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Naturaleza

¿Por qué la sequía paraliza los ríos y amenaza la energía en Europa?

La sequía deja barcos casi vacíos, casas flotantes sobre barro y centrales bajo presión mientras Europa afronta una crisis hídrica profunda.

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sequía en los ríos de Europa

La sequía que atraviesa buena parte de Europa ha dejado de ser una sucesión de mapas coloreados y advertencias meteorológicas. Sus efectos están entrando en la economía real: barcos mercantes casi vacíos, casas flotantes apoyadas sobre barro, restricciones de riego y centrales eléctricas que pierden capacidad porque los ríos ya no ofrecen suficiente agua, o la ofrecen demasiado caliente.

El Rin, una de las grandes arterias industriales del continente, vuelve a descender tras el alivio fugaz de algunas lluvias. En el paso de Kaub, su principal cuello de botella, la profundidad navegable ha caído hasta los 63 centímetros. Los cargueros continúan circulando, pero muchos lo hacen con alrededor del 20% de su capacidad. El transporte de una tonelada entre Róterdam y Karlsruhe cuesta ya entre 115 y 120 euros, frente a los 45 euros de finales de junio.

No es un episodio aislado. Países Bajos ha declarado una situación efectiva de escasez de agua, el Danubio ha alcanzado en Rumanía su menor caudal desde 1996 y Francia ha tenido que reducir la producción de varios reactores nucleares. El agua, ese elemento que Europa daba por descontado como quien supone que los trenes alemanes siempre llegan puntuales, comienza a fallar justo donde sostiene la industria, la agricultura y la energía.

Una sequía europea que ya se mide en pérdidas económicas

Europa occidental y central encadenó durante la primera parte del verano varias olas de calor intensas. Junio fue el más cálido registrado en Europa occidental, mientras que el conjunto del continente vivió su segundo junio con temperaturas más elevadas. El calor extremo coincidió con precipitaciones escasas, altas presiones persistentes y una rápida pérdida de humedad en los suelos.

La sequía no depende únicamente de cuánto llueve. También importa la velocidad a la que desaparece el agua disponible. Cuando sube la temperatura, aumenta la evapotranspiración, es decir, la humedad que pierden el suelo, la vegetación y las masas de agua por evaporación. Puede haber llovido razonablemente durante el invierno y, aun así, llegar al verano con campos resecos y ríos exhaustos. El calor bebe deprisa.

Los indicadores europeos muestran condiciones críticas o de alerta en partes de Alemania, Francia, Austria, Hungría, Rumanía, Polonia, Reino Unido y Europa oriental. La situación cambia por regiones —Europa nunca se seca de manera uniforme—, pero el dibujo general es claro: menos humedad superficial, caudales inferiores a la media y una demanda de agua que crece justo cuando la oferta se encoge.

El Rin pierde fondo y multiplica el coste de cada tonelada

El Rin conecta los grandes puertos del mar del Norte con el corazón industrial de Alemania y con zonas productivas de Francia, Suiza y Países Bajos. Por sus aguas viajan carbón, combustibles, productos químicos, minerales, cereales y componentes industriales. Cuando el río baja, la mercancía no desaparece; debe repartirse entre más barcos o desviarse hacia carreteras y ferrocarriles, con un evidente impacto logístico.

La aritmética es brutalmente sencilla. Una embarcación que normalmente transportaría una carga completa puede navegar con apenas una quinta parte. Para mover el mismo volumen hacen falta varios buques, más tripulaciones, más combustible y más tiempo. El resultado es un sobrecoste del transporte que termina alcanzando a las fábricas y, tarde o temprano, a los precios.

La siderúrgica Thyssenkrupp ya redujo ligeramente la producción de sus altos hornos por las dificultades para recibir materias primas y suspendió temporalmente sus propios transportes fluviales. Alemania ha estrenado, además, un sistema nacional para vigilar los niveles de los ríos, las aguas subterráneas y la humedad del suelo. Una infraestructura digital muy sofisticada para confirmar algo que los barqueros observan mirando por la borda: falta agua.

Kaub, el punto donde unos centímetros deciden una industria

Kaub se encuentra en uno de los tramos más estrechos y delicados del Rin medio. El dato registrado allí no representa la profundidad total del río, sino la profundidad disponible para navegar. Esta diferencia importa: el paso no está completamente cerrado, como se ha llegado a afirmar, pero funciona con restricciones muy severas.

El nivel navegable descendió 14 centímetros en una sola jornada hasta situarse en 63 centímetros. Sigue por encima de los poco más de 40 centímetros registrados la semana anterior, aunque resulta insuficiente para recuperar cargas normales. Las lluvias previstas podrían producir una mejora temporal, pero unos cuantos chubascos no reparan un déficit hídrico acumulado durante meses.

El coste de transportar combustible en barcazas desde Róterdam hasta Karlsruhe ha pasado de unos 45 euros por tonelada a finales de junio a entre 115 y 120 euros. No hace falta una prohibición oficial para paralizar una cadena logística: basta con que cada viaje deje de ser rentable y el precio del flete se dispare.

La industria alemana conoce bien esta película. Las sequías de 2018 y 2022 provocaron problemas de suministro, recortes de producción y un fuerte encarecimiento del transporte. La diferencia es que estos episodios dejan de parecer excepcionales. El récord de Kaub continúa siendo el nivel de 25 centímetros alcanzado en octubre de 2018, pero acercarse de nuevo a esas cifras en pleno verano no es precisamente una postal tranquilizadora para la economía alemana.

