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¿Qué busca EE.UU. con el “D-Day económico” contra Irán y sus socios?

EE.UU. eleva la presión sobre Irán con un “D-Day económico” que amenaza también a socios, bancos, navieras y grandes compradores de petróleo.

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Scott Bessent

Estados Unidos prepara una ofensiva económica contra Irán que pretende ir bastante más allá del catálogo habitual de sanciones. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, habla de un “D-Day económico” y sitúa el objetivo en cortar las últimas vías de financiación internacional de Teherán, pero el aviso tiene un destinatario más amplio: empresas, bancos y países que sigan comerciando con la República Islámica pueden quedar expuestos al poder sancionador estadounidense y, sobre todo, al riesgo de perder acceso al sistema financiero global.

Ese es el núcleo de la nueva fase. Washington intenta convertir la relación económica con Irán en una elección binaria: mantener negocios con Teherán o conservar un acceso cómodo al dólar, los mercados de capitales y la economía occidental. Bessent lo ha formulado con una contundencia poco diplomática al advertir de que quienes vinculen su destino al régimen iraní pueden acabar convertidos en “parias” internacionales. Los detalles de la nueva batería de sanciones deben conocerse este lunes 24 de agosto; hasta entonces, la dimensión exacta del golpe sigue abierta.

El lenguaje elegido tampoco es inocente. Comparar una operación financiera con el desembarco aliado de Normandía introduce épica militar en algo tan gris como congelar cuentas, bloquear barcos o perseguir sociedades pantalla. Hacienda con banda sonora de guerra. Pero detrás de la retórica hay una herramienta muy concreta: Estados Unidos posee una capacidad excepcional para castigar operaciones realizadas lejos de sus fronteras porque buena parte del comercio mundial sigue dependiendo, directa o indirectamente, del dólar y de entidades con intereses en territorio estadounidense.

Washington quiere cortar el oxígeno económico de Teherán

La estrategia no empieza esta semana. El Departamento del Tesoro lleva meses desarrollando la denominada Economic Fury, una campaña que ha perseguido exportaciones iraníes de petróleo y gas licuado, flotas opacas, intermediarios financieros, empresas pantalla y redes utilizadas para conseguir divisas o adquirir material para las Fuerzas Armadas iraníes. En abril, por ejemplo, Washington sancionó a una refinería independiente china y a decenas de empresas navieras y buques vinculados al transporte de petróleo iraní.

Después llegó el dinero. El Tesoro estadounidense ha ido señalando casas de cambio, compañías intermediarias y estructuras de banca en la sombra utilizadas para transformar ingresos petroleros —muchas veces cobrados en yuanes— en monedas más fácilmente utilizables por organismos iraníes. A comienzos de agosto, Washington volvió a sancionar redes internacionales acusadas de mover cientos de millones de dólares para Teherán.

El salto que anuncia ahora Bessent consiste en elevar esa presión desde las tuberías clandestinas hasta quienes todavía mantienen una relación económica significativa con Irán. Ya no basta con perseguir al barco que cambia de bandera, a la empresa sin oficina conocida o a una cuenta bancaria perdida entre varias jurisdicciones. La intención declarada es hacer costoso comerciar con Irán incluso desde terceros países.

Hay una diferencia importante. Las sanciones tradicionales prohíben a ciudadanos o empresas estadounidenses realizar determinadas operaciones. Las llamadas sanciones secundarias permiten castigar también a actores extranjeros aunque la transacción no tenga una conexión evidente con Estados Unidos. Una entidad puede respetar perfectamente la legislación de su país y, aun así, descubrir que hacer negocios con Teherán le cierra las puertas de bancos, inversiones o mercados estadounidenses. Ahí está el músculo real de Washington.

El verdadero campo de batalla está fuera de Irán

Bessent sostiene que los países que rompan sus últimos vínculos financieros y comerciales con Teherán podrán mejorar su acceso al capital internacional. Dicho al revés —y ahí está la parte interesante— quien no colabore corre el riesgo de encontrarse en la otra acera. La ofensiva pretende aislar al régimen mediante el comportamiento de terceros, no únicamente mediante restricciones directas sobre la economía iraní.

Eso plantea un problema evidente: cuanto más amplia sea la sanción, mayor será la posibilidad de choque con gobiernos que no aceptan que Washington decida con quién pueden comerciar sus empresas. Las sanciones estadounidenses son especialmente eficaces cuando el resto de grandes economías acompaña la operación. Si aparece una red suficientemente grande de compradores, bancos, aseguradoras y navieras dispuestos a asumir el coste, el bloqueo pierde estanqueidad. Ningún embargo es una pared de hormigón; se parece más a una red. Importa tanto el tamaño de los agujeros como la resistencia del hilo.

China es el nombre que sobrevuela toda la operación

Aquí aparece China, aunque Bessent haya evitado convertir cada declaración en un ultimátum nominal contra Pekín. China absorbe una parte decisiva del petróleo iraní transportado por mar y Washington ya ha sancionado refinerías y empresas chinas relacionadas con ese comercio, por lo que cualquier intento serio de estrangular los ingresos petroleros de Teherán acaba, antes o después, delante de la puerta china.

La cuestión es delicada porque Pekín no es una economía periférica a la que pueda empujarse fácilmente fuera del tablero. Es uno de los grandes centros comerciales y financieros del planeta, tiene sus propios mecanismos de pago y mantiene una relación energética estratégica con Oriente Próximo. China ha rechazado la presión estadounidense y ha defendido una salida diplomática. A la vez, depende del petróleo del Golfo. Washington cuenta precisamente con esa vulnerabilidad: mantener abierto el flujo energético puede pesar más que proteger hasta el último barril iraní.

