Tecnología
¿Por qué los centros de datos amenazan el agua en una Europa más seca?
Europa acelera su capacidad digital mientras la sequía reduce el margen hídrico: los centros de datos de IA reabren el debate sobre agua y ubicación.

Resumen
- Europa quiere triplicar su capacidad de centros de datos para impulsar la IA
- La demanda de agua podría crecer con fuerza mientras la sequía se agrava
- La ubicación y la refrigeración decidirán buena parte de su impacto hídrico
Europa quiere multiplicar sus centros de datos para competir en inteligencia artificial, servicios en la nube y soberanía tecnológica. El problema es bastante terrenal: esas enormes instalaciones necesitan electricidad y agua, directa o indirectamente, mientras buena parte del continente atraviesa episodios de sequía, temperaturas extremas y una disponibilidad hídrica cada vez menos fiable.
Las estimaciones europeas apuntan a que los centros de datos impulsados por la inteligencia artificial podrían elevar su consumo anual de agua para refrigeración y generación eléctrica hasta alrededor de 1,07 billones de litros en 2028. Sería unas once veces la estimación correspondiente a 2024. Al mismo tiempo, Bruselas pretende triplicar la capacidad europea de centros de datos durante los próximos años. Dos curvas que crecen a la vez —computación y demanda de recursos— sobre un mapa donde el agua empieza a escasear.
La contradicción es incómoda. Europa necesita infraestructura digital propia para no depender en exceso de Estados Unidos o China, pero esa autonomía requiere edificios gigantescos llenos de procesadores que generan calor día y noche. La llamada nube, al final, no vive en el cielo. Tiene tuberías, líneas eléctricas, sistemas de refrigeración y una dirección postal.
Europa quiere triplicar su capacidad de centros de datos
La Comisión Europea presentó en junio de 2026 su propuesta de Ley de Desarrollo de la Nube y la IA, conocida como CADA por sus siglas en inglés. El proyecto forma parte del intento comunitario de acelerar el despliegue de infraestructuras capaces de sostener el crecimiento de la inteligencia artificial y los servicios digitales.
Europa parte con una desventaja tecnológica clara frente a las grandes potencias. Estados Unidos concentra buena parte de la capacidad informática mundial vinculada a la IA, mientras China continúa aumentando la suya. La Unión Europea quiere reducir esa dependencia y ha puesto en marcha fábricas de inteligencia artificial, supercomputadores y futuras gigafactorías de IA.
La estrategia incluye hasta siete grandes gigafactorías anunciadas en 2026, apoyadas mediante financiación pública europea y nacional y capital privado. Cada una puede reunir decenas de miles de procesadores avanzados. Ordenadores trabajando a una escala que hace que el portátil doméstico parezca, por comparación, una calculadora de bolsillo.
El objetivo comunitario pasa también por acelerar la instalación de nuevos centros y facilitar el acceso a recursos esenciales. Entre ellos están la electricidad, el suelo y, inevitablemente, el agua disponible. Ahí empieza el roce.
La inteligencia artificial también consume agua
Un centro de datos transforma electricidad en capacidad de cálculo y, como cualquier máquina potente, genera calor. Mucho. Mantener miles de servidores dentro de sus márgenes adecuados de temperatura exige sistemas de refrigeración que pueden utilizar agua, aire o combinaciones de ambas tecnologías.
Pero limitar el problema al agua que circula directamente por la instalación sería engañoso. La huella hídrica de la inteligencia artificial aparece en varios puntos de la cadena. No todo el consumo se ve en las tuberías del edificio.
Está el agua utilizada dentro del propio centro para disipar calor. Está también la empleada para producir parte de la electricidad que alimenta los servidores. Y está la necesaria durante la fabricación de semiconductores, un proceso industrial extremadamente sofisticado que requiere grandes cantidades de agua de alta pureza.
