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Economía

¿Por qué Trump mueve los bonos del Tesoro y preocupa a Wall Street?

Trump y Bessent intervienen en los bonos del Tesoro ante la presión de la deuda, los tipos largos y una inquietud creciente por Wall Street.

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Trump vende su economía al Congreso

La Administración de Donald Trump ha decidido intervenir de forma más visible en uno de los mercados que menos agradecen las interferencias políticas: el de los bonos del Tesoro de Estados Unidos. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha anunciado que Washington duplicará al menos las recompras de determinados títulos de deuda a largo plazo, desde 2.000 hasta 4.000 millones de dólares por operación, y ha dejado abierta la puerta a cantidades mayores. La intención es contener unas rentabilidades que han escalado hasta niveles no vistos en casi dos décadas.

Traducido del dialecto de Wall Street: el Gobierno quiere que bajen los intereses que exige el mercado para prestar dinero a Estados Unidos. Y tiene motivos. El bono a 30 años llegó esta semana a rondar el 5,3%, mientras el de referencia a 10 años se movió alrededor del 4,7%. Cuando esas rentabilidades suben, la factura no se queda encerrada en una pantalla de Bloomberg: encarece las hipotecas, el crédito empresarial y, sobre todo, el coste de financiar una deuda pública superior a los 40 billones de dólares. Ahí está el nervio de la historia.

El Tesoro compra deuda para quitar presión al mercado

El mecanismo parece extraño a primera vista. Estados Unidos emite deuda porque necesita dinero y, al mismo tiempo, el Tesoro recompra parte de esa deuda ya existente. No es una contradicción contable ni un truco de prestidigitación. Las recompras de bonos permiten retirar determinados títulos antiguos del mercado y mejorar su liquidez, mientras Washington puede financiarse mediante otros vencimientos, especialmente letras más cortas.

Bessent ha puesto el foco en los títulos con vencimientos largos. Entre el 9 de septiembre y el 4 de noviembre, el Tesoro prevé duplicar hasta al menos 4.000 millones de dólares el tamaño de determinadas operaciones sobre deuda situada en los tramos de 10 a 20 años y de 20 a 30 años. El anuncio sorprendió porque llegó fuera de la liturgia habitual de comunicación del Tesoro, una institución que durante décadas ha cultivado algo muy aburrido y, precisamente por eso, muy valioso: la previsibilidad.

El mercado reaccionó inmediatamente. La rentabilidad del bono a 30 años cayó casi diez puntos básicos después del anuncio y el dólar se debilitó. Duró poco. Al día siguiente, buena parte del movimiento se había deshecho y el rendimiento de la deuda a 30 años volvía a situarse en torno al 5,25%. El mensaje del mercado fue bastante menos diplomático que un comunicado ministerial: comprar algunos bonos puede aliviar la presión; borrar las razones que han llevado a los inversores a exigir intereses más altos es otra historia.

Qué está intentando hacer Scott Bessent

El secretario del Tesoro sostiene que las actuales rentabilidades no reflejan correctamente los fundamentos de la economía estadounidense. Su tesis es que una mezcla de escasa liquidez veraniega, tensión geopolítica, emisiones empresariales y nerviosismo inversor ha empujado demasiado arriba los tipos de largo plazo.

Hay algo de eso. Agosto puede convertir movimientos relativamente pequeños en sacudidas aparatosas porque hay menos operadores activos. Pero sería cómodo atribuir todo el incendio al calor del verano. Estados Unidos compite ahora por el capital con unas grandes empresas tecnológicas que están colocando enormes cantidades de deuda para construir centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial. Gobiernos, tecnológicas, energía, defensa: todos llaman a la misma puerta y todos quieren dinero. El ahorro disponible no es infinito.

No es una nueva expansión cuantitativa de la Fed

Conviene separar dos instrumentos que desde lejos pueden parecer iguales. Cuando la Reserva Federal compra grandes cantidades de bonos y crea reservas bancarias para hacerlo, hablamos de expansión cuantitativa o quantitative easing. Lo anunciado por el Tesoro no es eso.

El Gobierno recompra unos títulos mientras continúa financiándose mediante otros. En la práctica puede alterar la cantidad de deuda larga disponible y modificar la composición de los vencimientos, pero no está creando dinero nuevo. Se parece más a reorganizar un armario muy grande que a construir una habitación adicional.

El movimiento recuerda, salvando las distancias, a la llamada Operación Twist, utilizada en otras épocas para modificar el equilibrio entre deuda corta y larga y reducir las rentabilidades de los vencimientos más extensos. La diferencia política resulta interesante: esta vez quien está haciendo el movimiento más visible no es la Reserva Federal, sino el propio Tesoro.

Una proporción explica bastante bien el escepticismo de los inversores. El mercado de deuda pública estadounidense ronda los 32 billones de dólares. Frente a semejante océano, una recompra de 4.000 millones por operación es una piedra razonablemente vistosa, pero sigue siendo una piedra.

Por eso la actuación funciona también como mensaje. Bessent está diciendo que el Tesoro observa las rentabilidades, que considera excesivo su ascenso y que está dispuesto a intervenir. En los mercados, la señal puede importar tanto como el dinero. El problema empieza cuando los inversores deciden comprobar hasta dónde está dispuesto a llegar quien ha enviado la señal.

El bono a 30 años se ha convertido en un problema político

Durante años, Trump ha hablado de los tipos de interés como si dependieran esencialmente de la Reserva Federal. La realidad es bastante más antipática. La Fed controla de manera directa el precio del dinero a muy corto plazo, pero los intereses a diez, veinte o treinta años los fija sobre todo el mercado.

Y el mercado pide ahora una prima mayor para prestar dinero durante décadas. Influyen la inflación, las perspectivas de crecimiento, el volumen de deuda que Washington deberá colocar y la incertidumbre sobre la política fiscal. A ello se suma el petróleo, presionado por el conflicto con Irán, que vuelve a introducir riesgo inflacionista en una economía donde la subida de precios todavía permanece por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal. En julio, la Fed mantuvo su tipo oficial entre el 3,5% y el 3,75%, con tres miembros votando ya a favor de una subida de un cuarto de punto.

Aquí es donde una gráfica aparentemente remota termina entrando por la puerta de casa. En Estados Unidos, las hipotecas a 30 años siguen de cerca el comportamiento de los bonos a largo plazo. Si el Tesoro paga más para financiarse, las empresas también suelen pagar más. Y cuando el activo considerado prácticamente libre de riesgo ofrece rentabilidades cercanas al 5%, comprar acciones a valoraciones elevadas exige bastante más fe.

El bono deja entonces de ser una pieza de fontanería financiera y se convierte en competencia directa para la Bolsa. Un inversor puede preguntarse por qué asumir grandes riesgos empresariales si el propio Gobierno estadounidense le ofrece un rendimiento considerable. Ese simple cálculo explica por qué las tensiones en el Tesoro acaban recorriendo acciones, crédito, vivienda y divisas.

Los 40 billones que el mercado no consigue olvidar

Bessent ha relativizado el hecho de que la deuda pública estadounidense haya superado los 40 billones de dólares. Según su argumento, Estados Unidos puede crecer lo suficiente para hacer más manejable el peso de esa deuda y el Gobierno prepara, junto al director de Presupuesto de la Casa Blanca, Russell Vought, nuevas medidas de consolidación fiscal.

El mercado, de momento, no parece dispuesto a conceder ese crédito por anticipado. La Oficina Presupuestaria del Congreso calculaba ya en agosto un déficit de 1,8 billones de dólares durante los diez primeros meses del ejercicio fiscal de 2026, 169.000 millones más que durante el mismo periodo del año anterior. Su proyección anual sitúa el déficit alrededor de 1,9 billones, equivalente aproximadamente al 5,8% del PIB. Son cifras enormes para una economía que no atraviesa una recesión profunda.

Y existe un círculo desagradablemente sencillo. Más deuda exige más emisiones; más emisiones pueden obligar a ofrecer rentabilidades superiores para atraer compradores; esas rentabilidades aumentan el gasto en intereses; y pagar más intereses puede agrandar todavía más el déficit. No es una espiral automática hacia la catástrofe, ni Estados Unidos está a punto de quedarse sin compradores. Sigue disfrutando del mercado financiero más profundo del planeta y del dólar como principal moneda de reserva. Pero tampoco es una cuestión que desaparezca proclamando que la economía crecerá.

La batalla de Bessent también afecta al dólar, al oro y al bitcoin

La reacción más llamativa se produjo fuera de los propios bonos. Tras conocerse las recompras, el dólar perdió terreno, mientras el oro y el bitcoin avanzaron con fuerza. El viernes, el euro llegó a tocar los 1,1711 dólares, máximo desde mayo, y la divisa estadounidense cerraba una semana claramente debilitada frente a varias monedas importantes.

La lógica del inversor es casi paradójica. Si Washington intenta impedir que las rentabilidades de sus bonos suban para reflejar el riesgo fiscal, parte de esa preocupación puede trasladarse al dólar. Algo tiene que absorber la presión. De ahí que haya reaparecido en Wall Street la expresión debasement trade, la apuesta por activos que algunos inversores consideran protección frente a una eventual pérdida de poder adquisitivo de las monedas.

El oro encaja naturalmente en ese relato. Bitcoin intenta colarse en la misma fotografía, aunque su volatilidad obliga a colocarle varios asteriscos. Durante la semana se disparó alrededor de un 20%, mientras el oro alcanzaba máximos de casi tres meses. No todo el movimiento puede atribuirse a Bessent, pero el mensaje del Tesoro alimentó claramente el debate sobre deuda, dólar e intervención pública.

Washington ha encontrado su termómetro más incómodo

La Casa Blanca puede discutir con el Congreso, criticar a la Reserva Federal o presentar como pasajera una subida de los costes financieros. Con el mercado de bonos la conversación es más seca. Cada día aparecen compradores y vendedores poniendo un precio al riesgo estadounidense, sin portavoz y sin rueda de prensa.

Scott Bessent conoce bien ese mundo: antes de llegar al Tesoro fue gestor de fondos y operador en mercados de deuda y divisas. Precisamente por eso resulta significativo que haya decidido intervenir. Washington considera demasiado elevados los tipos a largo plazo y teme su impacto sobre vivienda, empresas, Bolsa y coste de la deuda. El movimiento de las recompras revela ese límite mucho mejor que cualquier discurso.

Por ahora, el experimento ha conseguido una cosa indiscutible: enseñar dónde duele. Las rentabilidades bajaron cuando Bessent apareció, pero regresaron rápidamente hacia niveles anteriores. La deuda supera los 40 billones, el déficit sigue cerca de los dos billones anuales, la inflación continúa condicionando a la Fed y la economía demanda cantidades gigantescas de capital para financiar la inteligencia artificial, la energía y el gasto público.

El Tesoro puede retirar algunos bonos del escaparate y cambiar su composición. Puede incluso sorprender a los operadores una mañana de agosto. Lo que no puede hacer con una recompra de unos pocos miles de millones es convencer al mercado de que 40 billones pesan menos de lo que pesan. Y Wall Street, con esa elegancia suya de poner precio hasta a la ansiedad política, acaba de recordárselo.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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