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Economía

¿Cómo intenta Bessent frenar con un billón la deuda récord de EEUU?

Un billón en caja da aire a Bessent para aliviar los bonos, pero la deuda de EEUU supera los 40 billones y el problema fiscal sigue intacto.

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Puede Irán golpear al dólar

Estados Unidos acaba de cruzar una frontera que hace apenas unos años habría provocado sudores fríos en Washington: su deuda pública supera ya los 40 billones de dólares. Y Scott Bessent, secretario del Tesoro, intenta ahora aliviar la presión sobre el mercado de bonos con una herramienta llamativa: aumentar las recompras de deuda a largo plazo y, eventualmente, aprovechar parte de la enorme reserva de efectivo que el Tesoro mantiene en su cuenta corriente. Cerca de un billón de dólares.

La maniobra puede servir para calmar los tipos de interés a largo plazo, mejorar la liquidez de determinados bonos y ganar tiempo. Lo que no hace —aquí conviene apartar la chistera— es reducir mágicamente esos 40 billones. El propio Tesoro reconoce que sus recompras no deberían alterar de forma significativa sus necesidades netas de financiación porque, normalmente, los títulos retirados terminan siendo sustituidos por nueva deuda. Cambia la fontanería; la cantidad de agua sigue ahí.

El billón de dólares que Bessent tiene en caja

El centro de la operación es la Treasury General Account, conocida como TGA. En términos sencillos, es la cuenta bancaria del Gobierno federal en la Reserva Federal. Allí entra dinero procedente de impuestos y emisiones de deuda y de allí sale para pagar salarios públicos, pensiones, contratos, intereses y prácticamente cualquier obligación del Gobierno.

El Tesoro calculaba a comienzos de agosto que esa cuenta terminaría septiembre con unos 950.000 millones de dólares y podría alcanzar un máximo cercano a 1,05 billones a finales de octubre. Una cifra espectacular incluso para los estándares de Washington, aunque no se trata de un tesoro enterrado bajo el despacho de Bessent: es liquidez necesaria para que la Administración pueda seguir pagando sus facturas.

La posibilidad estudiada por el mercado consiste en emplear una parte de esa caja para financiar recompras de bonos de vencimiento largo, reduciendo temporalmente la necesidad de emitir letras a corto plazo para cubrir esas operaciones. Es una diferencia importante. Utilizar la TGA no equivale a cancelar deuda con dinero sobrante; significa gastar efectivo que, tarde o temprano, deberá reponerse con ingresos fiscales, más financiación o una combinación de ambas cosas.

Y ahí aparece la paradoja. El Gobierno puede usar efectivo para comprar sus propios bonos y mejorar momentáneamente determinados segmentos del mercado, pero si después tiene que endeudarse para reconstruir esa reserva, el problema fiscal básico permanece sentado en la misma silla.

Qué está comprando realmente el Tesoro

La medida confirmada hasta ahora es bastante más concreta que el famoso billón. El 19 de agosto, el Tesoro anunció que, desde el 9 de septiembre, duplicará como mínimo las recompras de determinados bonos de largo plazo, pasando de un máximo de 2.000 millones a al menos 4.000 millones de dólares por operación en los tramos de 10 a 20 años y de 20 a 30 años.

Estas recompras no son una extravagancia inventada durante una mala mañana de mercado. El Tesoro estadounidense utiliza desde 2024 un programa de recompra destinado, entre otras cosas, a mejorar la liquidez de emisiones antiguas. Lo excepcional ahora es su tamaño creciente y, sobre todo, el contexto.

Cuando los bonos viejos empiezan a pesar

Los bonos estadounidenses no son todos igualmente fáciles de comprar y vender. Los títulos recién emitidos suelen concentrar buena parte de la negociación, mientras emisiones antiguas pueden volverse menos líquidas. El Tesoro recompra parte de esos bonos y los sustituye indirectamente por instrumentos más demandados.

Sobre el papel es mantenimiento del mercado. Algo parecido a retirar vagones viejos de una red ferroviaria para que el tráfico circule mejor.

El problema es que esta vez la operación llega después de una fuerte subida de los rendimientos de la deuda a largo plazo. El bono estadounidense a 30 años llegó a situarse alrededor del 5,34%, niveles no vistos desde 2007, mientras los inversores exigen una prima mayor para prestar dinero durante décadas a un Gobierno con déficits persistentes, inflación todavía incómoda y una deuda que sigue creciendo.

Cuando sube la rentabilidad de un bono, cae su precio. Para el Tesoro significa algo más incómodo: financiarse resulta más caro. Y esas rentabilidades terminan filtrándose hacia hipotecas, créditos empresariales y otros costes financieros de la economía.

Por eso Washington mira el mercado de bonos con una atención casi religiosa. Puede tolerar una mala sesión bursátil. Una huelga prolongada de compradores de deuda pública sería otra historia.

Una deuda de 40 billones que ya cobra intereses

El 18 de agosto, la deuda federal estadounidense superó por primera vez los 40 billones de dólares. De esa cantidad, aproximadamente 32,3 billones correspondían a deuda en manos del público y unos 7,8 billones a obligaciones entre distintas áreas del propio Gobierno.

La cifra impresiona, aunque su tamaño absoluto cuenta solo una parte de la película. Estados Unidos posee la mayor economía del mundo, recauda en dólares y emite la principal moneda de reserva internacional. No funciona como una familia que ha agotado la tarjeta de crédito. Esa comparación, tan querida por algunos discursos políticos, resulta cómoda y bastante tramposa.

Lo preocupante es la combinación de deuda creciente, déficit estructural y tipos de interés elevados. Los pagos por intereses han superado ya el billón de dólares anual y se han convertido en uno de los grandes capítulos del presupuesto federal, por encima incluso de Medicare y únicamente por detrás de la Seguridad Social entre las principales partidas señaladas por los datos recientes.

Cuanto más dinero se destina simplemente a remunerar deuda acumulada, menos margen queda para otras decisiones. Defensa, infraestructuras, sanidad, rebajas fiscales, ayudas públicas. La política sigue pudiendo escoger, naturalmente; la aritmética tiene la antipática costumbre de acudir también a las reuniones.

Por qué las recompras no solucionan el déficit

Aquí está el corazón del asunto. Una recompra puede alterar qué deuda está en circulación, a qué vencimiento y con qué liquidez, pero no elimina el desequilibrio entre lo que Washington recauda y lo que gasta.

El Tesoro prevé pedir prestados unos 739.000 millones de dólares netos entre julio y septiembre de 2026 y otros 628.000 millones entre octubre y diciembre. Son necesidades de financiación nuevas, no una reliquia de décadas anteriores.

Por eso el billón de la TGA tiene límites bastante terrenales. Si Bessent gasta parte de esa reserva en recomprar bonos, el saldo de caja cae. Si posteriormente lo reconstruye emitiendo deuda, ha cambiado el momento y posiblemente el tipo de títulos utilizados, pero no ha creado recursos fiscales adicionales.

Puede ser una operación eficaz de gestión de vencimientos. Puede incluso reducir temporalmente ciertas tensiones. Llamarla solución a la deuda sería otra cosa.

La diferencia recuerda a refinanciar una hipoteca cara por otra más manejable: la cuota puede mejorar y el calendario resultar menos incómodo, pero la casa no aparece súbitamente pagada.

El mercado ya ha dejado algunas pistas

La reacción inicial ha sido ambigua. Los rendimientos de los bonos bajaron después de algunos anuncios del Tesoro, pero buena parte del movimiento se deshizo rápidamente. Este lunes 24 de agosto, el bono a 10 años rondaba el 4,71% y el de 30 años aproximadamente el 5,25%, todavía en niveles elevados.

El dólar también ha sufrido presión. La divisa llegó recientemente a mínimos de unos tres meses frente al euro ante las dudas sobre las recompras, la política fiscal y la evolución del mercado de deuda, aunque este lunes recuperaba ligeramente terreno y el índice dólar se situaba alrededor de 99 puntos.

Tiene cierta lógica. Si los inversores interpretan que el Tesoro está intentando forzar artificialmente unos rendimientos más bajos mientras la deuda continúa aumentando, pueden exigir compensaciones por otros lados. Una moneda más débil, una mayor prima de plazo o sencillamente menos entusiasmo por determinados bonos.

No significa que Estados Unidos esté a las puertas de una crisis de deuda convencional. El mercado del Treasury sigue siendo el gran refugio financiero mundial y dispone de una profundidad que ningún competidor reproduce a la misma escala. Pero el privilegio del dólar no convierte cada decisión de Washington en gratis.

Bessent intenta comprar tiempo, no borrar la factura

Scott Bessent sostiene que Estados Unidos puede apoyarse en el crecimiento económico para hacer más manejable su carga financiera. Hay una parte razonable en ese argumento: una economía que crece deprisa puede soportar una deuda nominal mayor. El dato relevante no es solo cuántos dólares debe un país, sino qué capacidad económica tiene para pagarlos.

El inconveniente aparece cuando la deuda crece sistemáticamente más deprisa que los ingresos públicos y el coste de financiarla también aumenta. Entonces el crecimiento deja de ser un salvavidas automático.

Las recompras pueden ayudar a evitar dislocaciones, suavizar movimientos extremos y ofrecer al Tesoro cierto control sobre el perfil de vencimientos. Son herramientas técnicas útiles. No pequeñas. Tampoco milagrosas.

El famoso billón de dólares que rodea ahora a Bessent es, en buena medida, liquidez ya acumulada por el propio Gobierno, no una riqueza encontrada detrás de un sofá de la Casa Blanca. Gastarla puede cambiar durante un tiempo la oferta de bonos y aliviar algún dolor del mercado. Después vuelve la pregunta incómoda: cuánto gasta Estados Unidos, cuánto recauda y cuánto necesita pedir prestado.

Washington puede mover los bonos, pero no esconder la deuda

La operación de Bessent tiene sentido como intervención de mercado: recomprar deuda antigua, mejorar liquidez y tratar de reducir la presión sobre unos tipos a largo plazo que se habían acercado a máximos de dos décadas. El Tesoro dispone, además, de una caja excepcionalmente abultada que le ofrece margen táctico.

Pero 40 billones de dólares siguen siendo 40 billones después de moverlos de una columna a otra. El problema de fondo no está dentro de la TGA ni en una subasta concreta. Está en años de déficits, decisiones fiscales acumuladas y costes financieros que ahora crecen con mucha más rapidez.

La chistera existe. También el billón. El conejo, de momento, no.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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