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Historia

¿Por qué los humanos del Paleolítico preferían cazar mamuts hembra?

El ADN de 521 mamuts muestra que los cazadores del Paleolítico no elegían al azar: las hembras dominaban en los grandes yacimientos humanos.

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cazaban mamuts hembra

Durante decenios, las grandes concentraciones de huesos de mamut halladas en yacimientos de Europa y Siberia han planteado una duda bastante incómoda: ¿eran el resultado de accidentes naturales o la huella de cazadores capaces de abatir, despiezar y aprovechar animales de varias toneladas? El ADN antiguo acaba de inclinar seriamente la balanza. Un nuevo estudio revela que, en los depósitos relacionados con actividad humana, alrededor del 70% de los mamuts analizados eran hembras. No parece una distribución casual.

Los investigadores estudiaron datos genómicos de 521 mamuts lanudos (Mammuthus primigenius) procedentes de Eurasia y Norteamérica, 448 de ellos secuenciados por primera vez. La comparación resulta llamativa: mientras en los yacimientos vinculados a seres humanos predominaban las hembras, entre los restos encontrados en contextos naturales aproximadamente dos tercios pertenecían a machos. La explicación más probable es que los grupos del Paleolítico superior explotaban preferentemente manadas dominadas por hembras, aunque el estudio no permite afirmar que cada cazador distinguiera deliberadamente el sexo del animal antes de lanzar una lanza. La prehistoria era sofisticada, pero tampoco conviene convertirla en un documental con guion.

El ADN de 521 mamuts cambia lo que sabíamos de su caza

La investigación partía de un problema arqueológico antiguo. En numerosos enclaves paleolíticos aparecen decenas e incluso centenares de huesos de mamut amontonados junto a utensilios, hogares y otras señales de ocupación humana. Durante mucho tiempo ha sido difícil determinar cuánto había allí de caza, cuánto de carroñeo y cuánto de simple geología: animales atrapados en terrenos pantanosos, arrastrados por cursos de agua o muertos por causas naturales cuyos esqueletos terminaron concentrados en un mismo lugar.

La paleogenómica ha introducido una herramienta mucho más fina. Analizando la proporción de ADN procedente de los cromosomas sexuales, los científicos pueden determinar el sexo de los ejemplares cuyos huesos, a simple vista, no ofrecen una respuesta fiable. Ese detalle aparentemente pequeño permite observar patrones que la arqueología tradicional tenía difícil ver.

De los 521 animales incluidos en el estudio, 100 procedían de grandes acumulaciones de huesos asociadas a presencia humana y otros 421 de contextos considerados naturales. Los primeros correspondían a yacimientos de Europa central y oriental y Siberia. Allí apareció el desequilibrio: cerca de siete de cada diez ejemplares eran hembras. Entre los restos naturales ocurría casi exactamente lo contrario, con aproximadamente un 66,5% de machos.

No es una diferencia menor. Si ambos grupos de restos se hubieran formado básicamente mediante los mismos procesos, cabría esperar proporciones similares. Que las cifras se inviertan apunta a una fuerza distinta seleccionando qué animales acababan en esos enclaves. Y esa fuerza, sostienen los investigadores, era en buena medida humana.

Por qué aparecen más machos cuando no intervienen los humanos

Aquí entra en escena el comportamiento de los propios mamuts. Los científicos trabajan con una analogía razonable, aunque inevitablemente indirecta, con sus parientes vivos más cercanos: los elefantes.

Las hembras habrían vivido probablemente en grupos familiares matriarcales, acompañadas por crías y ejemplares jóvenes. Los machos adultos, al alcanzar determinada edad, abandonarían esas manadas y pasarían más tiempo solos o formando pequeños grupos temporales. Es un patrón conocido entre los elefantes actuales y compatible con diversos datos disponibles sobre los mamuts.

