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Historia

¿Cómo funcionó Cybersyn, el “internet socialista” de Salvador Allende?

Cybersyn fue el experimento de Allende para gestionar la economía chilena con datos en tiempo real, décadas antes de que internet existiera.

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Cybersyn el internet socialista de Allende

Mucho antes de que internet entrara en las casas, de que los gobiernos hablaran de inteligencia artificial o de que una aplicación pudiera saber dónde está cada repartidor de una ciudad, el Chile de Salvador Allende intentó algo bastante extraordinario: conectar fábricas, datos económicos y responsables públicos para detectar problemas y reaccionar con rapidez. El proyecto se llamó Cybersyn —SYNCO en español— y funcionó entre 1971 y 1973 como uno de los experimentos tecnológicos más singulares de la Guerra Fría.

Llamarlo el “internet socialista” resulta irresistible, aunque no sea técnicamente exacto. Cybersyn no era una internet primitiva ni una red pública de ordenadores: utilizaba principalmente máquinas de télex para transmitir información desde empresas estatales hacia un sistema central de procesamiento. Su ambición, sin embargo, suena sorprendentemente contemporánea: disponer de datos frecuentes, detectar anomalías, anticipar problemas y tomar decisiones sin esperar semanas a que una montaña de informes llegara al ministerio correspondiente. Algo parecido a un panel de control económico nacional, construido cuando los ordenadores ocupaban habitaciones y un teléfono seguía siendo un objeto bastante poco inteligente.

Cybersyn nació de un problema muy poco futurista: gestionar fábricas

Salvador Allende llegó a la presidencia de Chile en 1970 encabezando la Unidad Popular y defendiendo una vía democrática hacia el socialismo. Su Gobierno aceleró la nacionalización de sectores estratégicos y amplió con rapidez el área económica administrada por el Estado. Aquello planteó una dificultad bastante terrenal: una cosa era nacionalizar una empresa y otra, menos épica, conseguir que produjera, recibiera materias primas y comunicara sus problemas a tiempo.

A finales de 1971, el Estado chileno tenía bajo su control numerosas compañías industriales y mineras. La burocracia tradicional era demasiado lenta para seguir el ritmo de semejante transformación. Los informes podían tardar semanas en circular y, para cuando llegaban a Santiago, una avería, una caída de producción o una escasez de suministros podía haber cambiado completamente de naturaleza.

Ahí apareció Fernando Flores, un joven ingeniero chileno que ocupaba un puesto relevante en la Corporación de Fomento de la Producción, CORFO. En julio de 1971 escribió al británico Stafford Beer, uno de los grandes nombres de la cibernética aplicada a la gestión. Flores quería saber si las teorías de Beer podían utilizarse no simplemente en una empresa, sino a escala de una economía nacional.

Beer aceptó. Y con entusiasmo.

Stafford Beer y una idea distinta de la planificación

La palabra cibernética arrastra cierta estética de ciencia ficción que despista. Su sentido original era mucho menos cinematográfico: estudiar cómo funcionan los sistemas mediante información, comunicación, control y retroalimentación. Un organismo, una fábrica o una organización reciben señales, detectan desviaciones y reaccionan. Eso era, simplificando mucho, el terreno intelectual en el que trabajaba Beer.

Su obsesión tampoco consistía simplemente en centralizarlo todo. Más bien al contrario. Stafford Beer había desarrollado modelos en los que una organización debía encontrar cierto equilibrio entre autonomía local y coordinación central. Cada unidad tenía que conservar capacidad para resolver sus propios asuntos mientras el nivel superior intervenía cuando aparecía una desviación importante que no podía solucionarse abajo.

Para un Gobierno que estaba ampliando el sector público a toda velocidad, aquella idea tenía encanto. Y una paradoja interesante: Cybersyn pretendía utilizar tecnología centralizada para evitar que toda decisión acabara centralizada.

Cómo funcionaba el “internet socialista” chileno

El corazón de Cybersyn no era una gigantesca computadora omnisciente. Chile tenía recursos informáticos muy modestos: el centro nacional de computación disponía de cuatro grandes ordenadores y el proyecto obtuvo tiempo de procesamiento en uno de ellos. La respuesta fue aprovechar una tecnología bastante menos glamurosa que asociaríamos más con una película de espías que con Silicon Valley: el télex.

La empresa estatal de telecomunicaciones Entel disponía de unas 400 máquinas de télex almacenadas, adquiridas durante la década anterior. El equipo vio ahí una infraestructura barata y disponible para conectar instalaciones industriales repartidas por el país. Las fábricas podían transmitir datos y mensajes hacia Santiago utilizando una red de comunicaciones ya existente.

