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Historia

¿Por qué Churchill y Stalin invadieron Irán pese a su neutralidad?

Irán se declaró neutral, pero Churchill y Stalin lo invadieron en 1941 por petróleo, ferrocarriles y una ruta vital para abastecer a la URSS.

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Fuerzas soviéticas y británicas en Quazvin
Fuerzas soviéticas y británicas en el desierto de Quazvin, agosto de 1941 / WIKIPEDIA

El 25 de agosto de 1941, Reino Unido y la Unión Soviética invadieron Irán, un Estado que había declarado su neutralidad en la Segunda Guerra Mundial. Londres avanzó desde el sur; Moscú, desde el norte. La operación duró apenas unos días porque la resistencia iraní, pese a los esfuerzos modernizadores de Reza Shah Pahlavi, no podía competir con dos potencias militares. El motivo decisivo estaba dibujado sobre el mapa: petróleo, ferrocarriles y una ruta segura para abastecer al Ejército Rojo mientras la Alemania nazi penetraba en territorio soviético.

Los aliados justificaron la intervención alegando también el peligro que representaba la presencia de ciudadanos alemanes en Irán. Ese temor no era completamente imaginario en una Europa devorada por la guerra, aunque la importancia de aquella supuesta quinta columna fue muy inferior al peso de los intereses estratégicos. Tras la invasión alemana de la URSS en junio de 1941, el llamado Corredor Persa se había vuelto demasiado valioso para dejarlo en manos de la neutralidad iraní. La soberanía, en aquel verano, cotizaba bastante menos que el petróleo.

Irán era neutral, pero estaba en el lugar equivocado

Reza Shah había proclamado la neutralidad de Irán al comenzar la guerra, prolongando una política destinada a impedir que el país volviera a convertirse en tablero de juego de las grandes potencias. No era una preocupación extravagante. Persia llevaba décadas soportando la presión británica y rusa, y el monarca había buscado en Alemania un socio económico capaz de ofrecer tecnología, comercio e industria sin pertenecer, al menos inicialmente, al viejo reparto de influencias regionales.

La relación con Berlín se intensificó durante los años treinta. Ingenieros, técnicos y comerciantes alemanes participaron en distintos proyectos industriales iraníes y Alemania adquirió un peso considerable en el comercio exterior. Cuando Hitler atacó a la Unión Soviética mediante la Operación Barbarroja, aquello que hasta entonces parecía una relación económica incómoda para Londres y Moscú pasó a contemplarse bajo otra luz.

Los gobiernos británico y soviético exigieron la expulsión de buena parte de los alemanes residentes en el país. Reza Shah se resistió a aceptar todas las demandas y ofreció concesiones parciales. No bastó. El 25 de agosto de 1941 las tropas atravesaron las fronteras. Ese mismo día, el sha pidió al presidente Franklin D. Roosevelt que intercediera para detener las hostilidades, denunciando que fuerzas británicas y soviéticas habían entrado en el país y bombardeado ciudades iraníes.

Había una ironía difícil de disimular. Apenas once días antes, Roosevelt y Winston Churchill habían formulado en la Carta del Atlántico principios sobre soberanía, fronteras y derecho de los pueblos. Después llegó Irán. La Segunda Guerra Mundial estaba llena de esas contradicciones: principios solemnes redactados con tinta y decisiones estratégicas ejecutadas con divisiones acorazadas.

Petróleo, ferrocarril y el miedo a una victoria alemana

El sur de Irán albergaba instalaciones petrolíferas fundamentales para los intereses británicos. Especialmente sensible era Abadán, donde funcionaba una gigantesca refinería vinculada a la industria petrolera bajo control británico. Perder esa zona, o simplemente permitir que quedase amenazada por una eventual expansión alemana hacia Oriente Próximo, era una posibilidad que Londres no estaba dispuesto a contemplar.

Pero después de Barbarroja apareció una razón todavía más urgente. La Unión Soviética necesitaba cantidades colosales de vehículos, armas, combustible, alimentos y materias primas procedentes de sus aliados. Las rutas árticas eran peligrosísimas y otras vías tenían enormes limitaciones. Irán ofrecía acceso desde el golfo Pérsico y un eje ferroviario que atravesaba el país hacia el norte.

El ferrocarril transiranio, paradójicamente una de las grandes obras de Reza Shah, terminó trabajando para quienes acababan de expulsarlo. Entre 1941 y 1945 atravesaron Irán hacia la URSS cerca de ocho millones de toneladas de importaciones, incluidos alrededor de 180.000 camiones y varios miles de aviones. La escala explica bastante mejor la invasión que cualquier discurso sobre unos cuantos comerciantes alemanes en Teherán.

Una campaña rápida y una monarquía descabezada

La ofensiva fue abrumadoramente desigual. Decenas de miles de soldados soviéticos penetraron desde el norte mientras las fuerzas británicas avanzaban por el sur. Las tropas iraníes se dispersaron y el gobierno aceptó el alto el fuego antes de que hubiera transcurrido una semana.

La derrota militar tuvo inmediatamente una consecuencia política. Reza Shah abdicó el 16 de septiembre de 1941 en favor de su hijo, Mohammad Reza Pahlavi, que conservaría el trono hasta la Revolución Islámica de 1979. Tropas extranjeras entraron en Teherán y el país quedó dividido de hecho entre áreas de presencia soviética en el norte, británica en el sur y una franja central formalmente administrada por las autoridades iraníes.

No hace falta convertir a Reza Shah en un liberal incomprendido para señalar el problema. Su régimen era autoritario, había reprimido adversarios y sometido por la fuerza a poblaciones tribales. Pero la naturaleza de su gobierno no anulaba la soberanía iraní. Las potencias aliadas no entraron en Irán para democratizarlo: entraron porque lo necesitaban.

El Corredor Persa convirtió Irán en una arteria de guerra

En enero de 1942, Irán, Reino Unido y la URSS firmaron un tratado tripartito que daba un marco jurídico a una situación creada previamente por las armas. Los aliados reconocían formalmente la independencia y la integridad territorial iraní y se comprometían a retirar sus fuerzas después de la guerra. Irán, mientras tanto, ponía sus comunicaciones al servicio del esfuerzo aliado.

El país se convirtió así en una gigantesca plataforma logística. Ferrocarriles, carreteras, puertos y transportes fueron orientados hacia el suministro soviético. Estados Unidos participó después activamente en la gestión y ampliación de aquella infraestructura. Lo que Churchill llamaría el “puente de la victoria” fue, visto desde Moscú o Londres, una operación logística extraordinaria. Desde una calle de Teherán donde faltaba pan, la perspectiva podía resultar algo menos épica.

En noviembre de 1943 llegó una escena que resumía perfectamente aquella anomalía. Roosevelt, Churchill y Stalin se reunieron en la Conferencia de Teherán para discutir la estrategia contra Alemania y el futuro de la guerra. Tres dirigentes extranjeros decidían asuntos de dimensión planetaria en la capital de un país cuya capacidad efectiva para controlar su propio territorio seguía limitada por la presencia militar de esos mismos aliados.

Pan escaso, inflación y una ocupación que también se comía

Para la población iraní, la ocupación no fue una cuestión abstracta de geopolítica. El esfuerzo logístico aliado absorbió vehículos y capacidad de transporte, mientras las dificultades para mover cereales entre regiones agravaban el abastecimiento. En 1942, Irán padecía una grave escasez de trigo y pan, hasta el punto de que se temía que el deterioro desembocara en hambre y desórdenes.

En diciembre de aquel año estallaron graves disturbios por el pan en Teherán. La crisis tenía también componentes políticos y luchas internas, pero la escasez alimentaria era real. Existían reservas de trigo en algunas provincias septentrionales bajo ocupación soviética mientras la capital sufría serios problemas de suministro.

