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¿Puede desaparecer el Valencia CF? La crisis que inquieta a Mestalla

El Valencia atraviesa uno de sus peores arranques: un punto de 15, cuatro derrotas, protestas en Paterna y una crisis que amenaza con crecer.

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la curva norte de mestalla

Foto: unoodostoques / Wikimedia Commons — Flickr, “Sentiment”, CC BY 2.0.

Resumen

  • El Valencia es colista con un punto de 15 y solo un gol en cinco jornadas
  • Unos 200 aficionados protestaron en Paterna tras la derrota ante el Sevilla
  • No hay datos de desaparición inmediata, pero el riesgo deportivo es serio

No hay datos públicos que permitan afirmar que el Valencia CF esté a punto de desaparecer como entidad. Conviene separar el incendio de la humareda. El club sigue compitiendo en Primera División, mantiene en marcha el proyecto del Nou Mestalla y dispone de una financiación específica para terminar el nuevo estadio. Otra cosa —bastante menos tranquilizadora— es su situación deportiva e institucional: ahí sí, el Valencia ha entrado en una zona de peligro que hace tiempo dejó de ser una mala racha.

Después de cinco jornadas de LaLiga 2026-27, el Valencia Club de Fútbol es colista con un punto de 15 posibles, ninguna victoria, cuatro derrotas, un solo gol marcado y diez recibidos. El 1-0 encajado ante el Sevilla en el Sánchez-Pizjuán terminó de romper la paciencia de una parte de la afición. Horas después, ya de madrugada, alrededor de 200 seguidores esperaron al equipo en la Ciudad Deportiva de Paterna entre gritos contra jugadores, entrenador y dirigentes. Hubo presencia policial. La temporada apenas ha empezado y el ambiente parece de mayo.

La palabra desaparición, por tanto, exagera la amenaza inmediata. La palabra crisis, no. Tampoco resulta excesivo hablar de riesgo de descenso si la trayectoria no cambia pronto. El Valencia ha igualado uno de los peores arranques ligueros de su historia y vuelve a encontrarse con esa incómoda sensación que el valencianismo conoce demasiado bien: mirar la clasificación desde abajo mientras desde los despachos se promete un futuro mejor.

Un punto de 15: el Valencia ya está en números históricos

Los resultados explican casi todo sin necesidad de adornos. El Valencia comenzó perdiendo 0-1 frente al Betis en Mestalla. Después empató 0-0 contra el Celta, cayó 3-1 ante el Deportivo, recibió un 0-5 del Barcelona en casa y terminó derrotado 1-0 por el Sevilla. Cinco partidos, cuatro derrotas y un empate.

El balance ofensivo resulta especialmente áspero: un gol en cinco jornadas. No se trata solamente de perder. El equipo genera poco, vive demasiado cerca de su propia área y transmite una fragilidad que aparece incluso cuando logra sostener los partidos durante largos tramos. En Sevilla resistió hasta los minutos finales, pero Juan Iglesias decidió el encuentro con un remate de cabeza. Otra derrota. Y otra noche en la que la reacción llegó antes desde la grada que desde el césped.

Con un punto de los primeros 15, el conjunto valencianista iguala el peor inicio liguero de su historia tras cinco jornadas, un registro que ya apareció en las temporadas 1999-2000 y 2024-25. El dato necesita una pequeña vacuna contra el fatalismo: aquel Valencia de 1999 terminó tercero en Liga. Los malos comienzos no escriben por adelantado el final de una temporada. Pero tampoco conviene convertir una remontada de hace más de un cuarto de siglo en una estampita milagrosa.

Paterna convierte el malestar en una protesta frontal

La derrota en Sevilla no acabó cuando el árbitro señaló el final. A la salida del Sánchez-Pizjuán ya se escucharon reproches contra el equipo. Después llegó el viaje de regreso y una madrugada bastante poco silenciosa.

Alrededor de 200 aficionados acudieron a Paterna, donde el autobús del Valencia llegó pasadas las dos de la mañana. Los gritos de “Corberán, dimisión” y “jugadores mercenarios” resumieron el estado de ánimo de una parte de la hinchada. La Policía Nacional intervino en el dispositivo de seguridad y los integrantes de la expedición abandonaron posteriormente las instalaciones bajo vigilancia.

Es significativo porque la protesta ya no tiene una sola dirección. Durante años, la indignación valencianista estuvo concentrada esencialmente en Peter Lim y Meriton. Ahora también alcanza al entrenador, a los futbolistas, al presidente Kiat Lim y a la estructura ejecutiva encabezada por Ron Gourlay. Cuando el enfado empieza a disparar en todas direcciones suele ocurrir algo sencillo y peligroso: ya nadie conserva suficiente crédito para funcionar como cortafuegos.

Corberán está en el centro, pero el problema es bastante mayor

Carlos Corberán ha asumido públicamente su responsabilidad y sostiene que conserva fuerzas para revertir la situación. El vestuario también le ha respaldado. José Luis Gayà, capitán valencianista, defendió tras el partido de Sevilla que los jugadores están con el entrenador.

Eso no elimina una evidencia. El puesto de Corberán está bajo una presión enorme. Cinco jornadas sin ganar, cuatro derrotas consecutivas y un equipo colista hacen prácticamente inevitable que cada partido empiece a parecer un examen. El siguiente compromiso liguero, ante el Deportivo Alavés, llegará el 15 de septiembre. Apenas hay tiempo para reconstruir nada; como mucho, para detener la caída.

