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¿Qué busca Trump al enviar a Witkoff a Suiza para negociar con Irán?
La tregua en Líbano reabre la negociación entre Trump e Irán, aunque Israel, Hezbolá y el pulso nuclear dejan el pacto al borde del fracaso.

El alto el fuego alcanzado entre Israel y Hezbolá ha despejado, al menos durante unas horas, el camino hacia la negociación entre Estados Unidos e Irán. El enviado especial de Donald Trump, Steve Witkoff, se desplazó a Suiza para intentar reactivar unas conversaciones que deben abordar el programa nuclear iraní y convertir el frágil memorando firmado esta semana en un acuerdo duradero. La tregua libanesa era una condición imprescindible. No basta, pero sin ella no había mesa posible.
La situación sigue lejos de estar resuelta. Las reuniones previstas en el complejo alpino de Bürgenstock fueron aplazadas, el vicepresidente JD Vance canceló su viaje y Teherán todavía exige pruebas de que Washington hará cumplir el cese de las hostilidades en todos los frentes. Israel, que no participó en el pacto entre Trump e Irán, sostiene que no está obligado por sus términos y mantendrá tropas en el sur del Líbano. Dicho de otro modo: la puerta diplomática se ha entreabierto, aunque sigue crujiendo bajo el peso de los misiles.
Una tregua que reabre la vía suiza
Israel y Hezbolá acordaron detener los combates el viernes 19 de junio después de una escalada que estuvo a punto de hacer descarrilar el entendimiento entre Washington y Teherán. El alto el fuego entró oficialmente en vigor a las 16:00, hora libanesa, tras una mediación desarrollada por Estados Unidos y Qatar, con la colaboración de Irán.
Donald Trump reconoció que había hablado con Israel para pedirle que aceptara la tregua. Su explicación, muy propia de un presidente que convierte la diplomacia en conversación de vestuario, fue que a veces hay que calmarse y utilizar la cabeza. No aclaró si había telefoneado directamente al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
Sobre el terreno, la calma llegó con retraso y alguna trampa. Dos fuentes de seguridad libanesas contabilizaron alrededor de una docena de ataques israelíes durante la primera hora del alto el fuego. El Ejército israelí negó esa cifra, aunque se observaron bombardeos cerca de las 16:50. Más tarde, medios libaneses informaron de un ataque con dron que mató a dos personas en una carretera del sur.
No es exactamente el silencio de los fusiles. Más bien una pausa vigilada, con los dedos todavía cerca del gatillo.
Las horas anteriores habían dejado un balance especialmente grave. El Ministerio de Salud libanés informó de 47 muertos y 97 heridos por los ataques israelíes realizados desde la medianoche. Israel, por su parte, comunicó la muerte de cuatro soldados en un incidente ocurrido dentro del Líbano.
Qué intenta negociar Washington con Teherán
El viaje de Witkoff tiene como propósito preparar la primera fase real de las negociaciones posteriores al memorando suscrito por los presidentes de Estados Unidos e Irán. Ese documento permitió contener provisionalmente una guerra iniciada el 28 de febrero, pero aplazó deliberadamente los asuntos más difíciles: el futuro del programa nuclear iraní, el levantamiento de sanciones y las garantías de seguridad para los países de la región.
Washington y Teherán se concedieron 60 días para alcanzar un acuerdo definitivo o ampliar el entendimiento provisional. El reloj, sin embargo, no se detiene cuando vuelan los drones. Cada ataque en el Líbano consume una parte del escaso capital político disponible y ofrece argumentos a quienes desean abandonar la negociación.
La presencia de Witkoff en Suiza no significa que las conversaciones hayan quedado plenamente restablecidas. La delegación iraní había condicionado su asistencia a que Estados Unidos demostrara que el alto el fuego regional se aplicaba de verdad. El Gobierno suizo confirmó el aplazamiento de las reuniones, aunque mantuvo abiertos los preparativos y su disposición a ejercer como anfitrión.
JD Vance debía encabezar inicialmente la delegación estadounidense, acompañado por Witkoff y Jared Kushner. Su cancelación refleja la fragilidad del momento: una cumbre de alto nivel resulta políticamente costosa cuando nadie puede garantizar que los bombardeos no regresarán antes del postre.
Sesenta días para resolver lo que se dejó fuera
El memorando establece, en términos generales, el fin inmediato y permanente de las operaciones militares en los distintos escenarios del conflicto. Irán interpreta que esa obligación incluye expresamente el frente libanés. Israel rechaza esa lectura porque no negoció ni firmó el documento.
Ahí aparece la primera grieta seria. Teherán considera que Washington debe responder por el comportamiento israelí, mientras que el Gobierno de Trump no controla todas las decisiones militares de Netanyahu. Estados Unidos puede presionar, condicionar armamento o elevar el coste diplomático, pero no posee un interruptor mágico en el despacho del primer ministro israelí. La geopolítica, por desgracia, viene sin mando a distancia.
El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araqchi, trasladó a Pakistán que Estados Unidos sería responsable de cualquier incumplimiento, incluido el mantenimiento de los combates en el Líbano. Esa posición convierte cada incidente fronterizo en una prueba del acuerdo general, incluso cuando Washington no haya ordenado ni aprobado la operación.
El programa nuclear sigue siendo el nudo
La negociación de Suiza deberá entrar en una cuestión que el memorando apenas dejó esbozada: qué ocurrirá con el enriquecimiento de uranio, las instalaciones nucleares iraníes, las inspecciones internacionales y las garantías para impedir el desarrollo de armas atómicas.
