Síguenos

Ciencia

¿Los puntos de Hawking revelan otro universo anterior al Big Bang?

Los puntos de Hawking reavivan la idea de un universo anterior al Big Bang, aunque la evidencia científica sigue siendo discutida y limitada.

Publicado

el

puntos de Hawking

No existe, a fecha de agosto de 2026, una prueba aceptada de que hubiera otro universo antes del nuestro. Lo que sí existe es una propuesta científica seria, extraordinaria y discutida: determinados patrones observados en el fondo cósmico de microondas podrían encajar con la cosmología cíclica conforme de Roger Penrose, según la cual nuestro Big Bang no habría sido un comienzo absoluto, sino la frontera entre dos grandes etapas cósmicas.

Esos posibles rastros reciben el nombre de puntos de Hawking. Penrose y varios colaboradores sostienen que ciertas zonas anómalamente calientes del cielo podrían proceder, indirectamente, de la evaporación de agujeros negros supermasivos pertenecientes a un universo —o, más precisamente, un «eón»— anterior. La idea es fascinante. El pequeño problema, nada pequeño en ciencia, es que otros análisis no han encontrado una significación estadística suficiente para afirmar que esas señales sean algo más que fluctuaciones compatibles con el modelo cosmológico convencional.

Los puntos de Hawking que podrían venir de otro universo

La historia nace de la cosmología cíclica conforme, conocida por sus siglas inglesas CCC. En vez de imaginar el universo como una película que comienza definitivamente con el Big Bang y continúa desde ahí, esta hipótesis propone algo bastante más extraño: una sucesión de épocas cósmicas inmensas, denominadas eones.

Cada eón se expande durante un tiempo extraordinariamente largo. En el futuro remoto quedarían principalmente partículas sin masa y radiación, mientras los agujeros negros terminarían evaporándose mediante el proceso asociado a la radiación de Hawking. Bajo determinadas transformaciones matemáticas, el futuro infinitamente expandido de un eón podría conectarse con el Big Bang del siguiente. El final y el principio, vistos así, serían dos caras de una misma geometría.

Penrose y Krzysztof Meissner han desarrollado todavía más esta imagen. Su planteamiento mantiene que determinadas singularidades en esa frontera entre eones representarían la evaporación final de grandes agujeros negros del ciclo precedente y podrían dejar zonas calientes reconocibles en nuestro fondo cósmico.

El fondo cósmico funciona como una fotografía muy antigua

El lugar donde se buscan esas supuestas huellas no es cualquier rincón del firmamento. Es el fondo cósmico de microondas (CMB), la radiación fósil del universo temprano que cubre todo el cielo y conserva diminutas variaciones de temperatura relacionadas con la estructura del cosmos primitivo.

Los mapas construidos por misiones como WMAP y Planck permiten observar diferencias minúsculas. El modelo cosmológico estándar, denominado ΛCDM, explica con enorme éxito buena parte de las propiedades estadísticas de esa radiación, aunque se conocen algunas anomalías a grandes escalas que llevan años dando conversación a los cosmólogos. Los análisis de Planck encontraron, en conjunto, una muy buena compatibilidad con ΛCDM, no una evidencia convincente que obligue a sustituirlo por otra cosmología.

Ahí entra Penrose. No mirando galaxias lejanas, sino examinando pequeñas irregularidades impresas en esa especie de fotografía infantil del cosmos.

Qué encontraron Penrose y sus colaboradores

En el estudio que disparó buena parte de esta controversia, Daniel An, Krzysztof Meissner, Pawel Nurowski y Roger Penrose analizaron datos de Planck y WMAP y describieron puntos circulares anómalos de temperatura elevada. Según sus cálculos, algunas señales presentaban características difíciles de reproducir en las simulaciones utilizadas como comparación.

Los investigadores identificaron regiones de unos pocos grados de diámetro y argumentaron que su presencia podía interpretarse como los puntos de Hawking previstos por la cosmología cíclica. Incluso encontraron anomalías en posiciones coincidentes al utilizar datos procedentes de Planck y de WMAP, instrumentos con propiedades de ruido diferentes. Para los autores, aquello reforzaba la posibilidad de estar contemplando algo físico y no simplemente una rareza instrumental.

Llegaron a comunicar niveles aparentes de confianza próximos al 99,98 % para determinados tamaños de los anillos estudiados. Una cifra así suena casi a sentencia. En estadística científica, sin embargo, una cifra espectacular puede dejar de serlo cuando cambia la pregunta que se formula a los datos.

Y eso fue justamente lo que ocurrió.

Por qué otros científicos no consideran que sea una prueba

Dylan Jow y Douglas Scott reprodujeron el análisis utilizando mapas de Planck y comprobaron algo interesante: efectivamente aparecía una señal llamativa cuando se escogían determinados tamaños concretos. El problema estaba en que se habían examinado múltiples escalas hasta localizar aquellas en las que la anomalía parecía especialmente fuerte.

Es el conocido efecto look-elsewhere, algo así como lanzar suficientes veces los dados y maravillarse después porque ha aparecido un seis. Si se buscan muchas configuraciones diferentes, aumenta la probabilidad de encontrar alguna aparentemente excepcional aunque el fenómeno subyacente sea aleatorio.