Por eso no existe una cifra universal que permita afirmar que cada consulta a una inteligencia artificial consume exactamente una determinada cantidad de agua. El gasto cambia según el modelo utilizado, el hardware, la carga informática, el sistema de refrigeración, el clima donde se encuentra el edificio y la fuente de electricidad que lo alimenta.
Sí existe, en cambio, una tendencia bastante más difícil de discutir: cuanto mayor sea la capacidad computacional desplegada, mayor será la presión sobre energía, materiales y agua, salvo que las mejoras tecnológicas consigan compensar una parte muy considerable de ese crecimiento.
El lugar donde se construye importa tanto como la tecnología
No es lo mismo levantar un centro de datos en una zona fría y con abundantes recursos hídricos que instalarlo en una región sometida a veranos de 40 grados, restricciones de riego y acuíferos tensionados.
El calor exterior obliga a trabajar más a los sistemas de refrigeración. Cerca del 20 % de los centros de datos europeos analizados se encuentran en regiones donde las condiciones climáticas aumentan de forma apreciable las necesidades de enfriamiento.
La concentración geográfica añade otro problema. Frankfurt, Londres, Ámsterdam, París y Dublín forman desde hace años uno de los grandes corredores europeos de centros de datos, mientras mercados como España, Italia y Polonia están creciendo con rapidez.
Una instalación aislada puede ser perfectamente asumible. Decenas de ellas agrupadas alrededor de una misma ciudad, conectadas a una misma red eléctrica y abastecidas por las mismas reservas de agua, cambian bastante la fotografía.
La sequía de 2026 hace más incómoda la expansión
El debate llega, además, después de un verano especialmente áspero. Durante 2026 se han registrado condiciones críticas de sequía en amplias zonas del continente, con regiones sometidas durante semanas a escasez de precipitaciones, suelos secos y temperaturas excepcionalmente altas.
Durante julio y agosto persistieron situaciones de alerta o advertencia en regiones de Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Europa central, los Balcanes y la cuenca del Danubio, mientras la Península Ibérica también mostró áreas afectadas.
Las sucesivas olas de calor y la falta de lluvia redujeron la humedad del suelo y golpearon cultivos de numerosos países. A comienzos de agosto aumentaron también las zonas bajo vigilancia por sequía en la Península Ibérica y Alemania.
El episodio llegó a dejar niveles extraordinariamente bajos en grandes ríos europeos como el Rin, el Loira, el Po y el Danubio. No es un detalle paisajístico. Los grandes ríos sostienen agricultura, industria, generación energética, transporte y abastecimiento urbano.
La presión tampoco comenzó este verano. Alrededor del 32 % de la población de la Unión Europea sufre condiciones de escasez de agua durante al menos una parte del año. España, Portugal, Grecia, Italia y otros países meridionales aparecen especialmente expuestos durante los meses cálidos, aunque el problema lleva tiempo extendiéndose hacia zonas del centro y norte de Europa.
Y el clima empuja en la peor dirección posible: periodos secos más prolongados, temperaturas mayores y una disponibilidad de agua cada vez más irregular. Justo cuando la economía digital reclama infraestructuras capaces de funcionar sin descanso.
El conflicto no es entre internet y el grifo
Sería fácil convertir el asunto en una caricatura: elegir entre utilizar inteligencia artificial o regar tomates. La realidad es más compleja. Los centros de datos no representan actualmente el principal consumidor de agua europeo. Agricultura, producción energética, abastecimiento público e industria manejan volúmenes mucho mayores.
El problema aparece en determinadas cuencas y momentos del año. El agua puede ser abundante a escala nacional y escasa precisamente en agosto, precisamente en una región determinada y precisamente cuando agricultura, hogares, turismo e industria la necesitan simultáneamente.
Un centro de datos tiene, además, una característica peculiar: una vez construido, permanece allí durante años. No puede trasladarse cien kilómetros porque un embalse entre en situación crítica o porque una sucesión de veranos secos cambie las condiciones de la cuenca.
