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¿Qué hay de Natalie Portman en ‘Life of M’, la nueva novela de Cusk?
‘Life of M’ pone a Rachel Cusk bajo los focos por un personaje que recuerda demasiado a Natalie Portman y reabre un debate literario clásico.

Rachel Cusk ha conseguido algo difícil en 2026: convertir una novela literaria, de esas que normalmente circulan entre suplementos culturales, librerías escogidas y conversaciones con una copa de vino demasiado cara, en un pequeño culebrón internacional protagonizado por Natalie Portman. Life of M, que se publica en inglés este 25 de agosto, cuenta la historia de una célebre actriz llamada simplemente M. Y el parecido con Portman resulta lo bastante insistente como para que media prensa anglosajona haya empezado a unir los puntos.
Cusk no ha reconocido que M sea Natalie Portman. Portman, por su parte, no ha realizado una acusación pública contra la escritora. Lo que existe es una montaña de coincidencias, una relación previa entre ambas y una representación literaria bastante poco amable de la estrella ficticia. Algunas informaciones han descrito el asunto como una traición entre amigas, aunque ese extremo necesita bastantes matices: la relación personal entre ambas parece haber sido mucho menos estrecha de lo que sugiere el culebrón.
Y ahí empieza lo interesante. Porque Life of M no plantea únicamente el viejo juego de descubrir qué persona real se esconde detrás de un personaje. La novela mete el dedo en algo bastante más delicado: hasta dónde puede apropiarse un escritor de otra vida, especialmente cuando esa vida pertenece a alguien perfectamente reconocible.
Las pistas que llevan directamente hasta Natalie Portman
M es una estrella de cine conocida desde la infancia. Su primera película, según la novela, acaba abruptamente con aquella infancia y obliga a intervenir a su madre ante determinados aspectos sexualizados del guion. Resulta difícil leerlo sin pensar en Natalie Portman y Léon: El profesional, la película de Luc Besson estrenada en 1994 que lanzó a la actriz cuando tenía 13 años.
Después está el ballet. M protagoniza una película en la que interpreta a una bailarina y alcanza una dimensión mayor dentro de su carrera. Portman ganó el Óscar a mejor actriz por Cisne negro, donde interpretaba precisamente a una bailarina sometida a una espiral de perfeccionismo, competencia y deterioro psicológico. La coincidencia, aquí, ya no necesita lupa.
Hay más. M trabaja como imagen de una gran marca de lujo y aparece gigantesca en anuncios repartidos por la ciudad. Portman mantiene desde hace años una estrecha relación publicitaria con Dior. La actriz ficticia vive en un universo cosmopolita de hoteles, chóferes, restaurantes y espacios cuidadosamente aislados del mundo corriente; el escenario recuerda además a París, ciudad íntimamente vinculada a la biografía adulta de Portman.
Una coincidencia puede ser azar. Dos, travesura. Cuando empiezan a acumularse películas, publicidad, fama infantil, ballet y París, el elefante ya está sentado tranquilamente en el salón.
Una M bastante menos simpática que su posible modelo
El problema no es simplemente que M recuerde a Portman. Es cómo la mira la novela.
Cusk presenta a su estrella como una mujer cuya exposición pública ha terminado por erosionar la frontera entre identidad y representación. M sabe actuar delante de una cámara, pero también parece actuar cuando recoge a sus hijos, conversa con desconocidos o intenta ser amable. La normalidad se convierte casi en otra interpretación.
Es una criatura privilegiada y al mismo tiempo extrañamente aislada, alguien rodeado por un mecanismo invisible que allana hoteles, coches, horarios y relaciones. La fama funciona como una especie de habitación acolchada: evita muchos golpes del mundo, pero también dificulta tocarlo.
La narradora llega a sugerir que M tiene problemas para comprender determinadas experiencias emocionales ajenas y observa con una frialdad desconcertante a las personas que viven fuera de su esfera. Incluso sus gestos bondadosos quedan bajo sospecha, como si la propia bondad pudiera haberse convertido en una pose. La novela examina también su relación con el cuerpo, la comida y las exigencias estéticas de una carrera cinematográfica.
No es exactamente un retrato para colocar encima de la chimenea.
Portman admiraba públicamente la obra de Rachel Cusk
El ingrediente que transforma una polémica literaria en un pequeño drama social es que Rachel Cusk y Natalie Portman no eran dos completas desconocidas que jamás hubieran cruzado palabra.
Portman había mostrado públicamente su admiración por la escritora. En 2022 conversó con ella alrededor de Second Place dentro de su club de lectura y, cuando apareció Parade en 2024, volvió a recomendar su obra. La actriz elogió expresamente la capacidad de Cusk para romper las convenciones narrativas. Dos años después, esa ruptura de las convenciones le ha pasado sospechosamente cerca.
Eso tampoco convierte automáticamente a ambas en amigas íntimas. Algunas primeras versiones del escándalo presentaron precisamente esa imagen: la escritora habría utilizado la vida de una amiga famosa para construir un personaje demoledor. Informaciones posteriores han enfriado bastante la película y apuntan a que la relación personal fue más limitada de lo que semejante argumento necesitaba.
La diferencia importa. No estamos necesariamente ante una amiga revelando confidencias escuchadas después de cenar. Puede ser algo todavía más peculiar: una escritora observando a una conocida célebre, tomando elementos visibles de su trayectoria y construyendo alrededor de ellos una criatura ficticia.
