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¿Cómo es la F-110 Flight II de Navantia con 64 celdas de misiles?
Navantia presenta una F-110 Flight II con 64 celdas, más radar y ambición antimisil para competir por la gran renovación naval de Dinamarca.

Navantia ha mostrado en Dinamarca una evolución mucho más musculada de su fragata F-110: una configuración con 64 celdas de lanzamiento vertical Mk 41, cuatro veces las 16 previstas en las cinco fragatas de la clase Bonifaz que se construyen para la Armada española. No se trata simplemente de encontrar hueco para más misiles. La denominada F-110 IAMD o Flight II crece de tamaño, refuerza su radar SPY-7 y coloca la defensa aérea y antimisil en el centro de su diseño.
Hay, sin embargo, una frontera que conviene marcar desde el principio. Esta fragata no ha sido encargada por la Armada española ni vendida a Dinamarca. Es una propuesta industrial presentada por Navantia en los DALO Industry Days daneses, dentro de la ofensiva comercial de la compañía para participar en la renovación naval de un país aliado de la OTAN. El diseño existe como evolución de la familia F-110; el contrato, de momento, no.
Y esa diferencia importa. Mucho. Porque bajo la misma denominación F-110 conviven ya dos conceptos bastante distintos. La primera serie española nació con una marcada vocación antisubmarina y de escolta polivalente. La variante que Navantia ha enseñado mira hacia un escenario más áspero: ataques de saturación, misiles de largo alcance, drones, operaciones conectadas con otros buques y sensores y una necesidad creciente de llevar más munición a bordo.
No es difícil entender el cambio. Las marinas europeas diseñaron buena parte de sus flotas en una época en la que el mar parecía un lugar relativamente ordenado. Ucrania, el mar Rojo y la proliferación de drones y misiles han destrozado esa comodidad. El resultado es casi prosaico: un magnífico radar sirve de poco si, llegado el momento, el cargador se queda pequeño.
Navantia enseña en Dinamarca una F-110 mucho más armada
La versión presentada por Navantia alcanza aproximadamente 149,8 metros de eslora y 6.700 toneladas de desplazamiento a plena carga, frente a las dimensiones algo menores de la configuración española inicial. Su velocidad máxima superaría los 29 nudos y mantendría una autonomía cercana a las 4.100 millas náuticas navegando a 15 nudos. La dotación prevista ronda las 170 personas, con capacidad para embarcar personal adicional.
El incremento del casco no responde a una cuestión estética —los barcos de guerra rara vez se alargan por coquetería—, sino a la necesidad de encontrar espacio, energía y margen de crecimiento para sistemas mucho más exigentes. El elemento que se lleva los titulares es el armamento vertical, sí, pero alrededor de él cambia prácticamente toda la lógica de combate del buque.
La F-110 construida para España es ya una fragata tecnológicamente compleja, con capacidades antiaéreas, antisuperficie y antisubmarinas, gemelo digital, sistemas de guerra electrónica y un elevado grado de automatización. Navantia la concibe además como una plataforma escalable. Precisamente esa filosofía permite ahora estirar el concepto sin empezar desde una hoja en blanco.
De 16 a 64 celdas: dónde está realmente el salto
Las cinco F-110 españolas disponen de 16 celdas Mk 41. La Flight II mostrada en Dinamarca eleva la cifra a 64: 48 celdas de tipo Strike Length situadas en la zona de proa y otras 16 Tactical Length instaladas más atrás. Es decir, no son 64 tubos idénticos colocados como quien añade botellas a una estantería.
Las Strike Length son las celdas más profundas y ofrecen mayor flexibilidad para integrar distintos tipos de armas. Las Tactical Length son más cortas y, por su propia geometría, admiten un abanico más limitado. En conjunto, la nueva disposición proporciona algo que en combate resulta menos espectacular que un radar brillante en una feria, pero decisivo: profundidad de cargador.
Tampoco debe confundirse el número de celdas con el número exacto de misiles. Determinadas armas antiaéreas de menor tamaño pueden instalarse agrupadas dentro de una misma celda, mientras que otras ocupan una completa. La carga final dependería siempre de la misión, de las armas elegidas por el cliente y de las integraciones aprobadas. Por eso decir simplemente que la fragata llevaría “64 misiles” sería una simplificación: puede ser una cifra incorrecta según la configuración real.
