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Economía

¿Por qué sube el cacao y cuánto puede subir el chocolate en España?

El cacao vuelve a encarecerse por las cosechas de África Occidental y amenaza al chocolate, la industria española y la cesta dulce familiar.

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Por qué sube el cacao

Resumen

  • El cacao vuelve a superar los 5.600 dólares por tonelada
  • Las lluvias en Costa de Marfil y Ghana tensan las cosechas
  • El chocolate en España puede encarecerse de forma desigual

El cacao llega a su Día Mundial con sabor a tableta cara: su precio vuelve a moverse por encima de los 5.600 dólares por tonelada, empujado por las dudas sobre las próximas cosechas en África Occidental, la gran despensa mundial del grano. No estamos en el pánico de 2024, cuando el mercado rompió techos históricos y convirtió una materia prima cotidiana en un pequeño lingote marrón, pero tampoco en la normalidad antigua de los 2.000 o 3.000 dólares. Esa época, de momento, queda lejos.

La consecuencia para el lector es bastante clara: el chocolate, el cacao soluble, las coberturas, la bollería con cacao y buena parte del dulce industrial español seguirán bajo presión de costes. No significa que cada chocolatina vaya a subir mañana como por arte de magia —la industria compra con contratos, almacenes y coberturas—, pero sí que el precio del cacao vuelve a meter ruido en toda la cadena. Y cuando el cacao estornuda en Costa de Marfil o Ghana, el lineal del supermercado español acaba buscando pañuelos.

El cacao vuelve a subir: la tonelada ronda los 5.600 dólares

El mercado del cacao ha vivido un 2026 de montaña rusa. Empezó el año cerca de los 6.000 dólares por tonelada, bajó con fuerza durante el invierno y llegó a cerrar el 23 de febrero alrededor de los 2.743 dólares. Después, a mediados de mayo, recuperó terreno hasta la zona de los 4.700 dólares, volvió a aflojar y desde comienzos de junio retomó la escalada. La sesión previa al Día Mundial dejó la cotización en torno a los 5.630 dólares por tonelada, una cifra incómoda para fabricantes, chocolateros y compradores industriales.

El dato no debe leerse como una alarma de sirena, sino como una señal persistente. El cacao sigue lejos del récord que llegó a tocar en 2024, por encima de los 12.000 dólares, después de años en los que se había movido con bastante más modestia, entre los 2.000 y los 3.000 dólares por tonelada. Caro, sí. Desbocado como en aquel pico histórico, no. Pero suficientemente caro como para que nadie en la industria duerma con la despreocupación de quien deja una taza de chocolate caliente enfriándose en la mesa.

Costa de Marfil y Ghana, el tablero donde se juega el precio

La explicación no está en una oficina con moqueta ni en una moda gourmet de Instagram, aunque algo de mercado financiero siempre hay. Está, sobre todo, en las plantaciones. Costa de Marfil, primer productor mundial, y Ghana, segundo, concentran una parte decisiva del cacao global. Son países donde el fruto depende de lluvias, carreteras, mano de obra, fertilizantes y sanidad vegetal. Dicho sin romanticismo: el chocolate empieza mucho antes de la pastelería fina, empieza en barro, humedad, vainas y camiones que tienen que llegar a puerto.

Las lluvias intensas en zonas productoras de Costa de Marfil han inundado plantaciones, dificultado la recolección y cortado accesos a granjas y puertos. El problema no es solo que llueva mucho, sino que la humedad persistente puede favorecer hongos y plagas justo cuando las vainas necesitan desarrollarse sin sobresaltos. Algunos analistas ya trabajan con una producción marfileña para 2026/27 de entre 1,7 y 1,8 millones de toneladas, frente a los 2,2 millones de la campaña anterior. Es una diferencia enorme. En cacao, unos cientos de miles de toneladas menos no son un matiz: son una sacudida.

El Niño, el Harmattan y otros nombres poco dulces

A la lluvia se suma otra amenaza, más seca y más áspera: el posible fortalecimiento de El Niño en la segunda mitad del año y su impacto sobre el Harmattan, ese viento cálido y seco de África Occidental que reduce la humedad del suelo y castiga las plantas. El cacao es caprichoso. Necesita agua, pero no inundaciones; calor, pero no estrés hídrico; estabilidad, justo lo que el clima actual parece empeñado en negociar a gritos.

El mercado teme una combinación ingrata: exceso de agua ahora, sequedad después, menos fertilización por costes elevados y plantaciones con mantenimiento escaso. No es una postal bucólica de campesinos felices cortando mazorcas de cacao al atardecer. Es una cadena agrícola frágil, muy concentrada geográficamente y expuesta a cada sobresalto climático. Cuando se habla de volatilidad, la palabra suena a sala de bolsa; en realidad también huele a tierra mojada.

La industria española del dulce mira de reojo la cotización

Para España, el cacao no es un adorno. Es una materia prima estratégica para una industria del dulce que factura miles de millones y exporta con fuerza. La categoría de cacao y chocolate concentró el 26,4 % del valor de la producción sectorial, con una facturación superior a los 2.146 millones de euros, y se situó también como la primera categoría exportadora, con cerca de 858 millones en ventas al exterior.

El peso exterior no es un detalle contable para aburrir a la sobremesa. Significa fábricas, empleo, contratos, compras anticipadas, márgenes y competencia internacional. El dulce español no vive solo del capricho doméstico ni de la merienda escolar; compite fuera, compra dentro y depende de una materia prima que no se cultiva precisamente en Cuenca. Cuando el precio del cacao sube, la industria española del dulce no se limita a mirar una gráfica: recalcula.

