Economía
¿Por qué preocupa la deuda de EEUU al superar 40 billones de dólares?
EEUU supera los 40 billones de deuda mientras el bono a largo plazo vuelve a tensarse y los inversores miran con recelo al Tesoro de Bessent.

Estados Unidos acaba de atravesar una frontera que hasta hace poco parecía reservada a las simulaciones fiscales: su deuda nacional ha superado por primera vez los 40 billones de dólares. Y el problema no está únicamente en la espectacularidad de una cifra con trece ceros. Washington necesita seguir financiándose en un momento en que los inversores exigen rentabilidades cada vez mayores para comprar deuda a largo plazo, una combinación que termina encareciendo hipotecas, préstamos empresariales y, por supuesto, la propia factura de intereses del Estado.
La respuesta del secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha sido poco habitual: duplicar, como mínimo, las recompras de bonos destinadas a dar liquidez a los vencimientos largos. Desde el 9 de septiembre y hasta el 4 de noviembre, el máximo por operación en determinados tramos de entre 10 y 30 años pasará de 2.000 millones a al menos 4.000 millones de dólares. La reacción inicial fue contundente, con las rentabilidades cayendo y los precios de los bonos subiendo. Duró poco. Al final de la semana, el bono estadounidense a 30 años volvía al entorno del 5,3%. El mercado escuchó al Tesoro; obedecerle ya es otra cosa.
EEUU supera los 40 billones de dólares de deuda
El salto se produjo en agosto de 2026. La deuda federal bruta rebasó los 40 billones de dólares y quedó en torno a 40,05 billones en su primera lectura por encima de ese umbral. Hace aproximadamente una década rondaba los 20 billones. No se trata de una factura atribuible limpiamente a un solo presidente o a una única crisis: rebajas fiscales, gasto estructural, envejecimiento de la población, programas extraordinarios durante la pandemia y posteriores decisiones presupuestarias han ido acumulando capas, como pintura sobre pintura.
Aquí conviene aclarar una aparente contradicción. Se habla al mismo tiempo de una deuda estadounidense superior a 40 billones y de un mercado de bonos del Tesoro cercano a los 32 billones de dólares. Las dos cifras pueden ser correctas. La primera corresponde a la deuda federal bruta total; aproximadamente 32,3 billones están en manos del público y de inversores externos al Gobierno federal, mientras alrededor de 7,8 billones corresponden a tenencias intragubernamentales, es decir, títulos mantenidos por fondos y organismos del propio Estado. El mercado que debe convencer diariamente a bancos, fondos, aseguradoras, bancos centrales y particulares es, esencialmente, ese gigantesco bloque situado alrededor de los 32 billones.
La dimensión impresiona, pero la velocidad del endeudamiento quizá dice más. El endeudamiento total aumentó cerca de 2,9 billones de dólares en doce meses hasta cruzar la nueva barrera. El Tesoro continúa colocando cantidades enormes de títulos para refinanciar vencimientos y cubrir el déficit corriente: sólo en la operación trimestral anunciada a principios de agosto ofreció 125.000 millones de dólares entre deuda a tres, diez y treinta años.
Qué está haciendo Scott Bessent con los bonos
La maniobra del Tesoro se conoce como recompra o buyback. Washington adquiere en el mercado determinados títulos que ya había emitido, especialmente bonos antiguos o menos líquidos. El propósito ordinario es mejorar el funcionamiento del mercado, evitar diferencias excesivas entre emisiones y facilitar que compradores y vendedores encuentren contrapartida sin provocar movimientos bruscos en los precios.
No significa que Estados Unidos haya encontrado de pronto 4.000 millones para borrar deuda cada vez que realiza una operación. El Gobierno sigue financiándose mediante nuevas emisiones y utiliza las recompras como instrumento de gestión de su pasivo. Cambia piezas del enorme mecanismo, por decirlo de forma sencilla; no desmonta la máquina. El programa sirve para reforzar la liquidez del mercado y gestionar mejor la deuda, no para hacer desaparecer por arte de magia el déficit presupuestario.
Lo extraordinario esta vez es el momento. El 19 de agosto, después de fuertes ventas en los bonos de largo plazo, el Tesoro anunció que las recompras de los sectores de 10 a 20 años y de 20 a 30 años pasarán de un máximo de 2.000 millones por operación a un mínimo de 4.000 millones desde el 9 de septiembre. La intención es reforzar precisamente aquellos segmentos en los que la tensión ha resultado más visible.
El alivio apenas duró
Al conocerse la medida, el movimiento fue inmediato. La rentabilidad del bono a 30 años cayó alrededor de nueve puntos básicos, hasta aproximadamente el 5,20%, mientras el rendimiento del título a diez años retrocedió hacia el 4,65%. Cuando la rentabilidad baja, el precio de los bonos sube: los operadores habían interpretado que Washington estaba dispuesto a entrar en escena si el tramo largo se descontrolaba.
Pero el jueves y el viernes regresaron las ventas. La semana terminó con el bono a diez años alrededor del 4,74% y el de treinta años cerca del 5,28%, después de haber alcanzado durante las jornadas anteriores niveles no vistos desde 2007. La señal enviada por Bessent tuvo efecto, sí, pero no consiguió borrar las dudas sobre inflación, déficit y futuras emisiones de deuda.
Ahí aparece una vieja verdad de los mercados financieros: un Gobierno puede comprar bonos; comprar confianza sale bastante más caro.
Por qué los inversores vuelven a mirar el déficit
Estados Unidos no tiene un problema inmediato de insolvencia comparable al de un país que se queda sin compradores o carece de moneda propia. El dólar continúa siendo la principal moneda de reserva internacional y los bonos del Tesoro siguen formando el corazón del sistema financiero mundial. Precisamente por eso importa tanto cualquier grieta. Cuando cambia el precio del activo considerado durante décadas la referencia libre de riesgo, tiembla medio edificio financiero.
El déficit federal acumulado durante los primeros diez meses del ejercicio fiscal 2026 alcanzó unos 1,8 billones de dólares. Son 169.000 millones más que durante el mismo periodo del ejercicio anterior. Las previsiones manejadas para el conjunto del año situaban el agujero presupuestario cerca de los 1,9 billones, alrededor del 5,8% del PIB, muy por encima de la media histórica de las últimas décadas.
Y luego están los intereses. Cuando vence deuda emitida hace años a tipos reducidos, el Tesoro debe refinanciar parte de ella a rentabilidades actuales mucho más elevadas. Esa diferencia parece abstracta hasta multiplicarla por decenas de billones de dólares. Entonces deja de ser abstracta rápidamente. El coste anual de los intereses ya supera el billón de dólares y se ha convertido en una de las grandes partidas del presupuesto federal.
Un círculo incómodo: más deuda, más intereses, más déficit
El mecanismo tiene algo de cinta transportadora. Un déficit elevado obliga a emitir más bonos. Una oferta creciente de bonos puede exigir rentabilidades superiores para atraer compradores. Esas rentabilidades aumentan posteriormente el gasto por intereses. Y el mayor gasto contribuye, si los ingresos y el resto de partidas no cambian, a ampliar de nuevo el déficit.
No es un proceso automático ni irreversible. Una economía que crece con fuerza puede soportar más deuda; una inflación moderada eleva los ingresos nominales; un ajuste presupuestario puede contener el déficit. Pero el margen se estrecha cuando deuda, tipos de interés y necesidades de financiación crecen simultáneamente.
Las previsiones presupuestarias ya apuntaban antes de estos últimos movimientos a que la deuda en manos del público podía pasar de alrededor del 101% del PIB en 2026 al 120% en 2036, mientras los costes netos por intereses ganarían peso dentro del presupuesto. Es una proyección, no una profecía, pero señala con bastante claridad la dirección del viento.
Por qué un bono estadounidense importa en España
La tormenta no se queda en Washington. La rentabilidad de la deuda estadounidense funciona como referencia para valorar activos en todo el planeta. Cuando el Tesoro ofrece cerca de un 5% a muy largo plazo, muchos inversores se preguntan cuánto deben exigir a una empresa, a otro Gobierno o a un proyecto inmobiliario para asumir un riesgo mayor.
Ese reajuste puede ejercer presión sobre los bonos europeos, el crédito empresarial y las bolsas. También modifica los flujos de capital entre dólar y euro. Una rentabilidad estadounidense elevada suele resultar atractiva para los inversores internacionales, aunque esta vez el comportamiento de la divisa norteamericana ha sido más complejo, en parte porque el mercado interpretó las recompras como un intento oficial de contener los tipos largos.
Para una familia española no existe una línea directa entre un bono a treinta años en Nueva York y la cuota hipotecaria del mes siguiente. Sería demasiado fácil. Pero los mercados están comunicados como vasos de cristal: los tipos estadounidenses condicionan las valoraciones mundiales, las decisiones de los bancos centrales, el coste de financiación de las empresas y el apetito por la deuda europea. El temblor viaja.
La diferencia entre liquidez y confianza
De momento, el mercado del Tesoro sigue funcionando. Hay compradores, las subastas continúan y Washington puede refinanciarse. El problema que intenta contener Bessent es más sutil: evitar que una subida desordenada de las rentabilidades se convierta en una prima permanente de desconfianza fiscal.
Las recompras pueden ser eficaces contra problemas de liquidez. Si una determinada emisión apenas se negocia, el Tesoro puede retirarla y mejorar la circulación del mercado. Lo que no pueden hacer cuatro mil millones aquí y otros cuatro mil allá es compensar por sí solos déficits anuales medidos en billones. La escala es demasiado distinta.
Por eso algunos inversores han recibido la intervención con escepticismo. El mercado del Tesoro en manos del público ronda los 32 billones de dólares; una recompra individual de 4.000 millones representa una gota relativamente pequeña dentro de ese océano. El verdadero mensaje está probablemente en la señal política: Washington considera preocupante el nivel alcanzado por los tipos largos.
El mercado empieza a exigir algo más que recompras
Scott Bessent sostiene que el Gobierno puede avanzar hacia una consolidación fiscal y que el déficit podría haber alcanzado ya sus niveles máximos. Los inversores, por ahora, piden pruebas. El Tesoro puede suavizar una sesión turbulenta, pero las causas profundas pertenecen al terreno mucho menos vistoso de los presupuestos: cuánto gasta Washington, cuánto recauda, cuánto crece la economía y cuánto deberá pagar para renovar la deuda acumulada.
Hay también un delicado problema institucional. La Reserva Federal dirige la política monetaria; el Tesoro gestiona la financiación del Gobierno. Cuando este último actúa expresamente sobre el tramo largo de la curva justo cuando los rendimientos están disparándose, aparecen dudas sobre unas fronteras que deberían estar bien delimitadas. La recompra no es una ronda de expansión cuantitativa de la Fed —el dinero y la mecánica son diferentes—, pero un mercado inquieto no siempre se detiene a admirar las sutilezas del organigrama.
Esa es probablemente la cuestión más relevante tras el récord de los 40 billones de dólares. Estados Unidos todavía dispone de una capacidad financiera excepcional. Sus bonos siguen siendo imprescindibles para bancos centrales, fondos de inversión y sistemas de pagos de medio mundo. Pero esa condición privilegiada no convierte la aritmética presupuestaria en una opinión.
Los 40 billones son el síntoma; el precio del dinero, el aviso
El número redondo será el que aparezca en las portadas, aunque la verdadera historia está varios pisos más abajo. Estados Unidos lleva años acumulando déficits importantes, pero durante buena parte de ese tiempo pudo hacerlo con tipos extraordinariamente bajos. Ahora debe refinanciar una montaña de pasivos en un entorno mucho más caro y con inversores que vuelven a preguntar por las cuentas antes de sacar la chequera.
La recompra anunciada por Bessent ha demostrado que el Tesoro tiene herramientas para amortiguar episodios de tensión. También ha mostrado sus límites: el mercado reaccionó, descansó unas horas y volvió a vender deuda larga. Una intervención puede bajar una rentabilidad; convencer al mundo de que 40 billones seguirán siendo perfectamente manejables exige algo bastante más prosaico: crecimiento, ingresos suficientes, disciplina presupuestaria y tiempo.
No hay una bancarrota estadounidense doblando la esquina ni un reloj secreto camino de cero. Hay algo menos cinematográfico y quizá más relevante: el mayor deudor del planeta está descubriendo que incluso para Estados Unidos el dinero vuelve a tener precio. Y los inversores han empezado a cobrárselo.

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