Para un animal solitario que recorre grandes distancias, una trampa natural puede ser fatal. Un barranco, una zona de barro profundo, hielo inestable o cualquier accidente del terreno deja un cadáver aislado y, miles de años después, posiblemente un fósil. Eso ayudaría a explicar por qué los machos dominan entre los restos depositados naturalmente.

La presencia mayoritaria de hembras en los campamentos humanos cuenta otra historia.

Las manadas de hembras podían ser un objetivo más previsible

Una de las hipótesis planteadas por Hannah Moots, investigadora del Centro de Paleogenética de Estocolmo y autora principal del trabajo, es especialmente sugerente. Si las mamuts hembras se comportaban de manera semejante a las elefantas actuales, sus manadas pudieron mantener territorios relativamente estables y repetir movimientos estacionales. Para los cazadores que conocían aquel paisaje palmo a palmo, eso significaba algo fundamental: sabían dónde encontrarlas.

No hace falta imaginar a un grupo paleolítico levantándose por la mañana y decidiendo que aquel martes tocaban hembras. La selección podía producirse a otra escala. Seguir durante años las rutas de determinadas manadas, esperar su paso en lugares favorables y explotar esos encuentros de manera recurrente terminaría dejando exactamente una señal como la encontrada ahora en el ADN.

Había, además, una cuestión física nada secundaria. Según las estimaciones manejadas por los investigadores, un macho adulto podía alcanzar unas seis toneladas y 3,4 metros de altura al hombro, mientras una hembra rondaría las cuatro toneladas y los 2,9 metros. Dos toneladas de diferencia resultan bastante convincentes cuando el arsenal disponible consiste básicamente en proyectiles, lanzas y coordinación humana.

Las crías también pudieron condicionar la huida

Las manadas familiares presentaban otra vulnerabilidad. Las hembras adultas viajaban con jóvenes y crías, lo que podía limitar la velocidad de desplazamiento del grupo o provocar que los adultos permanecieran cerca de los ejemplares pequeños ante una amenaza.

El genetista evolutivo Love Dalén, uno de los responsables del estudio, apunta precisamente esa posibilidad: una manada con crías podía resultar más fácil de inmovilizar o acorralar que un macho adulto solitario dispuesto a desaparecer por la estepa. Es una hipótesis, no una filmación de lo ocurrido hace 25.000 años, y los propios investigadores mantienen esa cautela.

El terreno podía convertirse en parte del arma

Tampoco parece realista imaginar la caza de un mamut como un duelo frontal entre una persona y seis toneladas de músculo, pelo y colmillos. Los investigadores consideran probable que los grupos humanos aprovechasen el relieve: zonas pantanosas, barro, desniveles, pasos estrechos u otros accidentes capaces de reducir la movilidad del animal antes de atacarlo con lanzas o proyectiles.

El dato importante está menos en la espectacularidad del golpe final que en todo lo anterior. Para abatir un mamut hacía falta observación, cooperación y planificación colectiva. Había que conocer sus movimientos, escoger el terreno, coordinar personas y después procesar un cuerpo enorme. Marc Händel, arqueólogo del Instituto Arqueológico Austriaco implicado en el estudio, subraya precisamente que un animal de semejante tamaño no podía ser cazado, despiezado y transportado por un individuo aislado.

Kraków Spadzista, una fábrica paleolítica de recursos

Uno de los lugares más reveladores es Kraków Spadzista, en el sur de Polonia. El yacimiento, datado aproximadamente entre 25.000 y 30.000 años atrás, conserva restos de más de un centenar de mamuts, junto con herramientas de piedra y evidencias de procesamiento de los animales. Es uno de esos lugares donde la imagen del cazador prehistórico que consigue comida de manera ocasional empieza a quedarse pequeña.

El mamut era mucho más que carne. Proporcionaba grasa y alimento en cantidades enormes, pero también pieles, tendones, huesos y marfil. Con estos materiales podían fabricarse utensilios, armas, adornos y objetos artísticos; los huesos de mayor tamaño servían incluso para determinadas estructuras. Un solo animal concentraba una extraordinaria cantidad de recursos en un mundo donde transportarlo todo resultaba costoso y nada venía empaquetado al vacío.