Cuando Jow y Scott corrigieron ese efecto y permitieron que las simulaciones buscaran también su escala más favorable, la supuesta detección descendió a un 87 % de confianza, poco más de una desviación estándar. En física eso está lejísimos de una detección sólida. Aproximadamente el 13 % de las simulaciones convencionales producían algún resultado todavía más extremo.

El golpe estadístico es importante. Una señal que parecía extraordinaria pasa a ser compatible con fluctuaciones normales del cielo.

Una búsqueda independiente tampoco encontró una señal significativa

Otro equipo volvió después sobre la cuestión empleando datos de Planck y WMAP y métodos de búsqueda de alta resolución, incluida una herramienta basada en aprendizaje automático denominada HawkingNet. Tampoco halló evidencia estadísticamente significativa de puntos de Hawking una vez consideradas determinadas anomalías de brillo y los efectos que podían producirlas artificialmente.

Eso no demuestra que la cosmología cíclica conforme sea falsa. La diferencia importa. Significa algo bastante más sobrio: los datos disponibles no permiten afirmar que esos rastros hayan sido detectados.

En ciencia hay una distancia enorme entre «la teoría predice que debería existir esta señal», «hemos encontrado algo que se parece a ella» y «hemos demostrado que procede de aquello». Internet suele recorrer esa distancia a velocidad de crucero. Los datos científicos, bastante menos.

Los modos B no son los anillos de los puntos de Hawking

Hay además una confusión relevante en algunas versiones que circulan sobre esta noticia. Los supuestos puntos de Hawking no son simplemente anillos de luz conocidos como modos B. Se están mezclando fenómenos diferentes.

Los modos B son un patrón concreto de polarización del fondo cósmico de microondas. Su estudio resulta especialmente interesante porque determinadas componentes pueden estar relacionadas con ondas gravitacionales primordiales, mientras que otras son producidas por el efecto de lente gravitacional durante el viaje de la radiación hasta nosotros.

Los puntos de Hawking estudiados por Penrose y sus colaboradores se han buscado fundamentalmente mediante estructuras de temperatura, manchas y gradientes radiales en el CMB. El reanálisis de Jow y Scott examinó también la polarización alrededor de los candidatos y no encontró una estructura correspondiente estadísticamente convincente.

La distinción parece técnica, pero cambia bastante la noticia: no se ha descubierto un misterioso «anillo luminoso» que conduzca visualmente hasta otro universo. Lo que existen son irregularidades extremadamente sutiles en mapas estadísticos del cielo cuya interpretación sigue en disputa.

Qué significaría realmente confirmar un universo anterior

Si alguna observación futura demostrara de forma inequívoca que determinadas características del CMB proceden de un eón previo, las consecuencias serían gigantescas. El Big Bang dejaría de representar necesariamente el límite último de la historia física, al menos dentro de ese modelo, y nuestro universo observable pasaría a ser una fase de una secuencia mucho mayor.

También cambiaría la interpretación de la evolución cósmica remota. En la versión reciente de la CCC, Penrose y Meissner proponen incluso que las propiedades de estos hipotéticos puntos podrían contener información relacionada con los grandes cúmulos galácticos y los agujeros negros del eón precedente. Sería algo parecido —con todas las cautelas del símil— a encontrar ceniza de una hoguera anterior debajo del fuego que estamos contemplando.

Pero para llegar ahí hace falta una señal reproducible, una predicción suficientemente precisa y una ventaja estadística que sobreviva a análisis independientes. No basta con encontrar peculiaridades: el fondo cósmico contiene millones de fluctuaciones, y algunas parecerán sorprendentes simplemente porque hemos observado un cielo enorme con extraordinaria precisión.

Planck confirmó ciertas anomalías cosmológicas conocidas, sobre todo a grandes escalas, pero sus análisis globales mantienen una compatibilidad excelente con las predicciones fundamentales del modelo ΛCDM y no establecen la existencia de una época cósmica anterior.

Un universo anterior sigue siendo una posibilidad, no un descubrimiento

La cosmología cíclica de Penrose tiene una cualidad que explica buena parte de su magnetismo: propone una respuesta física y matemática a una cuestión casi filosófica, aquello que pudo existir antes de nuestro comienzo. Y, a diferencia de una simple especulación, intenta formular señales observables que puedan enfrentarse a los datos.

Eso la hace científicamente interesante. No la convierte automáticamente en cierta.

Los llamados puntos de Hawking existen de momento como candidatos discutidos, no como fósiles cósmicos certificados. Penrose y sus colaboradores consideran que determinadas anomalías respaldan su modelo y han continuado desarrollando la explicación física; otros investigadores han mostrado que su significación disminuye drásticamente cuando se aplican correcciones estadísticas más amplias, mientras búsquedas independientes tampoco han obtenido una detección robusta.

Así que la frase espectacular —científicos encuentran pruebas de un universo anterior— necesita una palabra incómoda pero imprescindible: no. Hay una hipótesis fascinante, patrones reales en los datos y una discusión científica que continúa abierta. Pruebas concluyentes de otro universo anterior al nuestro, por el momento, no.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído