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¿Por qué Rusia y China desafían las sanciones de la ONU contra Irán?
Rusia y China niegan la validez de las sanciones contra Irán mientras Occidente defiende el snapback y aumenta la presión nuclear sobre Teherán.

Foto: Yuryi Abramochkin / RIA Novosti / Wikimedia Commons — archivo nº 828797, CC BY-SA 3.0.
Resumen
- Rusia y China niegan validez a las sanciones reactivadas contra Irán
- Occidente sostiene que el mecanismo de snapback se aplicó legalmente
- El programa nuclear iraní vuelve a tensionar al Consejo de Seguridad
Rusia y China han vuelto a plantar cara a Estados Unidos, Francia y Reino Unido en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por las sanciones contra Irán. Moscú y Pekín sostienen que las restricciones recuperadas contra Teherán carecen de una base jurídica válida porque, a su juicio, las potencias occidentales incumplieron antes el acuerdo nuclear de 2015 y no podían utilizar después su mecanismo de restitución automática de sanciones.
Occidente defiende justo lo contrario. Londres, París y Washington consideran que el llamado mecanismo de “snapback” fue activado correctamente en 2025 ante los incumplimientos iraníes y que, al no aprobar el Consejo de Seguridad una resolución que mantuviera suspendidas las antiguas medidas, estas volvieron automáticamente a estar vigentes. Dos interpretaciones incompatibles de una misma resolución. Y, en medio, un programa nuclear iraní que vuelve a ocupar el centro del tablero internacional.
Rusia y China llevan la batalla por Irán al terreno legal
El último encontronazo se produjo durante una sesión del Consejo de Seguridad dedicada al régimen de sanciones relacionado con el programa nuclear iraní. Antes incluso de entrar en el fondo del asunto hubo pelea por algo aparentemente rutinario: aprobar el orden del día.
Rusia rechazó la propia celebración del debate. Su embajador ante Naciones Unidas, Vasili Nebenzia, acusó a varios miembros occidentales de utilizar las reglas internas del Consejo para dar apariencia de legitimidad a lo que Moscú considera una reactivación ilegal de las sanciones.
China secundó esa interpretación y reprochó a los países occidentales que utilicen el Consejo de Seguridad para impulsar sus propias posiciones políticas. Pekín insiste en que aumentar la presión sobre Irán no acerca una solución negociada y puede complicar todavía más la cooperación nuclear.
La sesión, pese a todo, siguió adelante. El orden del día obtuvo 11 votos favorables y dos contrarios, los de Rusia y China, además de dos abstenciones. Aquí hay un detalle importante: era una cuestión de procedimiento, de modo que Moscú y Pekín no podían recurrir a su derecho de veto para impedirla.
Una pequeña sutileza reglamentaria, sí. Pero en Naciones Unidas las sutilezas jurídicas suelen esconder peleas bastante más grandes.
Qué es el “snapback” que enfrenta a las grandes potencias
Para entender el choque hay que regresar a 2015. Ese año Irán alcanzó con Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania y la Unión Europea el Plan de Acción Integral Conjunto, conocido internacionalmente como JCPOA.
El pacto limitaba durante años determinadas actividades nucleares iraníes a cambio del levantamiento progresivo de sanciones. El Consejo de Seguridad respaldó el acuerdo mediante la Resolución 2231.
El sistema incluía, sin embargo, una especie de botón de emergencia diplomático. Si uno de los participantes denunciaba un incumplimiento significativo por parte de Irán, podía ponerse en marcha un procedimiento que terminara restaurando las antiguas sanciones de Naciones Unidas. Esa cláusula es lo que se conoce como snapback.
Francia, Reino Unido y Alemania recurrieron al mecanismo en 2025 argumentando que Teherán llevaba años alejándose de sus obligaciones nucleares. Al terminar el periodo establecido sin que el Consejo aprobara mantener levantadas las sanciones, Naciones Unidas considera que se restauraron el 27 de septiembre de 2025 varias resoluciones anteriores.
Entre ellas figuran las resoluciones 1696, 1737, 1747, 1803, 1835 y 1929, aprobadas entre 2006 y 2010 durante la larga crisis por el enriquecimiento de uranio iraní.
Moscú y Pekín dicen que Occidente perdió el derecho a activarlo
El argumento ruso y chino empieza unos años antes. Estados Unidos abandonó unilateralmente el acuerdo nuclear en 2018, durante el primer mandato de Donald Trump, y recuperó sus propias sanciones contra Irán. Teherán comenzó posteriormente a incumplir de manera gradual diferentes límites establecidos en el pacto.
Rusia, China e Irán sostienen que las potencias europeas tampoco cumplieron plenamente sus compromisos económicos después de la retirada estadounidense y que, por esa razón, el E3 —Francia, Alemania y Reino Unido— no tenía legitimidad para invocar el snapback años después.
Moscú va más lejos. Considera que el procedimiento de 2025 nunca llegó a activarse válidamente y, por tanto, que tampoco puede darse por resucitado el antiguo Comité 1737 encargado de vigilar las sanciones.
La posición occidental es frontalmente distinta. Reino Unido recuerda que el Consejo tuvo la oportunidad de mantener suspendidas las medidas y no lo hizo. De acuerdo con esa interpretación, las resoluciones antiguas volvieron a entrar en vigor automáticamente. No hacía falta aprobar unas nuevas.
El debate puede parecer una de esas discusiones jurídicas diseñadas para perder al lector entre párrafos y números de resoluciones. No lo es. De su respuesta depende qué sanciones internacionales existen legalmente contra Irán, quién debe aplicarlas y hasta dónde pueden llegar.
