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¿Por qué aumenta el acoso escolar y se cronifica entre los alumnos?
El acoso escolar crece y se prolonga: insultos, aislamiento, ciberacoso e inteligencia artificial dibujan un problema cada vez más persistente

Resumen
- El acoso escolar alcanza al 14,1% del alumnado consultado en España
- Más de uno de cada cuatro casos presenciales dura más de un año
- La IA aparece en el 23,5% de las situaciones de ciberacoso detectadas
El acoso escolar vuelve a crecer en España y deja un dato quizá todavía más inquietante que el propio aumento: demasiados casos se enquistan durante meses e incluso años. El 14,1% del alumnado consultado afirma que él mismo o algún compañero está sufriendo acoso escolar, ciberacoso o ambas formas de violencia, frente al 12,3% registrado el curso anterior. Son 1,8 puntos porcentuales más.
La otra cifra, la que explica la palabra cronificación, es difícil de despachar como una mala racha entre compañeros. El 27,6% de las situaciones de acoso presencial conocidas por los estudiantes se prolonga durante más de un año; en el ciberacoso ocurre en el 22,8%. No se trata, pues, solo de incidentes puntuales en el patio o de una pelea que acaba con el timbre. En una parte considerable de los casos hablamos de una violencia repetida que acompaña a la víctima durante buena parte del curso, o más.
Es la fotografía que ofrece el VIII Informe «La opinión de los/as estudiantes», elaborado por Fundación Mutua Madrileña y Fundación ANAR a partir de las respuestas de 9.127 alumnos de 5.º y 6.º de Primaria y 1.º y 2.º de ESO, junto con 412 profesores participantes en sus talleres de prevención. Conviene hacer una precisión importante: ese 14,1% refleja lo que los alumnos dicen conocer en su entorno, bien porque lo sufren ellos o porque identifican un caso entre sus compañeros. No significa que pueda trasladarse mecánicamente como porcentaje de víctimas sobre todo el alumnado español.
El acoso escolar crece y el problema ya no acaba en el aula
El repunte aparece tanto en el mundo físico como detrás de una pantalla. El acoso presencial alcanza el 7,9%, después de permanecer en el 6,5% durante los dos cursos anteriores, mientras que el ciberacoso pasa del 2,2% al 3%. Los porcentajes parecen pequeños vistos de uno en uno; la tendencia ascendente, bastante menos.
Y luego está el tiempo. Entre los casos presenciales conocidos por los alumnos, un 41,2% lleva meses y un 27,6% supera el año. Solo el 31,2% se sitúa en una duración de semanas. En el entorno digital, el 43,9% dura semanas, el 33,3% meses y el 22,8% supera el año, siete puntos porcentuales más que en el curso anterior. El acoso, cuando se instala, puede terminar formando parte de la rutina diaria de la víctima.
Esa persistencia también aparece cuando se pregunta al profesorado: el 36,2% considera que los episodios se mantienen en el tiempo, 3,5 puntos más que un año antes. El matiz importa. Una mala convivencia puede producir un conflicto; el bullying implica repetición, desequilibrio y sometimiento. Cuando pasan los meses y la agresión continúa, aquella vieja idea de que son «cosas de niños» empieza a sonar exactamente como lo que es: una cómoda forma adulta de mirar hacia otro lado.
Insultos, aislamiento y rumores: las formas más habituales
El acoso escolar rara vez comienza como una escena espectacular. Con mucha más frecuencia entra por una rendija: un mote que se repite, risas cuando alguien habla, comentarios sobre el cuerpo, dejar siempre al mismo fuera. Pequeñas gotas, aparentemente. Hasta que el suelo está empapado. Los insultos, motes y burlas siguen siendo la manifestación más habitual.
Estas conductas están presentes en el 86,4% de los casos de acoso presencial identificados por los estudiantes. El aislamiento aparece en el 43,5%. También aumentan otras formas de hostigamiento como la difusión de rumores y el robo o la rotura de objetos, comportamientos que pueden parecer secundarios desde fuera pero que, repetidos, construyen un entorno cotidiano de intimidación.
Los propios alumnos sitúan a los compañeros de clase como principales responsables, con un 66,7%, ocho puntos más que en el curso anterior. Entre los motivos que perciben detrás del hostigamiento sobresale de manera abrumadora el aspecto físico, señalado en el 78,9% de los casos; siguen el origen, la raza o la religión, con un 54,9%, y determinadas cosas que la víctima hace o dice, con un 50,3%. Entre los estudiantes de Secundaria aparecen también la orientación sexual, la discapacidad y otros problemas personales.
No hay aquí una característica de la víctima que «provoque» el acoso. Precisamente al contrario: cualquier diferencia puede convertirse en excusa cuando el grupo acepta que alguien sea colocado en el papel del débil. El mecanismo cambia de rostro, no demasiado de fondo.
El móvil convierte el recreo en un espacio de 24 horas
El ciberacoso añade una característica particularmente áspera: no necesita que víctima y agresor compartan espacio. Un comentario humillante puede aparecer mientras el menor cena en casa, un vídeo puede circular el domingo por la tarde y una mentira puede llegar en segundos a decenas de compañeros. El patio termina dentro del móvil.
La difusión de rumores o información falsa está presente en el 71% de los casos de ciberacoso señalados en el estudio. En el 59,5% se graban y publican agresiones físicas y en el 54,2% aparecen mensajes amenazantes o abusivos. WhatsApp figura como el principal canal, con un 78,4%, seguido de TikTok, con un 65,6%, e Instagram, con un 50,4%. Entre los estudiantes de Primaria cobran más peso los videojuegos y juegos en línea.
El cambio no es menor. Antes podía existir, al menos en teoría, una frontera física entre el colegio y casa. El teléfono la ha borrado. El aula cabe en un bolsillo y también, por desgracia, el hostigamiento digital.
La inteligencia artificial entra de lleno en el ciberacoso
La tecnología añade ahora otro ingrediente. La inteligencia artificial aparece en el 23,5% de las situaciones de ciberacoso conocidas por los alumnos, frente al 14,2% del curso anterior. El incremento es de 9,3 puntos porcentuales en apenas un año.
Su utilización no tiene demasiado misterio, aunque sus efectos sí pueden multiplicarse: crear imágenes o vídeos falsos, manipular fotografías, alterar una voz, fabricar escenas que nunca ocurrieron o hacer pasar a alguien por otra persona. La manipulación de fotografías aparece en el 79,5% de estos casos y la de audio o voz, en el 57,5%. Las chicas representan el 60,3% de las personas afectadas por situaciones de ciberacoso en las que se utiliza IA.
La herramienta cambia; la lógica es vieja. Ridiculizar, aislar, intimidar. Solo que ahora una imagen falsa puede fabricarse en minutos y circular por varios grupos antes de que un adulto siquiera sepa que existe. El daño digital, además, tiene memoria: capturas, reenvíos, copias. Borrar el mensaje original no siempre borra nada.
El grupo sigue siendo una pieza decisiva
El informe dibuja también una zona menos sombría. El 59,2% de los estudiantes afirma que los compañeros intervienen para frenar el acoso, siete puntos más que en el curso anterior. También mejora la percepción de la actuación docente: el 75,9% cree que los profesores se implican, once puntos porcentuales más.
Pero queda una grieta considerable. Un 30% de los alumnos no considera cómplice a quien ayuda a difundir contenidos humillantes y un 27,7% cree que un caso no debería comunicarse cuando hacerlo pueda traer consecuencias. Ahí está uno de los terrenos donde el acoso consigue respirar: la frontera borrosa entre mirar y participar.
Compartir el vídeo, reenviar la fotografía manipulada o celebrar el mote con un emoticono puede parecer una intervención menor. Para quien está en el centro de la burla, la diferencia es bastante teórica. La complicidad del grupo no siempre adopta la forma de una agresión directa; a veces basta con amplificarla.
Los profesores encuestados apuntan precisamente al grupo como uno de los motores del fenómeno. El 89,3% señala la presión de los compañeros como factor decisivo para que un alumno se incorpore a una conducta de acoso; el 87,9% menciona el uso indebido de nuevas tecnologías y redes sociales, el 87,4% la normalización de la violencia y el 87,1% la falta de respeto hacia las diferencias. Son percepciones docentes, no una demostración automática de causalidad, pero ayudan a explicar por qué el problema rara vez pertenece únicamente a dos personas.
Detectarlo antes sigue siendo el punto más difícil
España dispone de un marco específico para actuar. La Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia obliga a los centros educativos con menores, sean públicos, concertados o privados, a contar con un coordinador de bienestar y protección y establece protocolos frente al acoso escolar y el ciberacoso. Estos mecanismos deben activarse cuando existan indicios o cuando el propio menor, su familia u otro miembro de la comunidad educativa comunique los hechos.
También permanece operativo el teléfono estatal 900 018 018, gratuito y disponible las 24 horas todos los días del año para menores, familiares, profesionales de la educación o cualquier persona que conozca una situación de acoso o malos tratos en el entorno escolar. Existe igualmente atención mediante chat para facilitar la comunicación en determinadas circunstancias.
Sobre el papel, por tanto, hay protocolos, responsables y canales de ayuda. La dificultad está muchas veces unos metros antes: detectar lo que sucede cuando todavía se disfraza de broma, conseguir que la víctima confíe en que hablar no empeorará las cosas y lograr que el grupo comprenda que una humillación deja de tener público cuando el público decide levantarse.
Cuando un curso entero puede convertirse en demasiado tiempo
Los datos del curso 2025-2026 no describen una explosión repentina del bullying, pero tampoco permiten hablar de mejora. El porcentaje de estudiantes que conoce situaciones de acoso escolar o ciberacoso ha pasado del 12,3% al 14,1%, mientras la duración de una parte considerable de los casos muestra que el problema puede instalarse en la vida cotidiana del menor durante meses o más de un año.
Hay señales positivas: más alumnos dicen intervenir y más estudiantes perciben que los profesores actúan. Al mismo tiempo, crece el acoso presencial, aumenta el ciberacoso y la inteligencia artificial ofrece nuevas herramientas para una conducta muy antigua.
Quizá ahí esté la parte más incómoda de esta fotografía. Las tecnologías cambian a velocidad de vértigo, las aplicaciones pasan de moda y las pantallas son cada vez mejores. Pero detrás sigue funcionando el mismo mecanismo: un menor convertido sistemáticamente en objetivo y un grupo que decide qué hace con ello. Y cuando esa situación consigue sobrevivir más de un año, el problema hace mucho que dejó de ser una simple pelea entre escolares.












