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¿Cuántos tipos de haters hay en redes sociales y cómo reconocerlos?

Provocadores, resentidos, justicieros o seguidores: así funcionan los principales tipos de haters y las razones que alimentan su hostilidad.

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tipos de haters

No existe una clasificación científica que establezca un número cerrado de haters, como si la hostilidad digital pudiera guardarse ordenadamente en siete cajones. La investigación habla de troleo, agresión digital, cyberhate, provocación, acoso, engaño o vigilantismo, conceptos relacionados pero no idénticos. Aun así, cruzando las principales tipologías académicas con las conductas que se observan en las redes puede trazarse un mapa bastante reconocible: siete perfiles de hater aparecen una y otra vez, aunque una misma persona puede encarnar varios según el momento, el asunto y la audiencia.

Son el provocador, que busca la reacción por puro entretenimiento; el resentido, movido por comparación, frustración o pérdida de estatus; el tribal, que convierte cualquier discusión en un nosotros contra ellos; el justiciero, convencido de que su agresividad está moralmente legitimada; el vengativo, que persigue ajustar cuentas; el manipulador, que utiliza el conflicto, el engaño o la desinformación con un propósito; y el hater de arrastre, que se incorpora a una avalancha porque el grupo ya ha señalado a la víctima. No son diagnósticos psicológicos. Son patrones de comportamiento, y esa diferencia importa.

El cliché presenta al hater como un individuo permanentemente furioso, solo en una habitación oscura y esperando a que alguien publique una fotografía para poder insultarle. La realidad es bastante menos cinematográfica. Algunas personas buscan deliberadamente hacer daño; otras se vuelven agresivas solo en determinados entornos y otras encuentran dentro de un grupo una conducta que probablemente no asumirían frente a frente. El contexto social pesa más de lo que suele admitirse.

La plaza pública digital tiene una peculiaridad: millones de personas pueden hablar al mismo tiempo, casi siempre sin mirarse a los ojos. Y cuando desaparece la mirada del otro, también se vuelve un poco más sencillo olvidar que al otro lado de la pantalla hay una persona real.

No hay un censo oficial de haters, pero sí patrones reconocibles

La palabra hater pertenece más al lenguaje cotidiano de internet que al vocabulario científico. Sirve para describir al usuario que expresa desprecio, hostilidad o rechazo de forma recurrente, pero mete en el mismo saco fenómenos bastante diferentes. Un comentario desagradable no convierte automáticamente a alguien en troll; un troll puede provocar sin sentir odio por su víctima; y el discurso de odio posee un significado mucho más específico.

La investigación sobre trolling, por ejemplo, ha empleado varias clasificaciones. Una de ellas distingue tres grandes conductas: antagonismo, destinado a provocar hostilidad; engaño, cuando se manipula deliberadamente a los demás; y vigilantismo, cuando la agresión se justifica como castigo o venganza. Otros modelos separan el troleo proactivo —el usuario empieza el ataque porque obtiene algo de él— del reactivo, que aparece como respuesta a una provocación real o percibida.

No hay, por tanto, un consenso académico que permita afirmar que existen exactamente cinco, siete o doce clases de haters. Pretenderlo sería dar apariencia matemática a una conducta social bastante líquida. Lo que sí puede hacerse es identificar perfiles recurrentes según qué busca el agresor, qué obtiene de la reacción ajena y cómo interpreta a su víctima.

La personalidad cuenta, pero no explica todo. Algunos estudios sobre el troleo han encontrado una asociación especialmente fuerte entre esta conducta y el denominado sadismo cotidiano, además de relaciones con rasgos como la psicopatía o el maquiavelismo. La lectura sensacionalista sería concluir que internet está lleno de psicópatas. No. Determinados rasgos pueden aumentar la probabilidad de disfrutar provocando, pero un comentario en una red social no permite diagnosticar a nadie.

Los siete perfiles que más se repiten en las redes sociales

El primero es el hater provocador. Es el heredero más reconocible del viejo troll de los foros. No necesita creer demasiado en lo que escribe. Necesita que alguien responda. Puede defender una barbaridad, atacar al personaje más querido de una comunidad o introducir una frase deliberadamente ofensiva en una conversación tranquila. Su recompensa no es tener razón sino comprobar que veinte desconocidos han abandonado lo que estaban haciendo para discutir con él. La atención es el combustible.

Muy cerca aparece el hater sádico o destructivo, que puede integrarse dentro de ese perfil provocador pero lleva el comportamiento un grado más allá. Aquí existe placer en la humillación, la incomodidad o la angustia ajenas. La investigación psicológica ha encontrado precisamente en el sadismo una de las asociaciones más sólidas con el troleo persistente. No significa, otra vez, que todo insulto esconda un trastorno. Significa que para una minoría el daño forma parte de la recompensa, no es simplemente un efecto secundario.

El segundo gran personaje es el hater resentido. Su materia prima es la comparación. El éxito ajeno, la apariencia física, el dinero, la popularidad, una promoción profesional, una relación sentimental aparentemente feliz… cualquier escaparate puede convertirse en recordatorio de aquello que considera que le falta. Entonces llega el comentario que intenta empequeñecer lo visto: el cantante no sabe cantar, el empresario tuvo suerte, la actriz está operada, el deportista está sobrevalorado. No siempre hay una estrategia consciente. Muchas veces hay una pequeña operación psicológica de equilibrio: rebajar al otro acorta simbólicamente la distancia.

El tercero es el hater tribal. En política resulta facilísimo reconocerlo, aunque también prospera alrededor del fútbol, los videojuegos, las marcas tecnológicas, la música, las dietas y casi cualquier territorio donde pueda plantarse una bandera. Ya no discute únicamente una idea. Defiende a los suyos contra los otros. Una crítica al partido, al equipo o al artista se interpreta como ataque personal porque la pertenencia al grupo se ha mezclado con la identidad.

Aquí internet encuentra terreno fértil. Las redes hacen visibles las afiliaciones y permiten reunir a miles de personas alrededor de una etiqueta compartida. La discrepancia deja entonces de ser simplemente discrepancia y puede convertirse en señal de pertenencia: atacar al rival refuerza la posición dentro del propio grupo. La bronca acaba funcionando casi como una contraseña.

El cuarto es el hater justiciero, probablemente uno de los más interesantes sociológicamente porque rara vez se percibe a sí mismo como hater. Cree estar impartiendo justicia. Considera que alguien ha hecho, dicho o representado algo suficientemente reprochable y que merece un castigo público. El problema aparece cuando la crítica a una conducta se transforma en permiso para humillar a la persona, perseguirla por distintas plataformas, atacar a familiares o celebrar cualquier desgracia posterior. El castigo empieza a crecer y pierde toda proporción.

La frontera es especialmente resbaladiza. Las redes han permitido denunciar abusos que antes permanecían ocultos y exigir responsabilidades a instituciones poderosas. Pero el mismo mecanismo puede producir linchamientos digitales, errores de identificación y castigos colectivos. El justiciero no suele decirse a sí mismo que está acosando; se dice que está ayudando. Ahí está precisamente la paradoja.

El quinto perfil es el hater vengativo. Tiene una historia anterior. Puede tratarse de una ruptura sentimental, una discusión profesional, una expulsión de una comunidad digital, una enemistad política o simplemente la sensación de haber sido humillado. Su actividad posee memoria: vuelve, busca publicaciones antiguas, reaparece bajo temas diferentes y en ocasiones moviliza a terceros. La venganza aparece de forma recurrente entre las motivaciones estudiadas detrás del troleo.

El sexto es el hater manipulador. Este ya no necesita siquiera estar enfadado. Utiliza la agresividad como instrumento. Puede sembrar rumores, hacerse pasar por otra persona, exagerar una polémica o provocar enfrentamientos entre comunidades. Hay troleo basado en el engaño y existen también operaciones coordinadas cuyo objetivo no es divertirse sino alterar una conversación pública, desacreditar a alguien o dirigir la atención hacia un asunto concreto.

Conviene no mezclarlo automáticamente con cualquier usuario que opine de manera organizada. Una campaña política es una campaña política; una comunidad de fans puede movilizarse legítimamente; varias personas compartiendo una crítica no constituyen una conspiración. La manipulación aparece cuando existe voluntad de engañar sobre quién habla, qué ha ocurrido o por qué una determinada conversación parece espontáneamente popular.

Y queda el séptimo, quizá el más común y menos pintoresco: el hater de arrastre. No inicia el incendio. Llega cuando las llamas ya se ven desde lejos. Observa cientos de mensajes burlándose de una persona y añade el suyo. La hostilidad ha adquirido aprobación social dentro de ese pequeño contexto y la responsabilidad individual se diluye: uno más entre miles.

Es el equivalente digital de sumarse a una multitud que abuchea. Individualmente, muchos participantes quizá jamás dedicarían veinte minutos a perseguir a la víctima. Colectivamente pueden producir una avalancha de miles de mensajes. Cada persona aporta apenas una gota; el problema es que quien la recibe está debajo de la catarata entera.

Por qué personas normales también pueden acabar comportándose como haters

Reducir todo el fenómeno a malas personalidades deja fuera media historia. La investigación ha mostrado que el contexto de la conversación y el estado de ánimo pueden aumentar la probabilidad de participar en comportamientos de trolling. Dicho de otro modo: no todos los trolls salen de casa siendo trolls.

Distintos experimentos sobre conversaciones digitales han observado que una discusión previamente agresiva puede hacer más probable que nuevos participantes adopten el mismo comportamiento. La toxicidad funciona como una norma ambiental. Entramos en un bar donde todos hablan bajo y bajamos la voz; entramos en un hilo donde cada respuesta es una pedrada y la pedrada empieza a parecer el idioma local.

Algo parecido explica el llamado efecto de desinhibición online. La distancia física, la ausencia de contacto visual, la comunicación asincrónica y, en algunos casos, el anonimato reducen ciertos frenos sociales. Hay frases que resultan extraordinariamente sencillas de teclear y bastante más difíciles de pronunciar mientras la otra persona está sentada medio metro enfrente.

El anonimato no crea al hater, pero puede quitarle los frenos

Conviene no caer en otra simplificación: anonimato no equivale a toxicidad. El anonimato protege a denunciantes, disidentes políticos, víctimas de violencia, trabajadores que revelan irregularidades o personas que necesitan hablar de asuntos privados. Es una herramienta con enormes usos legítimos.

Pero para quien ya desea provocar o dañar, reduce el coste percibido. La investigación experimental ha encontrado que ciertas motivaciones tóxicas asociadas al anonimato pueden relacionarse con conductas de troleo. En lenguaje menos académico: algunas personas no se vuelven crueles porque puedan ocultarse; buscan lugares donde puedan ocultarse porque quieren comportarse de una manera que tendría consecuencias fuera de ellos.

No es exactamente lo mismo. Y esa diferencia ayuda a entender por qué el anonimato actúa como amplificador, pero resulta demasiado simple señalarlo como causa universal del odio en internet.

Estatus, pertenencia y el pequeño premio de ser visto

También existe una recompensa social. Un comentario agresivo puede conseguir respuestas, capturas de pantalla, seguidores, aprobación del grupo e incluso cierta reputación dentro de una comunidad. La provocación que en una sobremesa terminaría con tres miradas incómodas puede recibir miles de interacciones en una plataforma.

La investigación internacional sobre hostilidad en internet ha encontrado vínculos entre la agresividad digital, comportamientos hostiles fuera de la red y motivaciones relacionadas con el estatus. El odio online, según esa fotografía, no vive aislado detrás de una pantalla. También bebe de las rivalidades, desigualdades, conflictos identitarios y tensiones de la sociedad que lo rodea.

Eso desmonta otra leyenda cómoda. Las redes pueden amplificar ciertas conductas, pero no inventaron de la nada la rivalidad, el resentimiento, el fanatismo ni el deseo de reconocimiento. Roma ya tenía facciones, los cafés del XIX tenían conspiradores y cualquier estadio conoce perfectamente el comportamiento tribal. Hemos añadido smartphones, métricas públicas y una audiencia potencial de millones.

Pequeño cambio tecnológico. Enormes consecuencias de escala.

Hater, troll y discurso de odio no significan lo mismo

Llamar hater a cualquiera que critica algo convierte la palabra en inútil. La crítica puede ser desagradable, sarcástica, insistente e incluso injusta sin constituir acoso. Tampoco todo troll es necesariamente un hater: el troleo se caracteriza fundamentalmente por la provocación deliberada y la búsqueda de reacción, y puede incluir desde bromas relativamente inocuas hasta comportamientos agresivos y dañinos.

El ciberacoso incorpora otro elemento: la agresión dirigida hacia una víctima, habitualmente con persistencia o reiteración, aunque las definiciones concretas varían según el contexto. No es lo mismo escribir que un futbolista ha jugado fatal que abrir varias cuentas para enviarle insultos cada día. Una cosa es una opinión hostil; otra, la persecución sostenida.

Y el discurso de odio tampoco significa simplemente hablar con odio. El término suele emplearse para las comunicaciones que atacan o utilizan lenguaje discriminatorio contra personas o grupos en función de características identitarias como raza, religión, nacionalidad, origen étnico o género, entre otras. Es una categoría bastante más específica que el insulto corriente.

La distinción tiene una importancia democrática bastante elemental. Una sociedad abierta tiene que soportar una enorme cantidad de palabras desagradables. La libertad de expresión no existe únicamente para las opiniones educadas que podrían imprimirse en una taza de desayuno. Pero proteger la discrepancia tampoco obliga a fingir que el hostigamiento coordinado, las amenazas y la persecución son simplemente conversación intensa.

Entre ambas cosas hay un territorio amplio. Y las redes llevan años intentando dibujar sus fronteras mientras millones de usuarios las pisan a diario.

La red no inventó al enemigo; le dio un altavoz

Los haters no forman una especie humana nueva nacida con Twitter, Instagram o TikTok. El provocador, el resentido, el tribal, el justiciero, el vengativo, el manipulador y el seguidor de la multitud representan formas diferentes de una misma realidad: la hostilidad puede servir para divertirse, ganar estatus, defender una identidad, ajustar cuentas, controlar una conversación o integrarse en un grupo.

La sociología del fenómeno resulta más interesante cuando deja de buscar monstruos y empieza a mirar los incentivos. La personalidad influye. El anonimato influye. El ambiente de una conversación, también. Pesan la pertenencia política, el deseo de reconocimiento, el aburrimiento, la venganza y esa vieja facilidad humana para comportarse de otra manera cuando la responsabilidad parece repartirse entre miles.

Las plataformas añaden una dimensión decisiva: visibilidad y escala. Antes, el comentario cruel de alguien podía morir en una barra de bar. En una red social puede llegar a su protagonista, ser replicado por desconocidos y mantenerse disponible durante años. Lo que antes era murmullo tiene buscador, contador de reacciones y botón para compartir.

Tal vez esa sea la característica más moderna del hater. No que odie más que sus antepasados, sino que dispone de un escenario permanente, un público incalculable y una maquinaria capaz de convertir cinco segundos de desprecio en un espectáculo colectivo.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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