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¿Cómo funcionan las cámaras con IA de la AP-7 y la A-2 en Cataluña?
Las cámaras con IA de la AP-7 y la A-2 detectan móviles en las piernas y cinturones mal puestos. Así funciona el sistema que prueba Cataluña.

Las nuevas cámaras con inteligencia artificial probadas en Cataluña pueden detectar algo que hasta hace poco quedaba bastante bien escondido a ojos de un control convencional: el uso del teléfono móvil incluso cuando el conductor lo lleva sobre las piernas. También reconocen a ocupantes que circulan sin cinturón o que lo utilizan de forma incorrecta. La experiencia se ha desarrollado en la A-2 y la AP-7 y ha dejado miles de detecciones.
Hay, sin embargo, una diferencia importante entre lo que ya existe y lo que algunos titulares empiezan a sugerir. Estas cámaras todavía no están multando de forma ordinaria. El ensayo se realizó durante junio y julio de 2026 para comprobar la eficacia de la tecnología en tráfico real y el Servei Català de Trànsit estudia incorporarla a su próximo Plan de Seguridad Vial 2027-2030. No se ha comunicado por ahora una fecha concreta a partir de la cual una de estas cámaras vaya a traducir una imagen en una sanción.
Y conviene aclarar otra cosa desde el principio: no se trata de unas nuevas cámaras de la DGT desplegadas por España. La prueba pertenece al Servei Català de Trànsit (SCT), porque Cataluña tiene transferidas las competencias ejecutivas en materia de tráfico. Que una tecnología similar pueda terminar utilizándose en otros territorios es perfectamente posible; afirmar que ya se ha decidido hacerlo, no.
La prueba de la AP-7 y la A-2 todavía no pone multas
El sistema ha sido ensayado en dos escenarios bastante distintos. En la AP-7, uno de los puntos utilizados estuvo en la zona del antiguo peaje de La Roca del Vallès. En la A-2 se probó en el entorno metropolitano de Barcelona, cerca de Cornellà de Llobregat. La intención era someter las cámaras a condiciones reales, con diferentes intensidades de circulación, horarios y tipos de vehículo. No precisamente un examen de laboratorio con cuatro coches obedientes pasando bajo un foco.
La tecnología viaja montada sobre un carro-remolque móvil, una característica nada secundaria. Al no depender de una instalación fija, puede trasladarse de un punto a otro de la red viaria. El concepto se parece al de otros equipos móviles de vigilancia: el conductor no tiene necesariamente delante ese poste conocido que lleva meses saludándole desde la cuneta.
Durante esta fase experimental, las detecciones servían para evaluar el sistema y conocer mejor determinados comportamientos al volante. La prueba piloto no implicó sanciones automáticas. Ese matiz convierte en incorrecta, al menos por ahora, la idea de que miles de conductores hayan recibido multas gracias a estas cámaras.
Cómo consigue la IA ver dentro del coche
El dispositivo combina cámaras de alta definición con algoritmos de inteligencia artificial capaces de interpretar las imágenes y señalar comportamientos potencialmente irregulares. Una de sus grandes ventajas está en el ángulo de observación: no mira simplemente el vehículo de frente o desde atrás, sino que puede obtener una perspectiva elevada del habitáculo.
Eso abre un campo de vigilancia completamente distinto al del radar tradicional. Aquí no se trata de calcular si un coche circula a 131 kilómetros por hora donde el límite marca 120. La máquina tiene que distinguir brazos, manos, cinturones, objetos y posiciones dentro de un habitáculo en movimiento. Después entra el algoritmo, que clasifica las imágenes y localiza posibles incumplimientos.
La inteligencia artificial actúa, dicho de otra manera, como un primer par de ojos extraordinariamente rápido. No convierte mágicamente cualquier fotografía en una multa y la experiencia catalana todavía necesita mejorar su precisión antes de una implantación sancionadora general.
El móvil sobre las piernas ya no queda fuera de plano
Aquí está la parte verdaderamente novedosa. Una cámara situada con el ángulo adecuado puede identificar al conductor que sostiene el teléfono en la mano, pero también al que lo consulta apoyado sobre la parte superior de las piernas. Ese gesto cotidiano —bajar la pantalla unos centímetros y pensar que ha desaparecido del universo— deja de ser tan invisible.
Desde el punto de vista de la seguridad vial incluso puede resultar peor. Mirar hacia el regazo obliga a apartar los ojos de la carretera de manera mucho más acusada que consultar algo situado aproximadamente a la altura del parabrisas. La posición del teléfono cambia; la distracción, no. Y la física mantiene la desagradable costumbre de no negociar con las notificaciones de WhatsApp.
El sistema también identifica cinturones ausentes o mal colocados. No busca únicamente la franja diagonal característica sobre el torso, sino patrones que permiten señalar situaciones sospechosas para su posterior comprobación. Es justamente esta capacidad de analizar lo que sucede dentro del vehículo la que diferencia el experimento de las cámaras convencionales destinadas simplemente a observar el estado de la circulación.
Más de 8.500 usos del móvil detectados
Los resultados ayudan a entender por qué Trànsit está interesado en continuar desarrollando la tecnología. Durante la prueba se localizaron más de 8.500 casos de uso del teléfono móvil al volante y alrededor de 4.500 situaciones relacionadas con la ausencia o el uso incorrecto del cinturón.
Los datos oficiales estiman que entre el 3,6 % y el 6,6 % de los conductores observados podían estar utilizando el teléfono mientras conducían, dependiendo del entorno y de las condiciones analizadas. En el conjunto del estudio, Trànsit sitúa la estimación en torno al 4,3 %.
