Tecnología
¿Qué pueden hacer los terroristas con la IA y por qué alerta la ONU?
La IA permite a grupos terroristas producir propaganda, traducir mensajes y captar simpatizantes con menos recursos, mientras crecen otros riesgos.

Resumen
- La IA permite producir propaganda y traducirla a gran escala
- El reclutamiento y la captación pueden adaptarse a públicos concretos
- Drones, fraude y ciberataques concentran los riesgos más avanzados
La inteligencia artificial puede dar a un grupo terrorista algo bastante menos cinematográfico que un ejército de robots, pero probablemente más útil: capacidad para producir propaganda a gran escala, traducirla en segundos, falsificar voces e imágenes, adaptar mensajes a públicos concretos, acelerar campañas de captación y procesar enormes cantidades de información. En escenarios más avanzados también puede facilitar determinadas tareas de ciberataque, reconocimiento o empleo de sistemas no tripulados.
Eso no significa que una célula con acceso a un chatbot se transforme de repente en una potencia militar. Ni mucho menos. El riesgo inmediato está en otra parte: la IA abarata, acelera y simplifica tareas que antes consumían personas, conocimientos técnicos y muchas horas. Un propagandista puede producir más. Un reclutador puede comunicarse en más idiomas. Una organización pequeña puede aparentar una infraestructura mediática mucho mayor. Ahí está, por ahora, el salto más tangible.
Naciones Unidas ha vuelto a advertirlo coincidiendo con el 25.º aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, que causaron casi 3.000 muertos de más de 90 países. Eihab Omaish, director de Políticas y Coordinación de la Oficina de la ONU contra el Terrorismo, explicó ante el Consejo de Seguridad que la amenaza actual es más difusa y descentralizada y está cada vez más facilitada por las nuevas tecnologías.
Durante la sesión, celebrada tras guardar un minuto de silencio por las víctimas del 11S, la ONU reconoció una paradoja incómoda. Los grandes grupos terroristas han perdido dirigentes, territorios y buena parte de la libertad de movimientos que tuvieron en otras épocas; los Estados, mientras tanto, cooperan más y disponen de mejores herramientas de inteligencia. Pero el ecosistema digital ofrece a organizaciones mucho menores una capacidad de difusión que hace dos décadas habría resultado extraordinaria.
El cliché del robot asesino vende más, claro. El problema serio es bastante menos vistoso: una conexión a internet, herramientas comerciales al alcance de cualquiera y la posibilidad de multiplicar mensajes, idiomas, identidades y contenidos casi sin coste.
La amenaza no es una superinteligencia: es la escala
La novedad fundamental de la IA generativa aplicada al terrorismo no consiste necesariamente en inventar capacidades desconocidas. Consiste en industrializar las conocidas.
La propaganda sirve desde hace décadas para atraer simpatizantes, justificar la violencia, cohesionar grupos, recaudar dinero o convertir una derrota militar en una supuesta victoria ideológica. Lo que cambia es la velocidad. Un mismo mensaje puede convertirse rápidamente en textos, locuciones, imágenes y vídeos adaptados a distintas lenguas y públicos.
Los análisis recientes de Naciones Unidas describen precisamente esa transformación. La propaganda ya no funciona únicamente como escaparate ideológico: se integra en reclutamiento, radicalización, financiación e incluso en la proyección de autoridad de determinadas organizaciones.
La IA permite llevar esa maquinaria un poco más lejos. Puede corregir textos, resumir discursos, producir variantes, traducirlos y adaptar el tono. También hace posible fabricar contenido sintético a un ritmo que complica la moderación de las plataformas. Se elimina una publicación y aparecen otras veinte versiones. No porque la máquina tenga una ideología —no la tiene—, sino porque automatiza el trabajo repetitivo.
Ese detalle aparentemente vulgar importa mucho. El terrorismo contemporáneo no necesita que la IA piense por él. Le basta con que trabaje deprisa.
