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¿Por qué Erola Jons y Pogacar han desatado la polémica en La Vuelta?
Erola Jons agita La Vuelta tras sus comentarios a Pogacar y abre una polémica sobre respeto, límites, influencers y las redes en el ciclismo.

La apuesta de La Vuelta 2026 por acercarse a nuevas audiencias a través de Erola Jons ha terminado, al menos de momento, bastante lejos del rejuvenecimiento amable que seguramente perseguía la organización. La creadora de contenido protagonizó durante la jornada inaugural en Mónaco varias intervenciones de tono sexualizado con los corredores y, sobre todo, un encuentro con Tadej Pogacar que se hizo viral: lo llamó “Pogachitar”, bromeó sobre su atractivo y le lanzó comentarios personales mientras llevaba un micrófono vinculado a la propia carrera. La reacción del esloveno, más desconcertada que divertida, hizo el resto.
La controversia no se limita a una broma que salió torcida. Periodistas especializados, entre ellos Laura Meseguer y Carlos de Andrés, han cuestionado el criterio de La Vuelta al conceder ese acceso a una creadora sin experiencia conocida en ciclismo y cuyo registro se basa precisamente en provocar interacciones de este tipo. A primera hora de este lunes 24 de agosto, la organización no había comunicado públicamente ninguna decisión sobre la continuidad de Jons. Según las informaciones publicadas, el UAE Team Emirates-XRG también habría trasladado su malestar a La Vuelta.
Qué hizo Erola Jons con Pogacar en La Vuelta
Todo empezó en Mónaco, escenario de la contrarreloj de 9,4 kilómetros que abrió la 81.ª edición de La Vuelta. Pogacar acababa de ganar la etapa por apenas nueve centésimas sobre Ethan Hayter y estrenaba el maillot rojo. Era, por decirlo de otra manera, el hombre alrededor del cual giraba la carrera: cinco Tours en el palmarés y ante la posibilidad de completar en España la colección de las tres grandes vueltas.
Jons estaba allí para generar contenido dirigido a un público distinto del consumidor habitual de ciclismo. La idea, sobre el papel, no tiene nada de extravagante. Las competiciones deportivas llevan años incorporando creadores digitales, formatos verticales, retransmisiones paralelas y lenguaje de redes. Un Tour, una Vuelta o una Champions ya no compiten únicamente por espectadores frente al televisor; compiten también por treinta segundos de atención en un móvil.
El problema llegó con el contenido concreto. Durante la retransmisión, la influencer se refirió a Pogacar como “Pogachitar”, le pidió que la llevara “a dar una vuelta” y, cuando volvió a encontrárselo, le preguntó por qué hiperventilaba cada vez que la veía. El corredor respondió primero con un sorprendido “¿qué?” y después salió de la situación con una contestación breve antes de continuar con sus obligaciones. No hubo una bronca, ni falta hacía. La incomodidad estaba en la escena.
No fue únicamente el vídeo de “Pogachitar”
La discusión creció porque aquella conversación no apareció aislada en una retransmisión impecablemente deportiva. Otros fragmentos difundidos durante la jornada mostraron a Jons hablando de “pescar” ciclistas, valorando físicamente a corredores y asomándose hacia una zona donde algunos participantes podían estar cambiándose, acompañándolo con una broma sobre la audiencia. También anticipó comentarios de carácter sexual que podía plantear a Pogacar.
Ahí cambia bastante la película. No se discute ya si un diminutivo hizo gracia o no —territorio siempre pantanoso y bastante pobre para montar un concilio—, sino qué límites deben existir cuando una persona dispone de acceso privilegiado concedido por la organización a deportistas que acaban de terminar un esfuerzo extremo y están atendiendo compromisos oficiales.
El algoritmo no exige licencia federativa, claro. Tampoco convierte una acreditación en carta blanca.
Laura Meseguer pone el foco en el respeto a los ciclistas
La respuesta que más recorrido ha tenido llegó de Laura Meseguer, una de las periodistas españolas más reconocibles del ciclismo internacional. Su crítica introdujo un matiz importante porque evitó convertir el episodio en la habitual guerra, algo fatigosa, entre periodistas e influencers.
Meseguer sostuvo que durante años las mujeres han peleado por obtener espacio, credibilidad y trato profesional dentro de un deporte históricamente masculino. Desde esa perspectiva calificó la elección de Jons como un “patinazo serio” y rechazó que se normalizasen comentarios sexistas precisamente bajo el paraguas de una gran competición. Su razonamiento acababa donde quizá debería haber empezado todo: nadie, hombre o mujer, debería ser tratado como un objeto.
La observación tiene cierta carga incómoda, y por eso resulta interesante. Durante décadas el deporte convivió con la sexualización casi decorativa de las mujeres: azafatas, modelos, cámaras buscando determinados planos y un catálogo de costumbres que después se fue retirando porque había envejecido mal. Rescatar ahora el mismo mecanismo con los papeles intercambiados no lo convierte automáticamente en moderno. La igualdad también sirve para repartir el respeto, no solo para intercambiar quién hace la broma y quién la soporta.
