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620 drones contra Moscú durante la noche: Rusia dice que derribó 180

Una oleada de 620 drones sacude la región de Moscú, deja heridos, daños y cierres aeroportuarios mientras Rusia refuerza sus defensas aéreas.

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620 drones contra Moscú

Moscú ha vivido otra noche bajo la presión de una guerra que durante mucho tiempo pareció quedar a cientos de kilómetros de sus avenidas. Las autoridades rusas aseguran que unos 620 drones volaron hacia la región de Moscú entre la noche del lunes y la madrugada del martes 18 de agosto, una oleada de dimensiones extraordinarias incluso dentro de la aceleración que ha experimentado la guerra aérea entre Rusia y Ucrania.

Hay una precisión importante detrás de esa cifra: no significa que 620 aparatos alcanzaran la capital rusa. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, afirmó que los drones se dirigían hacia la región y que 180 fueron interceptados y destruidos allí. Los servicios de emergencia acudieron después a distintos puntos donde cayeron restos de los aparatos. Las cifras proceden de las autoridades rusas y no pueden verificarse de forma independiente en su totalidad.

El ataque dejó al menos tres heridos, incluido un menor de 10 años, y daños en viviendas y establecimientos de varias localidades de los alrededores de Moscú. No se había informado inicialmente de víctimas mortales en esta nueva oleada. Tampoco había una confirmación ucraniana detallada sobre todos los objetivos atacados.

La noche, en cualquier caso, volvió a demostrar algo que empieza a ser difícil de disimular incluso desde el Kremlin: Moscú sigue estando muy lejos del frente sobre el mapa, pero bastante menos en términos militares.

Una oleada de 620 drones dirigida hacia la región de Moscú

Sobianin explicó que 620 vehículos aéreos no tripulados habían volado hacia la región moscovita hasta aproximadamente las cinco de la madrugada. De ellos, 180 fueron destruidos dentro de la propia región, según su versión. Durante horas, el alcalde fue comunicando nuevas interceptaciones mientras las defensas antiaéreas trataban de contener la llegada de aparatos.

La magnitud importa. También el matiz. En una guerra donde los comunicados militares manejan cantidades cada vez más abultadas, hablar de drones «contra Moscú» puede sugerir que todos tenían como destino el centro de la capital. Los datos difundidos por Sobianin se refieren, en cambio, a aparatos que volaban en dirección a la región de Moscú, un territorio enorme que rodea la ciudad.

La incursión llega apenas dos días después de otra ofensiva gigantesca. El 16 de agosto, Rusia aseguró que alrededor de 600 drones se dirigieron hacia Moscú, mientras su Ministerio de Defensa declaró haber derribado 822 en todo el país. Aquella operación dejó muertos y heridos en territorio ruso y golpeó instalaciones logísticas.

Ya no parece, por tanto, un episodio aislado. Es una secuencia de ataques de gran escala.

Tres heridos y daños en varios puntos de los alrededores

En Kolomna, al sureste de Moscú, la caída de restos de un dron dañó una oficina del registro civil, un comercio y las ventanas de un edificio residencial. Un pabellón comercial situado cerca del centro comercial Globus se incendió, según informó el gobernador regional, Andréi Vorobiov.

Un hombre de 27 años resultó herido en esa localidad. En el distrito de Ramenskoye, un menor de 10 años sufrió una herida por metralla en una mano después de que un dron cayera sobre una vivienda y tuvo que ser hospitalizado. Otra mujer necesitó atención médica en el distrito de Bogorodsky tras resultar alcanzada por fragmentos.

Es el reverso menos espectacular de la guerra de drones. Las defensas pueden destruir un aparato en vuelo y, aun así, toneladas de metal, motores, explosivos y fragmentos tienen que caer en algún sitio. Interceptar un dron no equivale siempre a eliminar el peligro.

Los aeropuertos de Moscú vuelven a sentir la guerra

La ofensiva también alteró el tráfico aéreo. Durante la noche se impusieron restricciones temporales en los aeropuertos de Domodédovo, Vnúkovo y Zhukovski, una medida que Rusia utiliza habitualmente cuando detecta drones acercándose a la capital.

Los cierres y reaperturas de aeropuertos se han convertido en una consecuencia cada vez más corriente de estas incursiones. No hacen falta impactos directos sobre una terminal para paralizar operaciones: basta la amenaza de que un aparato atraviese una ruta de aproximación. Aviones retenidos, vuelos desviados, pasajeros esperando. La guerra entrando por la pantalla de salidas.

Moscú encadena algunos de los mayores ataques de la guerra

El volumen de la operación del 18 de agosto resulta especialmente significativo porque sucede inmediatamente después de otra ofensiva masiva. El domingo 16, Ucrania lanzó uno de sus mayores ataques aéreos contra territorio ruso desde el comienzo de la invasión a gran escala de febrero de 2022.

