Historia
¿Quién fue Philippe Bouvard, histórica voz de RTL fallecida a los 96?
Philippe Bouvard, histórica voz de RTL y creador de Les Grosses Têtes, muere a los 96 años tras su vida marcada por la radio y el periodismo.

Philippe Bouvard ha muerto a los 96 años este lunes 24 de agosto en su domicilio de Cannes, en el sur de Francia. La noticia fue comunicada a RTL por su esposa, Colette, y anunciada poco después en antena. El periodista y presentador falleció alrededor de las ocho de la mañana, «en douceur», tranquilamente, según explicó la emisora que durante décadas fue casi su segunda casa.
Para varias generaciones de franceses, Bouvard fue sobre todo la voz de «Les Grosses Têtes», el programa que creó en RTL en 1977 y dirigió durante 37 años. Pero reducir su carrera a aquel estudio lleno de cómicos, escritores y respuestas insolentes sería quedarse bastante corto. Fue periodista de prensa escrita, director de France-Soir, hombre de televisión, escritor, autor teatral y uno de esos personajes que pertenecieron a una época en la que una misma persona podía desayunar en un periódico, comer delante de un micrófono y terminar la jornada bajo los focos de un plató. Y todavía encontrar tiempo para escribir.
Philippe Bouvard muere a los 96 años en Cannes
Nacido el 6 de diciembre de 1929 en Coulommiers, en el departamento de Seine-et-Marne, Philippe Bouvard recorrió más de siete décadas de historia de los medios franceses. Murió en Cannes, donde vivía junto a Colette, su esposa desde hacía más de 70 años. La pareja tuvo dos hijas, Dominique y Nathalie.
Su retirada había llegado muy tarde, casi por agotamiento del calendario más que por voluntad propia. En 2024 anunció que dejaría definitivamente la radio al alcanzar 60 años de presencia en RTL, una longevidad que la propia emisora presentó como un récord. Su despedida de los oyentes se produjo a finales de aquel año. Hasta entonces había seguido haciendo lo que llevaba toda la vida haciendo: hablar, escribir, observar y convertir la observación en una frase.
Bouvard pertenecía a una especie periodística que hoy parece salida de una fotografía en blanco y negro. El profesional que podía opinar de política, entrevistar a un actor, dirigir un periódico y una hora después sentarse ante un micrófono para hacer reír. Mucha mesa, mucho teléfono fijo, humo en los despachos durante buena parte de su carrera y una velocidad de producción que ahora probablemente exigiría tres equipos editoriales y siete reuniones.
De recadero de «Le Figaro» a director de «France-Soir»
Su llegada al periodismo tuvo algo de revancha. Había suspendido tres veces el bachillerato y pasó brevemente por el Centre de formation des journalistes de París, del que salió con una valoración poco profética: no parecía especialmente dotado para el oficio.
La realidad decidió burlarse del diagnóstico.
A comienzos de los años cincuenta entró en «Le Figaro» como recadero del servicio fotográfico y comenzó a abrirse camino dentro de la redacción. Terminó ocupándose de información parisina y de sociedad, justo cuando la gran prensa francesa vivía años de abundancia: restaurantes, estrenos, políticos, escritores, artistas y ese pequeño mundo del poder que entonces todavía se encontraba físicamente en cafés, teatros y redacciones.
En 1973 dejó Le Figaro y pasó a «France-Soir», donde ejercería como redactor jefe, director y editorialista. También colaboró con cabeceras como Paris Match, Le Point, L’Express, Le Figaro Magazine y Nice-Matin. Su producción resulta difícil de imaginar desde la cultura del clic rápido: se le atribuyen más de 30.000 artículos, decenas de libros y miles de programas de radio y televisión.
La escritura era, probablemente, la parte menos visible de su celebridad y la más constante. La radio le dio la voz; la televisión, la cara. El papel había llegado antes.
«Les Grosses Têtes», el programa convertido en institución
La fecha fundamental es 1977. Jean Farran, entonces responsable de RTL, propuso a Bouvard presentar un espacio diario de entretenimiento y cultura. Él no parecía especialmente convencido. El programa arrancó con medios modestos, cuatro micrófonos y preguntas bastante más serias que las que acabarían definiendo su leyenda.
Se llamaba «Les Grosses Têtes».
La fórmula fue mutando hasta convertirse en una mezcla difícil de reproducir: cultura general, improvisación, personajes famosos, chistes y provocación, esa conversación de sobremesa que puede saltar de Molière a una anécdota absurda sin solicitar permiso al oyente. Por sus micrófonos pasaron Jean Yanne, Jacques Martin, Thierry Le Luron, Jean Dutourd, Léon Zitrone, Olivier de Kersauson y muchos otros. En algunos periodos, el espacio superó los dos millones de oyentes diarios.
Una salida, un fracaso y el regreso de Bouvard
En 2000, RTL decidió rejuvenecer el programa y sustituir a su histórico conductor por Christophe Dechavanne. Sobre el papel era una renovación generacional; en los audímetros, bastante menos poético. La audiencia cayó y Bouvard regresó en 2001.
Continuó al frente hasta 2014, cuando Laurent Ruquier tomó definitivamente el relevo. La sustitución nunca fue un episodio especialmente dulce para Bouvard. Había creado el programa, lo había presentado durante 37 años y sabía perfectamente que las instituciones también tienen dueño sentimental, aunque jurídicamente la llave del estudio pertenezca a otro.
La relación con Ruquier tuvo sus asperezas, pero tras conocerse su muerte el actual conductor de Les Grosses Têtes lo definió como «un maestro» y recordó su influencia tanto en la animación como en el periodismo. Michel Drucker, otro superviviente de aquella televisión francesa de carreras interminables, señaló que Bouvard dejaría una huella imborrable.
El «Théâtre de Bouvard» y una generación de humoristas
Su importancia no se limitó a RTL. En 1982 puso en marcha en Antenne 2 «Le Théâtre de Bouvard», un espacio basado en sketches interpretados por jóvenes prácticamente desconocidos. El programa acabaría funcionando como una auténtica cantera del humor francés.
Por allí aparecieron nombres como Muriel Robin, Mimie Mathy, Pascal Légitimus, Michèle Bernier, Chevallier y Laspalès, además de otros intérpretes que después ocuparían teatros, televisiones y salas de cine. El formato llegó a alcanzar una cuota media de audiencia del 52% durante su primera etapa, una cifra perteneciente a otra galaxia televisiva, aquella en la que tres canales podían convertir un programa en conversación nacional a la mañana siguiente.
Bouvard no era precisamente un seleccionador sentimental. Si una prueba no le hacía gracia, la cortaba. Su manera de entender el espectáculo tenía algo de vieja escuela: el público manda y la paciencia no es necesariamente una virtud cuando el chiste no funciona.
También compró y dirigió entre 1990 y 2006 Bobino, la histórica sala parisina. Años después describiría aquella aventura, con su habitual mezcla de cariño y veneno, como uno de sus mejores recuerdos y uno de sus peores negocios.
Un humor que atravesó épocas y no siempre envejeció igual
Resulta imposible explicar a Bouvard eliminando su impertinencia. Preguntaba lo que otros evitaban, tenía debilidad por el juego de palabras y cultivó un humor muy francés, muy de sobremesa y en ocasiones deliberadamente grueso. Ese tono ayudó a construir su popularidad, aunque parte de aquel repertorio pertenece a códigos culturales que han envejecido bastante peor que sus mejores entrevistas.
No es una contradicción extraña. Los humoristas longevos terminan viviendo varias épocas dentro de una sola carrera. Lo que en un estudio de radio de los años ochenta provocaba una carcajada automática puede escucharse cuatro décadas después con las cejas algo más altas. Bouvard tampoco pretendió convertirse en un santo laico. Le gustaba provocar, y nunca hizo demasiado esfuerzo por disimularlo.
Lo notable fue su capacidad para seguir ocupando espacio cuando casi todo a su alrededor había cambiado: de la prensa de grandes tiradas a internet, de la ORTF a la televisión privada, del transistor al pódcast. Cuando comenzó, las noticias llegaban a las redacciones por teletipo. Cuando se retiró, circulaban por teléfonos que cabían en un bolsillo. Él seguía confiando en el mismo instrumento: una voz reconocible y una frase con intención.
Una vida profesional que casi fue la vida entera
A Philippe Bouvard le gustaba trabajar hasta extremos que hoy serían difíciles de vender como ejemplo de equilibrio vital. Él mismo admitió que su actividad profesional había ocupado un espacio enorme, incluso a costa de la vida familiar. Durante años acumuló prensa, radio, televisión, libros y teatro como quien teme que al quedarse quieto alguien pueda ocupar su silla.
Es una buena explicación de su trayectoria. No esperaba a que llegaran las oportunidades; procuraba estar ya allí cuando aparecían.
Su último gran gesto fue precisamente marcharse. En junio de 2024 anunció que abandonaría definitivamente RTL tras seis décadas vinculadas a la emisora. A finales de ese año habló a sus oyentes sobre una relación construida mediante la voz, una intimidad peculiar porque quien está al otro lado del aparato nunca ve al locutor y, sin embargo, acaba sintiendo que lo conoce.
Bouvard entendió esa proximidad antes de que alguien inventara palabras como comunidad, engagement o fidelización. La radio simplemente la llamaba audiencia.
La voz se apaga, «Les Grosses Têtes» continúa
Philippe Bouvard murió pocos meses antes de que «Les Grosses Têtes» cumpla 50 años en 2027. El programa continúa con Laurent Ruquier, prueba quizá más elocuente que cualquier homenaje de la magnitud de lo que creó: sobrevivió a su creador, a varias generaciones de oyentes, a cambios de horario, de dirección y hasta a un intento fallido de jubilación anticipada.
Queda una carrera desmesurada: prensa, radio, televisión, libros y teatro, además de decenas de miles de páginas. También queda un estilo que sería imposible trasladar intacto a 2026, porque el mundo ha cambiado y porque algunas bromas llevan peor el paso del tiempo que otras.
Pero la huella esencial es más sencilla. Durante décadas, Philippe Bouvard convirtió una mesa, unos micrófonos y un grupo de personas con ganas de discutir en uno de los grandes rituales de la radio francesa. Parece poca cosa hasta que se intenta hacer. Entonces se comprende por qué duró tanto.

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