De ahí que la ubicación de los nuevos complejos esté adquiriendo tanto peso como su eficiencia energética. Un proyecto puede presumir de utilizar servidores de última generación y, aun así, resultar difícil de justificar si compite por agua potable en una cuenca sobreexplotada.
Refrigerar mejor ayuda, pero no resuelve todo
La industria dispone de alternativas para reducir el impacto. Sistemas de refrigeración más eficientes, circuitos cerrados, utilización de aire exterior cuando la temperatura lo permite, reutilización de aguas residuales o empleo de agua regenerada pueden disminuir considerablemente la dependencia del agua potable.
También importa qué electricidad consume el edificio. Si procede de tecnologías energéticas con poca necesidad de agua, la huella hídrica indirecta cae. Si depende de sistemas de generación intensivos en refrigeración, ocurre lo contrario.
Europa ya exige a los centros de datos de cierto tamaño información sobre su rendimiento energético y consumo de agua. Esa transparencia permite separar instalaciones relativamente eficientes de otras mucho más exigentes y, sobre todo, conocer qué ocurre cuando varias se concentran en un mismo territorio.
Pero aparece entonces una vieja paradoja económica: hacer una tecnología más eficiente no garantiza que disminuya el consumo total si su utilización crece mucho más deprisa.
El efecto rebote de una IA cada vez más utilizada
Es el denominado efecto rebote o paradoja de Jevons. Un servidor puede necesitar menos agua y electricidad por cada operación informática; si al mismo tiempo realizamos diez veces más operaciones, el ahorro se evapora. La eficiencia gana por unidad y puede perder por volumen.
Eso preocupa especialmente con la inteligencia artificial. Entrenar modelos gigantescos consume enormes recursos, aunque el uso cotidiano posterior —las millones de peticiones que realizan empresas y usuarios— puede terminar acumulando una demanda energética e hídrica todavía mayor.
Europa tendrá que decidir dónde merece la pena gastar agua
El debate ambiental apunta hacia una idea bastante sencilla: cada gran proyecto debería analizarse según las características de la cuenca donde pretende instalarse. No todos los centros de datos tendrán el mismo impacto ni todas las regiones disponen del mismo margen hídrico.
En lugares con agua abundante, electricidad de bajo impacto hídrico y temperaturas moderadas, la ecuación puede resultar razonable. En territorios donde agricultores, ciudades y ecosistemas compiten durante meses por reservas menguantes, autorizar una instalación gigantesca sin conocer con precisión su consumo real de agua sería otra cosa.
También será necesario distinguir entre agua extraída y agua realmente consumida. Parte del agua utilizada industrialmente puede devolverse al sistema; otra parte se evapora o deja de estar disponible localmente. Una cifra gigantesca aislada impresiona, pero el balance hídrico local explica mucho más.
Europa se ha marcado como objetivo mejorar al menos un 10 % su eficiencia en el uso del agua para 2030. La digitalización tendrá que entrar en esa cuenta, no quedar flotando fuera de ella como si internet fuese inmaterial.
La nube también tiene sed
La expansión de la inteligencia artificial enfrenta a Europa con una contradicción que acompañará buena parte de esta década. El continente quiere más capacidad tecnológica, más autonomía digital y más centros de datos, mientras el cambio climático vuelve menos previsible el agua disponible.
No significa que Europa deba renunciar a construirlos. Significa que ya no basta con preguntar cuántos megavatios tendrá una instalación o cuántos millones invertirá una empresa. Habrá que mirar también el río, el acuífero, las necesidades agrícolas y la temperatura de agosto.
Los ordenadores pueden hacerse más eficientes. La refrigeración puede consumir menos. El agua puede reutilizarse. Incluso el calor residual de los servidores puede aprovecharse para otros usos. Todo eso cuenta.
Pero hay una frontera física que ningún algoritmo ha conseguido borrar: un continente más caliente y seco dispone de menos margen para desperdiciar agua. Y mientras Europa levanta las fábricas de la economía digital, esa realidad, bastante analógica, empieza a llamar a la puerta.

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