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Historia

¿Cómo comenzó la Guerra Chiquita en Cuba hace 147 años contra España?

La Guerra Chiquita reabrió en 1879 la lucha por la independencia de Cuba: líderes, causas y una derrota que anticipó la insurrección de 1895.

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Guerra Chiquita en Cuba hace 147 años

La Guerra Chiquita volvió a encender la rebelión independentista cubana en agosto de 1879, apenas año y medio después de que la Guerra de los Diez Años hubiese terminado con el Pacto del Zanjón. El conflicto fue breve, irregular y militarmente fallido, pero dejó una evidencia incómoda para la España de la Restauración: la cuestión cubana estaba lejos de haberse resuelto. La paz había parado los disparos; no había liquidado las causas del enfrentamiento.

El 147 aniversario tiene, además, una pequeña trampa de calendario. Los primeros alzamientos se produjeron el 24 de agosto de 1879 en la zona de Holguín, mientras que el levantamiento principal tuvo lugar dos días después, el 26 de agosto, en Santiago de Cuba, con unos 400 hombres encabezados por Guillermón Moncada y otros destacados jefes independentistas. De ahí que las referencias históricas sitúen el comienzo de la Guerra Chiquita entre ambas fechas, aunque el 26 de agosto haya quedado como la fecha más extendida para señalar el inicio de la contienda.

No fue una segunda Guerra de los Diez Años en miniatura, pese al nombre. Tampoco un episodio anecdótico. Fue algo bastante más revelador: el intento de reactivar una revolución que había perdido la primera partida, pero no había abandonado su objetivo esencial, la independencia de Cuba respecto a España.

Por qué volvió a estallar la guerra en Cuba

Para entender agosto de 1879 hay que regresar al Pacto del Zanjón, firmado en febrero de 1878 y destinado a poner término a una década de guerra. España conservaba la soberanía sobre Cuba y ofrecía garantías para la reincorporación de los insurgentes a la vida civil, además de determinadas reformas políticas. Pero el acuerdo no reconocía la independencia de la isla ni suponía la abolición inmediata y completa de la esclavitud.

Era una salida pragmática después de diez años agotadores. También una paz con costuras visibles. Antonio Maceo había rechazado sus términos en la célebre Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878. Una parte del independentismo consideraba que deponer las armas sin haber conseguido ni la independencia ni la emancipación completa significaba aceptar demasiado poco después de haber pagado demasiado.

La esclavitud sobreviviría todavía varios años en Cuba y no sería abolida completamente hasta 1886. El dato ayuda a comprender por qué aquel debate no era una abstracción patriótica ni un simple choque de banderas: detrás había un modelo político, social y económico entero en discusión.

La metrópoli había conseguido acabar con la primera gran insurrección. Lo que no consiguió fue transformar aquella victoria militar en una solución duradera. Y la historia tiene cierta afición a cobrar esas facturas atrasadas.

Así comenzó la Guerra Chiquita en agosto de 1879

La chispa apareció primero en el oriente de Cuba. El 24 de agosto de 1879, Belisario Grave de Peralta y otros insurgentes se levantaron en la zona de San Lorenzo, cerca del río La Rioja, en Holguín. Dos días después llegó el episodio que suele considerarse el gran arranque de la Guerra Chiquita.

El 26 de agosto, en Santiago de Cuba, alrededor de 400 hombres se movilizaron bajo el mando del general José Guillermo Guillermón Moncada, acompañado por figuras como José Maceo, Quintín Bandera y Rafael Maceo. El plan inicial no pudo ejecutarse tal como había sido concebido, una dificultad que ya anticipaba uno de los grandes problemas de la nueva guerra: había voluntad de combatir, sí; faltaban coordinación, recursos y una dirección estable sobre el terreno.

Los alzamientos continuaron. El 27 de agosto se produjeron movimientos en Holguín y Las Tunas; después llegarían Baracoa, Bayamo, Jiguaní, Baire y distintos puntos de Las Villas. La rebelión podía extenderse geográficamente, pero eso no significaba que estuviese funcionando como una maquinaria militar única. Más bien ocurría lo contrario: varios focos insurreccionales actuaban con enormes dificultades para coordinarse.

Calixto García, el jefe que tardó demasiado en llegar

El principal organizador de la nueva insurrección fue Calixto García, veterano de la Guerra de los Diez Años. Desde el exterior impulsó el Comité Revolucionario Cubano y trabajó para reagrupar a los independentistas, establecer redes clandestinas y preparar una nueva campaña contra el dominio español.

Había, sin embargo, un problema bastante difícil de disimular: el hombre llamado a dirigir la guerra no estaba en Cuba cuando la guerra comenzó.

García intentó organizar una expedición para incorporarse al levantamiento, pero no desembarcó en la isla hasta mayo de 1880, cuando la rebelión estaba ya muy debilitada. Llegó con apenas un reducido grupo de expedicionarios, después de una travesía llena de contratiempos. La dirección política estaba fuera, los combatientes operaban dispersos dentro y las autoridades españolas conservaban una importante superioridad militar. Mala combinación para cualquier revolución.

Por qué fracasó un levantamiento que había vuelto tan pronto

El nombre de Guerra Chiquita puede sonar casi cariñoso. La realidad lo era bastante menos. La denominación responde fundamentalmente a su brevedad frente a los diez años del conflicto anterior, no a que sus protagonistas estuvieran jugando a una guerra de salón.

Los independentistas tenían escasez de armas y munición, dificultades para recibir ayuda desde el exterior y problemas de coordinación entre los distintos territorios. A eso se añadía el agotamiento acumulado tras una década de lucha. Muchos cubanos apenas habían tenido tiempo de regresar a una vida relativamente normal cuando volvieron a sonar las llamadas a las armas.

España, mientras tanto, no partía de cero. El aparato militar colonial seguía desplegado y conocía bien el terreno, las redes independentistas y los métodos de combate utilizados durante la Guerra de los Diez Años. La rapidez con la que las autoridades identificaron conspiradores, practicaron detenciones y neutralizaron dirigentes redujo todavía más el margen de actuación del movimiento.

La rebelión tampoco consiguió convertirse en una insurrección verdaderamente nacional. Oriente concentró buena parte de la actividad, hubo levantamientos en Las Villas y otras zonas, pero La Habana, Pinar del Río y buena parte del territorio cubano no entraron en una guerra generalizada. Sin un mando único efectivo y sin capacidad suficiente para sostener una ofensiva prolongada, el movimiento fue perdiendo fuerza.

La Guerra Chiquita acabó así durante 1880 con la derrota del intento insurgente. Algunos grupos mantuvieron la resistencia durante más tiempo, pero el proyecto de reabrir de inmediato una guerra capaz de expulsar a España había fracasado.

José Martí y una guerra que anticipó la de 1895

Uno de los nombres que conecta aquella derrota con lo que ocurriría después es José Martí. Había regresado a Cuba en 1878 y se incorporó a las actividades conspirativas vinculadas al nuevo movimiento revolucionario. Fue vicepresidente del Club Central Revolucionario Cubano y recibió responsabilidades dentro de la organización dirigida desde Nueva York por Calixto García.

Las autoridades españolas lo detuvieron en septiembre de 1879 y lo deportaron nuevamente a la Península por su actividad revolucionaria. La vigilancia sobre Martí confirma hasta qué punto las autoridades españolas consideraban que las redes políticas independentistas podían resultar tan peligrosas como las partidas armadas.

Aquella experiencia importaría mucho después. Martí acabaría comprendiendo que un nuevo levantamiento no podía depender únicamente del valor de jefes aislados ni de expediciones improvisadas. Había que construir una organización política, reunir a las distintas generaciones del independentismo y preparar simultáneamente la guerra dentro y fuera de Cuba.

En 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano y tres años después comenzó la última gran guerra independentista contra España. Ya no era exactamente la revolución de 1868 ni aquella tentativa precipitada de 1879. El aprendizaje había sido largo. Y caro.

Qué importancia tuvo realmente la Guerra Chiquita

Desde el punto de vista militar, el resultado admite pocas florituras: España ganó y los independentistas fueron derrotados. La Guerra Chiquita no consiguió la independencia, no derrumbó la administración colonial y ni siquiera alcanzó la dimensión territorial de la contienda anterior.

Pero medirla solo por ese resultado sería perder la parte interesante.

El levantamiento demostró que el Pacto del Zanjón no había cerrado el conflicto político cubano. Apenas habían transcurrido 18 meses desde el final de la Guerra de los Diez Años y ya existía otra insurrección armada. Preservar la soberanía española era una cosa; conseguir que aquella soberanía fuese aceptada de manera estable por la sociedad cubana era otra bastante distinta.

La Guerra Chiquita también dejó expuestos los errores que el independentismo tendría que corregir: divisiones internas, insuficiencia logística, dificultades para llevar líderes y armamento a la isla, escasa coordinación y ausencia de una estructura política capaz de convertir distintos levantamientos en una estrategia común.

Quince años después, muchos de aquellos problemas estarían presentes —aunque abordados de otra manera— cuando comenzó la Guerra de Independencia de 1895.

Una derrota que no apagó la independencia cubana

Vista desde 2026, 147 años después, la Guerra Chiquita ocupa un lugar extraño en la memoria histórica: está atrapada entre dos conflictos mucho mayores. Antes tuvo la Guerra de los Diez Años; después, la guerra iniciada en 1895 que acabaría con el dominio colonial español tras la intervención de Estados Unidos en 1898.

Cuba dejó de estar bajo soberanía española después de la guerra hispano-estadounidense, aunque la historia tampoco terminó ahí con un limpio fundido a negro. La isla quedó bajo ocupación militar estadounidense y la República de Cuba nació formalmente en 1902, condicionada inicialmente por la Enmienda Platt y la capacidad de intervención reservada a Washington.

Por eso la Guerra Chiquita importa más por lo que reveló que por lo que conquistó. Mostró que la derrota de 1878 no había eliminado el independentismo, que las reformas posteriores al Zanjón no bastaban para desactivar la ruptura política y que una nueva generación estaba empezando a reorganizar el movimiento.

Fue una guerra corta. Chiquita, como quedó bautizada. Su problema para España fue precisamente ese: terminó pronto, pero la cuestión cubana sobrevivió intacta.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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