Estados Unidos inició la guerra junto a Israel con el objetivo declarado de destruir la capacidad nuclear y militar de Irán. El acuerdo provisional no certifica que esa capacidad haya desaparecido ni establece todavía un sistema definitivo de verificación. Se limita a abrir una ventana para negociar.
Irán llegará debilitado militarmente, pero no necesariamente dispuesto a capitular. Trump asegura que Teherán se sentó a negociar por desesperación y que la guerra redujo su poder. Las autoridades iraníes sostienen lo contrario: presentan el pacto como una retirada estadounidense ante el coste económico y político del conflicto.
Ambas partes necesitan vender una victoria doméstica. Y ambas saben que un texto demasiado favorable al adversario puede naufragar antes de aplicarse.
Israel, fuera del pacto y dentro del problema
La gran paradoja del acuerdo es bastante visible: Israel no está en la mesa, pero sus decisiones pueden determinar el éxito o el fracaso de todo el proceso. Netanyahu sostiene que su país conserva libertad para actuar contra Hezbolá cuando detecte amenazas contra sus tropas o su territorio.
Un alto funcionario israelí resumió la posición de su Gobierno con una fórmula condicional: mientras Hezbolá no ataque, Israel no considerará que existe una situación de guerra. Eso deja un margen de interpretación enorme. También confirma que las tropas israelíes permanecerán en el sur del Líbano, dentro de la franja ocupada junto a la frontera.
Hezbolá, respaldado por Irán, reclama la retirada israelí. El grupo abrió fuego contra Israel el 2 de marzo, incorporando el Líbano a una guerra regional que ya se libraba en territorio iraní. Israel respondió con una ofensiva terrestre y aérea que amplió de nuevo el mapa del conflicto.
El presidente libanés, Joseph Aoun, condenó los últimos bombardeos, aunque afirmó que la escalada no impediría buscar un alto el fuego integral. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, habló con Aoun y volvió a reclamar el desarme de Hezbolá, junto con el fortalecimiento de un Estado libanés plenamente soberano.
Washington también estudia celebrar una nueva ronda de negociaciones entre Israel y el Líbano del 23 al 25 de junio. Para Beirut, cualquier conversación de ese tipo exige primero una tregua completa. Negociar fronteras mientras caen bombas suele dar resultados modestos.
Hormuz, petróleo y una factura que llega a todos
La negociación no se limita al uranio y los mapas militares. También pasa por el estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más importantes del planeta. Antes del bloqueo iraní, por esa ruta circulaba cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados en el mundo.
Los envíos comenzaron a recuperarse después de la firma del acuerdo provisional. El organismo iraní encargado de gestionar el estrecho anunció que suspendería las tasas previstas durante el periodo de negociación. El precio del crudo Brent repuntó ligeramente el viernes, aunque se encaminaba a cerrar la semana con una caída aproximada del 8 % favorecida por las expectativas de distensión.
No es un detalle técnico reservado a petroleros y corredores de bolsa. El bloqueo había elevado los precios energéticos y alimentado la inflación internacional. Una recaída militar podría encarecer el combustible, el transporte, los fertilizantes y buena parte de los productos que llegan al supermercado. El conflicto está a miles de kilómetros, pero su factura viaja rápido.
El memorando prevé también alivio de sanciones, desbloqueo de activos iraníes valorados en decenas de miles de millones de dólares, exenciones para las exportaciones de petróleo y un fondo de reconstrucción de 300.000 millones de dólares. Trump, al defender el pacto frente a las críticas republicanas, aseguró que Irán no recibiría dinero.
La distancia entre esa retórica y los incentivos económicos descritos en el acuerdo alimentará la batalla política en Washington. Parte del Partido Republicano considera que el presidente concedió demasiado para terminar una guerra impopular antes de las elecciones legislativas de noviembre. Trump replica que Irán está acabado y que Estados Unidos negociará desde una posición de fuerza. Nada nuevo bajo el sol: toda concesión se presenta como rendición del contrario.
La tregua abre la puerta, pero nadie ha cruzado aún
El alto el fuego en el Líbano mejora las posibilidades de que Estados Unidos e Irán retomen las conversaciones, pero no garantiza un acuerdo. Ha eliminado el obstáculo más inmediato, no las causas de fondo. Quedan pendientes el programa nuclear, el levantamiento de sanciones, la presencia militar israelí en territorio libanés, el futuro de Hezbolá y las garantías sobre el tránsito por Ormuz.
También permanece abierta una pregunta política incómoda: cómo puede Washington comprometerse a detener una guerra librada por un aliado que no reconoce el pacto. Israel sostiene que conservará su autonomía militar; Irán exige que Trump asegure la calma; el Líbano reclama soberanía sobre todo su territorio. Tres posiciones que encajan con la suavidad de unas placas tectónicas.
La guerra ha causado al menos 7.000 muertos, principalmente en Irán y el Líbano, desde finales de febrero. Tras esa cifra hay ciudades dañadas, familias desplazadas y economías exhaustas. La diplomacia suiza representa una oportunidad real para detener la espiral, aunque llegará rodeada de desconfianza y con un calendario demasiado corto.
Witkoff puede sentarse a negociar. Lo difícil será conseguir que, mientras habla, nadie vuelva a disparar.

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