Países Bajos bombea agua para contener la entrada del mar

En Nimega, varias casas flotantes del canal Het Meertje han terminado parcialmente apoyadas sobre el lecho seco. La imagen parece una contradicción construida por algún artista contemporáneo: viviendas diseñadas para flotar, varadas sobre una costra de barro agrietado.

Países Bajos ha pasado de considerar posible la escasez de agua a reconocer una situación efectiva. El suministro de agua potable no está amenazado porque las reservas fueron reforzadas antes del verano, pero las autoridades han limitado el riego y reducido la frecuencia de apertura de las esclusas. Cada apertura permite el paso de barcos, aunque también facilita la entrada de agua salada desde el mar.

El problema neerlandés no consiste únicamente en disponer de poca agua, sino en conservarla dulce. Con menos caudal descendiendo por los ríos, el mar avanza hacia el interior y eleva la salinidad de canales, terrenos agrícolas y captaciones. Las autoridades han activado bombeos en el complejo de presas y esclusas de Hagestein para redistribuir agua dulce y contener esa penetración salina.

Los barcos pueden sufrir retrasos porque las esclusas se abren con menor frecuencia. Los agricultores, mientras tanto, reciben menos agua para sus cultivos. Todo ocurre en un país que ha dedicado siglos a expulsar el agua de su territorio y que empieza a enfrentarse a la ironía contraria: necesita retener cada gota.

El Danubio cae y obliga a proteger la refrigeración nuclear

El Danubio ha descendido en Rumanía hasta su nivel más bajo desde 1996. En el punto de entrada al país circulaban unos 1.700 metros cúbicos de agua por segundo, frente a una media habitual de julio cercana a los 4.700. El río conserva caudal, pero ha perdido casi dos tercios de su volumen ordinario.

En la frontera con Bulgaria han aparecido grandes bancos de arena. Algunos ferris dejaron de operar y varias barcazas cargadas de cereal permanecieron detenidas. Rumanía figura entre los principales exportadores agrícolas de la Unión Europea, de modo que el atasco fluvial no es una curiosidad local. Afecta a la salida de grano hacia otros mercados y añade presión sobre unas cosechas castigadas por el calor.

Las autoridades restringieron el acceso de los agricultores al agua de riego en el sureste del país y comenzaron a regular los embalses para mantener los niveles necesarios en la refrigeración de los dos reactores de la empresa nuclear estatal. Aquí la sequía deja de ser una cuestión de césped amarillento: entra directamente en la seguridad energética.

Francia afronta un problema parecido, aunque provocado tanto por el bajo nivel de los ríos como por su elevada temperatura. Ocho reactores redujeron su producción durante el episodio más intenso de calor, con una pérdida aproximada de 6,3 gigavatios. Algunos tuvieron que detenerse por completo. Las centrales utilizan agua para refrigerar sus instalaciones y deben limitar la temperatura del agua que devuelven al cauce para evitar daños ecológicos.

La central de Chooz perdió otros 2,5 gigavatios de capacidad por el escaso nivel del Mosa, mientras que el calor del Mediterráneo llegó a amenazar el funcionamiento de la planta de gas de Martigues. Francia continuó exportando electricidad gracias al tamaño de su parque nuclear, pero la señal es incómoda: una red energética concebida para ofrecer estabilidad también depende de ríos abundantes y fríos.

España mantiene una calma desigual ante la sequía

La península ibérica presenta una situación menos homogénea. Los indicadores europeos muestran algunas áreas en recuperación, aunque persisten zonas bajo vigilancia. No existe una emergencia general comparable a la de Países Bajos o a los problemas del Danubio, pero tampoco conviene confundir una media aceptable con tranquilidad absoluta.

En la demarcación del Júcar, la mayor parte de las unidades territoriales permanece en condiciones normales. Hay, sin embargo, dos focos claros: la Marina Baja registra un índice de escasez de 0,27, correspondiente a un escenario de escasez severa, y el Serpis se encuentra en prealerta con un valor de 0,47. Los embalses de Amadorio y Guadalest continúan bajo vigilancia especial.

El riesgo español está ligado a la combinación de altas temperaturas, aumento del consumo urbano, regadío y una sucesión de incendios que exige grandes cantidades de agua en muy poco tiempo. Las reservas nacionales pueden ofrecer una fotografía razonable mientras determinadas comarcas sufren tensiones serias. El agua entiende poco de promedios nacionales; llega o no llega a un municipio concreto.

Europa descubre el precio de un río vacío

Los grandes ríos europeos no son decorado. Son carreteras industriales, reservas agrícolas, sistemas de refrigeración, fronteras naturales y fuentes de agua potable. Cuando pierden caudal, el impacto viaja desde una casa flotante apoyada en el barro hasta una acería alemana, una barcaza rumana o un reactor francés que debe reducir potencia. Todo forma parte de la misma crisis del agua.

La lluvia prevista en algunas regiones puede elevar temporalmente los niveles, facilitar el paso de barcos y aliviar la agricultura. No resolverá el problema de fondo. La sequía actual se ha construido durante meses, alimentada por el déficit de precipitaciones y por un calor capaz de extraer humedad del suelo a una velocidad extraordinaria.

Europa ha diseñado cadenas de suministro afinadas al milímetro, mercados eléctricos interconectados y redes logísticas que atraviesan fronteras sin apenas detenerse. Todo muy moderno. Pero debajo continúa existiendo una infraestructura más antigua, menos negociable y bastante testaruda: el agua de los ríos. Cuando deja de correr, el resto del continente empieza a chirriar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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