Por qué no sube todo a la vez en el supermercado

El precio del cacao no salta de la pantalla de futuros a la etiqueta del supermercado en cuestión de horas. La industria trabaja con existencias, contratos de suministro y estrategias de cobertura. Algunas empresas tienen cacao comprado a precios anteriores; otras rotan inventario más rápido; otras dependen más de derivados como manteca, pasta o polvo. Ahí está la letra pequeña, nada sexy pero decisiva.

Desde comienzos de junio, la manteca y la pasta de cacao en el mercado físico europeo han registrado subidas cercanas al 29 % y al 30 %, mientras el cacao en polvo se ha mantenido más estable. Esto importa porque no todos los productos usan el cacao igual. Una tableta negra, una crema untable, una cobertura para repostería y un cacao soluble tienen estructuras de coste distintas. La misma tormenta, paraguas diferentes.

Del récord de 2024 a la nueva normalidad cara

La referencia inevitable sigue siendo 2024. Aquel año el cacao cruzó barreras que durante mucho tiempo parecían reservadas a materias primas mucho más solemnes. Superó los 12.000 dólares por tonelada, dejó atrás décadas de precios mucho más bajos y obligó a toda la industria a revisar compras, recetas, márgenes y calendarios. Hubo entonces una mezcla explosiva: malas cosechas, enfermedades en plantaciones, problemas logísticos, especulación y una demanda que no desaparecía al mismo ritmo que subía la factura.

El mercado ha aflojado desde aquel récord, pero no ha vuelto a la vieja comodidad. Aunque los balances globales puedan mejorar en algunos tramos, pesan las existencias ajustadas, la concentración de la producción, el clima y el riesgo de que una cosecha salga peor de lo previsto. Ese es el nuevo suelo psicológico del cacao: menos barato, más nervioso, más sensible a cualquier nube negra sobre África Occidental.

El consumidor paga tarde, pero paga

El consumidor español no siempre ve la subida del cacao como una línea directa, sino como una suma de pequeñas señales: tabletas algo más caras, formatos más contenidos, promociones menos generosas, chocolates más prémium para justificar precio, productos con recetas ajustadas. La palabra fea es reduflación; la escena cotidiana, más simple: pagar parecido por menos cantidad o más por lo mismo. El capitalismo también tiene su repostería creativa, ya se sabe.

Aun así, conviene no reducirlo todo a una conspiración del supermercado. El coste del cacao se suma a energía, transporte, salarios, envases, financiación y normativa. En productos con mucho porcentaje de cacao, la presión se nota más. En otros, queda diluida entre azúcar, leche, harinas, grasas vegetales y distribución. Por eso el impacto será desigual, como casi todo lo que toca una cesta de la compra: no sube el “chocolate” en abstracto, suben productos concretos, marcas concretas, formatos concretos.

Un cultivo pequeño para un mercado gigantesco

El cacao tiene una paradoja incómoda: mueve una industria global enorme, pero depende de millones de pequeños agricultores que a menudo trabajan con márgenes estrechos, árboles envejecidos y poca capacidad para invertir en fertilizantes, poda o renovación de plantaciones. Se le exige sostenibilidad, trazabilidad, precios razonables, calidad constante y entrega puntual. Todo a la vez. Luego llega una lluvia fuerte, una enfermedad fúngica o una carretera bloqueada, y el mercado descubre, sorprendidísimo, que el campo no funciona como una hoja de cálculo.

El acuerdo entre Costa de Marfil y Ghana para armonizar políticas de precios de producción busca reforzar su posición frente a compradores internacionales. Costa de Marfil ya había vendido cerca de un millón de toneladas de la próxima cosecha antes de ralentizar ventas a comienzos de junio, una decisión que encaja con el miedo a comprometer demasiado grano antes de saber qué traerá la campaña. Prudencia agrícola, traducida al idioma de los mercados: no vendas lo que quizá no puedas entregar.

Menos cacao barato, más tensión estructural

Durante años, parte del mundo rico se acostumbró a chocolate barato y relativamente abundante. La frase suena inocente, pero esconde un equilibrio áspero: bajos ingresos en origen, presión sobre bosques, plantaciones viejas, intermediarios, volatilidad y consumidores finales que descubren el problema solo cuando la chocolatina cruza cierto precio psicológico. El cacao barato no era magia. Era una arquitectura.

Ahora esa arquitectura cruje. No se derrumba, pero cruje. El cambio climático aumenta la incertidumbre, los costes agrícolas dificultan mantener las fincas, la regulación contra la deforestación aprieta las cadenas de suministro y los grandes compradores necesitan asegurar origen, calidad y volumen. El resultado es un mercado menos cómodo, más caro de gestionar y más expuesto a sobresaltos. El chocolate seguirá ahí, claro. La pregunta económica —aunque no haga falta escribirla en la etiqueta— es a qué precio y con qué cacao.

El chocolate mira al cielo de África

El Día Mundial del Cacao llega con una lección poco festiva: detrás del placer sencillo de una onza hay una cadena global delicada, con demasiados nudos concentrados en pocos territorios. La tonelada por encima de 5.600 dólares no anuncia por sí sola una subida inmediata y uniforme del chocolate en España, pero sí confirma que la volatilidad se ha instalado como vecina fija del sector. No una visita. Una vecina con llaves.

España tiene una industria fuerte, exportadora y acostumbrada a planificar, pero no inmune. Si las lluvias dañan la cosecha, si El Niño aprieta, si el Harmattan seca el suelo y si los derivados del cacao mantienen primas elevadas, el coste acabará buscando salida. A veces en el precio, a veces en el tamaño, a veces en la receta. El chocolate seguirá siendo chocolate, ese pequeño consuelo marrón que nunca pidió ser geopolítica. Pero el cacao, por si alguien no se había enterado, ya juega en otra liga.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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