Salud
¿Cómo cambia la vitamina D en otoño y cuándo puede faltar? Las claves
En otoño disminuye la síntesis de vitamina D y algunas personas tienen más riesgo de déficit, aunque no todos necesitan análisis ni suplementos.

Resumen
- En otoño baja la síntesis de vitamina D al disminuir la radiación UVB
- El déficit no aparece de golpe y suele acentuarse durante el invierno
- Mayores y personas con poca exposición solar tienen más riesgo
La vitamina D suele empezar a descender durante el otoño porque disminuye la radiación ultravioleta B que llega a la piel, los días se acortan y, en muchas personas, también cae el tiempo pasado al aire libre. No ocurre, sin embargo, como cuando se apaga una bombilla. Septiembre y las primeras semanas otoñales pueden encontrar al organismo todavía con niveles relativamente altos acumulados tras el verano.
El descenso acostumbra a ser progresivo. La concentración sanguínea utilizada para valorar el estado de esta vitamina, la 25-hidroxivitamina D o 25(OH)D, tiene una vida relativamente larga y refleja tanto lo producido por la piel como lo obtenido mediante la alimentación o los suplementos. Por eso los valores pueden mantenerse razonables durante parte del otoño y alcanzar sus cotas más bajas más adelante, generalmente en invierno o hacia su tramo final.
Dicho de otra manera: que llegue octubre no significa tener déficit de vitamina D. Lo que cambia es el escenario. Hay menos radiación útil para fabricarla en la piel y el margen se estrecha, sobre todo en personas que ya partían de niveles bajos, apenas salen al exterior o presentan factores que dificultan su absorción o metabolismo.
Por qué la vitamina D empieza a bajar cuando termina el verano
Una parte importante de la vitamina D del organismo se produce cuando la radiación UVB del sol actúa sobre la piel. La inclinación solar cambia con las estaciones y, según avanza el otoño, esa radiación pierde intensidad, especialmente cuanto más al norte nos encontramos. Europa presenta precisamente una marcada variación estacional en la cantidad de UVB capaz de intervenir en la síntesis de vitamina D.
Pero hay un pequeño desfase entre el cielo y la sangre. El sol de agosto no desaparece del organismo el 1 de septiembre. Los niveles de 25(OH)D suelen encontrarse entre sus valores más elevados al final del verano y comienzos del otoño y después van bajando. Los estudios que analizan su evolución a lo largo del año siguen encontrando ese patrón: valores superiores durante el verano y el otoño y mínimos durante los meses fríos, aunque el momento concreto cambia según el clima, la latitud y los hábitos de cada población.
También importa lo que hacemos. Una persona que trabaja ocho horas bajo techo, vuelve a casa cuando ya oscurece y pasa el fin de semana entre cuatro paredes vive un otoño bastante diferente, desde el punto de vista de la vitamina D, al de alguien que camina o trabaja habitualmente al aire libre. El calendario cuenta. La vida cotidiana, también.
España tiene mucho sol, pero eso no garantiza niveles altos
Aquí aparece una de esas paradojas mediterráneas que conviene desmontar. Vivir en España no garantiza unos niveles adecuados de vitamina D ni concede automáticamente una especie de inmunidad frente a sus valores bajos.
Una investigación realizada con adultos sanos de Burgos y Valencia encontró una variación estacional clara. Tras el verano, la concentración media de 25(OH)D fue de unos 24,3 ng/ml en Burgos y 26 ng/ml en Valencia; después del invierno descendió hasta aproximadamente 17,7 y 21,4 ng/ml, respectivamente. Era una muestra limitada y no representa por sí sola a toda España, pero ilustra bien el efecto conjunto de estación, clima y latitud.
El motivo es sencillo: tener muchas horas de sol disponibles no significa recibir siempre suficiente radiación UVB sobre la piel. Influyen la estación, la hora, la ropa, permanecer casi todo el día en interiores, la contaminación, la pigmentación cutánea y la edad. Y hay otra circunstancia menos visible: la piel envejecida fabrica vitamina D con menor eficiencia.
España puede tener terrazas llenas en noviembre y, aun así, encontrar hipovitaminosis D en determinados grupos. El sol, por abundante que parezca desde la ventana, no se almacena en un bote.
Quién tiene más posibilidades de quedarse corto
El riesgo aumenta especialmente entre las personas mayores, quienes reciben poca exposición solar, las personas con piel muy pigmentada y quienes padecen enfermedades que dificultan la absorción intestinal de las grasas. También pueden influir la obesidad, una cirugía bariátrica y determinados problemas renales o hepáticos.
Hay medicamentos capaces de interferir con el metabolismo de la vitamina D. Entre las situaciones que justifican una valoración clínica específica aparecen el tratamiento prolongado con algunos glucocorticoides o anticonvulsivantes, además de enfermedades como la malabsorción, la enfermedad inflamatoria intestinal o determinadas alteraciones renales y hepáticas.
La edad avanzada merece una mención aparte. Las personas institucionalizadas o con movilidad reducida pueden pasar semanas con una exposición solar muy pequeña, precisamente cuando el otoño va cerrando la persiana de luz. En mayores con alto riesgo de fragilidad, malnutrición o caídas, la vitamina D puede formar parte de la valoración clínica y nutricional.
Durante años se extendió la idea de que bastaba sentirse cansado para pedir una determinación de vitamina D. La evidencia ha enfriado bastante esa costumbre. En personas sanas sin factores de riesgo, la analítica rutinaria no suele estar indicada simplemente porque haya llegado el otoño.
