Síguenos

Actualidad

¿Por qué Torra pide relevar a Puigdemont y a Junqueras tras el procés?

Torra cuestiona a Puigdemont y Junqueras y reabre la batalla por el relevo y la credibilidad del independentismo catalán tras el procés vivo.

Publicado

el

Quim Torra

Imagen: Josep Renalias / Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 3.0.

Quim Torra ha abierto una grieta incómoda dentro del independentismo catalán: el expresidente de la Generalitat considera que quienes encabezaron el procés y no lograron culminar la independencia han perdido credibilidad para dirigir un nuevo intento. Sin citar expresamente a Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en cada frase, el destinatario político resulta bastante transparente. Su mensaje es sencillo y áspero: si la estrategia vuelve a ser unilateral, hacen falta otros liderazgos.

Junqueras no ha dejado pasar el golpe. El presidente de ERC respondió desde la misma Universitat Catalana d’Estiu, en Prada de Conflent, que lo importante no es que los dirigentes sean nuevos o viejos, sino que sean “buenos”, y deslizó una ironía dirigida al propio Torra: si pretende sustituir a Puigdemont, tendría que intentarlo en un congreso de Junts. Una réplica elegante en las formas y bastante menos inocente en el fondo.

Torra cuestiona a la generación que dirigió el procés

La intervención de Torra se produjo durante la Universitat Catalana d’Estiu, en una mesa redonda celebrada el 20 de agosto junto al expresidente balear Cristòfol Soler y el expresidente del Consell Preautonómico valenciano Josep Lluís Albinyana. El escenario tampoco era casual. Prada sigue siendo uno de los lugares simbólicos del soberanismo catalán, lejos del ruido cotidiano del Parlament y con bastante más libertad para ajustar cuentas.

Torra reivindicó el papel desempeñado por los dirigentes del procés, pero introdujo inmediatamente la carga de profundidad. Su razonamiento viene a decir que quienes ya tuvieron la oportunidad de alcanzar la independencia y no lo consiguieron difícilmente pueden presentarse otra vez como los candidatos más convincentes para culminarla.

El expresidente resumió esa idea afirmando que el independentismo no puede estar condenado permanentemente a “los mismos liderazgos”. No es una discusión estética ni generacional. Torra está planteando algo mucho más serio para Junts y ERC: quién conserva autoridad política después del fracaso de la estrategia de 2017.

La pregunta pesa especialmente sobre Puigdemont y Junqueras porque ambos siguen ocupando el centro de sus respectivos espacios políticos casi una década después del referéndum del 1 de octubre. Uno desde Junts; el otro, de nuevo al frente de ERC. El reloj ha avanzado, pero buena parte del reparto continúa sorprendentemente reconocible.

La acusación de ser “muleta del Estado”

Torra fue todavía más duro al analizar la relación de los partidos independentistas con la política española. Les reprochó haberse convertido en una “muleta del Estado” que pretenden abandonar, una crítica vinculada a los acuerdos alcanzados por Junts y ERC con el PSOE y, en particular, al papel que ambas formaciones han desempeñado en la gobernabilidad española.

Ahí aparece la verdadera línea divisoria. Para Torra, pactar con el Gobierno central no acerca necesariamente a Cataluña a la independencia; incluso puede alejarla al integrar al independentismo en la maquinaria parlamentaria española. Su alternativa pasa por recuperar una estrategia compartida entre las fuerzas soberanistas y mantener abierta la vía unilateral.

Es una posición coherente con el sector más rupturista del movimiento, aunque contiene una paradoja difícil de esconder: el independentismo necesita influencia institucional para obtener resultados concretos y, al mismo tiempo, una parte de su electorado interpreta esa influencia como una forma de acomodación. Negociar puede parecer pragmatismo o renuncia, dependiendo de quién mire. Y en política catalana, como se sabe, dos personas pueden contemplar exactamente el mismo pacto y ver dos películas distintas.

Junqueras devuelve el golpe sin asumir el relevo

Oriol Junqueras respondió un día después y decidió no discutir frontalmente la premisa de Torra. En lugar de aceptar que la antigüedad de los dirigentes sea el problema, defendió la necesidad de disponer de liderazgos buenos, independientemente de que sean nuevos o veteranos. Después llegó el aguijón: señaló que Torra tendría que acudir a un congreso de Junts si su intención es sustituir a Puigdemont.

La frase permite a Junqueras matar dos pájaros políticos de un tiro. Por un lado, rechaza que su propia continuidad deba considerarse agotada. Por otro, desplaza la crítica hacia las tensiones internas de Junts, presentando el ataque de Torra casi como un asunto doméstico de la formación de Puigdemont.

Junqueras también recogió otro mensaje que estos días circula por Prada: la necesidad de reconstruir cierta unidad entre las familias independentistas. Dijo mantener interlocución con diferentes dirigentes y recibió favorablemente los llamamientos a trabajar juntos, aunque pidió que esa voluntad se traduzca en algo real. La vieja palabra mágica, unidad, vuelve así al escenario. Lleva años entrando y saliendo por la misma puerta.

El problema es que ERC y Junts llegan a esa discusión desde posiciones muy diferentes. ERC ha desarrollado una política más orientada a la negociación y a la intervención en la gobernabilidad institucional, mientras Junts ha alternado la presión sobre el Gobierno central con una retórica independentista más confrontativa. Torra considera insuficientes ambas fórmulas.

Las encuestas explican por qué el debate llega en este momento

Las palabras de Torra adquieren otra dimensión cuando se colocan junto a la evolución electoral. El último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió, publicado en julio, dibujó una sacudida considerable dentro del espacio independentista: el PSC seguiría siendo la primera fuerza con entre 36 y 38 diputados, ERC subiría hasta 24-26, Aliança Catalana alcanzaría 23-25 y Junts caería hasta 16-18.

El dato más doloroso para Puigdemont es evidente. En las elecciones catalanas de 2024, Junts consiguió 35 diputados; aquella encuesta le atribuye aproximadamente la mitad. Aliança Catalana, que entró entonces en el Parlament con solo dos escaños, podría superar ampliamente a Junts y disputar incluso a ERC la segunda posición. Es difícil imaginar una alarma política más estridente sin que alguien active una sirena.

La erosión no significa, sin embargo, que la reivindicación independentista haya desaparecido. El mismo barómetro del CEO mostró un repunte del apoyo a la independencia: un 45% votaría a favor en un hipotético referéndum, frente al 51% que optaría por el no. El sí había aumentado seis puntos desde noviembre de 2025 y alcanzaba su mejor registro desde 2020.

Ahí está una de las grandes contradicciones del momento. La causa recupera cierto oxígeno demoscópico mientras algunos de los partidos que la han dirigido durante años pierden terreno o cambian profundamente su posición. No necesariamente cae la idea; cambia quién logra apropiarse de ella.

Aliança Catalana altera el tablero independentista

El crecimiento de Aliança Catalana introduce un elemento que apenas existía durante los años centrales del procés. La formación de Sílvia Orriols combina independentismo con una política radical contra la inmigración y está penetrando en sectores del electorado que anteriormente podían mirar hacia Junts. Los sondeos de julio fueron especialmente contundentes: situaron a la formación muy por encima de sus dos diputados actuales.

Para Junts, esta competencia resulta particularmente complicada. El partido necesita conservar su perfil independentista sin abandonar una posición suficientemente amplia como para seguir aspirando a gobernar Cataluña. Aliança juega con menos equipaje: puede explotar el enfado, la decepción con el procés y cuestiones como la inmigración sin tener que justificar años de gestión institucional.

Torra no ha presentado a Aliança como solución. Pero su diagnóstico sobre el desgaste de los viejos dirigentes aterriza precisamente cuando una nueva fuerza está ocupando parte de ese espacio electoral. La coincidencia importa. El vacío político rara vez permanece vacío.

Jordi Turull, secretario general de Junts, ha tratado de relativizar el crecimiento de Aliança y ha reivindicado un catalanismo integrador frente a las posiciones de extrema derecha. La batalla ya no se libra solamente entre independentistas y constitucionalistas; también sucede dentro del propio soberanismo, donde compiten modelos sociales, estrategias y maneras radicalmente distintas de entender Cataluña.

De 2017 a 2026: el problema ya no es solamente España

Las elecciones autonómicas de 2024 marcaron un punto de inflexión. El PSC de Salvador Illa ganó con 42 diputados y las fuerzas independentistas dejaron de disponer de mayoría absoluta en el Parlament. Junts obtuvo 35 escaños, ERC cayó hasta 20, la CUP se quedó con cuatro y Aliança Catalana entró con dos. La mayoría está fijada en 68 diputados.

Ese resultado obligó al soberanismo a mirar hacia dentro. Durante años, su relato político estuvo concentrado en el enfrentamiento con el Estado, los tribunales, el referéndum, las condenas y posteriormente la amnistía. Pero el desgaste interno se ha convertido en otro protagonista: rivalidades entre partidos, estrategias incompatibles, pérdida de confianza y aparición de nuevos competidores.

Torra pone el dedo precisamente ahí. Su tesis es que no basta con recuperar un objetivo común; hace falta determinar quién podría conducirlo con credibilidad. Junqueras replica que la calidad del liderazgo no depende de la fecha de nacimiento política. Entre ambas posiciones se esconde una cuestión bastante menos filosófica: ninguno de los grandes dirigentes parece especialmente dispuesto a dejar libre su silla.

Y tampoco existe una hoja de ruta compartida comparable, siquiera en apariencia, a la que permitió la movilización independentista de la pasada década. ERC apuesta por acumular fuerza y negociar avances; Junts trata de combinar negociación y confrontación; la CUP mantiene posiciones rupturistas; Aliança crece con un discurso propio; Torra reclama unilateralidad. La palabra independentismo sigue agrupándolos, pero cada vez explica menos por sí sola.

El relevo que Torra pide y nadie parece dispuesto a estrenar

La intervención del expresidente no anuncia necesariamente una sustitución inmediata de Puigdemont o Junqueras. Ninguno de los dos ha dado señales de querer desaparecer de la primera línea y mantienen estructuras partidistas capaces de sostener su liderazgo. Pero Torra ha verbalizado una duda que puede resultar bastante más corrosiva que una disputa orgánica: si quienes dirigieron 2017 conservan autoridad para prometer otro 2017.

La respuesta no depende solamente de los congresos de ERC o Junts. Dependerá de los votantes. Las encuestas muestran un independentismo más fragmentado, un PSC todavía en primera posición, ERC recuperando terreno, Junts bajo una presión desconocida y Aliança Catalana creciendo con enorme rapidez. El paisaje político que nació del procés sigue ahí, pero las placas tectónicas se están moviendo.

Torra pide caras capaces de devolver credibilidad a una estrategia unilateral. Junqueras sostiene que importa más la calidad que la novedad. Puigdemont permanece, inevitablemente, en el centro de la discusión. Y mientras los veteranos debaten quién está legitimado para conducir el movimiento, una parte de sus antiguos electores empieza a buscar otras siglas. Quizá ese sea el dato verdaderamente incómodo: el relevo puede llegar aunque nadie de los de arriba decida marcharse.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído