Economía
¿Por qué Rusia compra gasolina fuera si produce millones de barriles?
Rusia produce millones de barriles de crudo, pero importa gasolina: los daños en sus refinerías explican una paradoja energética inesperada.

Rusia posee enormes reservas de crudo, extrae millones de barriles cada día y continúa enviando petróleo a compradores como China e India. Y, sin embargo, en agosto de 2026 está importando gasolina, diésel y otros combustibles refinados para abastecer su propio mercado. No hay una contradicción geológica: petróleo tiene de sobra. El problema está bastante más cerca de la superficie, entre tuberías, torres de destilación y unidades industriales dañadas.
La explicación es sencilla. Extraer petróleo y fabricar gasolina no son la misma cosa. El crudo recién sacado de un yacimiento no sirve para llenar el depósito de un coche; necesita pasar por una refinería y someterse a distintos procesos industriales. Los repetidos ataques ucranianos contra instalaciones energéticas rusas han reducido esa capacidad de transformación hasta convertir el refino —y no la extracción— en uno de los grandes cuellos de botella de la economía rusa. En agosto, el procesamiento de las refinerías del país llegó a sufrir una caída cercana al 30%.
La consecuencia ofrece una de esas estampas que la guerra acostumbra a fabricar con cierta crueldad irónica: uno de los gigantes petroleros del planeta exporta crudo mientras compra gasolina en el extranjero. Algo parecido a tener los graneros llenos de trigo mientras el molino arde.
El problema no está bajo tierra, sino en las refinerías
Rusia sigue siendo una potencia petrolera. En 2024 produjo unos 9,2 millones de barriles diarios de crudo y alrededor de 10,5 millones si se contabilizan todos los combustibles líquidos. Sus refinerías procesaban alrededor de 5,4 millones de barriles diarios, una enorme maquinaria industrial que permite convertir esa materia prima en gasolina, gasóleo, queroseno de aviación, lubricantes y otros derivados.
Ahí está precisamente el matiz que explica la aparente paradoja. Un país puede disponer de petróleo abundante y sufrir falta de carburante cuando pierde capacidad de refino. El barril de crudo es la materia prima; la gasolina es un producto industrial elaborado. Entre ambos hay instalaciones enormes, complejas y bastante menos fáciles de reemplazar que un depósito de almacenamiento.
El crudo no entra en el depósito del coche
Dentro de una refinería, el petróleo pasa por destilación y por unidades que separan, transforman y mejoran sus componentes hasta obtener combustibles con las características necesarias para motores, aviones o maquinaria. Algunas de esas unidades contienen equipos especializados que no se sustituyen de un día para otro.
Y esto importa especialmente en Rusia. Las sanciones occidentales han complicado el acceso a determinados componentes y tecnologías industriales. Tras el ataque ucraniano contra la refinería de Orsk, en la región de Oremburgo, las autoridades señalaron que las reparaciones podían prolongarse hasta seis meses debido, entre otros factores, a la dependencia de equipamiento importado sujeto ahora a restricciones. La planta tiene capacidad para procesar unos seis millones de toneladas de crudo al año.
Los drones ucranianos han cambiado la ecuación
Desde hace meses Ucrania está atacando refinerías, depósitos y terminales y otras piezas de la infraestructura energética rusa. La lógica militar resulta bastante transparente: el petróleo proporciona ingresos a Moscú, pero los productos refinados también alimentan camiones, blindados, aviones y toda la gigantesca logística de una guerra.
En agosto la presión volvió a intensificarse. Entre las instalaciones alcanzadas figuran complejos como TANECO, en Tartaristán, mientras otros ataques han afectado a refinerías situadas a cientos e incluso más de mil kilómetros de Ucrania. El alcance creciente de los drones ha ensanchado el mapa de instalaciones potencialmente vulnerables.
El efecto económico tiene una peculiaridad. Cuando una refinería deja de procesar petróleo, el crudo no desaparece. Sigue saliendo de los pozos. Parte puede almacenarse y otra parte termina exportándose. De hecho, Rusia tenía previsto aumentar aproximadamente un 4% sus exportaciones de crudo desde los puertos occidentales en agosto, hasta unos 2,7 millones de barriles diarios, precisamente porque las refinerías nacionales estaban absorbiendo menos materia prima.
Una avería que no se arregla con más petróleo
Ahí aparece la fotografía completa. Rusia puede extraer petróleo en Siberia, enviarlo por oleoductos hasta sus puertos y venderlo en Asia mientras, al mismo tiempo, una gasolinera rusa carece de suficiente gasolina. No es falta de materia prima. Es falta de capacidad industrial disponible, distribución y producto terminado.
También pesa la geografía. Rusia ocupa once husos horarios. Mover carburante desde una refinería que sigue funcionando hasta una región situada a miles de kilómetros exige ferrocarril, depósitos, terminales y una logística que ya trabaja bajo presión. Una tonelada de gasolina disponible cerca del Báltico no resuelve automáticamente una escasez en el extremo oriental del país.
India vende gasolina a un país que le vende crudo
La imagen más llamativa de esta crisis llegó desde India. A comienzos de agosto, un cargamento de unas 68.000 toneladas de gasolina procedente del país asiático desembarcó en el puerto ruso de Vitino, en el Ártico. El combustible había sido cargado originalmente en Vadinar y posteriormente transferido entre buques cerca de Port Said antes de continuar hacia Rusia. Una vez desembarcado, comenzó a distribuirse por ferrocarril dentro del país.
Y hay una vuelta de tuerca bastante notable. Vadinar pertenece a Nayara Energy, una gran refinería india en la que Rosneft posee el 49,13%. Es decir, una compañía petrolera rusa tiene una participación casi del 50% en una refinería situada en India capaz de producir carburante que termina viajando hacia Rusia mientras parte de las instalaciones rusas permanece dañada o parada.
No se trata de un cargamento aislado. Los datos preliminares de navegación recopilados en agosto apuntaban a casi 270.000 toneladas de combustibles refinados procedentes de Asia con destino a Rusia durante el mes. Aproximadamente un tercio tenía origen indio; otros cargamentos habían sido embarcados o transferidos frente a Corea del Sur y Malasia.
El circuito económico tiene algo de bumerán. Rusia vende petróleo; una refinería asiática compra materia prima, la transforma en un producto de mayor valor añadido y una parte del combustible realiza después el camino inverso. El Kremlin conserva los pozos. Lo que necesita recuperar son las fábricas que convierten el petróleo en combustible.
Corea del Sur y las rutas discretas del combustible
A finales de julio también salieron desde Corea del Sur hacia el extremo oriental ruso cerca de 30.000 toneladas de productos refinados. Los cargamentos incluían diésel y, según fuentes comerciales, combustible de aviación. Era una ruta excepcional: operaciones de este tipo entre ambos países prácticamente habían desaparecido tras el comienzo de la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Parte de los cargamentos asiáticos está utilizando transferencias de barco a barco. Es una práctica habitual en el comercio petrolero mundial, aunque algunas operaciones permiten también hacer menos visible el origen y el recorrido de los productos, en un mercado condicionado por las sanciones occidentales y por el riesgo que implica comerciar con determinadas entidades rusas.
Rusia también ha recurrido a suministros terrestres desde Bielorrusia y Kazajistán. El objetivo no parece sustituir permanentemente su industria de refino —sería absurdo para un país con semejante infraestructura petrolera—, sino cubrir agujeros regionales mientras regresan al servicio las plantas reparadas y se recompone la producción.
Las colas llegan a Moscú y el Kremlin restringe el mercado
Durante buena parte de la crisis, la escasez fue más visible en regiones alejadas de los grandes centros urbanos. Ya no. En agosto volvieron las colas a las gasolineras de Moscú y varias compañías introdujeron límites de repostaje. Gazprom Neft llegó a restringir determinadas compras a 40 litros en estaciones automáticas y 60 litros en estaciones convencionales, mientras Rosneft fijó un máximo de 30 litros de gasolina por vehículo en su red.
Las dificultades comenzaron a ganar intensidad en mayo y se extendieron durante el verano. A la reducción del refino se sumó la demanda estacional —más desplazamientos por carretera, actividad agrícola y consumo turístico—, una mezcla especialmente incómoda cuando varias instalaciones trabajan por debajo de su capacidad.
El Gobierno ruso ha respondido prohibiendo o restringiendo exportaciones de carburantes, flexibilizando temporalmente algunas exigencias sobre la calidad del combustible e incrementando las importaciones. El 19 de agosto, el viceprimer ministro Alexander Novak reconoció públicamente que Rusia había comenzado a importar carburantes, aunque evitó detallar los volúmenes y países de procedencia. Según su explicación, varias refinerías deberían volver a producir después de completar trabajos de mantenimiento.
Moscú insiste así en presentar una parte importante de las interrupciones como mantenimiento y problemas temporales. Los ataques, sin embargo, siguen produciéndose. El 20 de agosto Ucrania anunció un nuevo golpe contra la refinería TANECO y el 24 de agosto Vladímir Putin firmó un decreto que permite al Estado asumir temporalmente el control de infraestructuras consideradas insuficientemente protegidas frente a drones y otras amenazas. La protección de las instalaciones energéticas se ha convertido en un problema estratégico, no simplemente empresarial.
El petróleo sobra; las refinerías, no
La crisis rusa demuestra algo que suele perderse cuando hablamos del mercado energético únicamente en barriles: tener petróleo no equivale a tener gasolina. Entre el pozo y el surtidor existe una industria gigantesca, delicada y cara. Cuando esa industria falla, las reservas bajo tierra sirven de poco al conductor que encuentra un cartel de combustible agotado.
Rusia continúa siendo uno de los grandes productores y exportadores mundiales de petróleo. No ha dejado de serlo. Incluso puede exportar más crudo cuando sus refinerías procesan menos. Pero esa misma circunstancia explica la rareza de 2026: hay más petróleo disponible para mandar al extranjero precisamente porque una parte menor puede transformarse dentro del país.
Por eso llegan cargamentos desde India y Asia, por eso aparecen restricciones en las gasolineras y por eso los ataques contra las refinerías tienen un efecto mucho mayor que el tamaño relativamente pequeño de las importaciones podría sugerir. Las cerca de 270.000 toneladas previstas desde Asia durante agosto son modestas frente al inmenso sector petrolero ruso; su verdadero peso es político, logístico y estratégico.
El gigante petrolero no se ha quedado sin petróleo. Se ha encontrado con algo bastante más incómodo: puede sacarlo de la tierra y venderlo al otro lado del mundo, pero una parte creciente de su maquinaria para convertirlo en combustible está dañada, detenida o bajo amenaza. En el negocio energético, como en tantas cosas, poseer la materia prima no basta. Hace falta que la fábrica siga en pie.

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