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¿Por qué Chile protestó ante Argentina por el Estrecho de Magallanes?

Chile protestó por unas declaraciones argentinas sobre Magallanes. Buenos Aires aclaró su posición y reafirmó ambos tratados de 1881 y 1984.

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estrecho de Magallanes

Imagen: Createaccount / Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0.

Chile ha presentado una protesta diplomática ante Argentina después de que el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea argentina, el brigadier general Gustavo Javier Valverde, incluyera a Magallanes entre los espacios vinculados a la soberanía de su país y defendiera la necesidad de mantener presencia en el extremo austral. La reacción de Santiago fue inmediata: el Estrecho de Magallanes es chileno y su soberanía no está pendiente de negociación, recordó el Gobierno de José Antonio Kast.

La polémica, sin embargo, ha avanzado deprisa y conviene no quedarse con la fotografía de las primeras horas. Argentina aclaró este martes 25 de agosto que su posición oficial es la establecida por el Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984, acuerdos que Buenos Aires considera plenamente vigentes y definitivos. Kast agradeció posteriormente esa precisión. Dicho de otro modo: hay un roce diplomático, sí; no una nueva disputa territorial entre Chile y Argentina. Los mapas, por fortuna, no se corrigen a golpe de podcast.

Qué dijo el general argentino para provocar la reacción de Chile

El origen del episodio está en una entrevista concedida el domingo 23 de agosto por Valverde al canal de YouTube La Fábrica del Podcast. Durante una conversación sobre la importancia estratégica del sur argentino, el máximo responsable de la Fuerza Aérea mencionó Magallanes, el sur y el pasaje de Drake y afirmó que «todo eso es soberanía» y que había que «hacer presencia».

La frase podía interpretarse dentro de una reflexión más amplia sobre el Atlántico Sur y la proyección estratégica argentina, pero había un problema bastante evidente: Magallanes no es una palabra geopolíticamente inocente cuando la pronuncia una alta autoridad militar argentina hablando de soberanía.

Valverde añadió que la zona constituye una «llave bioceánica» entre el Atlántico y el Pacífico. Esa parte de su razonamiento es geográficamente comprensible; la formulación sobre la soberanía, mucho menos. Chile entendió que podía sembrar dudas sobre un asunto que considera jurídicamente cerrado desde hace décadas.

El ministro chileno de Relaciones Exteriores, Francisco Pérez Mackenna, respondió desde Vietnam, donde se encontraba de visita oficial, recordando que la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes se fundamenta en los tratados firmados por ambos Estados en 1881 y 1984.

El tono fue poco diplomático para los estándares diplomáticos, precisamente porque Santiago quiso evitar cualquier apariencia de discusión. Pérez Mackenna pidió responsabilidad a las autoridades extranjeras y sostuvo que no debía confundirse a la ciudadanía sobre una delimitación reconocida por los dos países.

El ministro del Interior chileno, Claudio Alvarado, utilizó un argumento parecido: no existe, dijo en esencia, nada que debatir respecto a quién pertenece el estrecho. Parlamentarios chilenos de distintas sensibilidades políticas reclamaron también una reacción formal, y Exteriores confirmó el envío de una nota de protesta a Argentina.

Argentina reconoce los tratados y rebaja la tensión

Buenos Aires acabó interviniendo para evitar que unas declaraciones militares adquirieran categoría de doctrina exterior. La Cancillería argentina señaló que la posición del país respecto al Estrecho de Magallanes es la recogida en los acuerdos de 1881 y 1984, añadió que ambos instrumentos «rigen plenamente» y los calificó de definitivos.

La aclaración es importante. El Gobierno argentino no ha formulado una reclamación sobre el estrecho, no ha denunciado los tratados ni ha abierto un procedimiento territorial contra Chile. Ha hecho exactamente lo contrario: ha reafirmado el marco jurídico que reconoce la delimitación existente.

Argentina quiso, eso sí, mantener la otra parte del mensaje estratégico. Su Cancillería subrayó la creciente relevancia del extremo austral por las rutas marítimas, los recursos naturales y la Antártida, además de los intereses argentinos en el Atlántico Sur y en torno a la cuestión de las Malvinas. También destacó la cooperación con Chile en asuntos antárticos y marítimos.

Ahí está probablemente la explicación más razonable de las palabras de Valverde: Argentina pretende reforzar su presencia en su propio espacio austral y en las áreas donde mantiene intereses soberanos, económicos y militares. Pero meter Magallanes en esa frase sin precisar fronteras convirtió una consideración estratégica perfectamente legítima en un pequeño incendio diplomático.

Kast terminó agradeciendo públicamente la aclaración argentina y dio por despejado el elemento esencial de la controversia: Buenos Aires reconoce el régimen jurídico vigente y la soberanía chilena sobre el estrecho.

Qué dicen realmente los tratados de 1881 y 1984

Aquí hay poco espacio para la literatura patriótica, de uno u otro lado. Hay documentos. El Tratado de Límites de 1881 estableció buena parte de la frontera moderna entre Argentina y Chile y sentó las bases jurídicas que todavía ordenan la situación territorial en el extremo austral.

Su artículo V dispuso que el Estrecho de Magallanes quedaría neutralizado permanentemente y garantizó la libre navegación a los buques de todas las naciones.

Esto provoca a veces una confusión bastante cómoda: que la navegación sea internacionalmente libre no convierte el territorio en internacional, compartido o carente de soberanía. Una autopista puede permitir el tránsito sin que por ello desaparezca el país por el que pasa. Libre navegación y soberanía territorial son conceptos distintos.

