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Economía

¿Por qué Venezuela vende más petróleo pero sus puertos no dan abasto?

Venezuela vende más petróleo, pero sus puertos se atascan: barcos esperan hasta 30 días mientras la infraestructura frena su auge exportador.

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Venezuela acusa a EE UU de venir por su petróleo

Venezuela vuelve a encontrar compradores para su petróleo, pero no siempre consigue cargarlo a la misma velocidad a la que lo vende. El cuello de botella está en la salida: averías, cortes eléctricos, capacidad limitada de almacenamiento y demoras en los muelles mantienen a decenas de petroleros frente a la costa. Algunos cargamentos pueden tardar hasta 30 días en salir. Tener las mayores reservas probadas de crudo del mundo no garantiza que un buque pueda recibirlo a tiempo.

La congestión ya condiciona el alcance de la recuperación. Aunque la producción ronda los 1,25 millones de barriles diarios y la demanda exterior ha repuntado, PDVSA y sus socios llevan meses sin superar de forma sostenida ese volumen en exportaciones. En julio salieron unos 1,16 millones de barriles al día, ligeramente menos que en junio y por debajo del máximo reciente de 1,24 millones alcanzado en mayo. El petróleo tiene destino; lo que escasea son instalaciones capaces de despacharlo sin interrupciones.

El regreso de los compradores expone un problema antiguo

La actividad comercial ha cambiado más deprisa que la infraestructura. Estados Unidos vuelve a recibir grandes cantidades de crudo venezolano, Europa ha recuperado suministros y empresas como Chevron, Repsol, Vitol y Trafigura participan de nuevo en el negocio. Más contratos significan más buques solicitando turno en una red de terminales que arrastra años de mantenimiento aplazado. La misma instalación debe atender ahora un tráfico más intenso sin haber recuperado necesariamente su capacidad anterior.

Conviene distinguir entre producir, vender y exportar. El crudo puede salir de un pozo y encontrar comprador, pero todavía debe recorrer tuberías, pasar por depósitos y, en muchos casos, mezclarse con productos más ligeros antes de llegar al barco. Una venta no equivale a una carga completada. Si cualquiera de esas operaciones se retrasa, el barril permanece en tierra aunque el acuerdo comercial esté cerrado. Y cuando se llenan los tanques, el atasco portuario puede terminar afectando también al ritmo de extracción.

El contraste con la Venezuela petrolera de hace más de dos décadas es notable. Entonces producía más de 3 millones de barriles diarios, sus terminales podían gestionar exportaciones superiores a 2,5 millones y los barcos solían entrar y salir de aguas venezolanas en menos de una semana. Hoy se maneja un volumen mucho menor, pero algunos cargamentos afrontan esperas de hasta un mes. La diferencia no se explica por falta de petróleo, sino por la pérdida de fiabilidad de la cadena que lo mueve.

Durante años, las sanciones dominaron la explicación del retroceso del sector. Las restricciones comerciales siguen formando parte de su historia, pero no explican por sí solas cada avería, cada equipo pendiente de reparación ni la falta de capacidad en un depósito. Ahora que han regresado compradores y operadores internacionales, los problemas materiales quedan más expuestos. La recuperación de una relación comercial puede ser rápida; reconstruir una terminal que ha trabajado durante años con recursos insuficientes requiere otro ritmo.

José concentra el tráfico y también el riesgo de atasco

El complejo de José, en la costa nororiental, reúne alrededor del 70% de las exportaciones venezolanas. Es la gran puerta de salida para buena parte del crudo procedente de la Faja del Orinoco: allí confluyen conducciones, almacenamiento e instalaciones de carga. Esa concentración ofrece una ventaja cuando todo funciona, porque reúne las operaciones en un mismo punto. Cuando falla una pieza, en cambio, la repercusión alcanza a una parte enorme del comercio petrolero nacional.

Durante 2026 se han registrado fallos de equipos, cortes de electricidad e interrupciones en operaciones portuarias. Una bomba que transfiere petróleo con lentitud mantiene ocupado el atraque más tiempo del previsto; un corte eléctrico puede detener la maniobra aunque el barco y el cargamento estén preparados. Cada hora adicional desplaza los turnos siguientes. El retraso de un buque deja de ser un incidente aislado cuando detrás esperan otros que necesitan las mismas conducciones, depósitos y posiciones de carga.

El tráfico de entrada también importa. Venezuela recibe productos que necesita para sus operaciones petroleras, y esos barcos deben descargar en un sistema con espacio limitado para almacenar combustibles. Si los depósitos están llenos o no pueden liberar capacidad a tiempo, descargar se vuelve más difícil. Así, los buques que llegan con suministros y los que esperan salir con crudo quedan ligados por una infraestructura compartida. El puerto no funciona como una fila única, sino como varias filas que se cruzan.

La congestión se extiende más allá de José. Los fondeaderos próximos a Puerto La Cruz y otras terminales acumulan esperas. En Guaraguao, solo dos de siete muelles estaban plenamente operativos a mediados de agosto. Que los otros cinco no pudieran funcionar con normalidad reducía las opciones de distribuir las cargas. Cuando una terminal pierde posiciones disponibles, parte del tráfico busca sitio en otra; si esa alternativa también está ocupada, la cola se traslada al mar.

Hay además obstáculos que pertenecen a una etapa comercial anterior. Algunos buques utilizados durante los años de restricciones permanecen en instalaciones venezolanas y ocupan espacio valioso para el tráfico actual. Uno lleva alrededor de dos años atracado en Guaraguao. No basta, por tanto, con atraer nuevos petroleros: también hay que despejar posiciones y recuperar instalaciones. Chevron ha estudiado el acceso a espacios destinados tradicionalmente al tráfico doméstico para aliviar demoras, una señal de hasta qué punto se buscan salidas dentro del sistema existente.

El crudo pesado necesita algo más que un muelle libre

Una parte sustancial de la producción venezolana procede de la Faja del Orinoco y corresponde a crudos pesados y extrapesados. Su consistencia complica el transporte y exige mezclarlos con hidrocarburos más ligeros para facilitar su manejo y procesamiento. Antes de que el petróleo alcance la terminal debe haber diluyente suficiente, instalaciones donde preparar la mezcla y capacidad para conservarla. Un atraque desocupado sirve de poco si el producto que debe cargarse todavía no está en condiciones de circular con normalidad.

En julio, Venezuela importó unos 81.000 barriles diarios de nafta pesada para contribuir a ese proceso. La cifra muestra una dependencia poco visible desde el muelle: parte de la capacidad de vender petróleo depende de recibir primero otro producto. Esos suministros necesitan barcos, tanques y operaciones de descarga. La congestión, por tanto, no solo retrasa la salida del crudo; también puede entorpecer la llegada de lo que permite prepararlo para la exportación.

La calidad del cargamento añade otra exigencia. Los compradores esperan recibir un petróleo con las características acordadas, y las diferencias pueden abrir disputas incluso después de completar la carga. Si fallan la mezcla, el almacenamiento o el control de una transferencia, el problema viaja con el barril. No todas las controversias responden a la misma causa, pero todas recuerdan que la operación portuaria es también una operación comercial: entregar a tiempo importa, y entregar el producto previsto también.

Este entramado ayuda a entender por qué una recuperación basada únicamente en perforar más pozos tendría límites. Entre el yacimiento y la refinería del comprador se interponen oleoductos, bombas, tanques y suministro eléctrico, además de los equipos de mezcla y los muelles. El sector agrupa buena parte del transporte y el almacenamiento bajo el término de infraestructura intermedia. Es menos visible que una plataforma, pero determina cuántos barriles pueden convertirse de verdad en exportaciones.

Un petrolero inmóvil encarece cada cargamento

Las esperas tienen una factura. Los contratos marítimos establecen un tiempo para cargar o descargar, y superarlo puede generar cargos por demora que se acumulan mientras el buque permanece detenido. PDVSA ha recibido reclamaciones por miles de dólares y ha aceptado abonar algunas compensaciones mediante entregas de crudo. Esa forma de pago evita un desembolso inmediato de dinero, pero compromete barriles que podrían haberse destinado a otras operaciones.

El coste no termina en el reloj del barco. Han surgido disputas por contaminación de cascos, fugas durante determinadas maniobras y diferencias en la calidad del petróleo entregado. Una operación lenta puede acabar además en una reclamación, con descuentos o compensaciones que reducen el rendimiento del cargamento. El comprador, el precio y el destino pueden estar fijados desde antes; la cantidad que finalmente deja el negocio sigue dependiendo de cómo transcurra la carga.

La espera afecta asimismo a la organización de la flota. Un petrolero retenido frente a una terminal no puede completar su viaje ni quedar disponible para otro. Si varios barcos sufren el mismo retraso, planificar los siguientes embarques se vuelve más difícil. La incertidumbre no exige que todos los buques esperen 30 días: basta con que los tiempos sean variables y algunas demoras se prolonguen para que los operadores necesiten más margen al organizar viajes y entregas.

Para PDVSA y sus socios, el efecto se mide tanto en gastos como en capacidad perdida. Un cargamento que ocupa durante días un atraque impide utilizarlo para el siguiente; uno que permanece en un depósito limita el espacio para recibir más producción. El atasco se propaga hacia atrás, desde el barco hasta los tanques y, potencialmente, hasta el campo petrolero. Por eso la congestión no es un inconveniente secundario del comercio exterior, sino una restricción para toda la actividad.

Estados Unidos vuelve a ser un destino central

El aumento de la presión sobre los puertos coincide con la recomposición del mapa de clientes. La flexibilización de restricciones y el cambio en la relación con Washington han permitido que comercializadoras y refinadores retomen operaciones con petróleo venezolano. Desde enero, Vitol y Trafigura han movido más de 140 millones de barriles de crudo y combustibles del país. Buena parte acabó en Estados Unidos, aunque también hubo envíos a Europa e India.

En julio, los suministros venezolanos hacia Estados Unidos alcanzaron alrededor de 786.000 barriles diarios, su nivel más alto desde comienzos de 2019. Chevron mantuvo alrededor de 293.000 barriles diarios. Las cifras muestran la velocidad del regreso estadounidense, pero también ayudan a explicar la presión sobre las terminales: una corriente de exportación de ese tamaño exige turnos regulares de carga y pocas interrupciones para sostenerse.

El vínculo tiene una lógica industrial. Numerosas refinerías de la costa estadounidense del golfo están preparadas para procesar crudos pesados, por lo que el petróleo venezolano encaja en instalaciones que ya conocen ese tipo de materia prima. Antes de las sanciones impuestas en 2019, esas plantas podían recibir hasta unos 800.000 barriles diarios de Venezuela. El acercamiento comercial actual recupera parte de aquella relación, aunque bajo reglas políticas y empresariales distintas.

España también figura en esta nueva etapa. Repsol comenzó en julio a cargar directamente crudo Merey 16 en José, tras haber adquirido durante meses anteriores cargamentos a través de intermediarios. La compañía ha firmado acuerdos para ampliar su actividad en Venezuela y prevé aumentar allí su producción. Parte del petróleo que recibe sirve para amortizar deudas pendientes, de modo que los envíos no responden únicamente a nuevas ventas al contado.

La reforma petrolera aprobada en 2026 concede más autonomía a operadores privados y socios de PDVSA para gestionar campos y comercializar parte de su producción. Ese cambio puede multiplicar los actores capaces de cerrar operaciones, pero todos dependen de una capacidad portuaria limitada. PDVSA mantiene, por ahora, el control de las terminales y la programación de cargamentos. Dar más libertad para vender no crea por sí mismo otro tanque ni devuelve al servicio un muelle averiado.

Más perforación puede agrandar el cuello de botella

Washington impulsa un proyecto de reconstrucción de la industria energética venezolana valorado en torno a 100.000 millones de dólares, con el propósito de atraer capital y elevar la producción. El interés empresarial se percibe en la preparación de equipos y la negociación de nuevos contratos. Sin embargo, esa cifra expresa la escala del proyecto impulsado, no una garantía de que todas las inversiones estén ejecutadas ni de que sus resultados vayan a llegar al mismo tiempo.

SLB trabaja en la posible reactivación de hasta 15 plataformas que ya están en Venezuela. Cuatro podrían entrar en servicio antes de terminar 2026 si se cierran los acuerdos necesarios. Al finalizar julio solo había dos plataformas terrestres de perforación activas, lo que apunta al margen que podría abrirse con más actividad. También revela el desfase: aumentar pozos y extracción puede avanzar por una vía distinta de la reparación de oleoductos, depósitos y terminales.

La producción ronda los 1,25 millones de barriles diarios, pero producción y exportación no son magnitudes intercambiables. Una parte del petróleo sigue otros destinos dentro del sistema y el volumen que se carga en barcos varía de un mes a otro. Por eso no se puede deducir la capacidad de los puertos restando sin más las exportaciones de la producción. Lo que sí muestran los retrasos es una limitación operativa: colocar más barriles en el mercado exige poder prepararlos, almacenarlos y embarcarlos.

Si la extracción crece más deprisa que la salida, la abundancia puede volverse incómoda. Los tanques tienen una capacidad finita y los barcos no pueden esperar indefinidamente sin costes. Perforar más no sustituye a reparar lo existente. Una inversión en nuevos equipos de producción puede elevar las posibilidades del subsuelo, mientras un fallo eléctrico en una terminal impide aprovecharlas. La recuperación exige que ambas partes del sistema avancen a un ritmo compatible.

La recuperación se decidirá también en la superficie

El petróleo venezolano vuelve a tener compradores, rutas comerciales y empresas interesadas en ampliar su presencia. Eso representa una oportunidad después de años de restricciones y deterioro, pero la demanda exterior no repara una bomba. José concentra demasiado tráfico para que sus fallos sean menores, Guaraguao funciona con una parte limitada de sus muelles plenamente operativa y los cortes eléctricos siguen interrumpiendo operaciones. Cada deficiencia parece local hasta que se suma a las demás.

La respuesta tampoco consiste únicamente en construir otro atraque. Un sistema fiable necesita capacidad para recibir diluyentes, mezclar el crudo, conservarlo en depósitos, moverlo por tuberías y cargarlo sin paradas repetidas. La cadena vale lo que vale su tramo más débil. Un nuevo muelle no eliminaría una escasez de almacenamiento; más tanques no resolverían una transferencia detenida por falta de electricidad. Las reparaciones menos llamativas pueden ser tan decisivas como las grandes inversiones.

El contraste define esta etapa de la industria venezolana: bajo tierra hay reservas enormes; frente a la costa, barcos que en ocasiones aguardan durante semanas. El país ya ha demostrado que puede recuperar clientes, incluidos refinadores estadounidenses y compañías europeas. Sostener ese regreso depende ahora de la fiabilidad diaria de instalaciones que durante años no recibieron la atención suficiente. La medida de la recuperación no será solo cuántos barriles se extraigan, sino cuántos consigan llegar al comprador en el plazo previsto.

Mientras tanto, cada petrolero fondeado hace visible una diferencia que las cifras de reservas suelen ocultar. Poseer crudo, venderlo y entregarlo son tareas distintas, separadas por cables, bombas, tanques y horas de trabajo en un muelle. El límite inmediato está sobre la tierra y junto al mar. Allí se decidirá si el nuevo impulso comercial puede convertirse en una capacidad exportadora estable o si los compradores seguirán llegando antes que los barcos cargados.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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