La A-2 ofreció una fotografía especialmente llamativa. En el entorno periurbano de Cornellà de Llobregat la prevalencia estimada del uso del móvil llegó aproximadamente al 5 %, frente al 3,6 % registrado en la AP-7. Las distracciones aparecieron con mayor frecuencia durante los días laborables y, sobre todo, entre las 11:30 y las 15:30 horas. El mediodía, cuando el tráfico mezcla desplazamientos profesionales, recados, prisas y mensajes pendientes, resulta bastante menos inocente de lo que parece.
Con el cinturón ocurre casi lo contrario. La AP-7 presentó una mayor proporción de incumplimientos, alrededor del 1,8 %, mientras que en la A-2 se situó aproximadamente en el 1,2 %. Los casos aumentaron durante los fines de semana, especialmente los sábados, y ganaron peso por la noche y de madrugada.
No es una estadística decorativa. Precisamente una de las utilidades que Trànsit atribuye al sistema es detectar dónde y cuándo se repiten determinados comportamientos para orientar controles y campañas. La cámara deja así de ser únicamente un eventual instrumento sancionador: también produce una especie de radiografía, algo incómoda, de cómo conducimos cuando creemos que nadie está mirando.
Usar el móvil puede costar 200 euros y seis puntos
La llegada de cámaras más sofisticadas no crea una nueva infracción. Utilizar el móvil al volante ya está prohibido y la legislación española castiga con especial dureza conducir sujetando el teléfono con la mano: la sanción económica es de 200 euros y supone la pérdida de seis puntos del permiso de conducción.
La norma distingue distintas formas de utilizar dispositivos electrónicos. Sujetar el móvil con la mano durante la conducción acarrea esos seis puntos; otros usos manuales prohibidos de dispositivos pueden implicar una detracción diferente. El salto tecnológico está en la capacidad de acreditar comportamientos que hasta ahora eran mucho más difíciles de observar desde el exterior.
Con el cinturón tampoco aparece ninguna revolución jurídica. No utilizarlo o llevarlo incorrectamente constituye una infracción grave y, para el conductor, está castigado con 200 euros y cuatro puntos. La obligación alcanza a los ocupantes en los términos establecidos por la normativa, aunque la retirada de puntos afecta al conductor cuando es él quien comete la infracción.
La cuestión delicada llegará cuando estas cámaras pasen de estudiar conductas a intervenir en expedientes sancionadores. Un algoritmo puede seleccionar una imagen sospechosa con enorme rapidez, pero tendrá que existir un procedimiento suficientemente fiable para determinar qué muestra realmente esa imagen. Una sombra, una cartera o una mano apoyada donde no toca no deberían convertirse, por entusiasmo tecnológico, en seis puntos menos.
No son cámaras de la DGT ni están desplegadas por toda España
La distinción administrativa importa bastante en esta historia. El dispositivo pertenece al Servei Català de Trànsit, no a la Dirección General de Tráfico. Cataluña ejerce competencias transferidas sobre tráfico y circulación, de modo que el control de sus carreteras tiene una arquitectura institucional distinta a la de buena parte del resto de España.
Eso significa que el experimento de la AP-7 y la A-2 no permite afirmar que la DGT vaya a colocar estas mismas cámaras en todas las carreteras españolas. La tecnología existe, el precedente catalán es relevante y la vigilancia automatizada gana terreno desde hace años, pero una eventual extensión requeriría decisiones propias de las administraciones competentes.
Cataluña, de hecho, ya había incluido en su Plan de Seguridad Vial 2024-2026 una actuación específica para instalar cámaras radar con inteligencia artificial destinadas al control de las distracciones, el cinturón de seguridad y los carriles bus-VAO. La prueba de este verano no ha aparecido de la nada; forma parte de una estrategia tecnológica que estaba escrita antes de que las primeras imágenes de conductores con el teléfono sobre las piernas empezaran a circular por los medios.
El siguiente horizonte es el Plan de Seguridad Vial 2027-2030. Los responsables de Trànsit han planteado continuar entrenando la tecnología y trabajar para incorporarla durante ese periodo. A 24 de agosto de 2026, sin embargo, no existe una fecha pública concreta para comenzar a sancionar con este sistema ni un calendario cerrado de ubicaciones.
El móvil en el regazo deja de ser un ángulo muerto
La verdadera noticia de estas cámaras no está tanto en la inteligencia artificial —etiqueta que ya empieza a aparecer hasta en la sopa— como en el cambio de perspectiva de la vigilancia. Hasta ahora muchas conductas dentro del vehículo eran difíciles de detectar sin un agente situado en el lugar adecuado. Una cámara elevada, móvil y capaz de clasificar imágenes altera ese escenario.
Los datos de la A-2 y la AP-7 muestran que no hablamos precisamente de comportamientos excepcionales: miles de usos del teléfono y miles de cinturones ausentes o mal colocados aparecieron durante unas pocas semanas de observación. La tecnología todavía debe afinarse y, de momento, su función ha sido experimental. Pero el rumbo resulta bastante nítido.
Esconder el móvil debajo del volante o bajarlo hasta las piernas ya no garantiza quedar fuera del campo de visión. No hay todavía una fecha marcada en rojo para las multas de estas cámaras en Cataluña, ni mucho menos un despliegue confirmado por toda España. Sí hay algo más concreto: una prueba terminada, resultados suficientes para que Trànsit quiera seguir adelante y una vigilancia capaz de mirar donde el radar clásico nunca miró, dentro del coche.

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