Propaganda y reclutamiento: donde la IA ya se nota
Uno de los usos más claros es la creación de propaganda sintética. Imágenes generadas, vídeos manipulados, voces clonadas o piezas gráficas convincentes pueden utilizarse para glorificar organizaciones, exagerar su fuerza, apropiarse de acontecimientos o alimentar narrativas de agravio.
Los llamados deepfakes añaden otra capa. Una grabación falsa puede atribuir palabras inexistentes a un dirigente político, un religioso, un militar o cualquier personaje conocido. Ni siquiera necesita resistir una comprobación seria durante días. En una crisis, unas horas de confusión pueden bastar para alimentar rumores y enfado.
Hay algo todavía más sencillo: la traducción. Una organización con pocos miembros capaces de comunicarse fuera de su entorno puede utilizar herramientas automáticas para multiplicar su alcance lingüístico. Los análisis de Naciones Unidas señalan expresamente esa expansión multilingüe junto con la adaptación de mensajes a audiencias concretas.
Y esa personalización toca directamente al reclutamiento. No recibe el mismo discurso un adolescente desencantado de una ciudad europea que un adulto atrapado en un conflicto del Sahel. La inteligencia artificial permite variar lenguaje, referencias, imágenes y argumentos con una facilidad inédita.
Deepfakes, conversaciones y mensajes hechos a medida
La posibilidad de utilizar asistentes conversacionales introduce además una diferencia cualitativa respecto a la propaganda tradicional. Un vídeo habla a miles de personas de la misma manera; un sistema automatizado puede mantener interacciones individualizadas y responder de forma diferente según lo que recibe.
No hace falta imaginar un sofisticado cerebro digital dedicado a radicalizar personas. Resulta más realista pensar en herramientas que permiten redactar respuestas, traducir conversaciones, mantener perfiles ficticios o producir cantidades enormes de contenido alrededor de una narrativa extremista.
Naciones Unidas también llama la atención sobre los menores y los jóvenes. El ecosistema ya no termina en las grandes redes sociales: incluye comunidades digitales, plataformas asociadas a videojuegos y espacios pequeños donde las relaciones entre usuarios pueden resultar mucho más estrechas. Los organismos antiterroristas han advertido de contenidos concebidos específicamente para audiencias juveniles y de formas de captación entre pares.
Ahí aparece una de las zonas más difíciles de vigilar. Un gran vídeo propagandístico puede detectarse. Miles de conversaciones pequeñas, memes, cuentas efímeras y piezas ligeramente distintas forman otra cosa: ruido. Mucho ruido. Y esconder una aguja siempre resulta más fácil cuando el pajar crece cada minuto.
Dinero, ciberataques y drones: qué es real y qué aún no
La IA también puede utilizarse alrededor de la financiación terrorista. No porque fabrique dinero, obviamente, sino porque facilita campañas de difusión, solicitudes de donaciones, material promocional o comunicaciones destinadas a posibles simpatizantes. Naciones Unidas incluye la recaudación entre las funciones en las que las nuevas herramientas digitales están aumentando la capacidad de algunas redes extremistas.
También existe un terreno compartido con la ciberdelincuencia. Los modelos de IA pueden ayudar a procesar información pública, automatizar determinadas tareas informáticas o mejorar campañas de ingeniería social y fraude. Eso puede reducir la barrera técnica de entrada para actores con conocimientos limitados.
Conviene poner el freno aquí. Una IA comercial no convierte automáticamente a un terrorista en un hacker experto. Los ataques complejos siguen exigiendo accesos, infraestructura, conocimiento del objetivo y experiencia. Los sistemas incorporan además restricciones precisamente para dificultar usos dañinos. Hablar de una capacidad universal para derribar redes eléctricas pulsando una tecla pertenece más al guion de una película que al análisis serio.
El riesgo, de nuevo, está en el margen. Si una tecnología permite ahorrar parte del trabajo, analizar datos más rápidamente o facilitar labores que antes requerían un especialista, una organización necesita menos recursos para intentarlo.