La arquitectura presentada mantiene asimismo los misiles antibuque Naval Strike Missile, NSM, y el cañón principal de 127 milímetros, mientras reserva margen para defensa de muy corto alcance, sistemas contra drones e incluso tecnologías que todavía están entrando en la conversación naval, como las armas de energía dirigida. Ahí la palabra importante es posibilidad: una presentación industrial enseña capacidades e integración prevista, no necesariamente el armamento definitivo que acabará comprando un cliente.
El radar SPY-7 también crece con la nueva fragata
Añadir misiles sin mejorar la capacidad para detectar, seguir y asignar blancos sería construir una biblioteca enorme y olvidar encender la luz. De ahí el segundo gran cambio. La F-110 Flight II conserva como pieza central el AN/SPY-7(V)2 de Lockheed Martin, pero la variante mostrada incorpora una antena más poblada que la prevista para la primera serie española.
La configuración conocida contempla 100 módulos SAS por cara de antena, frente a los 68 asociados a la Flight I. SAS es la abreviatura de Subarray Suite: bloques electrónicos que, trabajando juntos, forman cada gran cara del radar AESA. Más módulos permiten disponer de una apertura mayor y más recursos para localizar, seguir y discriminar objetivos, aunque sería demasiado fácil traducir ese aumento en un porcentaje idéntico de alcance. Los radares no funcionan con una simple regla de tres.
La primera F-110 española ya utiliza el SPY-7 para defensa propia y defensa aérea de área limitada. La Armada ha concebido el sistema para localizar múltiples amenazas y explorar el espacio aéreo a grandes distancias. La Flight II empuja esa arquitectura hacia una misión más ambiciosa: IAMD, defensa aérea y antimisil integrada.
Aquí entran también SCOMBA, el sistema de combate desarrollado en España, la conexión con la arquitectura Aegis y la capacidad CEC —Cooperative Engagement Capability—. Dicho sin sopa de siglas: el objetivo es que la fragata pueda formar parte de una red de sensores y armas donde distintos buques intercambian información de tiro. Uno puede detectar una amenaza y otro, situado en mejor posición, realizar el enfrentamiento. El sensor y el misil ya no tienen por qué viajar bajo la misma chimenea.
Navantia y Lockheed Martin alcanzaron en 2025 un hito relevante al integrar el SPY-7 con SCOMBA y el International Aegis Fire Control Loop para las F-110 españolas. La nueva propuesta se apoya, por tanto, en una arquitectura tecnológica sobre la que ya existe trabajo real. No es simplemente un radar gigantesco dibujado para decorar una maqueta.
Dinamarca busca barcos y Navantia quiere una alianza industrial
El escenario elegido para enseñar esta F-110 reforzada tampoco es casual. Dinamarca está renovando sus capacidades navales y Navantia lleva tiempo posicionándose como posible socio. La compañía española no plantea únicamente entregar un casco terminado: propone cooperación industrial, transferencia tecnológica, integración de sistemas, formación y apoyo durante el ciclo de vida de los buques.
Es una fórmula conocida en este mercado. Navantia acumula programas internacionales derivados de su experiencia con fragatas españolas, con buques construidos o diseñados para países como Noruega y Australia. En defensa naval, además, el producto rara vez viaja solo. Alrededor llegan astilleros locales, mantenimiento, propiedad intelectual, sistemas nacionales, empleo cualificado y decisiones políticas que pueden durar décadas.
La empresa presenta a Dinamarca como un potencial socio estratégico a largo plazo. Tiene lógica. Ambos países pertenecen a la OTAN y Copenhague necesita reforzar su flota en un Báltico bastante menos apacible que hace quince años. Rusia está enfrente, Suecia y Finlandia se han incorporado a la Alianza y la vigilancia de infraestructuras submarinas ha dejado de parecer argumento de novela para convertirse en una preocupación concreta.
Navantia compite, por tanto, no solo con barcos. Compite con alianzas industriales, costes, plazos y garantías políticas. Su argumento tiene una ventaja tangible: la familia F-110 ya está físicamente en construcción. Frente a proyectos que todavía viven fundamentalmente entre planos, presentaciones y cálculos, tener acero cortado, bloques ensamblados y un buque flotando concede cierta autoridad.
La F-110 española mantiene su propio calendario
España encargó en 2019 cinco fragatas F-110 por 4.325 millones de euros para sustituir progresivamente a las veteranas F-80 de la clase Santa María. La primera unidad, la F-111 Bonifaz, fue botada en Ferrol el 11 de septiembre de 2025 y continuará su fase de armamento, integración y pruebas antes de la entrega prevista para 2028.
En mayo de 2026, la Bonifaz arrancó por primera vez dos de sus cuatro generadores diésel mientras permanecía atracada en el astillero de Ferrol. La planta propulsora de la serie combina motores eléctricos y turbina de gas, una solución que permite navegar con diferentes configuraciones según las necesidades de velocidad, eficiencia y discreción acústica. Esta última importa especialmente en una fragata concebida para guerra antisubmarina: encontrar al otro sin anunciar demasiado la propia posición sigue siendo un arte bastante antiguo.
El programa tampoco depende únicamente del primer barco. La F-112 Roger de Lauria continúa avanzando y Navantia colocó el 20 de julio de 2026 la quilla de la F-113 Menéndez de Avilés, un hito alcanzado siete meses antes de la fecha contractual. Ferrol tiene, por tanto, una cadena de producción activa sobre la que una futura evolución podría apoyarse.
La aparición de la Flight II ha alimentado inevitablemente las especulaciones sobre posibles unidades adicionales para España, a veces identificadas informalmente como F-116 y F-117. Sería razonable que la Armada analizase una configuración con mayor defensa aérea si ampliara la serie, pero una necesidad militar debatida y una orden de construcción son cosas distintas. No existe confirmación oficial de que España vaya a incorporar esta configuración exacta de 64 celdas.
Esa cautela evita una confusión bastante habitual cuando se habla de defensa: transformar un modelo presentado para exportación en el próximo barco de la Armada porque ambos comparten apellido. La F-110 Flight II demuestra que Navantia ha desarrollado una evolución mucho más ambiciosa. Lo demás necesita requisitos militares, presupuesto y una firma.
Una fragata pensada para un mar mucho menos tranquilo
La F-110 inicial fue concebida cuando las prioridades navales europeas eran diferentes. Sigue siendo un buque moderno y formidablemente equipado, pero los últimos conflictos han devuelto al centro una verdad bastante antigua: la cantidad también cuenta. Un escolta puede disponer de sensores magníficos y sistemas de combate sofisticados; si debe enfrentarse durante horas a oleadas de misiles y drones, cada interceptor consumido deja un hueco que no se rellena en mitad del océano.
Ahí se entiende la Flight II. Sus 64 celdas verticales no son simplemente un ejercicio de gigantismo naval, sino una respuesta a un campo de batalla donde las amenazas pueden llegar simultáneamente desde el aire, la superficie y vehículos no tripulados relativamente baratos. El SPY-7 ampliado, la arquitectura IAMD y el combate cooperativo apuntan hacia la misma idea: detectar antes, compartir mejor la información y disponer de suficientes armas para que la defensa no termine después de la primera salva.
También hay industria detrás. Mucha. El programa F-110 español sostiene una cadena tecnológica que Navantia quiere convertir en un producto exportable de alto valor y en una de las cartas fuertes de Ferrol durante las próximas décadas. Las fragatas incorporan tecnologías de buque inteligente, gemelo digital, sensorización y fabricación avanzada, campos que permiten vender no solo toneladas de acero, sino conocimiento, mantenimiento y soporte durante buena parte de la vida operativa.
La imagen que sale de Dinamarca es, al final, bastante nítida. Navantia ha tomado una fragata española diseñada para ser silenciosa, polivalente y tecnológicamente avanzada y la ha llevado hacia un escolta con bastante más músculo y una marcada vocación de defensa aérea de área. Cuatro veces más celdas, un SPY-7 reforzado y una arquitectura preparada para combatir en red. No es todavía la próxima fragata española ni puede darse por hecho que acabará navegando con bandera danesa. Pero sí es el producto con el que el astillero español ha decidido salir a competir en uno de los mercados navales más exigentes de Europa.

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