La apuesta de Bessent tiene, por tanto, una dimensión geoeconómica bastante mayor que Irán. Estados Unidos está poniendo a prueba hasta dónde llega todavía la disciplina del sistema financiero dominado por el dólar. Si los grandes compradores se retiran, Teherán sufrirá. Si desarrollan mecanismos capaces de sortear la amenaza, el resultado podría terminar debilitando lentamente la propia herramienta que Washington intenta reforzar. Las sanciones también tienen efectos secundarios; no vienen con prospecto, pero existen.

Irán llega al pulso con una economía muy deteriorada

Teherán afronta esta nueva fase desde una posición económica particularmente frágil. La guerra iniciada en febrero, los daños en infraestructuras, años de sanciones y las dificultades para comerciar han agravado problemas anteriores. La inflación iraní se encuentra en niveles extraordinariamente elevados, con los precios de los alimentos disparados y el rial sometido a una fuerte depreciación. El deterioro del poder adquisitivo se ha convertido en uno de los puntos más sensibles de la economía del país.

En una economía así, una sanción no es una cifra en un documento del Tesoro estadounidense. Es carne más cara, medicamentos difíciles de importar, ahorro que pierde valor y salarios que persiguen a unos precios siempre un poco más rápidos. También reduce la capacidad del Estado para financiarse. Precisamente por eso Washington cree que el momento ofrece una oportunidad para aumentar la presión sobre el poder iraní.

Conviene, sin embargo, separar el diagnóstico del deseo político. Irán lleva décadas sometido a sanciones internacionales y ha desarrollado una considerable experiencia para sortearlas mediante sociedades intermediarias, comercio informal, pagos en otras monedas y flotas opacas. Las sanciones pueden empobrecer una economía sin provocar necesariamente el derrumbe de su Gobierno. La historia ofrece suficientes ejemplos incómodos al respecto.

Teherán responde con el estrecho de Ormuz sobre la mesa

La respuesta iraní ha sido igualmente áspera. El ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, ha calificado las nuevas amenazas estadounidenses de señal de “desesperación” y sostiene que volverán a fracasar. Responsables iraníes han advertido además de consecuencias para los países que participen en la campaña económica de Washington.

Más grave todavía es la amenaza vinculada al estrecho de Ormuz. Teherán ha advertido de que podría impedir las exportaciones petroleras del Golfo si continúa lo que denomina guerra económica. No es un detalle decorativo en el mapa: Ormuz es uno de los grandes cuellos de botella energéticos del planeta y su funcionamiento ya está seriamente alterado por el conflicto.

Durante el último fin de semana pasaron por el estrecho menos de 20 buques de materias primas. El tráfico se mantiene muy por debajo de los niveles anteriores a la guerra. El mercado, curiosamente, recibió este lunes la expectativa de nuevas sanciones con una caída inicial del petróleo: el Brent cedía alrededor de un 1,5% después de dos semanas de subidas. No es tranquilidad; es ese comportamiento peculiar de los mercados en el que una mala noticia puede haber sido comprada y vendida varias veces antes de llegar al desayuno.

El “D-Day” de Bessent tiene un límite: necesita que los demás obedezcan

Estados Unidos puede dificultar extraordinariamente la financiación iraní, perseguir barcos, congelar activos y obligar a bancos internacionales a elegir. Lo que no puede garantizar mediante una orden administrativa es el desenlace político. Presión económica y capitulación no son sinónimos. Entre ambas hay gobiernos, intereses comerciales, rutas clandestinas, resistencia social y una geopolítica que rara vez lee los comunicados antes de comportarse.

Bessent ha elevado la apuesta al presentar esta fase como decisiva. El término “D-Day” transmite la idea de un momento después del cual el equilibrio cambia para siempre. Quizá ocurra. Pero el verdadero termómetro no estará en la fuerza de la metáfora, sino en cuántas refinerías dejan de comprar petróleo iraní, cuántos bancos cierran cuentas, cuántos barcos desaparecen de las rutas de Teherán y, sobre todo, qué hace China.

También existe un riesgo incómodo para Washington. Cuanto mayor sea la presión económica sobre Irán, mayor puede ser la tentación de Teherán de utilizar Ormuz como respuesta. Un estrangulamiento financiero que provoque otro estrangulamiento energético trasladaría parte de la factura al resto del mundo: combustibles, transporte, inflación y crecimiento. La guerra económica tiene la ventaja de no dejar cráteres en las fotografías. En el supermercado, a veces se nota igual.

Una batalla financiera que puede desbordar las fronteras iraníes

El anuncio de Scott Bessent marca una evolución clara de la presión estadounidense: el objetivo ya no es únicamente sancionar Irán, sino aislar también a quien le permita seguir respirando económicamente. Petróleo, bancos, navieras y redes comerciales forman una misma trinchera financiera, con la capacidad estadounidense de acceso al dólar como principal arma.

El resultado dependerá menos de las palabras empleadas en Washington que de la reacción de Pekín, de los grandes importadores energéticos y de los intermediarios que todavía conectan a Irán con el comercio mundial. Y queda la variable más peligrosa, el estrecho de Ormuz. Si Teherán responde a la asfixia económica reduciendo todavía más el tránsito energético del Golfo, el supuesto “D-Day” dejará de ser un asunto entre Estados Unidos e Irán. La factura empezará a viajar, como el petróleo, mucho más lejos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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