Síguenos

Actualidad

¿Por qué la OTAN se mueve en Ormuz sin entrar en la guerra con Irán?

La OTAN mueve ficha en Ormuz sin entrar en guerra: qué prepara, qué países participan y por qué el estrecho vuelve a tensar al mundo entero.

Publicado

el

cierra el estrecho de Ormuz

La OTAN está moviendo piezas alrededor del estrecho de Ormuz, pero ha marcado una frontera política bastante nítida: no prepara, al menos por ahora, una operación militar de la Alianza contra Irán. El máximo mando militar aliado reunió esta semana a representantes de países interesados para estudiar qué capacidades podrían aportar a la libertad de navegación en una de las rutas marítimas más delicadas del planeta. La precisión importa. Mucho. Se coordina desde estructuras de la OTAN, pero no será una misión de la OTAN.

La reunión se celebró por videoconferencia el miércoles 19 de agosto bajo el paraguas del Cuartel General Supremo de las Potencias Aliadas en Europa, SHAPE, cuyo máximo responsable es el general estadounidense Alexus Grynkewich. El objetivo fue facilitar posibles contribuciones de los aliados que quieran participar. Francia y Reino Unido, entretanto, trabajan para reunir una coalición de aproximadamente una docena de países capaz de garantizar un tránsito seguro por Ormuz cuando las tensiones disminuyan o pueda consolidarse algún tipo de acuerdo. Es decir: la maquinaria aliada está funcionando, pero la bandera de la OTAN se queda, cuidadosamente, en Bruselas.

La OTAN coordina, pero evita convertirse en parte de la guerra

La diferencia puede parecer una de esas filigranas burocráticas que entusiasman a los diplomáticos y desesperan al resto del mundo. No lo es. Una cosa es que varios miembros de la OTAN empleen las estructuras, contactos y conocimiento militar acumulado por la organización para coordinarse; otra, bastante distinta, que los 32 aliados aprueben formalmente una operación de la Alianza.

Eso último implicaría una decisión política colectiva, una estructura definida de mando, unas reglas de actuación y, sobre todo, una responsabilidad institucional que los aliados han tratado de evitar durante el conflicto con Irán. Hasta ahora, la posición ha sido mantener a la OTAN como organización fuera de una implicación militar directa, aunque algunos de sus miembros sí puedan actuar por separado o mediante coaliciones creadas específicamente para Ormuz.

La propia Alianza ha dejado bastante claro que dispone de una capacidad singular para sentar en la misma mesa a sus miembros y conocer qué medios puede aportar cada uno. Ese es, de momento, su papel: organizar la coordinación militar sin convertir esa coordinación en una guerra de la OTAN.

Qué ocurrió realmente el 19 de agosto

La reunión convocada por SHAPE se desarrolló a nivel de jefes de Defensa de los países interesados. No se ha anunciado una flota de la OTAN, ni un calendario de despliegue, ni una nueva operación marítima con nombre propio. Tampoco se han detallado públicamente los medios que los gobiernos estarían dispuestos a ofrecer.

Ese matiz frena algunas interpretaciones demasiado alegres sobre una supuesta entrada de la organización atlántica en el conflicto. Hay planificación y coordinación, sí. Hay preocupación militar evidente. Pero todavía no existe una misión aliada en Ormuz.

Lo que se estudia son las posibles aportaciones nacionales para sostener la libertad de navegación. En una crisis marítima eso puede abarcar capacidades muy distintas, desde vigilancia y conocimiento de la situación naval hasta apoyo logístico o presencia militar, aunque conviene no dar por aprobado lo que todavía no ha sido anunciado. En cuestiones navales, una fragata imaginaria navega estupendamente en los titulares; en el mar, suele necesitar antes una orden del Gobierno.

Francia y Reino Unido empujan una coalición paralela

El movimiento con más recorrido político está siendo impulsado por Francia y Reino Unido, que pretenden formar un grupo de aproximadamente una docena de países para proteger la navegación cuando exista un escenario suficientemente estable para hacerlo. Hay, además, una condición poco vistosa pero decisiva: cualquier solución duradera terminará necesitando algún grado de aceptación iraní.

Eso explica la cautela. Una coalición marítima puede vigilar, acompañar barcos, intercambiar inteligencia o desplegar fuerzas; lo que resulta bastante más difícil es transformar durante meses o años una de las arterias energéticas del mundo en un corredor permanentemente militarizado sin multiplicar el riesgo de incidentes.

Ormuz ya no es un cuello de botella: es una herida abierta

La preocupación occidental no nace de una hipótesis académica. El tráfico por el estrecho está severamente alterado. Los datos de seguimiento marítimo de Kpler mostraron que el jueves solo siete buques de materias primas atravesaron Ormuz, frente a 14 el día anterior. Cuatro entraron en el golfo y tres salieron. Ninguno era un gran petrolero VLCC ni un metanero de gas natural licuado.