Drones y reconocimiento: una combinación que preocupa
El otro foco está en los drones y los sistemas no tripulados. Naciones Unidas lleva años advirtiendo de su utilización por organizaciones terroristas y en 2026 ha vuelto a relacionar esta amenaza con las tecnologías emergentes. Durante la sesión del Consejo de Seguridad por el aniversario del 11S, representantes diplomáticos señalaron precisamente la combinación de drones, inteligencia artificial y sistemas tecnológicos cada vez más accesibles.
La IA puede mejorar algunas funciones de navegación, análisis de imágenes, reconocimiento o automatización. Otra vez: posibilidad no equivale a despliegue masivo. La disponibilidad de drones comerciales es una realidad; la integración de capacidades avanzadas de inteligencia artificial en operaciones terroristas presenta un escenario mucho más desigual.
Esta diferencia importa porque mezclar en el mismo saco lo documentado, lo experimental y lo hipotético produce titulares estupendos y diagnósticos bastante malos.
El cambio decisivo: hacer más con menos personas
La palabra que mejor explica el problema quizá no sea inteligencia, sino asimetría.
Un Estado dispone de presupuestos, servicios de inteligencia, especialistas, fuerzas policiales y centros tecnológicos. Una organización clandestina juega con muchos menos recursos. Durante años esa diferencia limitó determinadas capacidades. Las tecnologías digitales fueron reduciendo la distancia y la IA puede estrecharla un poco más.
No porque entregue al actor pequeño los medios de un Estado, sino porque convierte ciertas capacidades caras en servicios baratos. Redactar, traducir, editar vídeo, sintetizar voz, analizar grandes volúmenes de texto o adaptar campañas comunicativas requiere cada vez menos tiempo y personal.
Eso tiene una consecuencia adicional: la propaganda puede sobrevivir mejor a la pérdida de territorio físico. Una organización debilitada militarmente todavía puede parecer omnipresente en internet. Puede reciclar material antiguo, fabricar una estética coherente, traducirse a nuevos idiomas y mantener comunidades dispersas.
Los organismos de Naciones Unidas hablan de una brecha de aceleración: los actores extremistas adaptan herramientas y canales a una velocidad que las leyes, las instituciones y las propias plataformas no siempre pueden seguir. Ese desfase tecnológico quizá explique mejor la preocupación que cualquier fantasía sobre máquinas autónomas.
Veinticinco años después del 11S, el frente también es digital
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 pertenecen tecnológicamente a otro mundo. No existían los smartphones actuales, las grandes redes sociales todavía no habían nacido y la inteligencia artificial generativa estaba muy lejos del usuario corriente. Un cuarto de siglo después, la amenaza terrorista también se ha fragmentado.
Daesh y otras organizaciones han sufrido enormes pérdidas territoriales y de liderazgo, pero sus redes y filiales han demostrado capacidad para adaptarse. Naciones Unidas ha advertido durante 2026 del uso continuado de plataformas digitales, inteligencia artificial y sistemas no tripulados, especialmente en un contexto de inestabilidad en partes de África, Oriente Próximo y Afganistán.
Omaish insistió ante el Consejo de Seguridad en otra pieza que a veces se pierde detrás de la fascinación tecnológica: los grupos terroristas siguen aprovechando guerras, instituciones frágiles, resentimientos locales y redes criminales. La IA no sustituye nada de eso.
Un algoritmo tampoco crea por sí solo un terrorista. Las causas de la radicalización son políticas, sociales, personales, económicas y culturales, distintas según cada caso. La tecnología funciona como amplificador, no como explicación universal.
Seguridad sin convertir internet en un puesto fronterizo
La misma tecnología que plantea el problema puede ayudar a combatirlo. Sistemas de inteligencia artificial permiten analizar grandes volúmenes de información, localizar patrones anómalos, detectar tendencias dañinas y apoyar a investigadores humanos. Naciones Unidas desarrolla desde hace años programas sobre el uso responsable de estas herramientas en prevención del extremismo violento.
