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¿Qué pasa en Bruselas ante la escalada de tiroteos y violencia narco?
Seis tiroteos en cuatro días disparan la alarma en Bruselas y Bélgica refuerza su respuesta policial frente a la violencia del narcotráfico.

Bélgica ha elevado de forma abrupta el tono ante la escalada de tiroteos vinculados al narcotráfico en Bruselas. Bernard Quintin, ministro federal del Interior y Seguridad, afirmó este miércoles 26 de agosto que el país se encuentra ante una «situación de emergencia nacional» después de una sucesión de ataques con armas de fuego que ha dejado seis episodios en apenas cuatro días en Anderlecht, Saint-Gilles y Molenbeek. La respuesta ya no se limita a patrullas añadidas: las seis zonas policiales de la capital trabajarán bajo un mando operativo común y el Gobierno federal enviará alrededor de medio centenar de agentes adicionales, reforzará las unidades especiales y aumentará los recursos de investigación contra las redes criminales.
Hay, sin embargo, una precisión importante. Bélgica no ha proclamado un estado de excepción ni consta la activación de una fase federal extraordinaria de gestión de crisis comparable a las previstas para grandes catástrofes o atentados. «Emergencia nacional» es la expresión política utilizada por Quintin para describir la gravedad y dimensión del problema. Y el problema es serio: se ha disparado contra una comisaría, una bala ha acabado en una vivienda mientras su ocupante dormía y clientes de una pizzería han tenido que echarse al suelo ante una ráfaga de arma automática. Esto ya no es el delito escondido en un callejón. Ha entrado, literalmente, por la ventana.
Seis tiroteos en cuatro días cambian el tono en Bélgica
La secuencia comenzó el viernes por la noche en Anderlecht. Hacia las 23:40 se efectuaron varios disparos con un arma de gran potencia contra una comisaría situada en la rue Démosthène. Dos sospechosos huyeron en patinetes eléctricos y nadie resultó herido. El hecho de que el objetivo fuese una dependencia policial dio al episodio una dimensión distinta; las autoridades investigan las circunstancias y manejan la hipótesis de que parte de esta violencia pueda responder a la presión que las fuerzas de seguridad están ejerciendo sobre determinados mercados de droga.
El sábado, alrededor de las 21:15, otro tiroteo dejó a un hombre herido en una pierna en Saint-Gilles, cerca del cruce de rue Gustave Defnet y rue du Monténégro. El domingo por la mañana hubo nuevos disparos en la zona de Chaussée de Forest. Una bala atravesó la ventana de una vivienda de rue Fontainas; dentro había una mujer todavía en la cama. Salió ilesa. La escena explica bastante mejor la alarma vecinal que cualquier estadística: una bala perdida no distingue entre quien participa en un ajuste de cuentas y quien simplemente está durmiendo un domingo por la mañana.
La noche siguiente volvió a sonar el plomo. En Molenbeek, una persona recibió un disparo en la parte baja de una pierna. Horas después, hacia las 2:40, hubo otro incidente en Saint-Gilles y una nueva víctima tuvo que ser trasladada al hospital. La policía detuvo a dos sospechosos y posteriormente localizó dos armas de grado militar, dos pistolas y dos patinetes eléctricos, además de un cargador. Los investigadores tratan de determinar si esas personas y esas armas están relacionadas con alguno de los ataques anteriores.
El lunes por la noche llegó una escena particularmente inquietante. Un tirador abrió fuego con un arma automática junto a la denominada Place des Deux Bancs, otra vez en Saint-Gilles. No hubo heridos, pero los clientes de una pizzería cercana tuvieron que tirarse al suelo mientras sonaban los disparos. El atacante escapó. Tres personas resultaron heridas en el conjunto de los seis episodios contabilizados durante esos cuatro días.
Un contador de tiroteos que exige cautela
Durante las últimas horas se ha repetido mucho una cifra: 65 tiroteos en Bruselas desde comienzos de 2026. Es uno de los recuentos utilizados para reconstruir la oleada de violencia armada, aunque conviene manejar con cuidado las comparaciones anuales porque las distintas estadísticas no siempre emplean exactamente los mismos criterios para clasificar cada incidente.
De hecho, algunos balances sitúan esos 65 episodios cerca del total contabilizado durante todo 2025, mientras otros registros policiales ofrecen para el año pasado una cifra superior. La referencia oficial disponible para medir la evolución de 2026 contabilizaba 57 tiroteos entre enero y el 31 de julio, con dos muertos y 21 heridos. Después llegaron nuevos incidentes durante agosto. No hace falta inflar ninguna estadística para entender el fenómeno: la frecuencia es suficientemente elevada por sí sola.
Qué significa realmente la «emergencia nacional»
Las palabras de Bernard Quintin han viajado más rápido que sus matices. El ministro sostiene que la violencia relacionada con las drogas y el crimen organizado ha dejado de ser un problema municipal y debe considerarse una cuestión nacional. Los alcaldes de Saint-Gilles, Anderlecht y Forest venían reclamando exactamente eso: más policía federal, más investigadores y una coordinación que supere las fronteras administrativas de cada municipio.
No es una discusión puramente semántica. Bruselas tiene 19 municipios y seis zonas policiales. Una arquitectura muy belga: sofisticada sobre el papel, abundante en competencias y bastante menos elegante cuando un delincuente cruza dos calles y pasa de una jurisdicción operativa a otra. La reforma para fusionar esas seis zonas ya está en marcha, pero mientras se completa, las autoridades han decidido adelantar sobre el terreno parte de esa lógica.
