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¿Putin prepara una gran escalada contra Ucrania tras fracasar la paz?
Putin estudia elevar los ataques sobre Ucrania mientras la vía de paz se atasca y vuelve el temor a una escalada militar mucho más peligrosa.

Vladimir Putin estaría dispuesto a elevar de nuevo la presión militar sobre Ucrania después de concluir que las negociaciones para alcanzar un acuerdo de paz han quedado bloqueadas. El escenario que se estudia en Moscú incluye una intensificación de los ataques con misiles balísticos convencionales contra Kiev, incluso contra zonas del centro de la capital, y nuevos golpes sobre infraestructuras de otras ciudades ucranianas.
La información, atribuida a tres personas próximas al Kremlin, dibuja un escenario inquietante, aunque hay una frontera importante entre lo conocido y lo temido: no existe confirmación pública de que Putin haya ordenado esta nueva campaña, y mucho menos de que haya decidido emplear armas nucleares. Lo que crece dentro de determinados círculos rusos es la preocupación de que una escalada prolongada pueda terminar acercando al Kremlin a ese extremo.
El aviso llega en un momento especialmente áspero de la guerra. Rusia ya ha incrementado durante este verano sus ataques balísticos sobre Kiev, mientras Ucrania golpea con drones refinerías, centros logísticos y otras instalaciones situadas cada vez más profundamente dentro del territorio ruso. La diplomacia sigue ahí, técnicamente viva, aunque empieza a parecer una habitación en la que todos conservan la silla y nadie se sienta.
Rusia estudia intensificar los ataques sobre Kiev
Moscú considera que los distintos formatos negociadores utilizados hasta ahora han terminado, en la práctica, en un callejón sin salida. La respuesta que estaría valorando Putin sería aumentar la potencia de fuego y tratar de modificar mediante presión militar unas condiciones que la diplomacia no ha conseguido alterar.
Entre las opciones figura una mayor utilización de misiles balísticos convencionales contra Kiev y contra infraestructuras esenciales en otras ciudades. No sería una ruptura completa con la estrategia de los últimos meses, sino una ampliación de algo que ya está ocurriendo.
El 20 de agosto, una gran oleada rusa de misiles y drones sobre Kiev y su región causó al menos 16 muertos y decenas de heridos. Dos días después volvieron a producirse ataques con misiles balísticos, incluido un impacto contra infraestructura ferroviaria de la capital. A comienzos del mismo mes, otra ofensiva rusa había causado al menos 17 muertos en Kiev y sus alrededores.
La escasez ucraniana de interceptores Patriot añade gravedad al escenario. Estos sistemas estadounidenses son actualmente la principal defensa de Ucrania contra buena parte de los misiles balísticos rusos. En algunos de los ataques recientes, las fuerzas ucranianas lograron derribar numerosos drones, pero tuvieron enormes dificultades para detener los proyectiles balísticos.
Un pulso cada vez más centrado en las infraestructuras
Tampoco Rusia contempla la escalada desde una burbuja. Ucrania ha ampliado sus ataques de largo alcance contra refinerías, almacenes y redes logísticas rusas, llevando la guerra a instalaciones situadas a cientos de kilómetros del frente.
La presión ha adquirido suficiente dimensión como para que Putin haya firmado un decreto que permite al Estado asumir temporalmente el control de infraestructuras críticas rusas cuando sus propietarios no sean capaces de protegerlas o repararlas con rapidez tras los ataques ucranianos. El combustible, la energía, las comunicaciones, el transporte y la logística aparecen entre los sectores afectados.
Ese intercambio explica parte del endurecimiento que describen las fuentes próximas al Kremlin. Kiev intenta elevar el coste económico de la invasión dentro de Rusia; Moscú busca que ese coste se multiplique en territorio ucraniano. Una espiral de ataques y represalias bastante conocida en cualquier guerra larga y, precisamente por eso, nada tranquilizadora.
Las negociaciones de paz chocan otra vez con el territorio
El problema de fondo sigue siendo el mismo que ha embarrado prácticamente todas las iniciativas diplomáticas: qué ocurre con los territorios ucranianos ocupados o reclamados por Rusia.
Las conversaciones promovidas por Estados Unidos se deterioraron durante este año ante la negativa de Kiev a aceptar las exigencias territoriales rusas y mientras Washington desplazaba parte de su atención hacia otros frentes internacionales. Moscú mantiene sus reclamaciones sobre cuatro regiones ucranianas y exige que cualquier solución reconozca lo que denomina las “realidades sobre el terreno”.
Ucrania, por su parte, trabaja con Estados Unidos y sus socios europeos en una fórmula que pretende reabrir una vía negociadora. Entre las ideas planteadas aparecen un alto el fuego y la creación de una zona económica especial en el Donbás que podría quedar administrada por un tercero. El Kremlin ha expresado dudas sobre esa fórmula, argumentando que considera ruso el territorio en cuestión.
Volodímir Zelenski considera que todavía existe margen para una mediación estadounidense hasta el verano de 2027. Una ventana diplomática relativamente amplia sobre el calendario; bastante más estrecha cuando se observa lo que sucede cada noche bajo las sirenas antiaéreas.