El Comité 1737 vuelve a convertirse en motivo de disputa
La Resolución 1737, aprobada originalmente en 2006, creó un comité encargado de supervisar las restricciones impuestas a Irán por sus actividades nucleares y relacionadas con misiles. Ese organismo ocupa otra vez un lugar incómodo en la disputa diplomática.
El órgano quedó apartado cuando entró en funcionamiento el acuerdo de 2015. Pero la restitución de las antiguas resoluciones implica, según las potencias occidentales y la arquitectura aplicada por Naciones Unidas, que el comité vuelve a tener funciones y debe informar periódicamente al Consejo de Seguridad.
Reino Unido utilizó precisamente ese argumento para defender la sesión. Si la Resolución 1737 vuelve a estar vigente, sostiene Londres, también lo está la obligación del comité de rendir cuentas.
Para Rusia, en cambio, se está intentando hacer funcionar un organismo que jurídicamente dejó de existir. Dos realidades paralelas dentro de la misma sala.
El OIEA vuelve a colocar el programa nuclear iraní bajo presión
La disputa tampoco aparece en el vacío. La Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica volvió a situar el expediente iraní bajo una intensa presión internacional, alimentando un conflicto que mezcla inspecciones, enriquecimiento de uranio, sanciones y una confianza diplomática cada vez más escasa.
Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Alemania han denunciado problemas persistentes relacionados con las obligaciones de salvaguardias de Irán, incluida la falta de explicaciones satisfactorias sobre partículas de uranio encontradas en emplazamientos no declarados.
Rusia y China, una vez más, se han situado enfrente. Para ambos países, la presión política y las sanciones dificultan una salida negociada y deterioran los incentivos para que Teherán mantenga una cooperación estable con los inspectores.
El OIEA lleva tiempo expresando preocupación no solo por las cuestiones pendientes de inspección, sino también por la acumulación iraní de uranio altamente enriquecido. Antes de perder capacidad de verificación sobre parte de las instalaciones, el organismo calculaba que Irán disponía de 440,9 kilos de uranio enriquecido hasta el 60%.
Ese porcentaje está muy por encima del utilizado normalmente en centrales nucleares civiles y relativamente cerca, desde el punto de vista técnico, del nivel necesario para fabricar material apto para un arma nuclear. Eso no equivale a afirmar que Irán tenga una bomba ni que haya decidido construirla. Teherán mantiene que su programa tiene exclusivamente fines pacíficos.
Precisamente ahí está una de las grandes grietas del conflicto: el problema ya no consiste únicamente en cuánto uranio posee Irán, sino también en cuánto puede verificar realmente el OIEA sobre las actividades nucleares del país.
El expediente nuclear vuelve a quedar atrapado entre bloques
China insiste en que Irán, como Estado parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, tiene derecho a desarrollar tecnología nuclear con fines civiles. Al mismo tiempo, Pekín reconoce la necesidad de que esas actividades permanezcan sometidas a las salvaguardias internacionales.
Estados Unidos y los países europeos ponen el acento en el otro extremo de la ecuación: sin cooperación completa con los inspectores y con niveles de enriquecimiento tan elevados, consideran imposible reconstruir la confianza.
En teoría, las dos ideas podrían convivir. Derecho a la energía nuclear y obligación de permitir su verificación no son principios contradictorios. La dificultad es política: cada bloque interpreta el origen de la crisis de manera radicalmente diferente.
Para Occidente, el punto central son años de incumplimientos y escalada nuclear iraní. Para Rusia y China, el deterioro arranca con la retirada estadounidense del pacto de 2015 y con la incapacidad europea para compensar sus consecuencias económicas.
Una pelea sobre sanciones que también es una pelea por el poder
Lo ocurrido en el Consejo de Seguridad deja una imagen bastante nítida del nuevo equilibrio internacional. Rusia y China ya no se limitan a discutir la conveniencia de las sanciones contra Irán. Cuestionan directamente su legitimidad jurídica.
Eso convierte el problema en algo más difícil de resolver. Una sanción funciona mejor cuando quienes deben aplicarla comparten al menos la certeza de que existe. Cuando dos miembros permanentes del Consejo niegan incluso ese punto de partida, la eficacia práctica del régimen de sanciones empieza a depender de alianzas, sistemas financieros, rutas comerciales y decisiones nacionales.
Irán, mientras tanto, obtiene margen político de esa fractura, aunque no necesariamente alivio económico. Estados Unidos y varios aliados mantienen amplias restricciones propias al margen de Naciones Unidas, mientras China continúa siendo un socio económico esencial para Teherán y Rusia ha estrechado sus relaciones estratégicas con Irán.
El Consejo de Seguridad seguirá pudiendo reunirse. Otra cosa es que consiga hablar con una sola voz.
El acuerdo de 2015 sobrevive convertido en campo de batalla
El pacto nuclear que hace una década fue presentado como una de las grandes operaciones diplomáticas de su tiempo ha terminado convertido en el argumento que todas las partes utilizan contra las demás. Occidente invoca sus mecanismos para justificar las sanciones; Rusia y China recuerdan su ruptura para negar precisamente esos mecanismos; Irán denuncia que se le exige cumplir un acuerdo cuyos beneficios económicos, sostiene, desaparecieron hace años.
La votación celebrada en Nueva York no solucionó nada de eso. Sí dejó claro algo más incómodo: la disputa sobre el programa nuclear iraní ya no enfrenta únicamente a Irán con las potencias occidentales. También enfrenta a las grandes potencias entre ellas sobre qué reglas siguen vigentes, quién puede aplicarlas y qué significa cumplirlas.
Y cuando cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad no consiguen ponerse de acuerdo ni sobre la existencia jurídica de unas sanciones, el problema deja de ser una simple discusión sobre Irán. Se convierte en otra prueba de hasta qué punto el sistema internacional que debía administrar esas crisis empieza a hablar idiomas distintos.

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