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¿Por qué Irán condena a 74 latigazos a la cantante Parastoo Ahmadi?

Irán condena a Parastoo Ahmadi a 74 latigazos por cantar sin velo, un castigo que desnuda el pulso entre música, poder y libertad en el país.

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Parastoo Ahmadi

Un tribunal penal de la provincia iraní de Qom ha condenado a la cantante Parastoo Ahmadi a 74 latigazos, dos años sin poder salir del país y otros dos de inhabilitación artística. El castigo responde al concierto virtual que difundió por internet en diciembre de 2024: apareció sin el velo obligatorio, cantó como solista y estuvo acompañada por músicos varones.

La misma condena alcanza a otros ocho integrantes del equipo artístico y técnico. La justicia iraní los acusa de ofender la moral pública mediante la producción y difusión de contenido considerado «vulgar e inmoral» en plataformas digitales. El fallo es de primera instancia, por lo que puede ser recurrido; los latigazos, de momento, no constan como ejecutados.

No había espectadores en el recinto. Solo cámaras, instrumentos y una antigua posada de caravanas convertida en escenario. Pero internet hizo el resto: millones de personas contemplaron una actuación que, bajo la lógica de la República Islámica, reunía demasiadas libertades en apenas media hora. Una mujer cantaba, enseñaba el cabello y decidía cómo presentarse ante el mundo. Demasiado, al parecer.

El concierto sin público que vio medio mundo

Ahmadi retransmitió el llamado Concierto del Caravasar el 11 de diciembre de 2024 desde Deir Gachin, un conjunto histórico situado en la provincia de Qom, al suroeste de Teherán. Vestía un largo traje negro de tirantes, llevaba los hombros descubiertos y cantaba con el pelo suelto. A su alrededor, cuatro músicos. Frente a ella, ninguna butaca ocupada.

La ausencia de público presencial no evitó la intervención judicial. Para las autoridades iraníes, la publicación en YouTube convirtió la actuación en un acto público, accesible desde cualquier teléfono aunque la plataforma esté oficialmente bloqueada en el país. La moral estatal, como se ve, también sabe conectarse mediante una red privada virtual.

Veintisiete minutos de música y desobediencia

La grabación dura unos 27 minutos e incluye canciones tradicionales, composiciones en persa y mazandaraní y piezas asociadas a la memoria política iraní. Antes de comenzar, Ahmadi se presentó como una mujer que deseaba cantar para la gente y para la tierra que amaba. No planteó un mitin. Ni siquiera pronunció una arenga. Cantó.

Aquella normalidad cuidadosamente construida era precisamente el desafío. La iluminación cálida, la piedra antigua del caravasar y los músicos concentrados componían la imagen de un concierto corriente. Una cantante sobre un escenario, nada más. En Irán, sin embargo, una escena así adquiere carga política porque las mujeres no pueden actuar libremente como solistas ante audiencias mixtas y el velo continúa siendo obligatorio en los espacios físicos y digitales considerados públicos.

El vídeo se propagó con rapidez y acumuló millones de reproducciones. La actuación dejó de ser aquel concierto «imaginario» anunciado por la artista y pasó a convertirse en una realidad incómoda para el poder: la de una mujer cuya voz podía circular mucho más lejos que cualquier orden administrativa.

De la detención a la condena de Qom

Pocos días después de la emisión, Ahmadi fue detenida en la provincia septentrional de Mazandarán. También fueron arrestados el pianista Ehsan Beiraqdar y el guitarrista eléctrico Soheil Faqih-Nasiri. Los tres recuperaron la libertad bajo medidas judiciales tras varias horas de custodia.

El 23 de diciembre de 2024, la cantante y los músicos comparecieron ante una fiscalía especializada en asuntos de seguridad moral en Teherán. Ahmadi tuvo que afrontar una fianza de 3.000 millones de tomanes, mientras que la cantidad fijada para cada músico fue inferior, aunque también elevada. El procedimiento continuó hasta desembocar en la sentencia conocida en junio de 2026.

El tribunal de Qom ha impuesto a los nueve acusados 74 latigazos de castigo discrecional, dos años de prohibición de salida de Irán y dos años sin desarrollar actividades artísticas. Esta última medida no castiga únicamente una actuación concreta: impide trabajar, grabar, publicar y ejercer una profesión. Es decir, golpea el cuerpo, limita el movimiento y trata de apagar la voz.

Un fallo recurrible, no un castigo ya ejecutado

La sentencia no es firme. Al haber sido dictada en primera instancia, la defensa puede presentar un recurso dentro del sistema judicial iraní. Esa precisión importa: Ahmadi ha sido condenada, pero no existe confirmación de que la flagelación se haya practicado.