No había navegadores. Ni correo electrónico. Ni usuarios mirando una pantalla. Tampoco circulaban memes, probablemente para alivio de la productividad nacional. La información relevante sobre producción, materias primas o funcionamiento industrial llegaba a los centros responsables, donde podía procesarse y compararse con los parámetros previstos.

Cybernet, Cyberstride y CHECO: las piezas bajo el capó

El proyecto terminó articulándose alrededor de varios componentes. Cybernet era la red de comunicaciones basada en télex. Cyberstride era el sistema informático dedicado al análisis de los indicadores productivos. Utilizaba técnicas estadísticas capaces de reconocer desviaciones y distinguir una variación puntual de una tendencia que merecía atención.

A ello se añadía CHECO, un simulador económico concebido para experimentar con diferentes escenarios y estudiar posibles consecuencias de determinadas decisiones. El objetivo era pasar de una Administración que miraba por el retrovisor —informes mensuales o anuales sobre cosas que ya habían ocurrido— a otra capaz de reaccionar mientras el problema seguía vivo.

Conviene evitar el anacronismo. No era inteligencia artificial en el sentido actual y tampoco gobernaba automáticamente la economía chilena. Cybersyn procesaba información para ayudar a personas a decidir. Esa diferencia, más de medio siglo después, quizá sea una de las partes más interesantes de la historia.

La sala de operaciones que parecía llegada del futuro

La imagen que convirtió Cybersyn en mito fue su sala de operaciones de Santiago. El espacio parecía salido de una película de ciencia ficción de los años setenta: sillones blancos de formas geométricas, paneles de control incorporados a los reposabrazos y grandes superficies murales destinadas a mostrar gráficos e indicadores.

No había mesas convencionales ni montones de documentos. El diseño pretendía que responsables políticos, técnicos y trabajadores pudieran contemplar simultáneamente una representación condensada de la economía. La información debía entenderse de un vistazo, no esconderse dentro de un informe de 200 páginas redactado para garantizar que nadie llegara vivo al último párrafo.

La estética tenía una finalidad. Beer insistió en considerar la sala completa como una interfaz entre seres humanos y tecnología. El sistema debía seleccionar información relevante y permitir que quienes estuvieran allí comprendieran lo que estaba ocurriendo. Salvador Allende visitó el prototipo a finales de 1972.

Aquella filosofía explica por qué Cybersyn sigue apareciendo en estudios sobre diseño, interacción entre personas y ordenadores y gestión de organizaciones. Medio siglo después estamos rodeados de paneles digitales repletos de métricas; la diferencia es que llevamos uno en el bolsillo y solemos utilizarlo para comprobar cuánto tarda en llegar una pizza.

La huelga de camioneros convirtió el experimento en una herramienta real

Cybersyn dejó de ser solamente un proyecto experimental durante la grave huelga de transportistas de octubre de 1972. El paro amenazó las cadenas de abastecimiento de Chile y colocó al Gobierno de Allende ante un problema urgente: saber qué carreteras continuaban abiertas, qué camiones estaban disponibles y dónde escaseaban determinados recursos.

La red de télex permitió intercambiar rápidamente información entre distintos puntos del país. Stafford Beer calculó que durante la crisis llegaron a transmitirse alrededor de 2.000 mensajes diarios. Los responsables podían conocer bloqueos, localizar vehículos y redistribuir combustible, materias primas o medios de transporte hacia las zonas donde eran necesarios.

Fue probablemente el momento en el que Cybersyn estuvo más cerca de demostrar su utilidad práctica. No había convertido Chile en una economía gobernada por ordenadores. Había hecho algo más modesto y, precisamente por ello, bastante importante: reducir el tiempo entre un problema y quien debía conocerlo.

En agosto de 1973 una nueva huelga volvió a poner en funcionamiento aquella red. Pero las limitaciones estaban a la vista. Ningún algoritmo podía resolver la inflación desbocada, la escasez de financiación exterior, la conflictividad política, el mercado negro o la creciente violencia. Fernando Flores terminó reconociendo que la tecnología no podía solucionar por sí sola una crisis de esa magnitud. Era una máquina para procesar señales, no una varita mágica.

El golpe de 1973 acabó con Cybersyn antes de terminarlo

El 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas chilenas derrocaron al Gobierno de Salvador Allende. La Moneda fue bombardeada, Allende murió durante el asalto y comenzó la dictadura encabezada por Augusto Pinochet. Cybersyn, que todavía no había alcanzado su desarrollo completo, desapareció con el régimen político que lo había impulsado.

Estados Unidos había desarrollado durante los años anteriores una amplia política de presión encubierta contra Allende, financiando organizaciones políticas, medios y sectores opositores. La documentación estadounidense desclasificada acredita operaciones para debilitar políticamente al Gobierno chileno y anteriores intentos de impedir o desestabilizar la presidencia de Allende. La implicación directa de Washington en la ejecución concreta del golpe del 11 de septiembre requiere, sin embargo, una precisión histórica mayor que la cómoda brocha gorda de los relatos militantes.

Pocos días antes de su derrocamiento, Allende había solicitado trasladar la sala de operaciones de Cybersyn al Palacio de La Moneda. Nunca ocurrió. La escena tiene algo casi novelesco: un Gobierno cercado pretendiendo colocar en el corazón del poder una habitación futurista diseñada para ver la economía como un organismo vivo mientras, fuera, el sistema político entero se desmoronaba.

Lo que Cybersyn anticipó y lo que nunca llegó a ser

Presentar Cybersyn como el precursor directo de internet sería exagerado. Internet nació de otra genealogía tecnológica, con arquitecturas, protocolos y objetivos diferentes. El proyecto chileno tampoco constituye una prueba de que una economía pueda dirigirse eficazmente desde una computadora. Nunca llegó a funcionar plenamente y existió demasiado poco tiempo para realizar semejante juicio.

Pero sí anticipó problemas que resultan familiares. Cómo transformar cantidades enormes de datos en información manejable. Cómo detectar anomalías antes de que se conviertan en crisis. Cómo combinar decisiones locales con supervisión general. Cómo evitar que un centro acumule tanta información que termine convertido en un cuello de botella. Y, sobre todo, quién controla los datos y con qué finalidad.

Esa discusión continúa dentro de las organizaciones digitales contemporáneas. La gobernanza de datos y la inteligencia artificial vuelven una y otra vez sobre la tensión entre centralización, autonomía y responsabilidad: concentrar información puede mejorar la coordinación, pero también aumenta el poder de quien controla la infraestructura y obliga a establecer mecanismos claros de supervisión.

Aquí Cybersyn resulta más interesante que como simple reliquia tecnológica. Stafford Beer no imaginaba una computadora ordenando desde Santiago qué debía hacer cada fábrica. Su modelo pretendía conservar capacidad de decisión en los niveles inferiores y elevar únicamente aquellos problemas que superasen determinados límites. Incluso defendió que los trabajadores participaran en la construcción de los modelos de sus propias plantas y tuvieran acceso al sistema.

La contradicción estaba servida. Una infraestructura creada por un Estado socialista para administrar empresas públicas podía interpretarse como un mecanismo de participación y descentralización o, desde el otro extremo, como una formidable herramienta potencial de vigilancia económica. Los críticos de Allende hicieron precisamente esa lectura. Ambas posibilidades forman parte del problema tecnológico de siempre: una red no decide por sí misma quién manda. Eso depende de las instituciones, de las reglas y, finalmente, de las personas.

Una computadora no sustituye a la política

Cybersyn continúa fascinando porque resulta difícil colocarlo cómodamente en una vitrina ideológica. Fue socialista pero recurrió a un consultor británico procedente del mundo empresarial; buscaba coordinar desde el Estado mientras intentaba preservar autonomía en las fábricas; utilizaba enormes ordenadores centrales, pero dependía de humildes máquinas de télex; parecía ciencia ficción y, en los momentos más tensos de 1972, terminó ayudando a localizar camiones y carreteras abiertas.

Su legado tampoco está en haber inventado internet antes que internet. Está en algo bastante más incómodo. Los datos pueden mejorar las decisiones, pero no eliminan los conflictos políticos ni convierten automáticamente el poder en algo neutral. Un sistema puede detectar que falta combustible; no puede decidir qué sociedad debe repartirlo, con qué prioridades ni bajo qué autoridad legítima.

Más de medio siglo después, cuando administraciones y empresas confían decisiones crecientes a algoritmos, modelos predictivos e inteligencia artificial, aquel experimento chileno conserva una extraña modernidad. Tecnología para ver mejor, tecnología para reaccionar antes. Pero el botón sigue estando en manos humanas. Y quizá esa sea la parte de Cybersyn que menos ha envejecido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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