Otros enclaves, como Langmannersdorf, en Austria, ayudan a completar ese escenario. Allí se han documentado varias decenas de mamuts junto a miles de artefactos de piedra, hogares, fosas y otras huellas humanas. La distribución de los restos indica incluso que algunos animales fueron descuartizados fuera de la zona excavada y que determinadas partes se transportaron después al asentamiento.

¿Cazados todos? El estudio también deja margen para el carroñeo

El resultado es potente, pero tiene una frontera que conviene respetar. La presencia de muchas hembras en un yacimiento humano no demuestra por sí sola que todos aquellos mamuts fueran abatidos por cazadores. Algunos pudieron morir naturalmente y ser aprovechados después. El carroñeo de un cadáver reciente habría proporcionado igualmente toneladas de carne y materias primas sin afrontar una cacería de riesgo considerable.

Hay pruebas directas de intervención cinegética en varios enclaves, incluidas puntas de proyectil asociadas a huesos de mamut y señales de despiece. Pero una concentración arqueológica tampoco tiene por qué proceder de una única matanza. Puede representar años, generaciones o sucesivas visitas al mismo lugar. Los propios autores insisten en esa cautela.

Eso, paradójicamente, hace el descubrimiento más interesante. Un patrón de 70% de hembras repetido en distintos contextos resulta difícil de explicar únicamente mediante un episodio excepcional. Habla de una relación mantenida entre comunidades humanas y grupos de mamuts, de conocimiento acumulado y probablemente transmitido. No de una cacería afortunada, sino de comportamiento recurrente.

La desaparición del mamut sigue siendo otra historia

El estudio aporta información sobre cómo determinadas poblaciones humanas explotaron a los mamuts, pero no resuelve de rebote uno de los debates más famosos de la prehistoria: por qué desaparecieron.

Los mamuts lanudos se extinguieron en gran parte de Eurasia y Norteamérica hace unos 10.000 o 12.000 años, coincidiendo con el final de la última glaciación y una profunda transformación del paisaje. Las extensas estepas frías que los alimentaban fueron retrocediendo frente a bosques y tundras húmedas. La presión de la caza humana pudo contribuir al proceso, pero cuánto pesó frente al cambio climático continúa siendo objeto de discusión científica. Una pequeña población sobrevivió en la isla de Wrangel, frente a Siberia, hasta hace aproximadamente 4.000 años.

Conviene separar ambos asuntos. Demostrar que algunos grupos paleolíticos explotaban preferentemente manadas con muchas hembras no equivale a demostrar que los seres humanos exterminaron a la especie. Entre una cosa y otra hay miles de años, enormes diferencias regionales y una historia ecológica bastante más complicada.

Un cazador menos improvisado de lo que imaginábamos

Lo que queda después de analizar esos 521 genomas es una imagen más precisa del Paleolítico. Los seres humanos no se limitaban necesariamente a atacar al primer mamut que aparecía recortado contra la nieve. Conocían el territorio, reconocían probablemente los movimientos de las manadas y podían concentrar sus esfuerzos en los grupos que ofrecían mejores oportunidades.

Que alrededor del 70% de los restos ligados a grandes acumulaciones humanas sean hembras, frente al dominio masculino en los depósitos naturales, convierte el sexo de unos huesos de decenas de miles de años en una especie de huella de comportamiento. No vemos la cacería. Vemos lo que dejó detrás.

Y ese rastro sugiere algo bastante humano, en realidad: frente a uno de los animales más formidables de la Edad de Hielo, nuestros antepasados parecen haber recurrido menos a la fuerza bruta que a la información, la cooperación y la capacidad de escoger el momento adecuado. Frente a seis toneladas de mamut, pensar antes de correr debía de ser una política bastante sensata.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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