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¿Por qué Khalilur Rahman quiere abrir la ONU a más voces del mundo?
Rahman abre su mandato en la Asamblea General defendiendo más participación social, reforma institucional y una ONU capaz de recuperar confianza.

Foto: Press Information Department — pressinform.gov.bd, dominio público — vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Rahman quiere abrir la ONU a la sociedad civil, academia y empresas
- La Asamblea General inicia una etapa centrada en reforma y confianza
- Su mandato coincide con el proceso para sustituir a António Guterres
Khalilur Rahman ha estrenado su presidencia de la Asamblea General de Naciones Unidas con una idea que parece sencilla, aunque toca uno de los nervios históricos de la organización: la ONU debería escuchar a algo más que a los Estados. El diplomático bangladesí quiere dar mayor espacio a la sociedad civil, los medios de comunicación, el mundo académico, las empresas y las comunidades vinculadas a la innovación. Es decir, abrir ventanas en un edificio diplomático que durante décadas ha funcionado, básicamente, de Gobierno a Gobierno.
Rahman asumió este 8 de septiembre la presidencia de la 81.ª sesión de la Asamblea General, un mandato que se extenderá hasta el 7 de septiembre de 2027 y en el que sustituye a la alemana Annalena Baerbock. No se convierte, conviene aclararlo, en «presidente de la ONU»: Naciones Unidas no tiene ese cargo. António Guterres continúa como secretario general hasta el final de su mandato. Rahman dirigirá, en cambio, el órgano donde están representados los 193 Estados miembros, cada uno con un voto.
Su estreno coloca sobre la mesa un debate bastante más profundo que una mera cuestión de protocolo. Naciones Unidas fue construida como un foro de Estados, pero los problemas que intenta gestionar hace tiempo que desbordan los ministerios de Exteriores. Inteligencia artificial, clima, migraciones, guerras, pandemias o transformación económica involucran a actores que no siempre tienen una silla en la gran sala de Nueva York.
Una ONU que escuche también fuera de los despachos
El primer mensaje del nuevo presidente ha buscado precisamente el corazón de la Carta de Naciones Unidas. Rahman recordó que su comienzo habla de «los pueblos de las Naciones Unidas», no simplemente de los Estados. A partir de ahí construyó su argumento: si la organización pretende seguir siendo relevante en el siglo XXI, no puede relacionarse con periodistas, universidades, empresas, organizaciones ciudadanas o centros de innovación como si fueran simples invitados sentados al fondo de la sala.
La distinción parece semántica hasta que se observa cómo funciona realmente la ONU. Sus decisiones formales pertenecen a los países miembros y eso no va a cambiar por una declaración presidencial. Pero buena parte de los asuntos que Naciones Unidas intenta ordenar avanzan mucho más deprisa que los procedimientos diplomáticos. La tecnología y la inteligencia artificial son quizá el ejemplo más evidente: mientras los Estados negocian vocabulario, las herramientas, los modelos y sus efectos sociales siguen corriendo.
Ahí aparece la apuesta de Rahman: ensanchar la conversación sin desmontar la estructura estatal de Naciones Unidas. El reto será convertir esa voluntad en mecanismos reales de participación y no en otra sucesión de foros, fotografías y acreditaciones. La ONU conoce bien esa enfermedad burocrática: abrir una puerta resulta relativamente fácil; conseguir que alguien pueda influir después es otro asunto.
«No estamos en 1945»
Rahman ha ligado esa apertura a un diagnóstico bastante menos ceremonial: existe un déficit de confianza en Naciones Unidas y la institución necesita una reforma más profunda para adaptarse a un mundo que ya no se parece al que alumbró la Carta de San Francisco hace ocho décadas.
La idea importa porque la arquitectura internacional mantiene todavía buena parte del mobiliario político de 1945. La Asamblea General ha crecido hasta reunir a 193 países, pero los grandes equilibrios de poder siguen condicionados por instituciones diseñadas después de la Segunda Guerra Mundial. El Consejo de Seguridad, con sus cinco miembros permanentes y su derecho de veto, es el ejemplo más visible.
Rahman no puede reformar por sí solo ese sistema. La presidencia de la Asamblea General tiene capacidad para ordenar debates, impulsar consensos y elevar asuntos políticos, pero no dispone de un botón mágico para modificar la Carta ni para obligar a las grandes potencias a ponerse de acuerdo. Sus resoluciones, salvo determinadas cuestiones internas y presupuestarias, tampoco tienen generalmente el carácter vinculante que pueden alcanzar ciertas decisiones del Consejo de Seguridad.
Quién es Khalilur Rahman, el diplomático que preside la Asamblea
Khalilur Rahman llegó al puesto después de unas elecciones bastante más disputadas de lo habitual. El 2 de junio obtuvo 99 votos frente a los 91 del chipriota Andreas Kakouris, en una votación secreta en la que participaron 190 Estados. La presidencia correspondía esta vez al grupo de Asia-Pacífico por el sistema de rotación regional.
Su trayectoria ayuda a entender el tono del estreno. Rahman es ministro de Asuntos Exteriores de Bangladés desde febrero de 2026 y anteriormente ejerció como asesor de Seguridad Nacional y alto representante para la cuestión rohinyá. Entró en el servicio diplomático bangladesí en 1979 y ha acumulado una larga experiencia en organismos multilaterales y en la propia Naciones Unidas.
La situación de los rohinyás, una minoría musulmana apátrida originaria de Myanmar y objeto de décadas de persecución y desplazamientos, ocupa un lugar particular en su carrera. Por eso, cuando se le preguntó si esa ONU más abierta debía escuchar también a los pueblos sin Estado, Rahman recurrió a su experiencia con esta comunidad y dejó claro que pretende mantener esa sensibilidad durante su presidencia.
Seis asuntos que marcarán su mandato
La apertura institucional es la novedad que ha dominado su primera intervención, pero Rahman llega con una agenda más amplia. Su presidencia se ha fijado seis grandes campos de trabajo: paz y seguridad, desarrollo sostenible, acción climática, derechos humanos, nuevas tecnologías y reforma de Naciones Unidas. Entre estas cuestiones aparece de forma destacada la gobernanza de la inteligencia artificial, un terreno donde la tecnología corre a velocidad de fibra óptica mientras la diplomacia internacional todavía busca dónde colocar los semáforos.
El lema oficial de la 81.ª sesión resume la intención: «Restaurar la confianza y gestionar la transformación» para conseguir unas Naciones Unidas capaces de ofrecer resultados para todos. Hay algo deliberadamente pragmático en esa formulación. No promete reinventar el planeta, una costumbre diplomática que suele acabar mal, sino demostrar que el sistema multilateral todavía puede producir resultados reconocibles.
La credibilidad será el hueso duro. Naciones Unidas afronta guerras prolongadas, tensiones entre grandes potencias, retrocesos humanitarios, dificultades para financiar sus programas y un creciente cuestionamiento sobre su capacidad para aplicar aquello que proclama. El problema no es que falten discursos. En Nueva York nunca han escaseado. Falta, demasiadas veces, convertirlos en acuerdos que sobrevivan al ascensor del edificio.
Una presidencia que coincide con el relevo de Guterres
El mandato de Rahman tendrá además un ingrediente excepcional: coincidirá con el proceso para designar al sucesor de António Guterres como secretario general. El portugués termina su segundo mandato el 31 de diciembre de 2026 y la nueva persona que encabece la organización deberá asumir el cargo el 1 de enero de 2027.
La presidencia de la Asamblea General participa en ese procedimiento junto al Consejo de Seguridad, facilitando la relación con los Estados miembros y la transparencia sobre las candidaturas. La decisión final mantiene, sin embargo, un equilibrio peculiar: el Consejo de Seguridad recomienda un nombre y la Asamblea General formaliza el nombramiento. Los cinco miembros permanentes del Consejo conservan, por tanto, una capacidad decisiva debido al veto.
Rahman hereda este proceso de Baerbock, que se lo transfirió formalmente al finalizar la 80.ª sesión. Su discurso sobre una institución más abierta tendrá aquí una prueba bastante tangible. Elegir al máximo responsable de Naciones Unidas siempre permite comprobar cuánto hay de transparencia efectiva y cuánto de negociación entre capitales lejos de los focos.
La Asamblea General tiene voz, pero no gobierna el mundo
La llegada de un nuevo presidente suele provocar cierta confusión sobre el peso real del cargo. La Asamblea General es el órgano más representativo de la ONU y el único donde todos los países disponen formalmente del mismo voto. Estados Unidos tiene uno. España, uno. Tuvalu, también uno. Sobre el papel, una geometría democrática bastante poco frecuente en las relaciones internacionales.
Eso no convierte a la Asamblea en un Parlamento mundial. Puede debatir prácticamente cualquier gran asunto internacional, aprobar el presupuesto de la organización, elegir miembros de otros órganos y adoptar resoluciones de enorme peso político, pero la mayoría de esas resoluciones no son jurídicamente obligatorias para los Estados.
Su poder funciona de otra manera. Produce legitimidad, presión diplomática y mayorías que permiten medir hasta qué punto una posición internacional está aislada o respaldada. Cuando 140 o 150 países votan en una misma dirección, la resolución quizá no envíe policías ni ejércitos, pero tampoco es simplemente papel mojado. Expresa algo que en diplomacia cuenta mucho: quién está dispuesto a quedarse solo en la fotografía.
Abrir las puertas será fácil; cambiar la habitación, bastante menos
La propuesta de Khalilur Rahman llega en un momento incómodo para Naciones Unidas, precisamente por eso interesante. La organización necesita que los Estados sigan considerándola útil, pero muchos de los actores capaces de transformar el mundo ya no están sentados exclusivamente en los ministerios. Empresas tecnológicas, científicos, universidades, organizaciones civiles y movimientos ciudadanos intervienen directamente en asuntos que después la ONU intenta regular.
Incorporarlos con mayor intensidad puede modernizar la conversación. También abre cuestiones delicadas sobre representación, intereses económicos y legitimidad. Una multinacional tecnológica tiene conocimientos que un diplomático quizá no posea sobre inteligencia artificial; también tiene accionistas, objetivos comerciales y una capacidad de presión incomparablemente mayor que la de una pequeña ONG. Abrir la ONU no significa entregar llaves indiscriminadamente.
Ahí se jugará buena parte del sentido político de la propuesta. Rahman tiene hasta el 7 de septiembre de 2027 para demostrar qué significa exactamente esa apertura. La 81.ª sesión acaba de empezar y las palabras todavía pesan poco; son recién estrenadas. Pero el diagnóstico resulta difícil de discutir: una organización fundada en nombre de «los pueblos» tendrá complicado conservar su relevancia si esos pueblos siguen apareciendo demasiadas veces como público y demasiado pocas como interlocutores.

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