Ciencia
¿Puede colapsar la AMOC? La nueva señal que pone en alerta a Europa
Una nueva señal sobre la AMOC reabre el temor a un colapso abrupto y a sus posibles efectos sobre el clima europeo y español durante décadas.

La AMOC puede sufrir un colapso abrupto si determinadas alteraciones del clima empujan el sistema más allá de su estabilidad. Es físicamente posible y ya se ha reproducido en modelos climáticos complejos. Lo que la ciencia no puede afirmar es que ese colapso sea inminente, ni mucho menos ponerle una fecha en el calendario. El trabajo de René M. van Westen, Michael Kliphuis y Henk A. Dijkstra logró simular uno de esos cambios y, sobre todo, identificar una señal física de alerta que podría ayudar a reconocer cuándo esta gran circulación atlántica se aproxima a un punto crítico.
El asunto ha ganado todavía más peso porque la investigación no se ha detenido ahí. Un nuevo estudio publicado el 13 de agosto de 2026 en Nature Climate Change, dirigido también por Van Westen junto con Reyk Börner y Dijkstra, introduce una pieza incómoda en el puzle: para la estabilidad de la AMOC podría importar no solo cuánto se calienta el planeta, sino a qué velocidad cambia el clima. En sus simulaciones, una transformación lenta permitió que el océano se adaptara; una rápida llevó al sistema al colapso con niveles de calentamiento mucho menores.
La señal que apareció antes del colapso de la AMOC
La investigación de Van Westen, Kliphuis y Dijkstra publicada en Science Advances en febrero de 2024 consiguió algo que hasta entonces no se había estudiado con ese grado de detalle: provocar y seguir un evento de tipping de la AMOC, es decir, el cruce de un punto crítico, en el Community Earth System Model, un modelo climático avanzado que combina océano, atmósfera, hielo y otros elementos del sistema terrestre.
Los investigadores fueron añadiendo progresivamente agua dulce al Atlántico Norte. No pretendían reproducir literalmente lo que ocurrirá durante las próximas décadas, sino empujar el modelo hasta descubrir cómo se comporta la circulación al perder estabilidad. Y ocurrió: después de un debilitamiento prolongado, la AMOC atravesó un umbral y cambió rápidamente hacia un estado mucho más débil.
Lo verdaderamente interesante estaba un poco antes del precipicio. El equipo encontró una señal relacionada con el transporte de agua dulce en el límite sur del Atlántico, alrededor de los 34 grados de latitud sur. Su evolución anticipaba el punto crítico mejor que algunos indicadores estadísticos tradicionales.
Al comparar ese mecanismo con reconstrucciones del estado climático realizadas mediante observaciones y modelos, los autores concluyeron que la AMOC contemporánea mostraba una evolución compatible con una aproximación hacia ese tipo de inestabilidad oceánica. Compatible, ojo. No equivale a afirmar que el colapso esté a la vuelta de la esquina.
Qué es realmente la AMOC y por qué importa tanto
La Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, AMOC por sus siglas en inglés, es una gigantesca maquinaria de transporte oceánico. Lleva aguas relativamente cálidas hacia el norte por las capas superiores del Atlántico y devuelve hacia el sur aguas más frías y densas por las profundidades. Temperatura y salinidad alteran la densidad del agua y, con ella, la circulación.
Este movimiento redistribuye una cantidad formidable de calor por el Atlántico. Por eso la AMOC influye en el clima europeo, las lluvias tropicales, los monzones, los ecosistemas marinos y hasta el nivel regional del mar. La corriente del Golfo forma parte de ese engranaje atlántico, pero AMOC y corriente del Golfo no son sinónimos.
Una caída de la AMOC tampoco significa que la corriente del Golfo se apague como quien pulsa el interruptor de una lámpara. Conviene aclararlo porque alrededor de este asunto flota desde hace años una imagen cinematográfica bastante resistente: Europa convertida de repente en un congelador gigantesco. No funciona así.
Las simulaciones hablan de transformaciones que pueden desarrollarse durante décadas o incluso más de un siglo, aunque el cruce del punto de no retorno pueda producirse bastante antes de que la circulación alcance finalmente su estado más débil.
El problema del agua dulce en el Atlántico Norte
Cuando aumenta el aporte de agua dulce y las capas superficiales se calientan, el agua puede volverse menos densa y hundirse con mayor dificultad en las regiones septentrionales. Esa formación de aguas profundas constituye una parte fundamental del motor de la AMOC.
