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Economía

¿Por qué Canadá planta cara a Trump y responde con aranceles del 50%?

Canadá planta cara a Trump con aranceles del 50% y abre una guerra comercial que amenaza al automóvil, el acero y el comercio entre vecinos.

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Canadá agita Davos

Estados Unidos y Canadá han pasado de discutir sobre comercio a castigarse con aranceles del 50%, una escalada extraordinaria entre dos economías que durante décadas construyeron fábricas, cadenas de suministro y mercados casi como si la frontera fuese poco más que una línea administrativa. El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha decidido no ceder: Ottawa responderá a Washington “dólar por dólar” con nuevos gravámenes sobre productos estadounidenses.

La ruptura ya tiene fechas y dinero encima de la mesa. Los aranceles estadounidenses entraron en vigor el 22 de agosto de 2026 y afectan a importaciones canadienses valoradas en cerca de 20.000 millones de dólares. Canadá prepara sus represalias para el 8 de septiembre. Y Donald Trump ha añadido otra vuelta de tuerca: amenaza con elevar al 50%, desde el 1 de enero de 2027, los aranceles sobre automóviles, camiones, componentes de automoción y acero procedentes de Canadá. La guerra comercial, por tanto, acaba de estrenar un segundo frente antes de haber digerido el primero.

Carney rompe la baraja tras fracasar el acuerdo con Trump

Durante varios días pareció que Washington y Ottawa podían llegar a un pacto. Trump incluso aplazó durante tres jornadas la entrada en vigor de sus nuevos aranceles mientras las delegaciones negociaban. Se hablaba de reducir los gravámenes estadounidenses sobre acero y aluminio canadiense del 50% al 25% y los de los automóviles del 25% al 15%. Había margen. O eso parecía.

Todo saltó por los aires el viernes. Carney sostuvo que Estados Unidos había introducido cambios de última hora que Canadá consideraba injustos y económicamente inviables, hasta el punto de poner en duda la fiabilidad del acuerdo. Ottawa suspendió las conversaciones y llamó a sus negociadores de regreso a Canadá.

El enfrentamiento no se limita a cuánto paga un queso, una botella de vino o una pieza de automóvil al atravesar la frontera. Según la versión canadiense, algunas exigencias estadounidenses podían condicionar la capacidad de Canadá para alcanzar futuros acuerdos comerciales con terceros países y afectar a determinadas protecciones industriales y culturales. Ahí Carney encontró una línea roja. Negociar precios es una cosa; negociar margen de soberanía, otra bastante distinta.

Washington cuenta la historia al revés. La Administración Trump acusa a Canadá de discriminar productos estadounidenses, especialmente automóviles, lácteos y bebidas alcohólicas, y considera sus nuevos aranceles una respuesta a prácticas comerciales desiguales. Para imponerlos ha recuperado la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930, una disposición nacida en plena época proteccionista que permite imponer derechos adicionales de hasta el 50% cuando el presidente considera que existe discriminación contra el comercio estadounidense. Una herramienta con casi un siglo encima que vuelve a escena como si nunca hubiera abandonado el armario.

Qué productos quedan atrapados en los aranceles del 50%

La primera ofensiva estadounidense cubre alrededor de 20.000 millones de dólares en importaciones canadienses. Entre los bienes afectados aparecen productos lácteos, alcohol, cemento, prendas de vestir y hasta material de hockey. Sí, hockey. Una disputa entre Estados Unidos y Canadá que termina gravando palos de hockey tiene una cierta perfección geopolítica difícil de mejorar.

No todo el comercio canadiense queda sometido a ese 50%. Hay excepciones importantes. Energía, potasa, determinados minerales críticos, pescado y mercancías sometidas a otros regímenes arancelarios quedan fuera de esta ronda. El alcance económico inmediato es, por ello, mucho menor que el de un arancel general sobre todo lo que Canadá vende a Estados Unidos.

Canadá ha optado por devolver el golpe de manera equivalente. Las contramedidas previstas para el 8 de septiembre se concentrarán en sectores como acero, productos lácteos, electrodomésticos, equipos agrícolas, papel y electrónica. El Gobierno canadiense todavía tiene margen para afinar exactamente qué mercancías soportarán cada gravamen, una decisión nada inocente: en una guerra arancelaria importa tanto cuánto se cobra como a quién se le cobra.

