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Historia

¿Qué esconden las criptas de Cuelgamuros donde yacen 33.800 víctimas?

Las criptas de Cuelgamuros muestran miles de cajas, restos humanos y el trabajo forense que busca devolver nombres a 33.847 víctimas ocultas.

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Qué esconden las criptas de Cuelgamuros

Las criptas de Cuelgamuros guardan los restos de 33.847 víctimas de la Guerra Civil, más de 12.000 todavía sin identificar. Están distribuidas detrás de las capillas y en espacios que durante décadas permanecieron prácticamente inaccesibles, con miles de cajas apiladas dentro de una arquitectura monumental concebida por la dictadura franquista. Por primera vez, las cámaras de RTVE han podido entrar y grabar de forma extensa el trabajo del equipo forense que trata de localizar, identificar y entregar restos reclamados por sus familias.

Lo que aparece tras los muros tiene poco que ver con la imagen solemne de la basílica. Hay humedad, pasillos estrechos, azulejos antiguos, cajas deterioradas, huesos mezclados y estructuras levantadas en varios niveles. En una sola capilla reposan más de 18.000 personas. En otra, todavía pendiente de una intervención completa, hay más de 10.000. Los forenses trabajan desde 2023 en un escenario donde la arqueología, el análisis antropológico y el ADN se enfrentan a un adversario bastante menos abstracto que la política: el paso de casi siete décadas.

RTVE ha documentado ese trabajo para Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible, una producción que mostrará por dentro uno de los espacios más discutidos de la historia contemporánea española. El documental se estrenará el 22 de septiembre en el Festival de San Sebastián y posteriormente llegará a TVE y RTVE Play.

Qué hay realmente detrás de las capillas de Cuelgamuros

La basílica ofrece al visitante mármol, mosaicos, esculturas, una enorme bóveda excavada en granito y una liturgia monumental diseñada para imponerse al individuo. Las víctimas, sin embargo, apenas se ven. Literalmente.

Detrás de las paredes de las capillas se encuentran los grandes depósitos de restos humanos. En el pasillo central hay seis capillas, tres a cada lado, y únicamente en esa zona reposan más de 7.000 personas. No hay tumbas alineadas en el suelo ni un cementerio reconocible a simple vista. Muchos restos están almacenados al otro lado de los muros.

La mayor concentración se encuentra tras la capilla del Santo Sepulcro, situada a un lado del crucero. Allí hay más de 18.000 víctimas y se ha instalado el laboratorio desde el que trabaja el equipo forense. Frente a ella está la capilla del Santísimo, con más de 10.000 restos y cuya intervención pertenece a una fase posterior del proyecto.

El contraste resulta difícil de ignorar. Sobre el visitante se despliega la cúpula dorada de inspiración bizantina, de unos 41 metros de altura y 40 de diámetro; detrás de la piedra, miles de muertos. Todavía permanecen en el mosaico elementos vinculados a la simbología falangista y carlista. La monumentalidad ocupa el primer plano. Los nombres, cuando existen, quedan detrás.

Y ese matiz importa. Cuelgamuros fue concebido originalmente por Franco como un monumento vinculado a su victoria en la Guerra Civil. Con el tiempo fueron trasladados allí restos procedentes de fosas y cementerios de toda España, incluidos miles de republicanos, en algunos casos sin conocimiento o consentimiento de sus familiares.

Un laboratorio forense bajo cien metros de granito

El trabajo actual se desarrolla en unas condiciones insólitas para cualquier equipo científico. Los investigadores operan aproximadamente 100 metros por debajo de la gran cruz, dentro de una montaña donde la humedad no es una pequeña molestia arquitectónica, sino uno de los grandes problemas de conservación.

El agua se filtra por la roca. Hay manchas de humedad, canalizaciones y recipientes destinados a recoger las gotas que consiguen atravesar la estructura. Algunas cajas han sufrido directamente esa degradación. Madera, cartón y restos óseos, acompañados por décadas de humedad: mala combinación.

Antes de alcanzar las criptas hay que atravesar zonas controladas y una esclusa. El laboratorio dispone de sistemas específicos de ventilación porque existe riesgo biológico, catalogado en un nivel 2 dentro de una escala de cuatro. El aire debe renovarse mediante conductos que llegan hasta el exterior de la montaña.

Ese sistema tiene incluso que convivir con el funcionamiento cotidiano de la basílica. Durante determinadas celebraciones religiosas la ventilación se detiene para evitar que su ruido interfiera con la misa. Ahí conviven dos Cuelgamuros separados por pocos centímetros de piedra: arriba, órgano y canto gregoriano; detrás del muro, mascarillas, focos, mesas de análisis y pequeñas sierras para obtener muestras óseas.

En esas mesas aparecen cráneos, fémures, pelvis o dientes y hasta diminutos huesos del oído. Los antropólogos intentan establecer cuántas personas había en una caja, su sexo, características físicas y posibles lesiones. Cuando existe una posibilidad razonable de identificación se extraen muestras para realizar análisis genéticos.

Reconstruir un esqueleto completo puede ser imposible. Identificar a una persona, a veces, no.

Las 4.200 cajas de una de las zonas más complejas

La disposición de los enterramientos explica buena parte de la dificultad. La capilla del Santo Sepulcro tiene cinco niveles de criptas. En determinadas zonas las cajas forman auténticas columnas, unas encima de otras, hasta alcanzar quince alturas.

No es una figura retórica demasiado elegante, pero describe bien la escena: un gigantesco Tetris funerario donde mover una pieza exige asegurarse antes de que las demás no se desplomen.

En uno de esos espacios hay alrededor de 4.200 cajas. Los especialistas deben localizar 43 concretas relacionadas con personas reclamadas por sus familias. Aquí aparece, paradójicamente, una pequeña ventaja: muchas de las cajas superiores son individuales y conservan placas con nombres y apellidos, especialmente de combatientes procedentes del frente del Ebro.

En las zonas inferiores el panorama resulta bastante peor. Algunos restos están deteriorados, mezclados o desplazados. La humedad ha hecho su trabajo durante décadas y la organización original de los enterramientos no siempre permite seguir un rastro limpio.

El equipo busca indicios antes de trasladar cualquier resto al laboratorio. Después llega el análisis antropológico y, cuando procede, la comparación genética con familiares vivos. Nada tiene la rapidez tranquilizadora de las series forenses. Una identificación puede depender de un diente, un fragmento de hueso o una inscripción casi borrada.

Hasta el momento se han conseguido identificar 24 personas cuyos restos han sido entregados a sus familiares. El número puede parecer pequeño frente a las decenas de miles de inhumados, pero esa comparación engaña: los trabajos no pretenden identificar automáticamente a las 33.847 víctimas, sino atender las reclamaciones familiares dentro de unas condiciones técnicas extraordinariamente difíciles.

Más de 200 familias buscan recuperar a sus familiares

El proceso de exhumación responde a peticiones de familias que quieren recuperar los restos de sus antepasados. En torno a 214 familias han presentado solicitudes, mientras los trabajos actuales se concentran en localizar e identificar aproximadamente dos centenares de personas.

Aquí está probablemente el centro humano de todo el asunto, por encima del ruido ideológico que Cuelgamuros produce casi de manera automática. Durante décadas hubo familias que sabían que un padre, un abuelo o un hermano había terminado allí, pero no podían acceder al lugar exacto donde descansaba ni recuperar sus restos.

La Ley de Memoria Democrática de 2022 reconoce expresamente la atención de esas solicitudes de exhumación y entrega. La misma norma cambió oficialmente el nombre de Valle de los Caídos por Valle de Cuelgamuros, convirtió las criptas y enterramientos en cementerio civil y estableció que el recinto debía transformarse en un lugar de memoria dedicado al conocimiento histórico y al reconocimiento de las víctimas.

No todas las personas enterradas pertenecían al mismo bando. Entre las 33.847 víctimas hay combatientes franquistas y republicanos, con una presencia numérica mayor de los primeros. Más de 12.000 personas permanecen sin identificar, un dato que por sí solo explica la dimensión del problema.