La posibilidad de recurso, con todo, no reduce la gravedad del fallo. Los castigos corporales forman parte del Código Penal iraní y han sido aplicados en otros procesos contra artistas y activistas. Organizaciones internacionales consideran la flagelación una forma de tortura o trato cruel, inhumano y degradante, incompatible con la dignidad personal y con las obligaciones internacionales en materia de derechos humanos.

La voz femenina bajo vigilancia

Las restricciones contra las cantantes iraníes no se resumen en una única norma sencilla. Funcionan mediante una maraña de permisos, censura cultural, disposiciones sobre moralidad pública y códigos religiosos. En la práctica, una mujer no puede ofrecer libremente un recital como solista ante hombres y mujeres. Las actuaciones autorizadas suelen quedar limitadas a coros, acompañamientos o auditorios exclusivamente femeninos.

La radio y la televisión estatales tampoco difunden con normalidad voces femeninas en solitario. Durante décadas, los sectores religiosos más conservadores han sostenido que el canto de una mujer puede provocar excitación en los hombres. Una teoría que convierte el oído masculino en una criatura indefensa y a la artista, por supuesto, en culpable de tener garganta.

El caso de Ahmadi añade otro elemento: el espacio digital. El concierto no congregó físicamente a nadie, pero la justicia lo trató como una representación pública porque fue grabado y compartido. La frontera entre la calle y la pantalla se borra cuando sirve para perseguir; se vuelve infranqueable, en cambio, cuando se habla de libertad de expresión.

La condena combina dos obsesiones del sistema: controlar el cuerpo de las mujeres y controlar quién puede ocupar el espacio cultural. El vestido sin mangas fue considerado una infracción. La voz sin tutela, otra. Juntas formaron el expediente penal.

De Mahsa Amini a Parastoo Ahmadi

Parastoo Ahmadi, nacida en 1997 en Nowshahr y graduada en dirección cinematográfica, ya era conocida antes del concierto. Alcanzó una mayor proyección durante las protestas de 2022 al interpretar una canción patriótica de Aref Qazvini vinculada a la muerte de los jóvenes iraníes y a la resistencia frente a la represión.

Aquellas movilizaciones estallaron tras la muerte bajo custodia de Jina Mahsa Amini, una joven kurda detenida por llevar supuestamente mal colocado el velo. El lema «Mujer, vida, libertad» recorrió entonces las calles de Irán y atravesó sus fronteras. Mujeres de distintas generaciones comenzaron a caminar con el cabello descubierto, quemaron pañuelos y difundieron vídeos de protesta.

La respuesta institucional combinó detenciones, procesos judiciales, multas, vigilancia electrónica, cierre de negocios y amenazas contra familiares. A pesar de ello, la presencia de mujeres sin velo se volvió habitual en algunas ciudades. La ley no desapareció; perdió parte de su capacidad para imponer obediencia automática. Y cuando una norma necesita cámaras, confiscaciones y latigazos para sostenerse, quizá el problema no esté en quienes la desobedecen.

Ahmadi llevó esa resistencia al terreno de la música. No fue la primera artista represaliada ni será probablemente la última, pero su concierto condensó el cambio social ocurrido desde 2022. No pidió permiso para existir como cantante. Se comportó como si el derecho ya le perteneciera.

Una canción frente al aparato del Estado

La condena pretende presentar el concierto como una amenaza contra la moral pública. Lo que muestran las imágenes es algo mucho menos aparatoso: una joven interpretando canciones en un patio de piedra, acompañada por músicos y sin público presencial. El contraste entre el hecho y el castigo resulta brutal. Veintisiete minutos de música frente a 74 latigazos, dos años de aislamiento profesional y una frontera cerrada.

El poder iraní puede prohibir actuaciones, retirar licencias y mantener una sentencia suspendida sobre el cuerpo de una artista. Lo que no puede hacer con la misma facilidad es devolver aquella actuación al silencio. El vídeo cruzó el país, sobrevivió a la censura y convirtió un viejo caravasar en una imagen de la desobediencia contemporánea.

Parastoo Ahmadi fue condenada porque cantó sin velo, pero el verdadero conflicto va bastante más lejos. Trata sobre quién decide cómo viste una mujer, cuándo puede trabajar y si su voz pertenece al Estado o a ella misma. En Irán, esa discusión sigue abierta. Solo que algunas respuestas todavía se escriben con un látigo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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