La comparación con los meses anteriores al conflicto resulta brutal. Antes de la guerra iniciada en febrero, por el estrecho circulaban más de 130 barcos diarios. Durante los últimos días, los tránsitos contabilizados han llegado a quedarse en un solo dígito. Algunos barcos pueden navegar con los transpondedores desconectados y escapar al recuento, pero la caída del tráfico marítimo no admite demasiado maquillaje.

El ataque que recordó por qué las navieras tienen miedo

El riesgo tampoco es abstracto. El 18 de agosto, la organización británica UK Maritime Trade Operations informó de que un barco que abandonaba el estrecho fue alcanzado por un proyectil de origen desconocido. El impacto provocó daños en la sala de máquinas y dejó una víctima entre la tripulación. Fuentes de seguridad marítima identificaron el buque como el granelero Minoan Dignity, de bandera liberiana.

Para una naviera, un armador o una aseguradora, esos incidentes pesan más que cien comunicados diplomáticos. Un estrecho puede estar jurídicamente abierto y, al mismo tiempo, resultar comercialmente casi impracticable si atravesarlo exige aceptar unas primas de seguro disparadas y la posibilidad de que un proyectil aparezca en el radar. O ni siquiera aparezca.

Por qué Ormuz sigue teniendo al mundo pendiente del radar

El estrecho conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico. Durante la etapa anterior a la guerra canalizaba cerca de una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado. Pocas franjas de agua concentran semejante poder económico en tan poco espacio.

Ahí está la razón de que lo ocurrido aparentemente lejos de Europa termine apareciendo en precios energéticos, inflación, transporte e industria, además de en las cuentas domésticas. La crisis ha reducido drásticamente los flujos de crudo y ha obligado a compañías y países importadores a buscar rutas y suministros alternativos. Los grandes transportistas estatales chinos, por ejemplo, han llegado a evitar puntos críticos de Oriente Próximo y recurrir a operaciones de trasvase de petróleo fuera del golfo.

El mercado tampoco observa Ormuz como quien contempla una tormenta desde la ventana. Los precios del crudo han reaccionado repetidamente a los ataques contra petroleros, al bloqueo estadounidense de Irán y al deterioro de las negociaciones entre Washington y Teherán. Esta semana, además, Estados Unidos ha preparado una nueva ofensiva de sanciones económicas contra Irán y sus socios comerciales, añadiendo otra capa de incertidumbre al suministro energético.

Irán conserva la llave que ningún buque de guerra puede sustituir

Hay un detalle especialmente revelador. Este sábado, Irán permitió el tránsito por Ormuz de varios petroleros iraquíes después de las gestiones diplomáticas de Bagdad. El episodio demuestra hasta qué punto el control efectivo de la navegación depende todavía de una combinación incómoda de fuerza militar, negociación y permisos políticos.

Y ahí aparece el límite de cualquier arquitectura diseñada desde Europa. Francia, Reino Unido y otros aliados pueden construir una coalición naval, pero garantizar una normalización permanente mientras Irán considere el estrecho una herramienta de presión política y militar sería otra historia.

Precisamente por eso los planes que se discuten miran también al escenario posterior a una desescalada. Mantener abierta una vía marítima tan estrecha mediante una confrontación permanente sería caro, peligroso y vulnerable a errores de cálculo. Basta un misil, una identificación equivocada o un capitán que interprete mal una maniobra para que una operación destinada a garantizar la navegación termine provocando aquello que pretendía evitar.

Una OTAN presente, pero sin bandera en Ormuz

Lo sucedido esta semana revela bastante bien el difícil equilibrio de la Alianza. La OTAN no quiere entrar formalmente en la guerra con Irán, pero tampoco puede comportarse como si el colapso de una ruta que sostiene una parte esencial del comercio energético mundial fuese un problema ajeno. En su cumbre de Ankara de julio, los aliados ya reclamaron expresamente que Irán respetase la libertad de navegación por el estrecho. Ahora esa preocupación ha pasado de los comunicados a la coordinación militar.

Por el momento, eso es exactamente lo que hay: una reunión de países interesados organizada desde la estructura militar aliada, posibles contribuciones nacionales todavía por concretar y una iniciativa encabezada por París y Londres para preparar un mecanismo de seguridad marítima fuera de una operación formal de la OTAN.

No es poca cosa. Tampoco es una intervención aliada. Entre ambas realidades queda ese terreno gris tan habitual en las crisis internacionales: los gobiernos quieren demostrar que están preparados sin parecer que preparan una guerra nueva. Y en Ormuz, donde los petroleros pasan entre radares, misiles y diplomáticos, una diferencia aparentemente semántica puede terminar siendo la diferencia entre escoltar el comercio mundial y ampliar el conflicto.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído