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Historia

¿Qué esconden los seis papiros indescifrables del códice de Barcelona?

Diez papiros ocultos en un códice de Barcelona esconden un misterio: seis siguen sin descifrarse y su escritura desconcierta a los expertos.

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seis papiros indescifrables de Barcelona

Diez fragmentos de papiro, varios de ellos datados entre los siglos VI y VII, acabaron convertidos en material de relleno dentro de la tapa posterior de un antiquísimo códice conservado en la Catedral de Barcelona. El hallazgo quedó documentado al estudiar la encuadernación en 1919. Más de un siglo después, seis de aquellas piezas continúan rodeadas por una incógnita considerable: su contenido no ha podido identificarse con seguridad.

La historia tiene, eso sí, un matiz importante. Decir que nadie sabe en qué lengua están escritos resulta sugerente, pero simplifica lo que realmente desconcierta a los especialistas. El problema es más profundo: en esos seis papiros ni siquiera está claro que haya un texto convencional que pueda asignarse sin más a una lengua. Los gruesos signos trazados con tinta podrían corresponder a una clase de marcas de fabricación del papiro, aunque esa interpretación tampoco ha podido darse por definitiva.

Diez papiros donde nadie esperaba encontrar un archivo

El manuscrito que sirvió de escondite es el Códice 120 del Archivo Capitular de la Catedral de Barcelona, conocido tradicionalmente como las Homilías de san Gregorio. La catalogación actual lo sitúa entre los siglos VII y VIII. Contiene las últimas 20 homilías de Gregorio Magno sobre los Evangelios, un sermón sobre la mortalidad y documentación vinculada al sínodo romano del año 595.

Ya es una pieza extraordinaria por sí misma. Pero su vieja encuadernación guardaba una segunda historia, literalmente pegada a la primera.

Cuando se examinó el códice a comienzos del siglo XX, de la encuadernación primitiva sobrevivía principalmente la tapa posterior, una cubierta de cuero bastante deteriorada. Para darle cuerpo, alguien había colocado dentro papiros doblados, junto con fragmentos de pergamino. Aquello que durante siglos había funcionado como simple cartón medieval resultó ser bastante más interesante que el cartón.

Los papiros habían sido cortados para adaptarlos al tamaño de la cubierta. No estaban allí porque algún bibliotecario altomedieval quisiera conservarlos para la posteridad, sino precisamente porque habían perdido su utilidad original. Eran material reutilizado. Una suerte de papel viejo, con la pequeña diferencia de que ese papel viejo tiene alrededor de 1.400 años.

La paradoja es magnífica: lo que alguien decidió sacrificar para reforzar un libro fue precisamente lo que permitió que sobreviviera.

El misterio no es exactamente una «lengua desconocida»

Seis de los fragmentos presentan grandes trazos realizados con tinta marrón y, en determinados casos, con una anchura que ronda varios centímetros. No se parecen demasiado a la escritura menuda y regular que uno imagina al pensar en un manuscrito antiguo. De ahí nace buena parte del problema.

El inventario papirológico que estudió estas piezas planteó que podrían pertenecer a la categoría conocida como Stempelschrift, también llamada protocolo. Eran marcas colocadas al principio de determinados rollos de papiro para indicar cuestiones relacionadas con su fabricación: el taller, el tipo de material e incluso, en algunas ocasiones, datos útiles para su datación.

Esta práctica está asociada sobre todo al Egipto de época bizantina, gran centro productor del papiro utilizado durante siglos por administraciones, comerciantes, iglesias y particulares alrededor del Mediterráneo.

Pero hay una pega bastante seria. Las investigadoras que catalogaron los fragmentos barceloneses expresaron sus propias dudas sobre esa identificación. Los signos recuerdan a esos protocolos, sí, aunque no lo suficiente como para cerrar el expediente y marcharse tranquilos a casa. Tampoco encontraron una alternativa capaz de explicarlos satisfactoriamente.

Un texto puede ser ilegible sin pertenecer a una lengua perdida

Ahí está el matiz que convierte el asunto en algo más interesante que el habitual misterio de civilización desaparecida. Indescifrable no significa necesariamente desconocido. Un fragmento puede resultar imposible de interpretar porque está incompleto, porque conserva una escritura muy particular, porque emplea abreviaturas, porque sus signos no forman un texto corriente o porque pertenecía a un contexto administrativo que se ha perdido.

En algunos de estos papiros aparecen, además, letras latinas en el reverso, una pista clara de reutilización. Una misma hoja pudo servir primero para una función, después para otra y, finalmente, acabar troceada dentro de una cubierta de cuero. El reciclaje medieval tenía menos contenedores de colores, pero bastante imaginación.

El estudio de referencia llegó a una formulación prudente: seis piezas tenían un contenido cuya naturaleza no podía determinarse. Y la prudencia aquí importa. A falta de una identificación posterior suficientemente documentada que haya resuelto el problema, sigue siendo más preciso hablar de seis papiros sin desciframiento seguro que presentarlos como mensajes escritos en una misteriosa lengua perdida.

Dos fragmentos revelan un mundo entre Roma y los francos

No todo el conjunto permanece en la oscuridad. Algunos fragmentos contienen rastros de escrituras reconocibles y ofrecen pistas bastante concretas sobre el ambiente en el que circularon.

El papiro número 7 conserva restos de unas diez líneas de minúscula merovingia y ha sido considerado posiblemente parte de un documento real del siglo VII. Está formado por dos fragmentos, uno de aproximadamente 17 por 17 centímetros y otro mucho más pequeño.

El número 10 resulta distinto. Conserva escritura en cursiva romana nueva, una grafía utilizada durante la Antigüedad tardía y que tuvo una enorme descendencia en la cultura escrita europea. Sus tres fragmentos presentan escritura tanto en el anverso como en el reverso y han sido fechados entre los siglos V y VI.

Son pequeñas piezas, pero cambian la escala del hallazgo. Ya no estamos simplemente ante restos vinculados a un libro religioso de Barcelona: aparecen conexiones con la Europa posromana, con la cultura documental merovingia y con formas de escritura que sobrevivieron a la desintegración política del Imperio romano occidental.

El inventario publicado sobre la colección describió detalladamente ocho de los diez papiros. Los números 4 y 9 no pudieron ser examinados para aquel trabajo. Entre los estudiados, algunos fragmentos alcanzan dimensiones considerables: el número 5, por ejemplo, mide aproximadamente 34 por 19 centímetros; el número 8, uno de los mejor conservados, ronda los 32 por 19,5 centímetros.

De la Francia merovingia a una catedral de Barcelona

La paleografía —el estudio de las escrituras antiguas— permite reconstruir al menos una parte del viaje. Los especialistas situaron el origen probable del códice y de su primera encuadernación en la Francia merovingia, posiblemente en un scriptorium del entorno del bajo Ródano, relativamente próximo a la frontera con la Narbonense visigoda.

La hipótesis tiene lógica material. Si entre los restos utilizados para fabricar la encuadernación aparece documentación merovingia, resulta razonable pensar que aquellos papeles viejos estaban disponibles en el mismo lugar donde el códice fue encuadernado. Nadie atravesaba media Europa buscando documentos del siglo VII para rellenar tapas.

El momento exacto en que el manuscrito llegó a Barcelona, sin embargo, no está determinado. Y ahí el mapa se vuelve borroso. El códice demuestra hasta qué punto libros, modelos de escritura, textos religiosos y materiales documentales podían circular por una Europa medieval mucho menos inmóvil de lo que suele sugerir la imagen popular de aquellos siglos.

La propia Catedral de Barcelona conserva un patrimonio documental que ayuda a poner estas piezas en perspectiva: papiros de los siglos V al VII, centenares de códices y decenas de miles de pergaminos. El Códice 120 sobresale incluso dentro de ese paisaje por su antigüedad y por la peculiar cápsula del tiempo que apareció en su encuadernación.

El viaje al Vaticano que salvó los fragmentos

En 1927, varios documentos antiguos procedentes de archivos eclesiásticos catalanes fueron enviados a la Biblioteca Apostólica Vaticana para su restauración. Entre ellos viajó la vieja cubierta del homiliario barcelonés, con sus papiros y pergaminos.

Los papiros regresaron después de la restauración montados entre vidrios, un sistema que permitió conservar piezas extremadamente frágiles. La documentación del inventario señala, en cambio, que al menos un fragmento de pergamino relacionado con aquella encuadernación quedó en el Vaticano y no regresó a Barcelona.

Uno de los propios papiros conserva la huella de aquella intervención. El número 8 lleva todavía una etiqueta que certifica la restauración realizada en la Biblioteca Vaticana en 1927. Es casi una biografía material: fabricado quizá en la Antigüedad tardía, reutilizado en época merovingia, cortado para encuadernar un códice, conservado durante siglos en Barcelona, restaurado en Roma y vuelto a guardar como documento histórico. Pocas hojas de papel pueden presumir de semejante currículum.

Cuando la basura de un encuadernador acaba haciendo historia

Estos papiros interesan precisamente porque nadie los seleccionó para que sobrevivieran. No son un tesoro enterrado con ceremonia ni un texto depositado deliberadamente en una biblioteca. Fueron material de desecho reutilizado, y esa condición permite asomarse a una parte de la historia que normalmente desaparece: documentos cotidianos, prácticas de fabricación, escrituras administrativas y restos que no parecían dignos de conservar.

La tapa del Códice 120 funcionó así como una cápsula del tiempo involuntaria. Dentro quedaron atrapadas capas distintas de la cultura escrita europea, desde la tradición romana hasta el mundo merovingio, pasando por materiales relacionados con la producción bizantina de papiro. Un pequeño atasco de siglos bajo una cubierta de cuero.

Y los seis fragmentos problemáticos siguen imponiendo cierta humildad. No todo texto antiguo termina hablando porque lo observemos durante suficiente tiempo. A veces faltan signos; otras, contexto. Incluso cabe la posibilidad de que aquello que parece escritura no fuese concebido como un texto narrativo, jurídico o religioso, sino como una marca industrial cuyo significado dependía de convenciones conocidas por un puñado de fabricantes hace catorce siglos.

Ese es, quizá, el detalle más valioso del hallazgo. La historia escrita no está formada únicamente por grandes obras cuidadosamente copiadas. También se esconde en márgenes, tachaduras, documentos reciclados y pedazos que alguien consideró inútiles. En Barcelona, seis de esos pedazos todavía se resisten. La tapa protegió el códice; el códice, sin saberlo, protegió el misterio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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