El objetivo habitual consiste en provocar presión económica donde pueda convertirse en presión política. Un arancel parece una aburrida cifra de aduanas hasta que una empresa pierde pedidos, un agricultor ve desaparecer un mercado o una familia encuentra determinados productos más caros. Entonces deja de ser una tabla de Excel.

Trump eleva la amenaza sobre coches, camiones y acero

La crisis ha crecido todavía más este 24 de agosto. Trump ha anunciado que pretende elevar al 50% desde el 1 de enero de 2027 los aranceles aplicados a coches, camiones, componentes automovilísticos y acero procedentes de Canadá. El mensaje presidencial incluye una invitación poco sutil a las empresas: fabricar en Estados Unidos para evitar los gravámenes.

El automóvil convierte esta pelea en algo mucho más delicado. Las industrias canadiense y estadounidense no viven simplemente una al lado de la otra; están profundamente entrelazadas. Una pieza puede fabricarse en Ontario, incorporarse a otro componente al sur de la frontera y terminar instalada en un vehículo ensamblado cientos de kilómetros después. Poner peajes cada vez más altos entre esas etapas no separa limpiamente dos economías: encarece una misma cadena industrial.

Los grandes fabricantes estadounidenses también miran el conflicto con inquietud. Las revisiones comerciales discutidas en Washington ya habían provocado advertencias sobre costes adicionales multimillonarios para compañías de Detroit. General Motors y Ford, por ejemplo, afrontan gastos derivados de los distintos aranceles mientras compiten con fabricantes extranjeros sujetos a condiciones diferentes. Es una de las paradojas clásicas del proteccionismo: una barrera diseñada para proteger una fábrica estadounidense puede encarecer precisamente las piezas que esa fábrica necesita.

Una frontera demasiado integrada para salir barata

Canadá tiene más que perder en términos relativos. Aproximadamente siete de cada diez dólares que exporta terminan en Estados Unidos, mientras que los datos comerciales recientes muestran hasta qué punto el mercado estadounidense continúa siendo el destino dominante de las mercancías canadienses. Es una dependencia enorme.

Pero dependencia no significa que Estados Unidos pueda salir indemne. Canadá suministra materias primas, energía y componentes esenciales a numerosos sectores estadounidenses. La potasa canadiense, por ejemplo, resulta fundamental para la agricultura de su vecino; las conexiones eléctricas y energéticas atraviesan la frontera constantemente y buena parte de la industria norteamericana fue construida precisamente sobre la idea de que ambas economías funcionarían juntas.

Romper esa arquitectura es posible. Barato, no.

Quién es Mark Carney y por qué desafía a Trump

Carney llegó a la jefatura del Gobierno canadiense en marzo de 2025, después de sustituir a Justin Trudeau al frente del Partido Liberal. Su trayectoria anterior ayuda a comprender al personaje que ahora se sienta frente a Trump. No hizo carrera principalmente entre mítines y pasillos parlamentarios, sino entre bancos centrales y crisis financieras.

Fue gobernador del Banco de Canadá entre 2008 y 2013, coincidiendo con la gran crisis financiera, y posteriormente dirigió el Banco de Inglaterra entre 2013 y 2020, donde tuvo que lidiar con el terremoto económico y político del Brexit. Antes había trabajado durante años en Goldman Sachs y estudió Economía en Harvard y Oxford.

Eso no convierte automáticamente a nadie en un buen primer ministro —los currículos impresionantes también caben perfectamente en gobiernos mediocres—, pero explica cierta diferencia de tono. Carney suele plantear el conflicto con Trump menos como una pelea personal que como un problema de riesgo, dependencia y soberanía económica.

Su estrategia tampoco consiste, al menos por ahora, en emplear todas las armas disponibles. Canadá podría amenazar con materias primas estratégicas, energía u otros suministros sensibles para Estados Unidos. Carney está siendo más selectivo. Responde con aranceles, sostiene que no aceptará un acuerdo perjudicial y, paralelamente, intenta reducir la dependencia canadiense del mercado estadounidense mediante relaciones comerciales más amplias con Europa, Asia y otras economías.

