Economía
¿Por qué España importa un 84 % más de aceite de oliva extranjero?
España compra un 84 % más de aceite de oliva fuera de la UE: Túnez gana peso y el campo teme una fuerte presión sobre los precios en origen.

España está comprando mucho más aceite de oliva fuera de la Unión Europea. Entre enero y mayo de 2026 entraron 73.400 toneladas procedentes de terceros países, un 83,9 % más que en el mismo periodo de 2025. El salto es enorme, pero conviene colocar la cifra bajo una buena luz: las importaciones españolas totales de aceite de oliva fueron de 115.300 toneladas, un 27,5 % más. Es decir, ese famoso 84 % no significa que España haya aumentado todas sus compras de aceite en esa proporción, sino específicamente las realizadas fuera del mercado comunitario.
La explicación combina una cosecha española más corta de lo esperado, necesidades de abastecimiento de una industria que compra, envasa y exporta durante todo el año y precios más competitivos en otros países mediterráneos, especialmente Túnez. Y ahí aparece la paradoja, que tiene cierta retranca: el gran gigante mundial del olivar necesita traer aceite de fuera mientras sus agricultores se quejan de que precisamente esas entradas están empujando hacia abajo las cotizaciones en origen. Industria y productores contemplan la misma cisterna, pero desde lados bastante distintos.
El 84 % impresiona, pero no cuenta toda la historia
Las cifras del Ministerio de Agricultura permiten ampliar el foco. Si se utiliza la campaña oleícola, que comienza el 1 de octubre, en lugar del año natural, España había importado 177.550 toneladas entre octubre de 2025 y mayo de 2026, un 11 % más que en idéntico tramo de la campaña anterior. De ese volumen, 98.798 toneladas procedían de fuera de la Unión Europea. Un año antes habían sido 56.648.
El cambio en la procedencia resulta quizá más revelador que el crecimiento bruto. En la campaña 2024-2025, los países extracomunitarios aportaban el 35 % de las importaciones españolas; ahora representan el 56 %. El virgen extra también ha ganado peso y supone alrededor del 65 % del volumen importado, frente al 54 % de la campaña anterior. Ya no estamos, pues, ante alguna compra puntual para tapar un hueco concreto. Ha cambiado el mapa de abastecimiento.
Los datos más recientes del balance nacional van en la misma dirección. A 30 de junio, las importaciones acumuladas durante la campaña alcanzaban unas 200.600 toneladas, un 13 % más que un año antes y un 16 % por encima de la media de las cuatro campañas precedentes. Hay más aceite entrando, sí. Pero también mucho aceite saliendo: España había exportado 745.300 toneladas hasta junio, casi cuatro veces más que todo lo importado. Sigue siendo una potencia exportadora con una maquinaria comercial gigantesca; no un país que se haya quedado sin aceite y esté llenando las despensas a golpe de barco.
Túnez se convierte en la gran despensa exterior
El verdadero protagonista de este giro es Túnez. Entre octubre de 2025 y mayo de 2026 concentró alrededor del 40 % de todas las importaciones españolas de aceite de oliva, con casi 71.000 toneladas. Portugal, pese a formar parte de la UE y jugar en otra categoría comercial, ocupó el segundo puesto con el 35 %. Marruecos quedó bastante más lejos, alrededor del 9 %.
Hay una razón económica bastante terrenal. Túnez ha contado con una buena disponibilidad de aceite y unos precios capaces de competir con los españoles. Para las compañías que necesitan mantener funcionando plantas de envasado, atender contratos internacionales y abastecer mercados durante doce meses, comprar allí puede tener sentido empresarial. El aceite no entiende demasiado de banderas cuando entra en una hoja de costes.
Eso no convierte automáticamente el producto tunecino en aceite español, claro. Las normas de etiquetado y origen siguen existiendo, y tampoco significa que todo aceite importado termine directamente en una botella para el consumidor español. España es un centro industrial y comercial del sector: importa materia prima, comercializa, envasa y exporta, además de colocar en el mercado su propia producción.
Las 56.700 toneladas que entran sin arancel
Túnez dispone de un contingente específico para vender a la Unión Europea 56.700 toneladas anuales de aceite de oliva virgen con arancel cero, siempre bajo las condiciones establecidas por la normativa comunitaria. No es una concesión improvisada en 2026 ni una puerta abierta este verano: forma parte desde hace años del marco comercial entre la UE y Túnez.
El conflicto surge con las cantidades que circulan fuera de ese contingente y con la forma en que se controla su entrada. COAG sostiene que existe opacidad en parte de las operaciones y reclamó en junio la activación de mecanismos europeos de salvaguardia, además de controles aduaneros y de trazabilidad más estrictos. La organización llegó a denunciar que buena parte del aceite tunecino llegado a España durante 2025 habría utilizado vías distintas del contingente preferencial. Es una denuncia de la organización agraria, no una constatación de que el aceite haya entrado ilegalmente. Esa diferencia importa. Mucho.
La industria rechaza esa lectura alarmista y sostiene que los aceites importados están sometidos a las exigencias legales de calidad y seguridad aplicables en la Unión Europea. Aquí el debate se ensucia con facilidad: una cosa es discutir sobre aranceles, trazabilidad, competencia o mecanismos de salvaguardia y otra insinuar, sin pruebas, que un producto es inseguro simplemente porque procede de Túnez. Son conversaciones distintas, aunque políticamente resulte tentador meterlas todas en la misma garrafa.