Y conviene precisar otro punto porque en este asunto las simplificaciones suelen llegar con puntualidad británica: estar enterrado en Cuelgamuros no significa necesariamente haber sido víctima de la represión franquista. Entre los inhumados hay muertos de ambos bandos durante la guerra. La controversia histórica procede, entre otras razones, del traslado al monumento de restos republicanos y de víctimas llevadas allí sin autorización familiar.

De mausoleo de Franco a lugar de memoria democrática

Cuelgamuros empezó a construirse en 1940, un año después del final de la Guerra Civil, y fue inaugurado por Franco el 1 de abril de 1959, fecha especialmente simbólica para el régimen por coincidir con el vigésimo aniversario de su victoria militar.

La obra tardó alrededor de 19 años y contó en buena medida con presos políticos republicanos sometidos al sistema de redención de penas por el trabajo, junto con trabajadores libres. Carreteras, monasterio, basílica y dependencias fueron levantados en un paisaje de granito que terminó convertido en uno de los grandes artefactos arquitectónicos y políticos del franquismo.

Durante décadas el monumento quedó inevitablemente asociado también a las tumbas situadas junto al altar. Francisco Franco permaneció enterrado allí desde 1975 hasta que sus restos fueron exhumados el 24 de octubre de 2019 y trasladados al cementerio de Mingorrubio-El Pardo.

José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange, continuó ocupando una sepultura preeminente hasta abril de 2023. Sus restos fueron entonces exhumados por decisión de su familia y llevados al cementerio madrileño de San Isidro, en aplicación del nuevo marco establecido por la Ley de Memoria Democrática.

El recinto había empezado a cambiar mucho antes de que se movieran esas dos lápidas, pero aquellos traslados modificaron su centro simbólico. La pregunta dejó de ser únicamente quién ocupaba el lugar de honor ante el altar y empezó a desplazarse hacia quienes llevaban décadas al otro lado de las paredes.

Lo que muestran por primera vez las cámaras de RTVE

El acceso concedido a RTVE tiene una importancia poco habitual. Las criptas llevan cerradas al público desde hace décadas y el acceso está prácticamente restringido al equipo técnico y forense, además de determinadas visitas institucionales y de familiares.

Las grabaciones permiten observar las criptas, el laboratorio, las cajas y el procedimiento de identificación sin recurrir a reconstrucciones. También permiten entender algo que desde fuera resulta difícil imaginar: el problema no consiste sencillamente en abrir un nicho donde figura un nombre.

Hay restos mezclados. Cajas degradadas. Estructuras inestables. Humedad constante. Miles de cuerpos concentrados detrás de un mismo espacio y documentación histórica que debe cruzarse con evidencias físicas y muestras genéticas. Por eso el proceso ha sido considerado uno de los trabajos de exhumación más complejos emprendidos en España.

El documental Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible convertirá ese trabajo en un registro audiovisual de una intervención que, más allá de su emisión televisiva, tiene también valor documental. Por primera vez podrá verse con detalle qué ocurre detrás de unos muros sobre los que España lleva décadas discutiendo sin haber podido mirar realmente dentro.

Detrás de la piedra estaban los nombres

Cuelgamuros siempre fue visible. La cruz se distingue desde kilómetros, la basílica pretende abrumar y la montaña fue transformada para que el conjunto resultara imposible de ignorar. Lo paradójico es que lo menos visible eran precisamente los muertos.

La entrada a las criptas cambia la escala del lugar. Las cifras —33.847 víctimas, más de 12.000 sin identificar, 214 familias reclamantes, miles de cajas— dejan de parecer estadísticas cuando detrás de una pared aparecen huesos, etiquetas, dentaduras o unas manos que el paso del tiempo conservó de una manera casi inexplicable.

España lleva años discutiendo qué debe significar Cuelgamuros en democracia. Esa discusión seguirá; sería bastante ingenuo esperar otra cosa. Pero el trabajo que se desarrolla bajo la montaña pertenece a un terreno mucho más concreto. Localizar una caja. Separar unos restos. Obtener ADN. Encontrar un nombre. Entregarlo a una familia.

Después de tanta piedra, tanta simbología y tanta política, el asunto acaba reducido a algo bastante sencillo y, quizá por eso, incómodo: saber quién está ahí.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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