Quintin ha insistido en que la delincuencia organizada debe convertirse en una prioridad absoluta para todos los niveles de poder. El mensaje contiene también una batalla política soterrada. Los alcaldes afectados sostienen que el Gobierno federal no ha aportado recursos suficientes; Interior replica que ya había enviado 77 efectivos de refuerzo, más de 40 de ellos de manera estructural, y recuerda que alrededor de 1.200 investigadores trabajan sobre el terreno. Mientras unos cuentan policías y otros años de mala gestión, los vecinos cuentan detonaciones.
Bruselas pone a sus seis policías bajo un mando común
La decisión más inmediata consiste en establecer un mando operativo único, denominado «Gold», para las seis zonas policiales de Bruselas. El objetivo es concentrar recursos en los puntos más problemáticos, sobre todo durante la tarde, la noche y la madrugada, y mejorar el intercambio de información entre cuerpos que hasta ahora funcionaban con estructuras separadas.
Unos 170 integrantes de unidades especializadas quedarán integrados en este dispositivo. También se pretende agrupar los centros de despacho de las seis zonas y reforzar ARGOS, el sistema que utiliza, entre otras herramientas, videovigilancia y reconocimiento automático de matrículas, para que opere de forma permanente. A la presencia visible en las calles se añade la parte menos fotogénica pero más decisiva: investigar quién financia, organiza y abastece las redes, no limitarse a detener al último tirador de la cadena.
El Gobierno federal añadirá aproximadamente 50 policías mediante un pelotón suplementario, reforzará las unidades especiales, mantendrá las operaciones integradas contra el narcotráfico y promete incrementar estructuralmente la Policía Judicial Federal de Bruselas. Otra cuestión es la eventual presencia de militares en determinados puntos sensibles, una posibilidad que forma parte del debate político y de seguridad abierto en el país.
Del patrullero a las finanzas de los narcos
El ministro ha planteado asimismo limitar las comunicaciones entre traficantes encarcelados y sus organizaciones en el exterior, aumentar las plazas disponibles para extranjeros en situación irregular que deban ser expulsados tras cometer delitos y controlar mejor herramientas empleadas para huir, incluidos los patinetes. Bruselas ya ha decidido retirar los patinetes eléctricos compartidos a partir del 1 de enero de 2027, una medida en la que también ha pesado su utilización en determinados hechos criminales.
Pero el diagnóstico oficial va más allá del despliegue de uniformes. Los tiroteos son el síntoma, no toda la enfermedad. La estrategia pasa por dificultar la llegada de droga, cortar los beneficios, perseguir el blanqueo y desarticular organizaciones; a la vez, exige políticas capaces de impedir que los grupos criminales encuentren una cantera permanente de jóvenes dispuestos a ocupar el puesto del detenido anterior. Detener a uno sirve. Que haya diez esperando detrás, bastante menos.
La cocaína explica parte del mapa de esta violencia
Bruselas no puede entenderse aislada del lugar que ocupa Bélgica en las rutas europeas de la cocaína. El puerto de Amberes-Bruges es uno de los grandes puntos de entrada de droga procedente de América Latina. En 2025, las aduanas belgas incautaron cerca de 55 toneladas de cocaína en Amberes, alrededor de un 24% más que el año anterior. Bélgica continúa siendo uno de los principales destinos europeos de los cargamentos introducidos por vía marítima.
Una incautación de toneladas puede parecer muy lejos de una esquina de Saint-Gilles, pero ambos mundos forman parte del mismo negocio criminal. Los grandes cargamentos alimentan mercados mayoristas; debajo aparecen intermediarios, puntos de venta, repartidores y grupos que compiten por calles concretas. Cuando un punto de distribución cambia de manos, una deuda no se paga o una operación policial altera el equilibrio, aparecen intimidaciones y ajustes de cuentas. Las armas automáticas convierten esa competencia en un peligro que rebasa ampliamente a quienes participan en ella.
Eso explica también por qué sería engañoso describir lo ocurrido simplemente como una ola de inseguridad general. Bruselas no está sumida en una guerra urbana ni todos sus barrios viven bajo fuego, pero determinadas áreas padecen una concentración persistente de violencia relacionada con los mercados de droga. Confundir ambas realidades alimentaría el miedo; quitar importancia a la segunda sería igualmente absurdo. Las balas encontradas en fachadas, ventanas y una comisaría tienen la desagradable costumbre de no respetar debates terminológicos.
Una capital europea ante el espejo del narcotráfico
La novedad del 26 de agosto no es solamente que Bélgica haya anunciado más agentes. Es que las distintas autoridades están empezando a tratar la violencia armada de Bruselas como un fenómeno nacional, capaz de desbordar las fronteras municipales y que exige unir policía local, investigadores federales, Fiscalía, servicios financieros, prevención y Gobierno regional.
La prueba llegará cuando desaparezca el ruido político. Un mando único puede hacer más rápida la respuesta; cincuenta policías adicionales pueden aliviar los turnos nocturnos; las unidades especiales pueden incrementar la presión. Pero una organización criminal sustituye con sorprendente facilidad al hombre que vigila una esquina. Mucho más difícil es quitarle el dinero, las armas, la mercancía, los contactos logísticos y la capacidad de reclutar al siguiente.
Bruselas alberga las principales instituciones de una Unión Europea que lleva años señalando al crimen organizado transfronterizo como una amenaza creciente. Ahora tiene el problema a pocos kilómetros —a veces a pocas calles— de sus despachos. Seis tiroteos en cuatro días han obligado a Bélgica a admitir que la respuesta fragmentada ya no basta. No significa que la capital haya perdido el control. Significa algo bastante menos cinematográfico y bastante más incómodo: recuperar plenamente ese control en los puntos donde el narcotráfico ha echado raíces exigirá bastante más que colocar otro coche patrulla bajo una farola.

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