientos del 26 de agosto forman un mosaico sorprendentemente coherente. Los derechos de 1789, el sufragio femenino certificado en 1920, la vuelta de Ortega a la España franquista, la amenaza intercontinental de la Guerra Fría, unos Juegos Olímpicos condenados a perder su inocencia, un papa de apenas 33 días y la herida de Puerto Hurraco hablan, cada uno a su manera, de poder y de libertad.

También recuerdan algo menos solemne: ninguna conquista histórica llega terminada. La Declaración francesa proclamó igualdad mientras dejaba fuera a las mujeres; la 19.ª Enmienda estadounidense conquistó el sufragio sin borrar de golpe la discriminación racial; la tecnología capaz de lanzar satélites nació hermanada con misiles nucleares. El progreso rara vez avanza por una avenida recta. Suele hacerlo por calles torcidas, con obras, retrocesos y algún socavón considerable.

Por eso las efemérides del 26 de agosto tienen valor más allá de saber qué ocurrió tal día como hoy. Una fecha aislada es apenas un número. Puesta en contexto, revela cómo llegaron hasta nosotros ideas que ahora consideramos normales —votar, exigir derechos, limitar el poder— y cuánto costó convertirlas en normalidad.

El calendario vuelve cada año al mismo punto. La historia no. Y esa diferencia, probablemente, es lo más importante que ocurrió todos estos 26 de agosto.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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