Naturaleza
¿Qué nuevas moscas chupasangre han descubierto en Andalucía y por qué?
Cuatro nuevas moscas chupasangre aparecen en Andalucía al vigilar el virus del Nilo y destapan una biodiversidad mucho mayor de lo previsto.

Cuatro especies de diminutas moscas hematófagas desconocidas hasta ahora para la ciencia han sido identificadas en Andalucía. El hallazgo ocurrió casi de rebote: los investigadores realizaban muestreos de insectos para vigilar la circulación del virus del Nilo Occidental cuando encontraron ejemplares del género Leptoconops que no encajaban con las especies conocidas. Tras analizarlos, comprobaron que tenían delante cuatro especies nuevas.
Sus nombres son Leptoconops nigrithorax, Leptoconops triangularis, Leptoconops pseudoirritans y Leptoconops communis. Miden alrededor de dos milímetros y las hembras se alimentan de sangre de aves y mamíferos, también de seres humanos. Conviene despejar desde el principio un posible equívoco: no se ha demostrado que estas cuatro nuevas especies transmitan el virus del Nilo Occidental. Fueron descubiertas durante los trabajos destinados a localizar mosquitos relacionados con el virus, que es algo distinto.
Cuatro especies nuevas donde nadie esperaba encontrarlas
El descubrimiento lo firma un equipo liderado por la Estación Biológica de Doñana, EBD-CSIC, en colaboración con investigadores de la Universidad de Milán. El trabajo científico, publicado en la revista ZooKeys bajo el título Hidden diversity in Europe: new species and a revised taxonomy of the subgenus Leptoconops, constituye el primer estudio amplio de la diversidad de estos insectos en el suroeste de España. Los muestreos se desarrollaron durante 2023 y 2024.
Y hay un dato bastante elocuente. Los científicos localizaron ocho especies de Leptoconops y cuatro, exactamente la mitad, resultaron nuevas para la ciencia. Andalucía no es precisamente un rincón blanco en los mapas de los naturalistas; Doñana y buena parte del valle del Guadalquivir llevan décadas bajo la lupa de investigadores de medio mundo. Aun así, un insecto de apenas dos milímetros había conseguido pasar inadvertido. Cuatro veces.
La investigación no se limita a poner nombres latinos a unos ejemplares guardados en una caja. La revisión taxonómica permite distinguir mejor unas especies de otras, conocer dónde viven y empezar a aclarar su ecología. En un grupo formado por insectos que pican y se alimentan de sangre, saber exactamente qué especie está presente no es una exquisitez académica: es el primer ladrillo para estudiar cualquier posible relación con animales, personas o microorganismos.
Un muestreo enorme detrás de un insecto minúsculo
La escala explica en buena medida por qué aparecieron ahora. Durante el estudio fueron examinados 951 puntos de muestreo, una cobertura difícilmente comparable con las observaciones aisladas que históricamente habían documentado este género en España. Los ejemplares se capturaron mediante trampas de succión con dióxido de carbono, utilizadas en estudios de insectos hematófagos porque imitan una de las señales que estos animales emplean para localizar a sus hospedadores.
El proyecto se encuadra en ARBOPREVENT, una iniciativa de investigación sanitaria cuyo objetivo principal estaba relacionado con los mosquitos y con la vigilancia de patógenos como el virus del Nilo Occidental. Las trampas, sin embargo, no leen proyectos de investigación: capturan lo que vuela alrededor. Entre los mosquitos comenzaron a aparecer esos diminutos ceratopogónidos y, al examinarlos con detalle, la biodiversidad escondida salió a la superficie.
Los cuatro nombres que entran en el catálogo científico
Las nuevas especies son Leptoconops nigrithorax, L. triangularis, L. pseudoirritans y L. communis. La expresión «sp. nov.», que acompaña a sus nombres en la publicación científica, indica precisamente que se trata de especies formalmente descritas como nuevas. El estudio combina el análisis de sus características morfológicas con información molecular, incluido el uso de secuencias genéticas para respaldar la identificación de los ejemplares.
El trabajo también reorganiza parte del conocimiento existente sobre el género en Europa. No es un detalle menor. Cuando dos insectos casi idénticos se confunden bajo el mismo nombre, también se mezclan los datos sobre su distribución, comportamiento y capacidad de picar. Afinar la taxonomía permite después afinar todo lo demás.
Qué significa realmente que sean moscas «chupasangre»
El término suena a película de serie B, pero hematófago simplemente significa que un animal se alimenta de sangre. En los Leptoconops son las hembras las que realizan esta alimentación. No introducen una especie de pajita microscópica como podría imaginarse al pensar en un mosquito: practican pequeños cortes sobre la piel y aprovechan la sangre que queda disponible en la superficie. Este mecanismo recibe el nombre de telmofagia.
Pueden alimentarse de aves y mamíferos, incluidos los humanos. Su tamaño juega a su favor: rondan los dos milímetros, así que pueden resultar difíciles de ver hasta que la picadura se hace notar. El género está distribuido por buena parte de la cuenca mediterránea, con registros en países como España, Francia, Italia, Marruecos, Argelia y Egipto, aunque el mapa conocido sigue teniendo numerosos huecos.