Ahí está probablemente la parte más profunda del conflicto. Canadá ya no confía igual en Estados Unidos. Carney ha reconocido que el viejo vínculo económico está cambiando y que el país necesita reforzar su mercado interno y diversificar socios. Los aranceles pueden desaparecer en una negociación dentro de tres meses; una pérdida de confianza estratégica tarda mucho más en evaporarse.

La guerra comercial también puede golpear a Estados Unidos

Trump presenta los aranceles como una herramienta para recuperar producción industrial estadounidense. La lógica es sencilla sobre el papel: si fabricar en Canadá resulta más caro al entrar en Estados Unidos, las empresas tendrán incentivos para trasladar fábricas al sur de la frontera.

El problema aparece cuando se abre el capó. Muchas empresas estadounidenses dependen de piezas, acero, energía o materiales canadienses. Trasladar una fábrica no es mover una silla de un despacho a otro. Requiere terrenos, proveedores, maquinaria, trabajadores especializados, permisos, logística y años de inversión. Mientras tanto, alguien paga el arancel.

Normalmente ese alguien acaba repartido entre importadores, fabricantes y consumidores. Y ahí los aranceles pierden parte de su magia política: el impuesto se cobra en la frontera estadounidense a quien importa el producto. Que después el coste pueda trasladarse al proveedor extranjero mediante descuentos es posible; que termine repercutiendo en precios dentro de Estados Unidos, también.

La amenaza sobre automóviles y acero resulta especialmente sensible porque puede encarecer desde vehículos hasta construcción. El sector industrial observa con preocupación una disputa capaz de introducir nuevos costes en la cadena norteamericana de producción, justo cuando fabricantes y proveedores necesitan previsibilidad para decidir inversiones multimillonarias.

Carney, mientras tanto, ha conseguido algo políticamente importante: convertir la disputa comercial en una cuestión de autonomía nacional y reunir alrededor de su posición a buena parte de la política canadiense. Incluso dirigentes provinciales con intereses económicos diferentes han respaldado la idea de no aceptar un pacto considerado excesivamente desequilibrado.

Eso no elimina la aritmética. Estados Unidos sigue siendo, con enorme diferencia, el principal mercado de Canadá. Cuanto más dure el conflicto, mayor será la presión sobre empresas exportadoras, empleo e inversión canadiense. El nacionalismo económico puede llenar discursos; las nóminas siguen necesitando clientes.

Trump afronta el problema inverso. Estados Unidos posee una economía mucho mayor y puede absorber mejor una pelea bilateral, pero las cadenas productivas de América del Norte hacen difícil aislar completamente el daño. Michigan, los fabricantes de automóviles, los constructores que utilizan materiales canadienses o los agricultores dependientes de determinados insumos tampoco observan esta guerra desde una grada confortable.

Y queda el T-MEC, el gran acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México. La crisis llega cuando el futuro de ese marco norteamericano vuelve a discutirse. Si Washington y Ottawa convierten los aranceles extraordinarios en paisaje permanente, la cuestión económica dejará de ser quién gana esta ronda y empezará a ser qué queda de tres décadas de integración continental.

Dos vecinos descubren el precio de dejar de confiar

Carney no ha derrotado a Trump ni Trump ha doblegado a Canadá. Todavía no. Lo que sí ha sucedido es más interesante: Ottawa ha aceptado pagar un coste económico para demostrar que existe un límite a las concesiones que está dispuesto a hacer.

Estados Unidos aplica desde el 22 de agosto aranceles del 50% sobre unos 20.000 millones de dólares de bienes canadienses; Canadá prepara una respuesta equivalente desde el 8 de septiembre y Trump amenaza con extender ese 50% a automóviles, camiones, componentes y acero desde enero de 2027. Son tres fechas que convierten una bronca diplomática en una crisis económica perfectamente medible.

Quedan meses para que la amenaza sobre el automóvil llegue a materializarse y, precisamente por eso, existe espacio para otra negociación. Pero incluso un acuerdo futuro difícilmente borrará lo ocurrido. Durante décadas, Canadá construyó buena parte de su prosperidad sobre una certeza: Estados Unidos era un socio comercial gigantesco, cercano y previsible. Carney gobierna como si esa certeza hubiera caducado.

Y quizá ahí se encuentra el cambio verdaderamente histórico. Los aranceles pueden subir un viernes y desaparecer un martes. La confianza, cuando atraviesa la aduana, rara vez vuelve con tanta facilidad.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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