En aquella jornada, un hombre de 83 años murió en Podolsk, en la región de Moscú, después de un ataque que afectó a un almacén de Wildberries, el gigante ruso del comercio electrónico. También hubo daños en Domodédovo. Rusia aseguró entonces haber derribado 822 drones en todo el país.

La repetición cambia la lectura militar. Un ataque excepcional puede ser una demostración de fuerza; varios ataques enormes en cuestión de días empiezan a parecer una campaña sostenida de desgaste. Ucrania está tratando de obligar a Rusia a proteger no solo el frente, Crimea o las regiones fronterizas, sino también una red inmensa de refinerías, fábricas, almacenes, nudos ferroviarios y grandes ciudades situadas cientos de kilómetros tierra adentro.

Y cada sistema antiaéreo desplazado hacia Moscú es un sistema que no está en otro lugar. Esa es, al menos, una parte de la ecuación.

La presión sobre refinerías, almacenes y logística rusa

Durante los últimos meses, Kiev ha intensificado sus ataques de largo alcance contra refinerías de petróleo e instalaciones logísticas rusas. Ucrania sostiene que este tipo de infraestructuras ayudan a mantener el esfuerzo bélico de Moscú, bien mediante combustible, transporte, producción industrial o distribución de materiales.

Wildberries se ha convertido en uno de los nombres más llamativos de esa campaña. Ucrania acusa a la compañía de participar en circuitos logísticos vinculados al aparato militar ruso y varios de sus grandes centros de distribución han sufrido ataques. Rusia rechaza la legitimidad de esas acciones cuando afectan a infraestructuras que considera civiles.

No está confirmado que esos mismos complejos fueran el objetivo concreto de todos los drones enviados hacia Moscú en la madrugada del martes. Conviene separar lo sabido de lo supuesto. La dirección de los aparatos está confirmada por Moscú; sus objetivos individuales, no todos.

El salto tecnológico, entretanto, es evidente. Los drones ucranianos de largo alcance permiten atacar puntos situados a cientos e incluso más de mil kilómetros del frente con un coste muy inferior al de un misil de crucero convencional. Algunos son relativamente sencillos; otros incorporan sistemas de navegación y capacidades cada vez más sofisticadas. No tienen que ser perfectos. Cuando llegan por centenares, la cantidad se convierte en parte del arma.

Una guerra aérea basada también en saturar las defensas

La cifra de 620 ayuda a entender la lógica de estos ataques. Una defensa aérea puede derribar drones; lo realmente difícil es hacerlo cuando aparecen decenas o centenares desde distintas direcciones, mientras otros aparatos vuelan como señuelos y obligan a activar radares, baterías y sistemas de guerra electrónica.

Rusia utiliza exactamente la misma lógica contra Ucrania. Moscú lleva años lanzando grandes oleadas de drones Shahed y derivados rusos, acompañadas en numerosas ocasiones por misiles de crucero y balísticos. En julio de 2025 llegó a emplear más de 700 drones en una sola noche contra Ucrania, una escala que entonces parecía casi desmesurada y que ha dejado de resultar excepcional.

La respuesta ucraniana ha evolucionado en paralelo. Kiev, con muchos menos recursos industriales que Rusia, ha apostado con fuerza por fabricar drones dentro del país y convertirlos en una herramienta estratégica. El objetivo no consiste únicamente en destruir una instalación. También se busca desgastar las defensas, complicar la actividad económica, interrumpir aeropuertos y obligar a Rusia a repartir recursos sobre un territorio gigantesco.

La ironía es áspera: dos países que empezaron la invasión a gran escala disparándose misiles carísimos han terminado convirtiendo pequeños aviones sin piloto, fabricados por miles, en uno de los protagonistas absolutos de la guerra.

Moscú deja de ser una retaguardia cómoda

Durante buena parte del conflicto, la vida cotidiana en la capital rusa permaneció relativamente aislada de aquello que sucedía en Bajmut, Avdiivka, Járkov o Jersón. Había sanciones, movilización, propaganda y funerales, claro. Pero la guerra física seguía lejos.

Ese colchón se ha ido estrechando. Los drones sobre Moscú, los incendios en instalaciones industriales, las alarmas, las restricciones aeroportuarias y los fragmentos cayendo sobre edificios trasladan una parte del riesgo al corazón político y económico de Rusia. No convierten la capital en una ciudad de primera línea —la comparación con las localidades ucranianas bombardeadas durante años sería desproporcionada—, pero sí erosionan la idea de una retaguardia completamente protegida.

La noche del 18 de agosto deja así una cifra difícil de pasar por alto: 620 drones dirigidos hacia la región de Moscú, según su alcalde, 180 destruidos allí y al menos tres personas heridas. Las cantidades todavía descansan en información oficial rusa y deben leerse con esa cautela.

Lo indiscutible es la tendencia. La distancia que durante años protegió a Moscú ya no basta. En esta guerra, mil kilómetros pueden parecer mucho sobre un mapa; para un dron de largo alcance, empiezan a ser simplemente combustible y horas de vuelo.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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