Las recomendaciones actuales van precisamente en esa dirección: no realizar cribados rutinarios a adultos sanos que no presenten factores de riesgo ni una indicación clínica concreta. Tampoco está justificado analizar o suplementar indiscriminadamente a toda la población.
Cuando existe una sospecha médica razonable, el marcador habitual es la 25(OH)D en sangre. No hay unanimidad absoluta acerca de un nivel óptimo universal. Como referencia, concentraciones inferiores a 30 nmol/l —12 ng/ml— se asocian claramente con mayor riesgo de deficiencia, mientras que valores de 50 nmol/l —20 ng/ml— o superiores se consideran adecuados para la mayoría de las personas. Entre ambos márgenes existe una zona que requiere contexto clínico, no una sentencia automática impresa en una analítica.
Qué significa tener poca vitamina D y cómo influye la dieta
Los niveles bajos de vitamina D no producen necesariamente una señal inequívoca. De hecho, muchas personas no notan nada concreto. Cansancio, malestar o dolores difusos tienen tantas posibles causas que atribuirlos directamente a esta vitamina sin una valoración médica sería convertir una pieza del puzle en el dibujo completo.
Cuando la deficiencia es importante y mantenida sí puede afectar al metabolismo del calcio y a la salud ósea. En adultos puede favorecer la osteomalacia, mientras que niveles inadecuados también se relacionan con debilidad y dolor muscular.
Conviene separar esto de otra afirmación mucho más ambiciosa que circula con frecuencia: que tomar vitamina D protege de una larga colección de enfermedades cardiovasculares, infecciosas, metabólicas o incluso cánceres. Existen asociaciones observacionales entre niveles bajos y numerosas patologías, pero los ensayos clínicos no han demostrado de forma consistente que suplementar a personas sanas evite todas esas enfermedades. La vitamina D es importante; no es una poción multiusos.
La dieta aporta menos vitamina D que la síntesis cutánea en muchas personas, pero durante los meses con menos radiación adquiere más peso. Los alimentos naturalmente más ricos son los pescados grasos, entre ellos salmón, caballa, atún o trucha. La yema de huevo, algunos quesos y otros productos animales contienen cantidades más pequeñas; determinados alimentos enriquecidos también pueden contribuir.
Como referencia nutricional europea, para los adultos se establece una ingesta adecuada de 15 microgramos diarios bajo el supuesto de una síntesis cutánea mínima. Eso no significa que cada adulto deba comprar una cápsula de esa cantidad: es una referencia para el conjunto de la ingesta, no una receta universal.
Salir al exterior forma parte de una vida saludable, pero tampoco tiene sentido convertir la búsqueda de vitamina D en una excusa para exponerse al sol sin protección durante periodos prolongados. La cantidad que fabrica cada persona cambia demasiado como para establecer un número mágico de minutos válido para todo el mundo. Latitud, estación, hora, superficie de piel expuesta, pigmentación y edad modifican la respuesta.
Los suplementos no son un seguro de otoño
El cambio de estación ha alimentado una pequeña industria de cápsulas, gotas y preparados que prometen arreglar desde el cansancio hasta el estado de ánimo. Aquí conviene poner el freno. Tomar vitamina D por rutina no equivale automáticamente a obtener un beneficio.
En adultos sanos menores de 75 años, las recomendaciones actuales no aconsejan tomar rutinariamente dosis de vitamina D superiores a las necesidades nutricionales simplemente para prevenir enfermedades. Sí existen situaciones clínicas y grupos concretos en los que un profesional puede indicar suplementación individualizada. No es lo mismo.
Y el exceso también existe. En septiembre de 2026, las autoridades sanitarias españolas volvieron a advertir de casos graves de hipercalcemia relacionados con errores de prescripción, dispensación o administración de medicamentos que contienen calcifediol o colecalciferol. Una dosis demasiado alta puede elevar peligrosamente el calcio sanguíneo y terminar provocando problemas renales, digestivos, neurológicos o cardíacos.
La vitamina D producida por la exposición solar no suele causar intoxicación de este tipo; el problema aparece fundamentalmente con cantidades excesivas de suplementos o medicamentos. Más, en este caso, no significa mejor.
El otoño marca el descenso, no un déficit inevitable
El cambio más importante de la vitamina D en otoño ocurre lentamente: se reduce la capacidad de producirla mediante el sol mientras el organismo va consumiendo lo acumulado durante los meses luminosos. De ahí que septiembre y octubre puedan conservar valores relativamente elevados y que el verdadero valle aparezca semanas o meses después.
Para una persona sana, el otoño no exige automáticamente una analítica ni un frasco de suplementos. Alimentación variada, actividad al aire libre y atención a los factores personales ofrecen un marco bastante más sensato. Cuando existen edad avanzada, poca exposición solar, enfermedades digestivas, alteraciones del metabolismo óseo u otras circunstancias clínicas, la situación cambia y merece una valoración individual.
La paradoja es bastante otoñal: cuando todavía quedan tardes luminosas y terrazas llenas, el cuerpo ya empieza a recibir menos radiación útil. La vitamina D puede comenzar a bajar antes de que el frío se haga notar. Y ese descenso, normal hasta cierto punto, solo se convierte en un problema cuando las reservas, la dieta y las circunstancias personales no alcanzan para compensarlo.

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