Ciencia
¿Por qué el polo sur de la Luna desata una nueva carrera espacial?
El polo sur lunar concentra hielo, energía y ambición: así se prepara la nueva carrera espacial que enfrenta a potencias por dominar la Luna.

La nueva carrera hacia la Luna tiene un destino bastante concreto: el polo sur lunar. Estados Unidos, China, India, Japón y Europa concentran allí buena parte de sus planes porque bajo algunos de sus cráteres, donde el Sol no entra desde hace miles de millones de años, puede conservarse agua helada. No es únicamente una curiosidad científica. Esa agua podría servir para beber, obtener oxígeno y, con suficiente tecnología, producir componentes de combustible para futuras misiones espaciales.
Ahí está el cambio de época. Apollo quería demostrar que era posible llegar, plantar instrumentos, recoger rocas y volver a casa. La carrera que empieza a dibujarse en la década de 2020 pretende algo bastante más complicado: aprender a vivir y trabajar en la Luna. Y eso convierte al polo sur en una suerte de puerto natural del espacio profundo, aunque por ahora sea un puerto sin carreteras, sin electricidad y con temperaturas capaces de convertir cualquier avería menor en un problema mayúsculo.
Por qué el polo sur de la Luna es tan importante
La explicación comienza con una peculiaridad de la geometría lunar. Cerca del polo, el Sol permanece muy bajo sobre el horizonte y crea un paisaje extremo de luces rasantes y sombras larguísimas. Algunas zonas elevadas reciben iluminación durante periodos prolongados, algo valioso para generar energía solar. A pocos kilómetros, incluso a menor distancia, existen fondos de cráteres que permanecen permanentemente en sombra.
Son auténticos congeladores naturales. Determinadas regiones en sombra pueden caer hasta unos 203 grados bajo cero. Allí pueden sobrevivir agua y otros compuestos volátiles que desaparecerían rápidamente de una superficie lunar expuesta al Sol.
Ese contraste —luz relativamente accesible por un lado, frío extremo capaz de preservar recursos por otro— explica buena parte de la fiebre polar. Pero conviene quitarle un poco de literatura a la expresión «agua en la Luna». Nadie ha encontrado todavía un lago esperando detrás de una roca. Lo que se intenta determinar es cuánto hielo existe realmente, dónde está concentrado, a qué profundidad aparece y hasta qué punto puede extraerse con un gasto razonable de energía.
El agua cambia las cuentas de cualquier base lunar
Transportar cada kilogramo desde la Tierra resulta extraordinariamente caro y técnicamente exigente. Una instalación que pudiera aprovechar recursos locales necesitaría lanzar menos masa desde nuestro planeta. Ahí aparece la denominada utilización de recursos in situ: utilizar lo que ya existe en el lugar en vez de llevarlo todo en la maleta.
El hielo podría proporcionar agua potable y, separado mediante procesos químicos, hidrógeno y oxígeno. El oxígeno tiene un valor evidente para mantener a una tripulación, pero ambos elementos también están vinculados a sistemas de propulsión. Una Luna capaz de abastecer parcialmente a futuras expediciones dejaría de ser únicamente un destino para convertirse, al menos sobre el papel, en una plataforma logística.
Hay otra razón menos vistosa, pero científicamente formidable. Materiales atrapados durante periodos inmensos dentro de esos cráteres pueden conservar información sobre la llegada del agua y otros volátiles al sistema solar interior. La Tierra ha borrado una parte considerable de su pasado mediante la erosión, la atmósfera y la tectónica de placas. La Luna conserva cicatrices antiguas casi como páginas de un archivo que nadie ha abierto del todo.
Estados Unidos quiere convertir Artemis en una presencia permanente
NASA ha dejado atrás la idea de una sucesión de visitas aisladas. Su arquitectura actual sitúa el polo sur como escenario principal de Artemis y de su futura Moon Base, una infraestructura que pretende desarrollarse gradualmente mediante misiones robóticas, transporte de carga, vehículos de superficie, sistemas energéticos y, más adelante, instalaciones donde puedan permanecer astronautas durante periodos prolongados.