El Tratado de Paz y Amistad de 1984 terminó de disipar las dudas en la zona austral tras uno de los momentos más peligrosos de la historia entre ambos vecinos: la crisis del Beagle, que en 1978 llevó a Argentina y Chile hasta el borde de una guerra antes de la mediación de la Santa Sede.

La línea que despeja la duda sobre la boca oriental

El artículo 10 del acuerdo de 1984 es especialmente relevante. Determina que, en el extremo oriental del Estrecho de Magallanes, el límite entre las soberanías argentina y chilena sigue una línea recta entre Punta Dungeness y el cabo del Espíritu Santo.

Argentina ejerce soberanía al este de esa delimitación; Chile, al oeste. El propio tratado añade que este trazado no modifica el régimen establecido en 1881 y vuelve a garantizar la neutralización y libre navegación por el estrecho.

La diferencia entre conceptos importa. Argentina posee aguas y territorio inmediatamente al este de la entrada del paso y tiene, naturalmente, intereses estratégicos en todo el Atlántico Sur. Pero eso no convierte al Estrecho de Magallanes en un espacio de soberanía argentina. La delimitación bilateral está escrita y ratificada por ambos Estados.

Por qué el Estrecho de Magallanes sigue siendo tan estratégico

La geografía ayuda a entender por qué una frase pronunciada a miles de kilómetros puede hacer ruido inmediatamente en Santiago. El Estrecho de Magallanes es un corredor natural de alrededor de 560 kilómetros que conecta el Atlántico con el Pacífico atravesando el extremo meridional de Sudamérica.

Durante siglos fue una ruta decisiva para la navegación mundial. Perdió parte de aquella centralidad con la apertura del Canal de Panamá en 1914, pero nunca dejó de tener importancia. Es un paso protegido frente a algunas de las condiciones extremas que presenta la navegación más al sur, alrededor del cabo de Hornos y el pasaje de Drake, y ocupa una posición privilegiada junto a Tierra del Fuego y las rutas hacia la Antártida.

El interés actual ya no se explica únicamente por dónde pasa un barco mercante. El Atlántico Sur y la Antártida concentran cuestiones pesqueras, científicas, logísticas, energéticas, militares y territoriales que adquieren más peso a medida que las grandes potencias vuelven la mirada hacia las regiones polares.

Argentina contempla ese escenario desde su reivindicación de soberanía sobre las Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, además de su reclamación antártica. Chile posee también una fuerte proyección antártica y considera Magallanes una pieza central de su territorio austral. A ambos les interesa estar presentes. De ahí a confundir las respectivas soberanías hay, precisamente, un par de tratados internacionales por medio.

No es el primer sobresalto reciente entre los dos vecinos

El malestar chileno tampoco nace en el vacío. Este mismo año ya se había producido otra controversia cuando el contraalmirante argentino Hernán Montero, jefe del Servicio de Hidrografía Naval, sostuvo que la boca de Magallanes era argentina. Especialistas de ambos países coincidieron entonces en que una reivindicación de ese tipo no encajaba con el marco bilateral vigente.

Que meses después aparezca otra referencia procedente de un alto mando militar explica la dureza de Santiago. Una declaración aislada puede atribuirse a una expresión desafortunada. Dos empiezan a generar una cuestión política distinta: no sobre la frontera, que permanece fijada, sino sobre el rigor con el que las Fuerzas Armadas comunican asuntos extremadamente sensibles.

Y ahí conviene separar patriotismo de profesionalidad. Defender los intereses nacionales forma parte del trabajo de un Estado; inventar incertidumbre donde existe un tratado no ayuda a defenderlos. Chile y Argentina aprendieron esa diferencia de una manera bastante menos cómoda durante las décadas de 1970 y 1980.

Desde entonces la relación bilateral ha recorrido un camino enorme. Existen cooperación militar, integración fronteriza y coordinación antártica, además de comercio y mecanismos institucionales precisamente diseñados para que una discrepancia no termine convertida en una ceremonia de banderas y mapas antiguos.

El mapa está cerrado, aunque la geopolítica siga abierta

La controversia de agosto de 2026 deja así dos planos muy distintos. En el jurídico, apenas hay misterio: Argentina y Chile reconocen oficialmente los tratados de 1881 y 1984, y Buenos Aires ha vuelto a declarar que los considera plenamente vigentes y definitivos. No existe una reclamación oficial argentina sobre la soberanía del Estrecho de Magallanes.

En el político, la historia resulta más interesante. El extremo austral vuelve a ganar valor estratégico y los dos países quieren reforzar su presencia allí, mientras Antártida, rutas marítimas, recursos naturales y Atlántico Sur recuperan espacio en las agendas de defensa. Eso explica la atención. No justifica la imprecisión.

Chile hizo lo que cabía esperar ante una frase de ese calibre: protestó y recordó el tratado. Argentina hizo después lo sensato: recordó el mismo tratado. Entre ambas cosas hubo unas horas de ruido, titulares y cierta arqueología fronteriza.

Al final, la vieja Patagonia volvió a demostrar una peculiaridad. Puede ser uno de los lugares más ventosos del planeta, pero para levantar una tormenta diplomática ni siquiera hace falta salir al exterior: a veces basta un micrófono, una palabra mal escogida y demasiados siglos de historia detrás.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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