Historia
¿Cómo era el Nokia 9000 Communicator, el móvil que cambió el futuro?
El Nokia 9000 cumple 30 años convertido en leyenda: así era el móvil que llevó internet, correo y oficina al bolsillo mucho antes del iPhone.

Treinta años después parece casi una pieza de atrezo: grueso, gris, pesado y con una pantalla monocroma que cabría holgadamente dentro de cualquier aplicación moderna. Pero cuando el Nokia 9000 Communicator salió al mercado el 15 de agosto de 1996, aquel ladrillo de 397 gramos hacía algo extraordinario. Permitía llamar, enviar correos electrónicos y faxes, navegar por internet y trabajar con documentos desde un dispositivo que podía llevarse —con cierta generosidad anatómica— en el bolsillo.
El modelo cumple 30 años como uno de los grandes antepasados del teléfono inteligente moderno. No fue estrictamente el primer smartphone si se acepta esa categoría para el IBM Simon, comercializado en Estados Unidos desde 1994, pero sí llevó mucho más lejos la idea de convertir el móvil en un pequeño ordenador conectado. Y lo hizo 11 años antes del primer iPhone, cuando conectarse a la web desde una mesa ya podía exigir paciencia, módem y cierto espíritu contemplativo.
Un teléfono que se abría y escondía un ordenador
Nokia había presentado el Communicator en marzo de 1996 durante la feria CeBIT de Hannover, uno de los grandes escaparates tecnológicos de aquella Europa anterior al WiFi doméstico, las redes sociales y las tarifas de datos. Cinco meses después empezó a venderlo. Su público estaba bastante claro: ejecutivos, profesionales y empresas capaces de pagar por llevar el despacho encima.
Cerrado parecía un móvil Nokia de los años 90 llevado al gimnasio: grande, rectangular y con teclado numérico convencional. Al abrirlo aparecía la sorpresa. Una pantalla LCD monocroma de 4,5 pulgadas, resolución de 640 × 200 píxeles, y un teclado QWERTY completo convertían el teléfono en algo parecido a un ordenador portátil en miniatura. Medía aproximadamente 173 × 64 × 38 milímetros y pesaba 397 gramos.
Nada de gestos con dos dedos ni iconos flotando. Había teclas físicas para acceder a las distintas funciones y una interfaz concebida para escribir de verdad. Correos, notas, citas de calendario. Aquello tenía más de herramienta de trabajo que de objeto para mirar vídeos mientras llega el autobús.
Nokia llegó a promocionarlo como una especie de “oficina en el bolsillo”. La frase tenía bastante menos exageración de lo que puede parecer vista desde 2026. El 9000 reunía teléfono, agenda electrónica, correo, fax, procesador de textos e internet en una sola carcasa.
Qué podía hacer el Nokia 9000 en 1996
La verdadera revolución estaba dentro. El Communicator incorporaba un procesador Intel 386 a 24 MHz y 8 MB de memoria: 4 MB destinados al sistema operativo y las aplicaciones, 2 MB para ejecutar programas y otros 2 MB para los datos del usuario. Cualquier fotografía actual ocupa más que buena parte de aquel universo informático.
Funcionaba con GEOS 3.0 y ofrecía aplicaciones para contactos, calendario, notas, calculadora, reloj mundial y conversión de divisas. También incluía un compositor de tonos, detalle deliciosamente noventero, y podía intercambiar documentos y programas con un ordenador mediante conexión por infrarrojos. Incluso admitía aplicaciones desarrolladas por terceros mediante un kit de desarrollo de software.
Internet, correo y fax en el bolsillo
Lo que realmente separaba al Nokia 9000 de un simple organizador electrónico era su conectividad. Utilizaba la red GSM 900 y permitía acceder a servicios de internet mediante una conexión de datos por circuito conmutado. Su navegador podía mostrar páginas web con texto y gráficos; el cliente de correo era compatible con estándares como SMTP, MIME y POP3, y también había programas de terminal y Telnet para acceder de forma remota a otros sistemas informáticos.
En 1996 aquello rozaba la ciencia ficción cotidiana. La web apenas empezaba a incorporarse a los hogares y muchas personas todavía no habían enviado nunca un correo electrónico. El Communicator permitía hacerlo desde un taxi, un aeropuerto o una habitación de hotel.
Eso sí, internet móvil no significaba internet rápido. Las páginas eran sencillas, las conexiones podían desesperar y la experiencia estaba a años luz de la respuesta instantánea que damos por supuesta. Las primeras pruebas del aparato ya señalaban problemas al cargar páginas web en directo. Lo extraordinario no era la velocidad. Era que funcionara.
Casi 400 gramos y un precio reservado a pocos bolsillos
La tecnología tenía un coste, en todos los sentidos. El Nokia 9000 rozaba los 400 gramos, prácticamente el peso de dos móviles modernos juntos, y tenía casi cuatro centímetros de grosor. Meterlo en el bolsillo trasero, como sugería la publicidad, era posible. Sentarse después era otro asunto.
Tampoco estaba pensado para el comprador medio. Su precio rondaba los 10.000 marcos finlandeses, una cantidad comparable entonces a la de un ordenador personal de gama media y equivalente aproximadamente a unos 2.200 euros actuales según estimaciones realizadas con motivo de su aniversario. En Reino Unido rondaba las 1.000 libras.
Su complejidad ayuda a entender el precio. El teléfono utilizaba más de 1.000 componentes procedentes de cerca de 30 proveedores, cuando un móvil convencional de la época podía construirse con aproximadamente entre 100 y 150 piezas diferenciadas. Los ingenieros tuvieron que integrar todo aquello en una placa de circuito impreso de siete capas.
Era, en otras palabras, una pequeña barbaridad técnica. No especialmente bonita. No especialmente ligera. Pero una barbaridad tecnológica.
¿Fue realmente el primer smartphone de la historia?
Aquí conviene quitar un poco de polvo a la leyenda. El Nokia 9000 suele aparecer descrito como el primer smartphone, pero el título depende de dónde se coloque la frontera de la palabra.
Dos años antes, en agosto de 1994, BellSouth había empezado a comercializar en Estados Unidos el IBM Simon Personal Communicator. Tenía pantalla táctil con lápiz, agenda, correo electrónico, calendario, bloc de notas y capacidad para enviar faxes. Se vendieron unas 50.000 unidades. Si un teléfono capaz de ejecutar aplicaciones personales y manejar correo ya merece llamarse smartphone, Simon llegó antes.
El Nokia, sin embargo, aportó algo decisivo: integró telefonía GSM, navegación web, correo electrónico, productividad y teclado físico completo en un aparato pensado como plataforma de comunicaciones móviles. Ni siquiera la palabra smartphone estaba plenamente asentada cuando apareció. El propio concepto seguía buscando nombre.
Por eso resulta más preciso considerarlo uno de los primeros smartphones verdaderamente completos y, sobre todo, uno de los dispositivos que mejor anticiparon cómo acabaríamos utilizando el teléfono: no simplemente para hablar, sino para conectarnos, escribir, consultar información y trabajar.
Nokia vio el futuro antes que casi nadie
El Communicator también encapsula una de las grandes ironías de la industria tecnológica. Nokia entendió muy pronto hacia dónde iba el teléfono móvil. Su entonces consejero delegado, Jorma Ollila, llegaría a reconocer que la empresa estaba varios años por delante en aquella visión.
La familia Communicator continuó evolucionando. Los siguientes modelos redujeron peso, aumentaron potencia y terminaron incorporando pantallas en color y Symbian, el sistema operativo que durante años sería una de las grandes plataformas móviles del mundo.
El prestigio tecnológico de Nokia creció al mismo tiempo. En 1998 adelantó a Motorola como mayor fabricante mundial de teléfonos móviles y durante buena parte de la década siguiente pareció casi inexpugnable. En 2007, el año en que apareció el iPhone, alrededor del 40 % de los móviles vendidos en el mundo llevaban la marca Nokia.
Después ocurrió lo que ya forma parte de la arqueología empresarial contemporánea. Apple convirtió el smartphone en un objeto táctil, sencillo y ligado a un ecosistema de aplicaciones; Android extendió ese modelo por decenas de fabricantes y Nokia tuvo dificultades para adaptar su software y su estrategia al nuevo terreno. En 2014 terminó vendiendo su división de teléfonos móviles a Microsoft por 5.440 millones de euros.
Ahí está la paradoja. La compañía que había mostrado una versión bastante reconocible del futuro en 1996 acabó perdiendo el liderazgo cuando aquel futuro se convirtió en presente.
Treinta años después, muchas de sus ideas siguen en el bolsillo
Mirado desde 2026, el Nokia 9000 parece tecnológicamente remoto. No tenía cámara, pantalla táctil moderna, GPS, WiFi, 5G ni una tienda de millones de aplicaciones. Su pantalla era gris. Su memoria se medía en megabytes. Navegar por internet exigía paciencia y el conjunto pesaba como una pequeña novela de tapa dura.
Pero la idea fundamental resulta sorprendentemente actual. Un único aparato para hablar, escribir, revisar el correo, consultar información, organizar la agenda y acceder a documentos mientras uno está lejos del ordenador. Cambian las pantallas, desaparecen los botones, la velocidad se multiplica hasta resultar irreconocible; el planteamiento permanece.
El Nokia 9000 Communicator no fue el iPhone antes del iPhone, porque la historia de la tecnología rara vez funciona con genealogías tan cómodas. Tampoco necesita esa exageración. En agosto de 1996 demostró que el teléfono podía dejar de ser únicamente un teléfono. Ese salto conceptual, treinta años después, sigue siendo lo que llevamos en el bolsillo.

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