Aquí aparecen algunos de los mecanismos de realimentación que preocupan a los oceanógrafos. Una circulación más débil puede transportar menos sal hacia determinadas regiones; aguas menos saladas se hunden peor, y eso puede contribuir a debilitar todavía más la circulación.
El sistema deja entonces de parecer una cinta transportadora obediente y empieza a comportarse como lo que realmente es: un sistema no lineal, capaz de responder poco durante mucho tiempo y cambiar mucho después. Ahí está buena parte del problema.
La ciencia de 2026 añade otra alarma: importa la velocidad
El estudio publicado en Nature Climate Change el 13 de agosto de 2026 complica todavía más la idea de que exista simplemente una temperatura mundial que, una vez alcanzada, haga caer la AMOC. El umbral utilizado habitualmente se situaba alrededor de 4 °C de calentamiento global, con un margen enorme de incertidumbre, aproximadamente entre 1,4 y 8 °C. Los nuevos experimentos indican que plantearlo únicamente así puede ser engañoso.
En una simulación donde el CO₂ aumentó muy lentamente, a razón de 0,5 partes por millón al año, la circulación permaneció estable incluso cuando el calentamiento global alcanzó unos 5,5 °C sobre los niveles preindustriales. El océano tuvo tiempo para reorganizar temperatura y salinidad y activar mecanismos estabilizadores.
Con aumentos más rápidos de CO₂, de 2,5 y 5 partes por millón anuales, la situación fue muy distinta: en ese modelo, la AMOC comenzó a colapsar alrededor de los 2 °C de calentamiento. El resultado no significa que 2 °C sea una nueva fecha de caducidad del Atlántico.
Significa algo más sutil: una perturbación suficientemente rápida puede impedir que el océano siga el ritmo de su nuevo equilibrio. El problema, por tanto, no sería únicamente cuánto cambia el clima, sino la velocidad con la que obligamos al sistema a adaptarse.
El océano necesita tiempo, y el clima no siempre se lo concede
Los mecanismos que debilitan la AMOC pueden actuar en años o décadas; algunos procesos que contribuyen a estabilizarla necesitan siglos. Ahí aparece el desfase. El sistema recibe el golpe antes de haber terminado de acomodarse al anterior.
Es una diferencia importante. Dos mundos que alcancen una temperatura global parecida podrían tener una AMOC muy distinta dependiendo de la trayectoria seguida para llegar hasta allí. El clima, por decirlo de forma doméstica, también tiene memoria.
Otra señal aparece en la propia corriente del Golfo
En febrero de 2026, Van Westen y Dijkstra publicaron otro estudio con un indicador especialmente visual. En una simulación oceánica de alta resolución, el debilitamiento de la AMOC hizo que la corriente del Golfo se desplazara hacia el norte cerca del cabo Hatteras, en la costa estadounidense.
Primero avanzó progresivamente; después dio un salto de unos 219 kilómetros en apenas dos años. Ese cambio brusco ocurrió unos 25 años antes del inicio del colapso de la AMOC dentro de la simulación.
Los investigadores comprobaron, además, que las observaciones por satélite entre 1993 y 2024 muestran una tendencia hacia el norte de la corriente del Golfo en esa zona, acompañada por cambios detectados también en temperaturas subsuperficiales desde 1965. Los propios autores hablan de evidencia indirecta de debilitamiento, no de una prueba de que el punto crítico haya sido cruzado.
La distinción importa mucho. Un indicador de alerta se parece más al testigo amarillo del salpicadero que a la humareda saliendo del motor. Dice que conviene mirar con atención; no certifica por sí solo cuándo aparecerá la avería.
En 2025, otro trabajo del mismo grupo desarrolló un indicador basado en los flujos de flotabilidad en la superficie del Atlántico Norte y lo probó bajo diferentes formas de forzamiento y en distintos modelos.
Al analizar 25 modelos climáticos, los autores estimaron que el comienzo de un proceso de colapso podría situarse alrededor de 2063 en un escenario intermedio de emisiones y alrededor de 2055 en uno elevado, aunque con márgenes de incertidumbre extraordinariamente grandes. No son fechas de predicción meteorológica, sino distribuciones obtenidas de modelos climáticos.