La economía sufrió igualmente una fuerte inflación y una distorsión brutal de sus circuitos comerciales. Determinar cuántas personas murieron indirectamente por hambre, enfermedad y deterioro de las condiciones de vida sigue siendo objeto de discusión historiográfica, de modo que las cifras espectaculares merecen cautela. Lo que no resulta discutible es la existencia de una grave crisis alimentaria y sanitaria durante los años de ocupación.

La guerra dejó otras estampas menos conocidas. En 1942 llegaron a Irán decenas de miles de ciudadanos polacos evacuados de la Unión Soviética, entre ellos numerosos niños. Isfahán terminó asociada de manera especial a aquellos menores refugiados. Era una paradoja muy de aquella guerra: un país empobrecido y parcialmente ocupado se convirtió también en refugio para personas que escapaban de condiciones todavía peores.

La presencia extranjera alteró al mismo tiempo los equilibrios internos. El debilitamiento del Estado central facilitó movimientos tribales, organizaciones políticas y aspiraciones autonomistas que el régimen de Reza Shah había mantenido bajo control, a menudo mediante métodos nada delicados. La invasión no creó todas las fracturas de Irán, pero levantó la tapa.

1946 dejó otra herida: Stalin tardó en marcharse

El tratado de 1942 establecía que las fuerzas extranjeras debían abandonar Irán después del final de la guerra. Británicos y estadounidenses terminaron retirándose dentro del marco acordado. La Unión Soviética no lo hizo inicialmente y mantuvo tropas en el norte, donde Moscú había respaldado movimientos autonomistas en Azerbaiyán iraní y en las zonas kurdas.

Teherán llevó el conflicto a las recién creadas Naciones Unidas. En enero de 1946, la delegación iraní denunció formalmente ante la organización la interferencia soviética y pidió que la cuestión fuera tratada por el Consejo de Seguridad. La disputa se convirtió así en uno de los primeros grandes expedientes internacionales de la naciente Guerra Fría.

Las últimas tropas soviéticas terminaron retirándose en mayo de 1946. A finales de ese año, el gobierno central recuperó el control sobre Azerbaiyán iraní y desaparecieron los regímenes separatistas apoyados por Moscú. Apenas se había apagado una guerra mundial y ya se estaba dibujando la siguiente geometría del poder.

Una invasión que Irán no ha borrado de su memoria

En buena parte de Europa, la invasión anglosoviética de Irán apenas ocupa unas líneas dentro de la inmensidad de la Segunda Guerra Mundial. Para los iraníes encaja en una memoria histórica distinta: la de un país repetidamente presionado o intervenido por potencias extranjeras. Después llegarían la crisis petrolera, el golpe de 1953 contra Mohammad Mossadegh, la Revolución de 1979 y décadas de confrontación con Estados Unidos. 1941 quedó debajo de todas esas capas, pero nunca desapareció.

Ese recuerdo resulta especialmente significativo 85 años después. Irán vuelve a ocupar un espacio central en la política internacional, entre tensiones militares, sanciones, negociaciones nucleares y disputas alrededor del estrecho de Ormuz. La historia no se repite como una fotocopia —afortunadamente; los historiadores ya tienen bastante trabajo—, pero la memoria de las intervenciones extranjeras condiciona la forma en que una sociedad interpreta el presente.

Por eso el aniversario del 25 de agosto de 1941 significa algo más que recuperar una campaña militar casi borrada de la memoria occidental. Para Londres y Moscú, Irán fue entonces petróleo, ferrocarriles, suministros y una pieza fundamental para derrotar a Hitler. Para muchos iraníes fue otra cosa: tropas extranjeras cruzando las fronteras de un país neutral, un sha obligado a abandonar el trono, pan escaso y decisiones tomadas desde fuera.

Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. El Corredor Persa contribuyó materialmente a la victoria aliada sobre la Alemania nazi y la invasión vulneró la soberanía de Irán. La necesidad estratégica explica lo ocurrido; no lo convierte mágicamente en otra cosa. Ochenta y cinco años después, esa diferencia sigue siendo precisamente la parte de la historia que Irán no ha olvidado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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