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¿Por qué Jessica Pegula puede ganar el US Open 2026 y gusta tanto?
Jessica Pegula busca el US Open 2026 como número 3 del mundo, con una temporada sólida y una historia personal marcada por éxito, familia y presión.

Foto: Hameltion — trabajo propio, CC BY-SA 4.0 — vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Pegula llega a cuartos como número 3 del mundo y candidata real al título
- Navarro es el primer obstáculo; Sabalenka puede esperar en semifinales
- Su fortuna familiar impresiona, pero su carrera se ha ganado en la pista
Jessica Pegula tiene una oportunidad real de ganar el US Open 2026. No es una de esas candidaturas fabricadas para rellenar una previa: es la número 3 del mundo, fue finalista en Nueva York en 2024, presenta un balance de 45 victorias y 12 derrotas esta temporada y ha llegado otra vez a los cuartos de final del torneo donde mejor se mueve. El obstáculo inmediato es Emma Navarro; si lo supera, Aryna Sabalenka, número uno y campeona de las dos últimas ediciones, espera en semifinales. Ahí empieza la montaña de verdad.
Hay más. Pegula llega al momento decisivo después de haber ganado en 2026 los torneos de Dubái y Charleston, disputar las finales de Berlín, Washington y Cincinnati y alcanzar las semifinales del Open de Australia y los cuartos de Wimbledon. En Nueva York únicamente ha cedido un set hasta este tramo del campeonato, aquel extraño 1-6 inicial ante Leylah Fernandez que terminó convirtiendo en una victoria por 1-6, 6-4 y 6-3. Después despachó a Sorana Cirstea por 6-3 y 6-4. No está sobreviviendo al cuadro. Está compitiendo para ganarlo.
Y mientras sucede todo eso, Google se ha llenado de búsquedas sobre su padre, su dinero, su madre, su patrimonio y hasta la cuestión inevitable de quién es realmente Jessica Pegula. El apellido conduce a una fortuna de miles de millones de dólares, a los Buffalo Bills de la NFL y a los Buffalo Sabres de la NHL. Pero reducirla a “la hija del multimillonario” empieza a resultar casi cómico después de tantos años en la élite. El dinero explica de dónde viene; no explica cómo devuelve un saque a 180 kilómetros por hora en un punto de break.
Pegula llega a Nueva York con argumentos para creer
A los 32 años, Pegula juega un tenis bastante menos teatral de lo que acostumbra a producir el circuito femenino. No posee la violencia inmediata de Sabalenka ni necesita vivir varios metros detrás de la línea de fondo. Su juego es más limpio, compacto, casi geométrico: resta muy bien, golpea pronto y roba tiempo, convirtiendo el intercambio en una especie de pasillo cada vez más estrecho para la rival.
Eso funciona especialmente bien en pista dura. Siete de sus 11 títulos individuales han llegado sobre esa superficie y el US Open es, además, su Grand Slam más productivo. Alcanzó la final de 2024 y acumula su mejor registro entre los cuatro grandes precisamente en Nueva York. La WTA la mantiene en el número 3 del ranking, la posición más alta que ha alcanzado en su carrera.
La temporada confirma algo que durante años parecía faltarle: Pegula ya no sólo elimina a las jugadoras a las que debe eliminar. También puede derribar a las grandes. En junio derrotó a Aryna Sabalenka en las semifinales de Berlín por 6-4, 6-7 y 6-0. Ganarle un set 6-0 a la número uno no entrega ningún trofeo en septiembre, evidentemente, pero sí desmonta la idea de que existe una barrera técnica imposible entre ambas.
Emma Navarro, una rival que hasta ahora se le da especialmente bien
Antes de pensar en Sabalenka hay una estadounidense al otro lado de la red. Emma Navarro ha vuelto a los cuartos del US Open después de atravesar un periodo complicado y llega con victorias convincentes, incluida la lograda ante Karolina Muchova. Pero el historial entre ambas ofrece a Pegula una ventaja llamativa: 4-0 en enfrentamientos directos, incluida una victoria este mismo año.