Qué supondría para Europa y para España
Un gran debilitamiento o colapso de la AMOC alteraría precisamente una de las funciones que más condicionan el clima europeo: el transporte de calor hacia el Atlántico Norte. Los efectos, sin embargo, no serían iguales desde Cádiz hasta Helsinki.
Los modelos apuntan a un enfriamiento especialmente intenso en el noroeste europeo y a cambios importantes en los extremos invernales. El calentamiento global no desaparecería; actuaría simultáneamente con una redistribución del calor oceánico.
Dicho de otra manera: un planeta más caliente puede contener regiones que, debido a una reorganización de las corrientes, experimenten un enfriamiento regional acusado. Parece una paradoja solo hasta que se recuerda que clima global y temperatura de una región concreta no son exactamente la misma cosa.
Para España, probablemente resultaría todavía más relevante la alteración de las precipitaciones. Una investigación publicada en 2025 que simuló diferentes estados de la AMOC encontró un clima europeo generalmente más seco cuando la circulación colapsaba.
Bajo escenarios de calentamiento, la caída de las precipitaciones se combinaba con una mayor evapotranspiración potencial y agravaba la intensidad de las estaciones secas y las sequías. En el sur de Europa eso no sería precisamente una anécdota meteorológica.
Agua disponible, agricultura, embalses, bosques, incendios y demanda de riego están conectados al mismo hilo. El estudio advierte, eso sí, de que sus escenarios de AMOC completamente colapsada representan condiciones de largo plazo y no plantean un estado de colapso total antes de 2100; el proceso podría prolongarse durante más de un siglo una vez iniciado.
Lo preocupante y lo que todavía no puede afirmarse
La ciencia no sostiene actualmente que la AMOC vaya a desaparecer en una fecha concreta. Las grandes evaluaciones climáticas han considerado que su debilitamiento durante este siglo no implica necesariamente un colapso abrupto antes de 2100, aunque investigaciones posteriores han cuestionado si algunos modelos pueden estar representando una circulación demasiado estable.
Esa discrepancia sigue abierta. Unos trabajos encuentran que el colapso completo durante el siglo XXI continúa siendo improbable; otros observan que determinadas simulaciones ya pueden atravesar durante este siglo un punto de no retorno, aunque la caída definitiva de la circulación llegue muchas décadas más tarde.
No es una contradicción tan extravagante como parece. A menudo los estudios están midiendo fenómenos diferentes y trabajando con definiciones distintas de qué significa exactamente que la AMOC haya colapsado.
También están mejorando las proyecciones. Un estudio publicado en abril de 2026, tras restringir los modelos mediante observaciones reales, proyectó un debilitamiento de aproximadamente el 50 % de la AMOC hacia finales de siglo en un escenario intermedio, bastante mayor que algunas estimaciones multimodelo anteriores.
Debilitamiento no significa colapso. Pero la distancia entre ambas palabras es precisamente el terreno que los investigadores intentan medir, y cada nueva simulación añade un poco más de luz a una zona del océano donde todavía abundan las sombras.
Un Atlántico que está dando pistas, no una fecha
La imagen científica que emerge en 2026 es menos cómoda que un simple sí o no. Sabemos que la AMOC puede colapsar en modelos climáticos complejos, conocemos mejor varios mecanismos capaces de empujarla hacia un punto crítico y empiezan a aparecer indicadores físicos observables que podrían anticipar una transición.
También existen indicios de debilitamiento y cambios en elementos relacionados con la circulación atlántica. Pero todavía falta lo que todos querrían tener: una especie de reloj del Atlántico capaz de señalar cuánto queda. No existe.
Las observaciones directas completas son demasiado recientes, los modelos conservan sesgos y el propio océano tarda décadas o siglos en responder a algunas perturbaciones. Eso obliga a desconfiar tanto de las fechas rotundas como de la tranquilidad absoluta.
Lo nuevo es otra cosa, quizá más importante. La discusión científica ha dejado de limitarse a cuánto calentamiento soportaría la AMOC. Los trabajos más recientes obligan a mirar la velocidad del cambio, el transporte de agua dulce, la flotabilidad del Atlántico Norte y los desplazamientos de la corriente del Golfo. Varias piezas distintas empiezan a señalar hacia la misma zona del tablero.
No anuncian que el Atlántico vaya a detenerse mañana. Tampoco permiten despachar el riesgo como una extravagancia de modelos. Entre el alarmismo y la tranquilidad de sobremesa queda un océano enorme, lento y más delicado de lo que durante décadas se creyó.

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