Cusk niega la identificación, pero tampoco borra las huellas
Rachel Cusk ha evitado confirmar que Natalie Portman sea el modelo de M. La propia arquitectura de la novela juega, de hecho, con esa imposibilidad de convertir a una persona real en un personaje perfectamente equivalente.
Hacia el final, M protesta ante el modo en que la escritora ficticia la ha representado. La respuesta introduce el truco esencial de Cusk: aquello no sería realmente ella. Es ficción.
Viejo salvoconducto literario. También bastante eficaz.
Porque una novela puede tomar una nariz de aquí, una película de allá, un divorcio reconocible, una campaña publicitaria, dos perros, una conversación real y media docena de impresiones subjetivas; después lo mezcla todo y crea a alguien que jurídica y literariamente no tiene por qué ser ninguna persona concreta. El lector, entretanto, hace exactamente lo contrario: intenta reconstruir al original pieza por pieza.
Ahí está la trampa de Life of M. Cuanto más insiste la novela en desmontar la identidad, más irresistible resulta buscar una identidad detrás de M.
Rachel Cusk lleva décadas entrando en terreno privado
La polémica tampoco aterriza en una trayectoria inocente. Cusk lleva buena parte de su carrera convirtiendo la experiencia personal, propia y ajena, en combustible literario.
En A Life’s Work, publicado en 2001, escribió con una franqueza poco complaciente sobre la maternidad. El libro provocó una reacción feroz porque desmontaba la versión luminosa y sentimental del nacimiento de los hijos y hablaba también de agotamiento, pérdida de autonomía y ambivalencia. Años después, Aftermath convirtió la ruptura de su matrimonio en materia narrativa y volvió a colocarla en el centro de una tormenta crítica.
El antecedente más llamativo llegó con The Last Supper: A Summer in Italy. Tras la amenaza de acciones legales de una persona que se reconoció en el relato, ejemplares de aquella obra publicada en 2009 tuvieron que ser retirados. Para una escritora obsesionada con las fronteras entre realidad y representación, casi parecía una demostración práctica de la teoría.
Cusk acabó reaccionando contra las formas tradicionales del relato. Después del brutal recibimiento de Aftermath habló incluso de una especie de “muerte creativa” y desarrolló con la trilogía formada por A contraluz, Tránsito y Prestigio una literatura donde la protagonista se desdibuja y deja que otras voces ocupen el espacio.
Life of M continúa esa demolición. Solo que esta vez hay una estrella de Hollywood al lado de los escombros.
Una novela sobre la fama más que sobre Natalie Portman
Reducir el libro a una biografía encubierta de Portman sería, sin embargo, quedarse con la parte más sabrosa y probablemente menos importante.
Life of M está construida alrededor de una obsesión clásica de Cusk: qué queda de una persona cuando su identidad depende de cómo la ven los demás. En una estrella internacional el problema adquiere proporciones grotescas. Su rostro pertenece a películas, campañas publicitarias, entrevistas, fotografías y millones de desconocidos que creen saber algo de ella.
M disfruta de privilegios extraordinarios, pero paga por ellos con una forma peculiar de pérdida de intimidad. Puede moverse por el mundo y, a la vez, nunca entrar del todo en él. Cada gesto corre el riesgo de convertirse en escena; cada emoción, en interpretación.
La ironía es magnífica. Una novela que aparentemente cuestiona nuestra obsesión por convertir a los famosos en imágenes ha provocado un fenómeno exactamente inverso: miles de lectores están estudiando la vida de Natalie Portman para averiguar cuánto hay de ella dentro de M, un personaje que quizá pretende explicar precisamente lo absurdo de esa operación.
Las primeras críticas tampoco han sido unánimes. Algunos reseñistas han destacado la inteligencia formal y la precisión de Cusk; otros consideran que el libro resulta demasiado frío, abstracto o incluso cruel. Life of M tiene 192 páginas, pero ha generado antes de llegar oficialmente a las librerías bastante más conversación que novelas tres veces mayores.
El verdadero escándalo está entre la realidad y la ficción
Natalie Portman no necesita aparecer escrita con nombre y apellido para convertirse en la sombra más visible de Life of M. Las coincidencias son demasiadas para ignorarlas y demasiado ambiguas para afirmar que estamos ante un retrato literal. Esa zona gris es precisamente donde Rachel Cusk trabaja con mayor comodidad.
No hay, de momento, una guerra pública entre ambas. Portman no ha denunciado públicamente a Cusk ni ha confirmado sentirse traicionada; las informaciones disponibles hablan más bien de cierta incomodidad y cuestionan que existiera entre ellas una amistad estrecha. Cusk tampoco admite que haya novelado a la actriz. Entre una cosa y otra queda M, esa estrella ficticia que parece avanzar por las páginas dejando detrás un reguero de detalles extraordinariamente familiares.
Quizá por eso el ruido alrededor del libro funciona tan bien. Cusk ha escrito una novela sobre la imposibilidad de conocer verdaderamente a una celebridad y el público ha respondido intentando conocer todavía mejor a la celebridad que cree reconocer dentro. La literatura observa a la fama; la fama devuelve la mirada. Y, de paso, todos acabamos mirando también.

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