Eso no convierte el partido en un trámite. Navarro defiende bien, cambia alturas, obliga a jugar una bola más y conoce perfectamente el tenis estadounidense de su rival. Pero el emparejamiento favorece de entrada a Pegula porque su capacidad para tomar la pelota pronto puede impedir que Navarro construya puntos largos a su gusto. Pegula parte, por recorrido reciente y por antecedentes entre ambas, con una ventaja razonable.
Y después aparece Sabalenka, el examen que lo cambia todo
Aquí conviene apagar el confeti. Sabalenka sigue siendo la rival a batir. Ha ganado las dos últimas ediciones del US Open y ya está en semifinales después de sobrevivir a un durísimo partido ante Linda Noskova. La bielorrusa ha castigado muchas veces a Pegula en escenarios grandes: la derrotó en la final de Nueva York de 2024 y volvió a hacerlo en las semifinales de 2025.
Pero 2026 ha dejado una pequeña grieta. Pegula la venció en Berlín y lo hizo precisamente utilizando aquello que mejor sabe hacer: absorber velocidad sin retroceder demasiado, cambiar la dirección de la pelota y obligar a Sabalenka a golpear una vez más cuando esperaba haber terminado el punto. Esa es la receta. Fácil de escribir, bastante menos de ejecutar cuando enfrente hay una mujer pegándole a la pelota como si le debiera dinero.
Por eso Pegula puede ganar el US Open, aunque no deba confundirse posibilidad con favoritismo. Ha demostrado nivel, experiencia y tenis suficiente. Para levantar el trofeo probablemente tendrá que superar al menos a una de las grandes dominadoras de la temporada y quizá a otra en la final. El cuadro no regala nada.
Mucho más que la hija del dueño de los Buffalo Bills
La otra razón por la que Jessica Pegula vuelve a dispararse en las búsquedas tiene poco que ver con el revés paralelo. Su padre, Terry Pegula, construyó una enorme fortuna en el sector del petróleo y el gas. Fundó East Resources y vendió gran parte de la empresa a Royal Dutch Shell por 4.700 millones de dólares en 2010. Después entró con fuerza en el deporte profesional: compró los Buffalo Sabres de la NHL y en 2014 adquirió los Buffalo Bills de la NFL por 1.400 millones. Las estimaciones recientes sitúan su patrimonio alrededor de los 9.300 millones de dólares, aunque estas valoraciones varían según los activos considerados.
Eso ha provocado durante años una confusión bastante rentable para determinados titulares: Jessica Pegula es presentada a menudo como “la tenista multimillonaria”. No es una descripción precisa de su patrimonio personal. La fortuna pertenece fundamentalmente a su familia y no existe una valoración pública y auditada que permita afirmar que Jessica posea personalmente miles de millones.
Su dinero generado como deportista, eso sí, tampoco necesita maquillaje. La estadounidense acumula más de 26 millones de dólares en premios a lo largo de su carrera. Sólo en 2026 había superado los 4,2 millones antes de terminar este US Open. A ello se suman acuerdos comerciales con grandes marcas y unos ingresos que la sitúan entre las tenistas más rentables fuera de la pista.
Pegula también ha desarrollado proyectos propios, entre ellos la marca de cuidado de la piel Ready 24. Está casada con Taylor Gahagen desde 2021 y ambos participan en A Lending Paw, una iniciativa relacionada con perros de asistencia. Son detalles secundarios en una carrera deportiva, sí, pero ayudan a entender por qué su identidad pública hace tiempo que dejó de depender exclusivamente de la cuenta bancaria de su padre.
La enfermedad de Kim Pegula que cambió a toda la familia
Detrás del ruido sobre los millones existe una historia bastante más áspera. En junio de 2022, Kim Pegula, madre de Jessica y figura central en los negocios deportivos de la familia, sufrió una parada cardiaca mientras dormía. Terry Pegula se despertó y la encontró sin responder. Kelly, una de las hermanas de Jessica, había obtenido poco antes una certificación de reanimación cardiopulmonar y comenzó a practicarle RCP hasta que llegaron los servicios de emergencia. Jessica ha contado que aquella intervención salvó la vida de su madre.
