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¿Por qué el alto el fuego en Líbano puede salvar el pacto con Irán?

Israel y Hezbolá acuerdan una tregua en Líbano que mantiene vivo el pacto entre Estados Unidos e Irán, y reabre la vía diplomática en Suiza.

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Israel ocho muertos bombardeo Líbano

El nuevo alto el fuego entre Israel y Hezbolá permite mantener con vida el acuerdo provisional entre Estados Unidos e Irán, pero está muy lejos de garantizar una paz duradera. La tregua entró en vigor a las cuatro de la tarde del viernes, hora de Beirut, después de una mediación de Washington y Catar en la que también participó Teherán. Su misión inmediata es sencilla de explicar y bastante más difícil de cumplir: apagar el frente libanés para que la negociación regional pueda volver a arrancar.

Las conversaciones previstas en Suiza quedaron aplazadas cuando una nueva oleada de ataques convirtió el sur del Líbano en una columna de humo y tumbó, en cuestión de horas, el calendario diplomático. El acuerdo detiene por ahora los disparos, aunque conserva todos los ingredientes que podrían reanudarlos: tropas israelíes dentro del territorio libanés, combatientes de Hezbolá desplegados en la zona y dos adversarios que interpretan la palabra tregua con abundantes notas a pie de página.

No es todavía la paz. Ni siquiera una tregua especialmente sólida. Es una pausa armada que concede algo de oxígeno a un pacto más amplio, el firmado esta semana por Washington y Teherán para frenar la guerra, facilitar la navegación por el estrecho de Ormuz y abrir un plazo de 60 días destinado a resolver el programa nuclear iraní. Un reloj diplomático colocado sobre una mesa que aún tiembla.

Una tregua nacida al borde del fracaso

La escalada comenzó durante la noche, cuando un ataque de Hezbolá contra fuerzas israelíes en el sur del Líbano causó la muerte de cuatro soldados israelíes. Israel respondió con una campaña de bombardeos contra posiciones, infraestructuras y supuestos miembros del grupo armado chií en al menos 11 localidades meridionales.

El balance inicial del Ministerio de Salud libanés fue de al menos 18 muertos y 33 heridos, aunque la cifra continuaba aumentando conforme avanzaban las labores de rescate. Algunas actualizaciones posteriores elevaron el número de fallecidos. Entre carreteras cortadas, viviendas destruidas y ambulancias buscando paso, la diplomacia internacional descubrió de nuevo una vieja regla de la región: basta una noche para deshacer semanas de negociaciones.

Israel justificó sus ataques como respuesta a las repetidas violaciones de los anteriores compromisos de alto el fuego por parte de Hezbolá. El grupo libanés, respaldado por Irán, considera en cambio que la permanencia de fuerzas israelíes en el sur constituye por sí misma una violación del acuerdo y legitima su resistencia armada. Ambos pueden recitar su versión sin consultar el guion; llevan demasiado tiempo ensayándola.

El presidente libanés, Joseph Aoun, condenó los bombardeos israelíes y sostuvo que la escalada no impediría alcanzar una tregua más amplia. El Gobierno libanés se encuentra atrapado entre una invasión extranjera, una organización armada que conserva capacidad militar autónoma y una población exhausta. Gobernar el Líbano nunca ha sido un oficio cómodo. En estas condiciones, se parece más a caminar sobre cristales mientras otros discuten quién rompió la ventana.

Líbano, condición del acuerdo con Irán

La importancia de esta tregua supera con mucho la frontera entre Israel y el Líbano. El memorando provisional firmado por Estados Unidos e Irán exige el fin inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el libanés. Teherán había dejado claro que no seguiría negociando mientras Israel mantuviera sus ataques contra Hezbolá.

Ese condicionante explica por qué Washington reaccionó con rapidez. Estados Unidos y Catar negociaron el alto el fuego con ayuda iraní, según funcionarios conocedores del proceso. Dos fuentes próximas a Hezbolá aseguraron que el grupo había comenzado a aplicarlo, mientras un alto cargo israelí confirmó que Israel también había suspendido sus operaciones.

La fórmula israelí, eso sí, fue condicional: mientras Hezbolá no ataque, no habrá guerra. Sobre el papel suena razonable; sobre el terreno deja un margen enorme para discutir qué constituye un ataque, una amenaza o una preparación hostil. Las treguas de Oriente Próximo suelen funcionar como paraguas agujereados: protegen mientras la lluvia no arrecia demasiado.

Un alto el fuego con tropas sobre el terreno

Israel ha advertido de que mantendrá sus fuerzas en una franja del sur del Líbano próxima a su frontera norte. Esa presencia es uno de los principales obstáculos para transformar la pausa militar en un acuerdo estable. Hezbolá exige una retirada completa y sostiene que cualquier ocupación permite continuar la resistencia.

El memorando entre Washington y Teherán reconoce la integridad territorial libanesa, pero Israel no participó en su negociación y afirma que no está obligado por sus cláusulas. Ahí aparece la grieta central: dos potencias pueden pactar el final de una guerra, pero una de las fuerzas que combate sobre el terreno se considera ajena al documento.

Israel teme que una retirada permita a Hezbolá reconstruir posiciones, almacenar armas y recuperar su capacidad para atacar las localidades del norte israelí. El Líbano, por su parte, denuncia que la ocupación y los bombardeos impiden que el Estado recupere el control efectivo del territorio. Las dos preocupaciones existen. El problema es que cada parte utiliza la suya para justificar aquello que la otra considera intolerable.