Las lesiones ayudan a comprender una parte del problema. La de César Tárrega sufrida en Sevilla volvió a castigar una defensa que ya llegaba muy condicionada por diferentes bajas. Corberán ha señalado precisamente la acumulación de problemas físicos como uno de los factores que están restando competitividad. Es razonable. Pero una enfermería llena explica jugadores ausentes; no explica por sí sola un gol en cinco partidos, una planificación cuestionada o la sensación de que la plantilla entra demasiado a menudo en los encuentros sin capacidad para imponer su fútbol.

La crisis del Valencia no nació en septiembre

Reducir toda la situación al entrenador sería cómodo. Casi demasiado.

El Valencia lleva años instalado en una contradicción extraña. Es uno de los grandes clubes históricos del fútbol español, seis veces campeón de Liga, ocho veces ganador de la Copa del Rey y dos veces finalista de la Champions League, pero su realidad deportiva se ha ido encogiendo. El escudo conserva dimensiones europeas; el proyecto, bastante menos.

La propiedad de Peter Lim, iniciada en 2014, continúa en el centro de ese deterioro percibido por buena parte de la afición. Kiat Lim figura actualmente como presidente y Ron Gourlay dirige el área ejecutiva de fútbol, dentro de una estructura que ha intentado abrir una nueva etapa. Los resultados, por ahora, han hecho exactamente lo contrario: rescatar los viejos reproches.

También existe una cuestión económica difícil de separar del terreno de juego. Las estimaciones publicadas recientemente sitúan la deuda del Valencia cerca de los 380 millones de euros, mientras su capacidad de gasto deportivo está condicionada. Esto obliga a matizar de nuevo la idea de una supuesta desaparición. Tener deuda, incluso una deuda muy elevada, no significa que una sociedad esté a punto de extinguirse. Pero sí reduce margen, condiciona inversiones y vuelve mucho más doloroso cualquier descenso de ingresos deportivos.

Y ahí está el círculo. Menos recursos pueden provocar una plantilla menos competitiva; una plantilla débil aumenta el riesgo deportivo; los malos resultados reducen ingresos y atractivo; la capacidad para reconstruir vuelve a estrecharse. Una rueda que chirría, cada vuelta un poco más.

El Nou Mestalla aleja la idea de desaparición, no la preocupación

Hay otro elemento que desmonta una interpretación literal de que el Valencia esté próximo a dejar de existir: el Nou Mestalla sigue adelante. El club cerró en 2025 una financiación de 322 millones de euros destinada al nuevo estadio y mantiene prevista su apertura para 2027.

Las obras han continuado durante 2026 y el recinto está planteado precisamente como la gran palanca económica del Valencia del futuro, con más capacidad de explotación comercial, mayores ingresos por los días de partido y nuevas zonas destinadas a hospitalidad y negocio. Sobre el papel, es la pieza con la que el club pretende salir de años de estrechez.

Claro que un estadio no juega de central ni marca en el minuto 90. Ahí aparece la paradoja valencianista de este momento: mientras en la avenida de las Cortes Valencianas crece una estructura destinada a representar el futuro, el equipo se hunde en el presente. Hormigón hacia arriba, clasificación hacia abajo. Una imagen casi demasiado perfecta.

El nuevo campo puede transformar los ingresos del club, pero difícilmente compensaría el golpe deportivo, económico y reputacional que supondría abandonar Primera División justo cuando el proyecto pretende inaugurar una etapa distinta. Ese es el riesgo serio. No la evaporación repentina del Valencia CF, sino seguir perdiendo categoría deportiva mientras la entidad aumenta sus compromisos financieros y espera rentabilizar una infraestructura gigantesca.

¿Desaparecer? No; el peligro inmediato se llama descenso

A 12 de septiembre de 2026, hablar de una desaparición inminente del Valencia Club de Fútbol no está respaldado por los hechos conocidos. No existe información pública que sitúe al club ante un final societario próximo, y la entidad mantiene proyectos e inversiones incompatibles con esa imagen de un club a punto de apagar la luz definitivamente.

El problema real es menos espectacular como titular, aunque posiblemente más incómodo: el Valencia puede meterse otra vez en una batalla por la permanencia. Y esta vez empieza desde el primer mes del campeonato, con un punto, un gol, cuatro derrotas y el último puesto después de cinco jornadas.

Quedan muchos partidos. La clasificación de septiembre no manda a nadie a Segunda y la propia historia valencianista contiene remontadas bastante más improbables. Pero confiar únicamente en el calendario sería una manera elegante de no mirar el problema. El equipo necesita puntos y los necesita mientras todavía puede trabajar sin la presión asfixiante que aparece cuando cada domingo empieza a descontar jornadas.

Mestalla teme algo más cotidiano que desaparecer

El Valencia no parece estar ante su desaparición. Está ante algo quizá más reconocible para sus aficionados: el peligro de que la excepcionalidad de la crisis termine convirtiéndose en rutina.

Un gigante puede sobrevivir a una temporada mala. También a varias. Puede vender futbolistas, reducir presupuestos, cambiar entrenadores, refinanciar deuda y construir otro estadio. Lo que resulta mucho más difícil de recuperar es la expectativa. Esa convicción colectiva de que ponerse la camiseta del Valencia obliga a mirar arriba y no a consultar, jornada tras jornada, cuántos puntos quedan hasta la salvación.

Paterna ofreció esta madrugada la fotografía más cruda del momento. No la de un club que desaparece, sino la de una relación que se desgasta: aficionados esperando de madrugada, policías alrededor del autobús, futbolistas saliendo entre reproches y un entrenador que continúa diciendo que confía en revertir la situación.

El Valencia Club de Fútbol sigue ahí. El problema es hacia dónde está yendo.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.