El corazón volvió a latir, pero comenzó otra batalla. La falta de oxígeno había provocado una lesión cerebral y durante los primeros días la familia no sabía cuál sería el alcance de las secuelas. Kim tuvo que afrontar problemas relacionados con el habla, la memoria y otras funciones cotidianas. Jessica acabó haciendo pública la historia meses después, empujada también por la parada cardiaca sufrida sobre el terreno de juego por Damar Hamlin, jugador precisamente de los Buffalo Bills.
La coincidencia tenía algo casi insoportable. Una familia propietaria de un equipo de la NFL había vivido una emergencia semejante dentro de casa pocos meses antes de ver cómo uno de sus jugadores se desplomaba durante un partido televisado a todo Estados Unidos.
Pegula siguió jugando mientras su madre se recuperaba. No convirtió aquello en una epopeya permanente ni en una marca personal. Lo explicó más tarde, con bastante crudeza, y continuó. Parte de su popularidad nace precisamente ahí: hay poca grandilocuencia en Jessica Pegula.
Por qué Jessica Pegula gusta tanto
Decir que “gusta a todo el mundo” sería demasiado. En internet ni siquiera gusta a todo el mundo un cachorro durmiendo. Pero Pegula sí reúne una combinación poco habitual para alguien nacido dentro de una de las familias más ricas del deporte estadounidense.
Nunca ha fingido proceder de una vida humilde. Ha reconocido abiertamente su privilegio económico y las oportunidades que recibió, algo bastante más eficaz que inventarse una novela sobre sacrificios en una pista pública a las seis de la mañana. Al mismo tiempo, también ha recordado que el gran salto financiero de su padre llegó cuando ella ya era adolescente y que su trayectoria profesional estuvo muy lejos de ser inmediata.
Ahí aparece otro elemento que genera simpatía: fue una estrella tardía. Mientras otras campeonas levantaban grandes trofeos con 19 o 20 años, Pegula pasó temporadas peleando lesiones, rankings modestos y cuadros secundarios. En 2018 todavía terminó el año fuera del Top 100. En 2020 acabó alrededor del número 60. Sólo después se instaló definitivamente entre las mejores. Desde 2022 ha alcanzado repetidamente el número 3 del mundo.
Su personalidad pública tampoco parece diseñada por un comité de marketing. Habla de derrotas sin necesidad de fabricar tragedias, utiliza bastante humor seco y suele admitir cuando ha jugado mal. Ante Fernandez, por ejemplo, reconoció que había empezado el partido moviendo mal los pies y con problemas en el servicio. Había perdido el primer set 1-6. Luego ganó los dos siguientes. La sinceridad, cuando viene acompañada de resultados, suele funcionar bastante bien.
También está la contradicción, que siempre ayuda a construir un personaje interesante: una heredera multimillonaria que terminó convirtiéndose en una trabajadora del tenis. Puede viajar sin preocuparse por pagar hoteles, claro. Pero el privilegio no devuelve un resto, no gana un tie-break y no evita que Sabalenka te mande a casa delante de 20.000 personas. El tenis tiene esa insolencia democrática: cuando empieza el punto, el patrimonio neto no aparece en el marcador.
Nueva York, el lugar donde el apellido deja de pesar
Pegula persigue todavía el título que separaría una carrera excelente de una carrera histórica. Tiene 11 trofeos individuales, ha sido número 3 del mundo, número 1 en dobles, finalista de las WTA Finals y finalista de un Grand Slam. Falta el grande. Ese hueco se ve mucho porque casi todo lo demás ya está lleno.
El US Open ofrece además un escenario casi escrito para ella. Nació en Buffalo, juega en casa, Nueva York es su Grand Slam favorito y allí disputó su primera final grande. El campeón y la campeona individuales de 2026 recibirán 5,5 millones de dólares, el premio más elevado concedido hasta ahora a un ganador de un torneo de tenis. En su caso, curiosamente, el cheque sería la parte menos trascendente de la historia.
Lo importante sería otra cosa. Ganar significaría dejar definitivamente atrás ese viejo prefijo de “hija del dueño de los Bills” que la ha perseguido desde antes de entrar en el Top 10. El apellido Pegula seguiría significando petróleo, NFL, NHL y miles de millones, por supuesto. Pero también significaría una campeona del US Open. Y eso no se hereda.