La guerra regional comenzó el 28 de febrero con ataques estadounidenses e israelíes contra Irán. El frente libanés se abrió el 2 de marzo, cuando Hezbolá atacó Israel y este respondió con una ofensiva terrestre y aérea en el sur del país. Desde entonces, el conflicto ha causado miles de muertos, sobre todo en Irán y el Líbano, y ha obligado a desplazarse a una parte considerable de la población libanesa.

Suiza se queda sin reunión

Las delegaciones de Estados Unidos e Irán debían reunirse el viernes en el complejo alpino de Bürgenstock, en Suiza. Los preparativos técnicos estaban muy avanzados, pero el vicepresidente estadounidense, JD Vance, canceló su desplazamiento. El principal negociador iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, tampoco tenía previsto acudir.

El Ministerio de Exteriores suizo confirmó que la reunión no se celebraría ese día y mantuvo abierta la posibilidad de retomarla. No existe, de momento, una nueva fecha. La tregua libanesa elimina el obstáculo inmediato, aunque no recompone automáticamente una negociación que todavía debe resolver cuestiones nucleares, económicas y militares de enorme calado.

El acuerdo provisional concede a las partes 60 días para alcanzar un pacto definitivo o prorrogar el entendimiento. Durante ese tiempo deberán determinar el futuro del programa nuclear iraní, el régimen de inspecciones internacionales, el levantamiento de sanciones y las garantías de seguridad exigidas por los países de la región.

La jornada mostró hasta qué punto el diálogo entre Washington y Teherán depende de actores que no están sentados en la misma mesa. Hezbolá puede paralizar las conversaciones mediante un ataque; Israel puede hacerlo con una campaña aérea; Irán conserva influencia sobre su aliado libanés, pero no un mando absoluto; Estados Unidos respalda militarmente a Israel y, al mismo tiempo, necesita contenerlo. Una arquitectura diplomática con demasiados interruptores y demasiadas manos cerca de ellos.

Ormuz convierte la tregua en un asunto mundial

El acuerdo no solo pretende detener una guerra. También busca garantizar la navegación por el estrecho de Ormuz, el angosto paso marítimo que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico y por el que circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas natural licuado comercializados en el mundo antes del bloqueo iraní.

Los petroleros han comenzado a transitar de nuevo por la zona y el organismo iraní encargado de gestionar el estrecho anunció que renunciará temporalmente a las tasas previstas durante el periodo de negociación. El alivio se reflejó en los precios del crudo, que retrocedieron tras la firma del memorando provisional.

La estabilidad sigue siendo relativa. Una nueva interrupción de Ormuz encarecería el petróleo, el transporte marítimo y buena parte de los productos que recorren cadenas comerciales alimentadas por energía cara. La guerra se libra a miles de kilómetros de Europa, pero acaba apareciendo en la factura de la gasolina, en el coste de los alimentos y en las cifras de inflación. La geopolítica tiene esa desagradable costumbre: siempre encuentra la cartera.

Irán obtiene a cambio un alivio inmediato de determinadas sanciones, permisos para exportar petróleo y la perspectiva de recuperar activos congelados por valor de decenas de miles de millones de dólares. El memorando también contempla la creación de un fondo de reconstrucción de 300.000 millones de dólares, sujeto al progreso de las negociaciones.

Un pacto generoso y todavía incompleto

Los términos difundidos hasta ahora prevén que Irán reduzca o diluya parte de sus reservas de uranio altamente enriquecido bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica. Sin embargo, el futuro del programa nuclear, los límites al enriquecimiento y la duración de los controles continúan pendientes.

Estados Unidos ha ofrecido concesiones económicas relevantes antes de obtener una resolución definitiva del expediente nuclear. Esa secuencia ha provocado críticas entre legisladores republicanos del Congreso y aliados tradicionales de Israel, que temen que Teherán reciba oxígeno financiero sin renunciar de forma irreversible a sus capacidades estratégicas.

Donald Trump defiende que el pacto se negoció desde una posición de fuerza y sostiene que Irán ha quedado debilitado por la guerra. Su retórica habla de rendición y cambio de régimen; el documento, bastante menos teatral, habla de negociaciones, sanciones, petróleo y plazos. La política exterior estadounidense conserva cierta afición por presentar los compromisos como victorias absolutas. Los contratos, menos impresionables, suelen contar otra historia.

Irán también asume riesgos. La reapertura de Ormuz reduce su principal instrumento de presión sobre la economía mundial y el control internacional de su uranio limita su margen nuclear. Teherán recibe alivio financiero, sí, pero depende de que Washington cumpla sus promesas y de que Israel no vuelva a golpear objetivos iraníes o libaneses. La confianza entre las partes cabe, con holgura, en una caja de cerillas.

Sesenta días sobre un suelo todavía caliente

El alto el fuego en el Líbano salva provisionalmente el acuerdo entre Estados Unidos e Irán porque elimina la condición que había bloqueado las conversaciones de Suiza. Permite reactivar la negociación, mantener abierto Ormuz y contener una escalada capaz de devolver al mercado energético a los peores días de la guerra. Eso ya es mucho.

Pero la tregua no resuelve la presencia militar israelí en territorio libanés, el desarme de Hezbolá, el futuro nuclear de Irán ni las garantías de seguridad exigidas por Israel. Tampoco aclara quién verificará las infracciones o qué ocurrirá cuando ambas partes, casi inevitablemente, acusen a la otra de disparar primero. La paz duradera continúa lejos.

Los próximos 60 días no serán una marcha ordenada hacia la paz, sino una sucesión de pruebas de resistencia. Cada dron, cada misil y cada bombardeo podrá detener el reloj. El acuerdo ha conseguido que las armas callen durante unas horas y que los diplomáticos vuelvan a mirar sus agendas. En esta región, después de meses de guerra, no es una hazaña menor. Tampoco conviene confundirla con el final del conflicto.

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