Los contactos entre Washington y Moscú continúan
En mitad de esta tensión apareció esta semana otro movimiento poco habitual. El director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a Moscú y mantuvo conversaciones con responsables de los servicios de inteligencia rusos.
El Kremlin confirmó este miércoles 26 de agosto que Ratcliffe no se reunió personalmente con Putin, aunque el presidente ruso fue informado del contenido de los contactos. Moscú evitó detallar públicamente qué se discutió durante las conversaciones, mientras Washington rebajó el carácter excepcional del desplazamiento.
No hay datos que permitan conectar directamente aquella visita con la información sobre una posible escalada militar rusa. Sí refleja otra realidad: pese al bloqueo político, Washington y Moscú mantienen canales de comunicación, incluso entre sus aparatos de inteligencia. En una crisis de estas dimensiones, tener un teléfono que alguien todavía descuelga no es poca cosa.
El factor nuclear reaparece, pero no hay una orden de Putin
La parte más inquietante de la información necesita una lectura especialmente precisa. Fuentes próximas al Kremlin sostienen que un número creciente de funcionarios rusos considera que Putin podría llegar, en última instancia, a plantearse el empleo de armas nucleares tácticas en Ucrania.
Eso no significa que Rusia haya decidido utilizarlas. Tampoco existen pruebas públicas de una preparación inmediata para un ataque nuclear. La diferencia no es un matiz semántico: es la diferencia entre analizar un riesgo extremo y anunciar que ese riesgo está a punto de materializarse.
Las armas nucleares tácticas están concebidas principalmente para su utilización dentro de un teatro de operaciones y suelen tener una potencia y un alcance inferiores a los de las grandes armas nucleares estratégicas destinadas a destruir ciudades o atacar otro continente. “Táctica”, conviene recordarlo, no significa pequeña ni limpia. Una detonación nuclear supondría una ruptura histórica del conflicto, con consecuencias militares, políticas y humanas difíciles de contener.
Rusia ha utilizado repetidamente su arsenal atómico como instrumento de disuasión frente a Occidente. En mayo de 2026 realizó grandes ejercicios nucleares que incluyeron prácticas con sistemas Iskander-M capaces de transportar tanto cabezas convencionales como nucleares, además de maniobras relacionadas con armas tácticas desplegadas en Bielorrusia. Nada de aquello demuestra que exista ahora una decisión de emplearlas en Ucrania, pero sí confirma que el componente nuclear forma parte visible de la estrategia de presión rusa.
Por qué una escalada nuclear cambiaría toda la guerra
Desde el inicio de la invasión rusa en febrero de 2022, el Kremlin ha acompañado determinadas fases de tensión con recordatorios sobre su capacidad nuclear. La utilidad política es evidente: introducir una amenaza cuyo coste potencial sea tan descomunal que obligue al adversario a calcular dos veces cada movimiento.
El problema empieza cuando esa retórica convive con una guerra cada vez más profunda dentro de ambos territorios. Ucrania golpea instalaciones rusas alejadas del frente; Rusia aumenta la frecuencia y violencia de sus ataques contra ciudades ucranianas. Y alrededor aparecen voces nacionalistas rusas que llevan meses reclamando medidas mucho más radicales, incluido el recurso al arma nuclear táctica.
Existe, por tanto, un riesgo que merece ser vigilado sin convertirlo en espectáculo. No hay una bomba nuclear rusa camino de Kiev, al menos según la información pública disponible. Hay algo distinto: un conflicto en el que la opción nuclear vuelve a aparecer en las conversaciones internas, en los ejercicios militares y en la retórica de quienes consideran insuficiente el nivel actual de violencia.
Putin eleva la presión mientras la diplomacia pierde terreno
La situación conocida este 26 de agosto dibuja una guerra que entra en una fase especialmente incómoda. Rusia estudia aumentar sus ataques balísticos, Ucrania intensifica los golpes de largo alcance contra objetivos rusos y las posiciones políticas sobre el territorio siguen demasiado alejadas para sostener un acuerdo inmediato.
Putin parece apostar, según las fuentes próximas al Kremlin, por demostrar que las sanciones, los ataques contra la economía rusa y el bloqueo diplomático no le obligarán a detener la guerra. Kiev responde intentando demostrar exactamente lo contrario: que Rusia tampoco puede combatir indefinidamente sin sufrir daños dentro de sus propias fronteras.
En medio queda la negociación. Sigue habiendo propuestas, contactos estadounidenses y canales discretos entre Moscú y Washington. Pero también hay misiles, drones y muertos. Muchos.
La amenaza nuclear no puede presentarse como una decisión tomada por Putin. Sí puede leerse como una señal del deterioro del entorno estratégico: cuanto más se alejan las partes de un compromiso y más cerca llevan la guerra del corazón económico y político del adversario, mayor es el peligro de que lo que ayer parecía impensable empiece a discutirse como una opción. Y en una potencia nuclear, incluso una conversación de ese tipo pesa bastante más que una frase lanzada al aire.

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