Carlos de Andrés también cuestionó la decisión de La Vuelta
El debate saltó después a la retransmisión televisiva. Carlos de Andrés, voz histórica del ciclismo en RTVE, respaldó el planteamiento de Meseguer y reclamó una reacción de la organización. Su crítica apuntaba menos contra la existencia de nuevos formatos que contra la frivolización de una competición donde periodistas, técnicos y equipos trabajan con unas normas bastante precisas de acceso.
Y ese detalle importa. Erola Jons no estaba grabando desde la acera como una aficionada cualquiera. El contenido se desarrollaba dentro del ecosistema oficial de La Vuelta, con acceso y micrófono facilitados para esa función. Es justo ahí donde la responsabilidad deja de ser exclusivamente individual y pasa también a quien diseña, aprueba y supervisa el formato.
Quién es Erola Jons y por qué La Vuelta apostó por ella
Erola Jons es una creadora catalana que ha construido una audiencia millonaria con vídeos breves, bromas, cámaras ocultas e interacciones con desconocidos, a menudo alrededor del ligue y las relaciones personales. Algunas informaciones publicadas estos días sitúan su comunidad por encima de tres millones de seguidores solo en Instagram, mientras que su alcance conjunto en redes es todavía mayor.
Desde el punto de vista de La Vuelta, la elección se entiende con facilidad. El ciclismo tiene un público sólido, apasionado y extraordinariamente fiel, pero necesita rejuvenecer audiencias. Una etapa puede durar cuatro o cinco horas; TikTok mide el mundo en segundos. Introducir a alguien capaz de hablar a millones de jóvenes que quizá no distingan el Tourmalet de una rotonda parece una tentación razonable.
El fallo está en confundir renovación con desconocimiento. Para hacer contenido ligero sobre ciclismo no hace falta recitar de memoria los ganadores de la Vuelta desde 1935, del mismo modo que para entrevistar a un actor en un festival tampoco resulta obligatorio haber visto toda su filmografía. Sí conviene saber quién tienes delante, qué acaba de ocurrir, dónde estás y qué fronteras impone el contexto. Eso no es solemnidad periodística. Es oficio básico, incluso fuera del periodismo.
El problema no son los influencers
Reducir la controversia a una batalla entre la vieja prensa y los creadores digitales sería cómodo, pero poco serio. Hay influencers con conocimientos extraordinarios de ciclismo y periodistas acreditados capaces de preguntar auténticas naderías. El carné profesional no vacuna contra el ridículo.
La cuestión es otra: qué contenido respalda una organización con su marca y sus accesos. La Vuelta puede buscar humor, espontaneidad, entretenimiento y audiencias jóvenes sin exigir que cada conversación parezca una rueda de prensa del Banco Central Europeo. Incluso le conviene hacerlo. Pero quien entra en espacios reservados a corredores acepta también unas reglas mínimas de respeto, privacidad y consentimiento.
Cuando eso falla, la gracia dura veinte segundos y la crisis de comunicación, bastante más.
Una polémica que llega cuando Pogacar domina el foco deportivo
Hay además una paradoja notable. La edición de 2026 había comenzado con un acontecimiento deportivo formidable: Pogacar, recién coronado por quinta vez en el Tour, ganó de inmediato en Mónaco y se convirtió en líder de la única gran vuelta que todavía no figura en su palmarés. La carrera dispone este año de 21 etapas y unos 3.300 kilómetros, con final en Granada el 13 de septiembre. Ingredientes no faltan.
Sin embargo, durante las primeras horas una parte de la conversación digital dejó de girar alrededor de nueve centésimas, vatios y ambiciones deportivas para detenerse en “Pogachitar”. Una magnífica demostración, por cierto, de la lógica de internet: la organización buscaba viralidad y viralidad obtuvo. Solo que el algoritmo, criatura sin escrúpulos y sin departamento de comunicación, nunca promete que uno pueda escoger por qué motivo se hace viral.
Ese es quizá el episodio más revelador. La innovación digital no ha fracasado por utilizar a una influencer, sino porque el formato parece haber confundido espontaneidad con ausencia de límites. Son cosas distintas.
La Vuelta tiene ahora un problema más grande que un vídeo viral
A fecha de este lunes, La Vuelta no había hecho pública una decisión sobre la colaboración con Erola Jons. Esa ausencia de respuesta deja abierta la cuestión de si el episodio quedará como un mal debut corregido sobre la marcha o si la organización mantendrá intacto el formato durante las próximas etapas. La continuidad de la creadora en esas funciones seguía, por tanto, sin una decisión pública conocida.
Conviene tampoco convertir a Jons en responsable de todos los pecados de la comunicación contemporánea. Fue seleccionada precisamente por el tipo de contenido que ya hacía antes de llegar a Mónaco. Si alguien invita a un elefante al salón, después resulta algo teatral enfadarse porque haya movido la porcelana. La decisión editorial pertenece también a La Vuelta.
Y ahí está la parte útil del ruido. El ciclismo puede hablar otro idioma, buscar nuevos públicos y abandonar cierta solemnidad de museo que tampoco le favorece. Puede hacerlo sin tratar a los corredores como accesorios de un vídeo, sin despreciar a quienes conocen el deporte y sin resucitar viejos clichés sexuales con una capa nueva de redes sociales.
La modernidad no consiste en que todo valga porque cabe en un reel. A veces consiste justamente en saber qué bromas han envejecido ya antes de pulsar el botón de emitir.

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