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¿Qué busca Irán con otro ataque contra la Marina de Estados Unidos?

Irán encadena nuevos ataques fallidos contra buques de Estados Unidos y Washington teme una mejora de sus misiles y de su capacidad naval en Ormuz.

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Irán ataca de nuevo a la Marina de Estados Unidos

Resumen

  • Irán volvió a intentar alcanzar un buque de la Marina de Estados Unidos
  • Ninguno de los ataques conocidos logró impactar en barcos estadounidenses
  • Washington teme que Teherán mejore su precisión contra objetivos navales móviles

Irán volvió a intentar alcanzar un buque de la Marina de Estados Unidos el lunes 7 de septiembre, apenas dos días después de haber lanzado misiles balísticos contra un portaaviones y un destructor estadounidenses. Ninguno de los ataques conocidos alcanzó sus objetivos ni dejó víctimas estadounidenses, pero la sucesión de intentos ha encendido una alarma distinta en Washington: no tanto por el resultado, que fue fallido, sino por la posibilidad de que Teherán esté afinando su capacidad para localizar y atacar barcos en movimiento.

El episodio más reciente fue revelado a partir de funcionarios estadounidenses y posteriormente quedó encajado en una nueva respuesta militar de Washington. El martes 8, fuerzas de Estados Unidos atacaron varios petroleros iraníes vinculados, según Washington, a la Guardia Revolucionaria cerca de Jask y de la estratégica isla de Kharg. Medios estatales iraníes también informaron de impactos y evacuaciones de tripulaciones. El golfo Pérsico vuelve así a esa mecánica incómoda de represalia y contrarrepresalia en la que una jornada aparentemente tranquila puede durar exactamente lo que tarda alguien en pulsar otro botón.

El primer precedente inmediato está mucho mejor documentado. El 5 de septiembre, el Mando Central de Estados Unidos confirmó que la Guardia Revolucionaria había disparado varios misiles balísticos hacia un portaaviones y un destructor lanzamisiles estadounidenses que navegaban por aguas de la región. Los dos barcos evitaron los ataques y no hubo militares heridos.

Dos ataques en tres días elevan la tensión naval

Washington respondió entonces golpeando tres petroleros iraníes. Dos quedaron inutilizados, el Downy, frente a Kharg, y el Stark 1, cerca de Jask; un tercero, el Kylo, también conocido como Noxen, fue destruido en el golfo de Omán después de que su tripulación abandonara el barco. Estados Unidos sostiene que esos buques formaban parte de la red petrolera que financia a la Guardia Revolucionaria y a organizaciones aliadas de Teherán.

Irán ofreció otra versión. La Guardia Revolucionaria aseguró que sus misiles habían causado daños a los barcos estadounidenses y obligado a ambos a retirarse. Esa afirmación no ha sido respaldada por pruebas independientes y contradice directamente la información difundida por Estados Unidos, que sostiene que los proyectiles no alcanzaron los buques.

La novedad del lunes reside en la repetición. Según funcionarios estadounidenses, Irán emprendió un segundo ataque contra fuerzas navales de Estados Unidos en apenas tres días. El mando militar norteamericano no había publicado inicialmente los detalles de esa operación concreta, aunque fuentes oficiales vincularon posteriormente los nuevos ataques estadounidenses contra petroleros iraníes con nuevos intentos de Teherán de alcanzar un buque de guerra.

No consta que ningún barco estadounidense resultara alcanzado. Tampoco se ha difundido públicamente el número exacto de misiles empleados, el punto desde el que fueron disparados o el sistema concreto utilizado en ese segundo intento. Conviene mantener esa frontera: hay un ataque atribuido a Irán por funcionarios estadounidenses y una respuesta militar posterior, pero parte de la información operacional permanece clasificada o, sencillamente, no ha sido publicada.

El temor de Washington va más allá de los misiles fallidos

Lo que preocupa especialmente a responsables estadounidenses es la aparente evolución de las capacidades iraníes contra objetivos navales móviles. Dar a un barco de guerra que navega, maniobra y despliega contramedidas es bastante más complicado que lanzar un misil contra unas coordenadas terrestres conocidas. Hace falta detectar el objetivo, identificarlo, seguir su trayectoria, transmitir datos actualizados y mantener suficiente precisión durante el vuelo.

China y Rusia aparecen en las sospechas, no en las pruebas

Aquí entra la cuestión de China y Rusia. Funcionarios estadounidenses consideran posible que Teherán esté recibiendo alguna forma de ayuda exterior que mejore esas capacidades. Pero, por ahora, no existe una prueba pública que demuestre que Pekín o Moscú participaron directamente en los ataques ni que suministraran la información utilizada para ejecutarlos.

La diferencia no es menor. Una cosa es que Irán emplee componentes, conocimientos técnicos o sistemas desarrollados con cooperación exterior acumulada durante años; otra, mucho más grave, sería que una potencia extranjera proporcionase en tiempo real datos para localizar barcos estadounidenses. Eso elevaría el choque a otro nivel. Washington, al menos públicamente, no ha presentado evidencias que permitan afirmar algo semejante.

Teherán, entretanto, está promocionando sus avances misilísticos. Autoridades iraníes han hablado en los últimos días del Qassem Basir, un misil balístico presentado como más preciso y capaz que modelos anteriores. El responsable del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaei, llegó a asegurar que nuevas capacidades habían sido probadas contra un buque estadounidense. Las características anunciadas por Irán, como ocurre a menudo con programas militares sometidos a un enorme componente propagandístico, no pueden darse automáticamente por verificadas.

No significa que deban ignorarse. Tras meses de ataques estadounidenses que han degradado una parte sustancial de las fuerzas convencionales iraníes, Teherán conserva arsenales de misiles y drones capaces de amenazar bases y embarcaciones en una geografía especialmente ingrata para cualquier marina. En el estrecho de Ormuz las distancias son pequeñas, el tráfico es intenso y una plataforma de lanzamiento situada en la costa iraní puede encontrarse relativamente cerca de las rutas marítimas.

Ormuz convierte un choque militar en un problema mundial

Ese mapa explica buena parte de lo que está ocurriendo. Estados Unidos intenta mantener un bloqueo sobre los puertos iraníes que reduzca las exportaciones de petróleo de Teherán, al mismo tiempo que facilita el tránsito de determinadas embarcaciones comerciales por una ruta cercana a Omán. Irán pretende imponer sus propias condiciones de navegación y ha anunciado una nueva zona de exclusión marítima alrededor del estrecho.

No estamos ante una disputa por unas pocas millas de agua salada. Antes de la guerra, alrededor de una quinta parte del petróleo mundial atravesaba el estrecho de Ormuz. El tráfico se ha reducido de forma considerable durante el conflicto y cada amenaza sobre un petrolero, cada misil y cada aviso de evacuación acaba viajando miles de kilómetros hasta las pantallas de los mercados.

El martes el Brent llegó momentáneamente a rozar los 100 dólares por barril. No todo se explica por el enfrentamiento directo entre Estados Unidos e Irán: los hutíes de Yemen, respaldados por Teherán, ampliaron simultáneamente sus ataques contra Arabia Saudí y alcanzaron instalaciones energéticas y objetivos militares en el sur del país. Más de 70 personas resultaron heridas, según las autoridades saudíes. El incendio regional empieza a encontrar demasiadas habitaciones comunicadas.

Petroleros, drones y una guerra que desborda el mar

La propia selección estadounidense de petroleros como objetivo tiene esa doble dimensión, militar y económica. Washington no sólo responde al misil destruyendo una plataforma que pueda disparar otro; busca golpear los ingresos que sostienen a la Guardia Revolucionaria. Irán replica amenazando la circulación petrolera y el coste energético internacional. El campo de batalla, así, termina dentro de un depósito de combustible en Madrid o en la factura de transporte de una empresa europea. La geopolítica tiene esa costumbre poco elegante de acabar apareciendo en la gasolinera.

Teherán ha advertido incluso a tripulaciones de petroleros situados en puertos de Kuwait y Baréin de que abandonen sus barcos ante posibles represalias. Ambos países albergan importantes instalaciones y fuerzas estadounidenses. La amenaza aumenta el riesgo de que la confrontación deje de limitarse a objetivos directamente iraníes o estadounidenses y se derrame hacia terceros países del Golfo.

A esta tensión se suma otro incidente revelador: fuerzas iraníes se hicieron con un dron submarino estadounidense en el estrecho. Estados Unidos reconoció la pérdida, aunque afirmó que el aparato había sufrido una avería y que carecía de tecnología clasificada relevante. Aislado, el episodio tiene un valor militar limitado; dentro del cuadro completo muestra hasta qué punto ambas fuerzas están operando casi pegadas en las mismas aguas, observándose, probándose y tratando de descubrir las vulnerabilidades del contrario.

El verdadero peligro está en que el próximo misil sí acierte

El peligro inmediato no está en que Irán haya conseguido hundir un portaaviones estadounidense —no lo ha hecho— ni en que esté demostrado un salto tecnológico proporcionado por China o Rusia —tampoco lo está—. Está en la acumulación de intentos. El 5 de septiembre hubo misiles contra dos buques estadounidenses; el 7 llegó otro intento contra una unidad naval; el 8 Washington volvió a atacar petroleros iraníes. Cada episodio añade presión para que la respuesta siguiente sea un poco más dura que la anterior.

Y ahí reside el problema del golfo Pérsico en este momento. Los ataques iraníes han fallado, pero Washington no puede comportarse como si no hubieran existido; las represalias estadounidenses golpean activos importantes, pero no han eliminado la capacidad iraní para seguir lanzando misiles. Ninguno de los dos actores parece disponer de una salida militar sencilla y ambos intentan que sea el adversario quien pague primero el coste político y económico de retroceder.

Mientras los misiles sigan cayendo al agua, la crisis conservará un margen —estrecho— para contenerse. Un impacto directo sobre un gran buque estadounidense, con decenas o centenares de víctimas, cambiaría la ecuación de inmediato. Por eso el dato más tranquilizador de los últimos ataques es también el más inquietante: Irán no ha acertado. Pero sigue intentándolo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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