El calendario estadounidense ha cambiado de manera importante. Artemis II completó entre el 1 y el 10 de abril de 2026 el primer vuelo tripulado del programa alrededor de la Luna. Artemis III, prevista para 2027, ya no será el alunizaje que durante años figuró en los planes iniciales, sino una demostración tripulada en órbita terrestre para probar sistemas esenciales, incluido el acoplamiento con los módulos de aterrizaje comerciales.
El regreso humano a la superficie está fijado actualmente para Artemis IV, a comienzos de 2028. Dos astronautas descenderían cerca del polo sur y permanecerían aproximadamente una semana en la superficie. NASA contempla además Artemis V para finales de ese mismo año, dentro de un programa que pretende aumentar progresivamente la frecuencia de las expediciones.
De los astronautas a los robots que buscarán el hielo
Antes y alrededor de esos viajes habrá una pequeña procesión de máquinas. El rover VIPER está previsto para llegar al polo sur a finales de 2027 con instrumentos y un taladro de un metro destinados a localizar hielo y otros volátiles. El objetivo es elaborar uno de los primeros mapas prácticos de recursos extraterrestres: no solo comprobar que existe agua, sino averiguar dónde merece la pena buscarla.
Para 2028 está proyectada también MoonFall, una misión de cuatro pequeños vehículos propulsados que estudiarán el terreno y generarán mapas de alta resolución de posibles áreas de operaciones. A ellos se añaden módulos comerciales, vehículos lunares y nuevas redes de comunicaciones. La Luna que se prepara no se parece demasiado a la de 1969: detrás del astronauta habrá cada vez más robots, empresas privadas, satélites y logística.
La electricidad es otro hueso duro de roer. Los paneles solares ayudan mientras existe iluminación, pero una base que pretenda funcionar continuamente necesita sobrevivir a largos periodos de oscuridad y a zonas donde el Sol nunca aparece. Estados Unidos trabaja para desplegar hacia 2030 un sistema de fisión nuclear en la superficie lunar, capaz de suministrar energía independientemente de la luz y de la temperatura.
China también mira al sur y la competición ya es estratégica
Estados Unidos no corre solo. China prepara Chang’e 7 para explorar el polo sur y estudiar el entorno, el terreno, el hielo de agua y otros elementos volátiles. El diseño anunciado incluye diferentes vehículos para observar la región desde órbita y trabajar sobre la superficie. Chang’e 8, prevista posteriormente, debe ensayar tecnologías relacionadas con la utilización de recursos lunares. Ambas forman parte del camino hacia una futura estación internacional de investigación lunar impulsada por Pekín.
El programa chino llega, además, con credenciales bastante menos teóricas que hace una década. Chang’e 5 devolvió muestras lunares a la Tierra y Chang’e 6 logró en 2024 algo que ningún país había conseguido antes: traer material de la cara oculta. China mantiene asimismo el objetivo de llevar astronautas a la Luna antes de 2030, mientras desarrolla el cohete Long March 10, la nave Mengzhou y el módulo lunar Lanyue.
La comparación con la Guerra Fría sale sola, aunque engaña un poco. Aquella fue esencialmente una carrera bilateral y simbólica entre Washington y Moscú. La actual resulta mucho más enrevesada: agencias públicas, contratistas privados, alianzas internacionales, investigación científica, intereses industriales y cuestiones geopolíticas comparten escenario. Hasta la palabra «carrera» se queda corta a ratos. Esto se parece más a una partida por establecer infraestructura y capacidad operativa antes que los demás.
India y Japón quieren saber qué hay debajo del suelo lunar
India ocupa una posición singular. Chandrayaan-3 consiguió en agosto de 2023 un alunizaje suave en las altas latitudes australes, convirtiendo al país en el primero que aterrizaba en esa región general de la Luna. Desde entonces, los datos de sus misiones siguen aportando detalles sobre un territorio que todavía conocemos de forma bastante fragmentaria.
Investigaciones con el radar de Chandrayaan-2 han reforzado el estudio de posibles depósitos de hielo bajo la superficie de las regiones polares australes. Y la colaboración entre India y Japón prepara Chandrayaan-5/LUPEX, diseñada precisamente para analizar materiales volátiles, incluida el agua, cerca de una región permanentemente sombreada.
Europa tampoco quiere quedarse mirando desde la grada. La Agencia Espacial Europea desarrolla Argonaut, cuyo primer vuelo está orientado a demostrar capacidad europea de aterrizaje y operaciones en la zona polar austral alrededor de 2030, con sistemas robóticos destinados a explorar y probar tecnologías necesarias para futuras misiones.
La consecuencia es bastante clara: el polo sur lunar está pasando de ser una coordenada para especialistas a convertirse en uno de los lugares estratégicos más disputados fuera de la Tierra.
Llegar al hielo es mucho más difícil que encontrarlo desde órbita
En los mapas, un cráter permanentemente oscuro puede parecer una despensa perfecta. Sobre el terreno es otra historia. La escasa altura del Sol produce sombras profundas que complican la navegación; las pendientes son pronunciadas; abundan cráteres y rocas, y las diferencias térmicas entre áreas próximas pueden ser brutales.
Después está el polvo lunar. El regolito no ha sido pulido durante millones de años por agua o viento, como ocurre con la arena terrestre. Sus partículas son abrasivas y de bordes afilados, capaces de castigar articulaciones, juntas, visores, mecanismos y trajes espaciales. Los astronautas de Apollo ya comprobaron hasta qué punto aquel polvo gris se metía en todas partes. En una visita de unos días era una molestia; en una instalación permanente puede convertirse en un problema de mantenimiento serio.
Y queda la cuestión fundamental: descubrir hielo no equivale a disponer de una gasolinera lunar. Habría que extraer material congelado a temperaturas extremas, transportarlo, procesarlo, almacenarlo y convertir una parte en productos utilizables sin consumir en el proceso más energía de la que compensa ahorrar. La economía del hielo lunar todavía está por demostrar.
La nueva frontera lunar también plantea quién podrá usar sus recursos
Aquí la ingeniería termina tropezándose con el derecho y la política. El Tratado del Espacio Exterior impide que un Estado reclame soberanía sobre una parte de la Luna como si plantara una bandera sobre un territorio nacional. El desarrollo de actividades comerciales y la extracción de recursos abre, sin embargo, debates mucho más finos sobre cómo podrán operar distintos países y empresas en zonas especialmente valiosas.
Los Acuerdos Artemis promovidos por Estados Unidos cuentan ya con 70 países firmantes, después de la incorporación de Mauricio en julio de 2026, y plantean principios de cooperación, transparencia y utilización responsable del espacio dentro del marco del Tratado del Espacio Exterior. China desarrolla por su lado su propia red de socios alrededor de la futura estación internacional de investigación lunar.
El dilema aparecerá de forma muy concreta cuando varias misiones quieran trabajar cerca de los mismos lugares. Las áreas con iluminación favorable y acceso relativamente sencillo a depósitos de hielo no son infinitas. Una instalación, un módulo de aterrizaje o incluso el polvo levantado por los motores puede afectar a operaciones próximas. La diplomacia espacial tendrá que bajar algún día del elegante lenguaje de los tratados al suelo, literalmente.
Del primer paso humano a aprender a quedarse
Durante medio siglo, la imagen dominante de la exploración lunar fue una huella. La siguiente quizá sea bastante menos romántica: un rover cubierto de polvo, cables, antenas, depósitos, paneles solares y un sistema eléctrico funcionando mientras a pocos kilómetros un cráter permanece a más de 200 grados bajo cero. Menos póster, más ingeniería.
Eso explica por qué el polo sur concentra tanto interés. Allí podrían coincidir agua, energía, ciencia y acceso a recursos, cuatro ingredientes decisivos para prolongar una presencia humana lejos de la Tierra. Pero ninguno está garantizado en la cantidad ni en las condiciones necesarias para sostener una colonia.
La carrera espacial ha cambiado precisamente por eso. El gran mérito del próximo alunizaje no será repetir la fotografía de 1969 con una bandera distinta. Será averiguar si una tripulación puede llegar, trabajar, obtener parte de lo que necesita del entorno y regresar de forma repetible. Si ese modelo funciona, la Luna dejará de ser únicamente un lugar al que hemos ido. Se convertirá en el primer mundo en el que intentemos quedarnos.

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