Pero aquí aparece una frontera democrática bastante menos espectacular y bastante más importante. Vigilar el terrorismo no puede convertirse en una excusa para vigilar indiscriminadamente a la población, censurar discursos legales o entregar decisiones delicadas a algoritmos opacos.
Omaish recordó precisamente ante el Consejo que las medidas antiterroristas que erosionan el Estado de derecho y los derechos humanos terminan debilitando la propia lucha contra el terrorismo. Una lección vieja, por cierto, y no siempre bien aprendida después del 11S.
Los sistemas automáticos se equivocan. Una palabra, una fotografía o una relación estadística pueden parecer sospechosas sin serlo. Los falsos positivos, los sesgos y la falta de contexto son especialmente peligrosos cuando detrás de una decisión hay policías, fronteras o tribunales.
La respuesta pasa así por una combinación bastante menos cómoda que instalar un software y olvidarse: cooperación internacional, servicios de inteligencia capaces, plataformas que reaccionen con rapidez, supervisión judicial, conocimiento tecnológico y protección efectiva de las libertades civiles.
La nueva asimetría: más capacidad con muchos menos recursos
La advertencia de Naciones Unidas no describe un futuro en el que una inteligencia artificial decide lanzar atentados por su cuenta. Describe algo más próximo. Y quizá por eso más inquietante.
Un grupo pequeño puede producir contenido como antes lo hacía una organización mucho mayor. Puede hablar en varios idiomas sin disponer de traductores, fabricar imágenes convincentes sin diseñadores, generar audio sin estudios de grabación y adaptar mensajes a públicos distintos a una velocidad que desborda los mecanismos tradicionales de vigilancia.
En determinadas áreas puede también reducir parte del coste técnico de actividades vinculadas al fraude, el análisis de información, el ciberespacio o los sistemas no tripulados. Hay límites importantes y siguen haciendo falta personas, recursos y acceso. La máquina no elimina el mundo físico.
Lo que sí elimina, poco a poco, son algunas barreras.
Veinticinco años después del 11S, esa es probablemente la mutación que merece atención: el terrorismo ha perdido buena parte de las estructuras gigantescas que simbolizaron otras épocas, pero puede aprovechar herramientas digitales diseñadas para millones de usuarios ordinarios. Una tecnología creada para escribir, traducir, editar o analizar también puede ponerse al servicio de la violencia.
La IA no inventó el terrorismo. Puede hacerlo más rápido, barato y escalable. Y esa diferencia, menos espectacular que la ciencia ficción, es exactamente la que preocupa a Naciones Unidas.

OcioCarolina de Mónaco vuelve a estar de boda: ¿con quién se casa su hija?
Ocio¿Puede desaparecer el Valencia CF? La crisis que inquieta a Mestalla
Ocio¿Qué le pasó a Cristóbal Soria en Costa Rica durante Planeta Calleja?
Tecnología¿Cómo cambia la enseñanza y el papel del profesor en la era de la IA?
Actualidad¿Qué es Atlante 26? Cazas, misiles y fuego real en el golfo de Cádiz
Economía¿Por qué España tiene el segundo diésel más barato de toda la UE?
Tecnología¿Puede la IA provocar la extinción humana antes de 2030? Qué sabemos
Ocio¿Quién cobra los 400 euros del ‘césped’ de la F1 en Madrid y por qué?
Economía¿Por qué el taxi eléctrico puede perder 500 € por semana en Madrid?
Ocio¿Cómo es el mod de IKEA para Skyrim con una KALLAX que habla y carga?
Ocio¿Qué pasa con Carlos Sobera? ‘Rueda la letra’ toca fondo en Telecinco
Salud¿Qué implica el no de PP y Vox para el covid persistente en Aragón?





