En España se habían documentado Leptoconops en pocos lugares y se relacionaban especialmente con ambientes como marismas, zonas arenosas y determinados cursos de agua. Otros trabajos recientes han confirmado que algunas especies pueden alcanzar densidades importantes en determinados entornos costeros; un estudio realizado en Menorca, por ejemplo, analizó el comportamiento picador de Leptoconops irritans. La impresión que empieza a dibujarse es que estos insectos estaban bastante más extendidos de lo que sugerían los registros disponibles.
No significa que transmitan el virus del Nilo
Aquí está la diferencia que conviene conservar, sobre todo cuando titulares, mosquitos y sangre coinciden en la misma frase. El virus del Nilo Occidental se transmite principalmente mediante mosquitos, especialmente especies del género Culex. Las aves mantienen el ciclo natural del virus y humanos y caballos actúan generalmente como hospedadores accidentales.
Las cuatro nuevas especies de Leptoconops fueron capturadas durante la vigilancia del virus, pero el estudio no establece que sean responsables de su transmisión. Una de las líneas futuras de investigación será averiguar mejor qué papel pueden desempeñar estos insectos en la transmisión de parásitos y conocer con mayor precisión su ecología. Primero hay que saber quién está ahí; después, qué hace. Saltarse ese orden es una magnífica receta para fabricar alarmas, no conocimiento científico.
Que el género tenga interés sanitario tampoco equivale a considerar peligrosas automáticamente a todas sus especies. Su condición hematófaga y su contacto con aves, mamíferos y humanos justifican estudiarlas. La llamada competencia vectorial, es decir, la capacidad real de adquirir un patógeno y transmitirlo eficazmente, debe demostrarse para cada relación entre insecto y microorganismo. En estas cuatro especies recién descritas queda mucho terreno por investigar.
El hallazgo llega con Andalucía pendiente del virus del Nilo
La coincidencia temporal hace que el descubrimiento tenga todavía más interés. Andalucía atraviesa en 2026 una temporada activa de fiebre del Nilo Occidental. La actualización del 18 de agosto elevó a 46 los casos humanos confirmados en la comunidad, 32 de carácter leve y 14 con enfermedad neuroinvasiva. Se había registrado una muerte y 27 municipios permanecían declarados como áreas en alerta por circulación del virus. Los casos humanos se concentraban en Sevilla y Huelva.
Son dos historias relacionadas por las mismas redes de vigilancia, pero no deben mezclarse. Los casos humanos de fiebre del Nilo dependen de la circulación del virus y de sus mosquitos vectores competentes; las nuevas Leptoconops constituyen, por ahora, un descubrimiento entomológico surgido precisamente gracias a esa infraestructura de vigilancia.
La fiebre del Nilo Occidental pasa inadvertida en la mayoría de las personas infectadas. Aproximadamente ocho de cada diez infecciones son asintomáticas; alrededor del 20 % puede desarrollar fiebre, cefalea, cansancio y otros síntomas, mientras que menos del 1 % evoluciona hacia formas neuroinvasivas graves, como meningitis o encefalitis. Ese pequeño porcentaje explica buena parte de la relevancia sanitaria de detectar cuanto antes dónde circula el virus.
La vigilancia andaluza combina precisamente información sobre personas, animales y vectores. Es la lógica denominada Una sola salud: lo que ocurre en las poblaciones de mosquitos, aves, caballos y seres humanos forma parte del mismo paisaje epidemiológico. Una trampa colocada para averiguar si circula un virus puede, como acaba de suceder, terminar contando también una historia completamente nueva sobre biodiversidad.
Un insecto de dos milímetros agranda el mapa científico
Hay algo casi irónico en este descubrimiento. Cuanto más se observa un territorio que creíamos conocer, más complejo resulta. Las cuatro especies nuevas no aparecieron en una expedición a una selva inaccesible ni bajo una piedra de una isla perdida, sino en Andalucía, dentro de una campaña sanitaria del siglo XXI y mediante una red de muestreo extraordinariamente amplia.
Y eso es probablemente lo más relevante del hallazgo. La vigilancia del virus del Nilo sirve para detectar riesgos sanitarios, pero sus trampas también están revelando qué insectos comparten el territorio con nosotros. Leptoconops nigrithorax, triangularis, pseudoirritans y communis ya tienen nombre; queda por conocer bastante mejor dónde viven, cuándo alcanzan mayores poblaciones, qué animales utilizan para alimentarse y qué papel sanitario pueden tener.
Por el momento, el dato firme es menos espectacular que cualquier alarma y bastante más interesante: cuatro especies de moscas hematófagas desconocidas para la ciencia vivían en el sur de España sin haber sido correctamente identificadas. Las encontraron mientras se buscaba otra cosa. A veces la ciencia funciona justamente así: se coloca una trampa para seguirle la pista a un virus y termina cayendo dentro un pequeño trozo desconocido del mapa de la vida.

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