Una cosecha española menor de lo que se esperaba
El segundo elemento está dentro de casa. La campaña española 2025-2026 ha terminado con una producción cercana a 1,3 millones de toneladas, después de quedarse por debajo de las expectativas iniciales. El Ministerio de Agricultura situó en julio la cosecha en unas 1.298.000 toneladas, alrededor de un 9 % menos que la campaña anterior, aunque todavía un 17 % por encima de la media de las cuatro precedentes.
No es una cosecha desastrosa. Tampoco es la abundancia que algunos operadores habían descontado meses atrás. Para una industria española que mueve volúmenes enormes y tiene compromisos de exportación en decenas de mercados, esa diferencia importa. Si la oferta doméstica se queda corta respecto a las previsiones y en el sur del Mediterráneo aparece producto más barato, la importación actúa como válvula.
Ahí conviven dos lógicas. La industria mira la disponibilidad total y la competitividad internacional. El agricultor mira cuánto recibe por cada kilo que sale de su almazara. Las dos cuentas pueden ser correctas al mismo tiempo y conducir a conclusiones opuestas.
El precio en origen es donde duele de verdad
La discusión se ha encendido porque el aumento de las importaciones coincide con una caída de las cotizaciones. Los datos de Poolred difundidos por ASAJA-Jaén situaron el virgen extra español en torno a 3,35 euros por kilo en origen entre el 11 y el 17 de agosto, con el virgen alrededor de 3,18 euros y el lampante cerca de 3,04. El precio medio del conjunto se movió en torno a 3,16 euros por kilo.
Meses atrás los precios eran claramente superiores. El propio Ministerio registró a mediados de julio un AOVE en 361,64 euros por cada 100 kilos y señaló una caída del 15,29 % desde el comienzo de la campaña. Frente a la media de las cuatro campañas anteriores, aquella cotización era aproximadamente un 34 % inferior. El descenso venía, por tanto, de bastante antes de que el 84 % entrase en los titulares.
Los agricultores atribuyen parte de esa presión a la llegada de aceite extranjero a precios inferiores y advierten de que algunas explotaciones tradicionales se acercan o incluso caen por debajo de sus costes de producción. La industria introduce más variables: oferta disponible, comportamiento de otros productores mediterráneos, existencias, demanda mundial y expectativas de la siguiente cosecha. Buscar un único culpable sería cómodo. También demasiado bonito para ser verdad.
Controles, calidad y una disputa que seguirá abierta
El origen extranjero tampoco determina por sí solo la calidad. Existen aceites buenos y mediocres dentro y fuera de España, y las categorías comerciales —virgen extra, virgen, lampante— responden a parámetros concretos. Otra cosa es que España cuente con variedades de enorme prestigio, una industria tecnológica muy desarrollada y una posición dominante en los mercados internacionales. Confundir esa fortaleza con la idea de que cualquier aceite extranjero es necesariamente peor sería convertir un debate económico en una sobremesa patriótica.
Sí merece vigilancia la trazabilidad. El consumidor tiene derecho a conocer lo que compra y el productor a competir con reglas que se cumplan. Si existen irregularidades, deben probarse y sancionarse; si las importaciones son legales y cumplen los controles, calificarlas automáticamente como fraude tampoco ayuda a nadie. En este terreno sobran los brochazos gruesos.
España importa más porque también vende mucho más allá
La fotografía completa resulta menos contradictoria de lo que parece. España produce aceite, pero también es una enorme plataforma internacional de comercialización. Entre octubre de 2025 y mayo de 2026 había exportado 660.267 toneladas, frente a 177.550 importadas. El valor de las exportaciones superaba los 3.000 millones de euros, y el 41 % del volumen enviado al exterior tenía como destino países de fuera de la Unión Europea.
Italia continuaba como principal destino en valor del aceite español, seguido de Estados Unidos, Francia y Portugal. Al mismo tiempo crecían mercados como China, Corea del Sur, México, Brasil o Colombia. Esa red explica parte de la aparente paradoja: una industria exportadora necesita mantener suministro suficiente incluso cuando la cosecha doméstica no alcanza el volumen previsto o cuando comprar fuera resulta económicamente atractivo.
La cuestión de fondo, entonces, no es simplemente por qué España importa aceite siendo un gran productor. Eso ocurre desde hace años en sectores agroalimentarios integrados internacionalmente. La discusión verdaderamente delicada es en qué condiciones entra, cómo se identifica, qué efecto tiene sobre la formación de precios y hasta dónde puede competir el olivar español sin deteriorar su rentabilidad.
Un mercado mundial con el campo español mirando el otoño
Hasta la llegada de la próxima cosecha, el mercado entra en unos meses incómodos. Quedan existencias españolas, continúa la comercialización y las almazaras observan las previsiones meteorológicas casi con la atención de un corredor de bolsa. Una campaña abundante puede aumentar la presión sobre los precios; cualquier recorte serio de producción puede cambiar el tablero rápidamente.
El aumento del 84 % de las compras extracomunitarias es real y extraordinariamente llamativo, pero aislado conduce a una conclusión demasiado simple. España no ha dejado de producir aceite ni depende del exterior para abastecerse. Ha aumentado con fuerza sus compras fuera de la UE en un momento de menor producción nacional, precios internacionales competitivos y enorme actividad exportadora.
Lo que queda tras retirar el ruido es un problema bastante más interesante: España sigue dominando el negocio mundial del aceite de oliva, mientras una parte de quienes cultivan los olivos teme no poder hacerlo con rentabilidad. Ahí está la contradicción seria. No en que crucen la frontera unas cisternas tunecinas, sino en conseguir que una potencia comercial de semejante tamaño también sea un buen negocio para quienes tienen los árboles en la tierra.

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