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¿Cómo lograron las baterías domésticas abaratar la luz en Australia?

Australia supera las 500.000 baterías domésticas mientras el precio mayorista de la electricidad baja un 47% y cambia el mercado energético.

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abaratar la luz

Australia acaba de alcanzar una cifra que hace apenas un año parecía propia de una transición energética acelerada con el pie pegado al acelerador: más de 500.000 baterías domésticas instaladas con apoyo del programa federal Cheaper Home Batteries. Y el dato coincide con otro bastante más difícil de ignorar: el precio mayorista de la electricidad en el principal mercado eléctrico australiano cayó un 47% interanual durante el segundo trimestre de 2026.

La relación existe, pero conviene afinarla. Las baterías están ayudando a transformar el mercado eléctrico australiano y a abaratar sus horas más caras, aunque no son la única causa de esa caída del 47%. El operador independiente AEMO atribuye el descenso a una combinación de almacenamiento, mayor producción renovable y cambios en la generación. El ministro de Energía, Chris Bowen, ha ido más lejos y considera el despliegue de baterías el principal factor detrás de la bajada. Dos maneras de contar una misma película, una institucional y otra política, que no son exactamente lo mismo.

Australia ha convertido los tejados solares en pequeñas centrales eléctricas

El experimento australiano partía de una anomalía bastante hermosa y, al mismo tiempo, incómoda. El país tiene paneles solares en más de uno de cada tres hogares, una penetración extraordinaria que durante años permitió generar cantidades enormes de electricidad barata en las horas centrales del día. El problema llegaba después.

A mediodía sobraba sol. Al caer la tarde, cuando las familias regresaban a casa, encendían cocinas, calefacción o aire acondicionado y aumentaba el consumo, ese sol se había marchado. La red necesitaba entonces recurrir a otras centrales, a menudo más caras, precisamente durante las horas de mayor demanda.

Una batería doméstica cambia ese pequeño drama cotidiano. Guarda durante la mañana y el mediodía electricidad que puede valer muy poco y la entrega unas horas después, cuando la demanda y los precios suelen subir. Multiplicado por cientos de miles de viviendas, deja de ser un electrodoméstico sofisticado colocado junto al garaje y empieza a comportarse como una infraestructura energética distribuida.

El Gobierno australiano lanzó el 1 de julio de 2025 su programa Cheaper Home Batteries, que subvenciona aproximadamente un 30% del coste de los sistemas elegibles conectados a instalaciones solares nuevas o existentes. Hogares y pequeñas empresas pueden acogerse al incentivo, articulado mediante el esquema nacional de energías renovables a pequeña escala.

Más de medio millón de baterías en poco más de un año

El ritmo ha sido notable. El 14 de agosto de 2026, el Gobierno confirmó que se había superado el medio millón de instalaciones. Bowen concretó posteriormente la cifra en 507.651 baterías, con unos 14 gigavatios hora de almacenamiento acumulado desde el comienzo del programa. Según el ministro, Australia estaba instalando alrededor de 2.000 baterías por jornada laboral.

No se trata únicamente de los barrios más acomodados de Sídney o Melbourne. Más de tres cuartas partes de las baterías acogidas al programa se han colocado en áreas suburbanas exteriores y zonas regionales. Incluso el número de instaladores acreditados prácticamente se ha duplicado desde que arrancó la iniciativa.

Ahí aparece una de las particularidades del modelo australiano. La transición no descansa solamente sobre gigantescos parques solares perdidos en el horizonte o baterías industriales del tamaño de un almacén. Una parte creciente está repartida por miles de calles, detrás de viviendas corrientes. Una central eléctrica fragmentada en medio millón de pedazos.

El precio mayorista cayó un 47%, pero no solo por las baterías

Los últimos datos del Australian Energy Market Operator permiten poner números a esa transformación. Entre abril y junio de 2026, el precio medio mayorista del National Electricity Market, que cubre buena parte del este y sureste australiano, se situó en 74 dólares australianos por megavatio hora, un 47% menos que un año antes y el nivel más bajo registrado para un trimestre de junio desde 2020.

La bajada fue especialmente fuerte en Victoria, donde llegó al 60%. Nueva Gales del Sur registró un descenso del 53%; Queensland, del 44%; Tasmania, del 39%; y Australia Meridional, del 38%. No es un movimiento marginal. Es un vuelco considerable en un mercado energético que, como tantos otros, ha atravesado años de sobresaltos.

Las baterías participaron en ese cambio. La capacidad doméstica aumentó en 3.283 MWh durante el trimestre, un 41%, mientras que la potencia de las baterías de gran escala más que se duplicó respecto al año anterior hasta superar los 9 GW. Pero al mismo tiempo las renovables alcanzaron un récord del 42,1% de la generación: la eólica creció un 20%, la solar de gran escala un 12% y la fotovoltaica de tejado un 6,9%. La producción con gas cayó un 30%.

La diferencia entre correlación y causa importa

Bowen sostiene que el programa de baterías ha sido el principal factor detrás de la caída del 47% del precio mayorista. Es una afirmación política respaldada por una lógica económica evidente —menos demanda de generación cara durante las puntas significa menor presión sobre los precios—, pero AEMO formula una explicación más amplia: renovables, almacenamiento y recursos energéticos de los consumidores están actuando conjuntamente.

Hay, de hecho, una prueba interesante dentro de la propia Australia. En Australia Occidental también aumentó con fuerza el almacenamiento, pero los precios mayoristas subieron un 30% interanual durante el mismo trimestre porque cayó la generación eólica y de carbón y fue necesario utilizar más gas. La batería ayuda; no hace milagros. El sistema eléctrico sigue siendo una maquinaria con muchas ruedas dentadas.

Por qué almacenar el sol puede rebajar el precio para quien no tiene batería

El efecto más interesante no está necesariamente dentro de la vivienda que compra una batería, sino fuera de ella.

Imaginemos una tarde cualquiera. A las dos, los paneles solares producen electricidad en abundancia y el mercado puede estar inundado de energía barata. A las siete, la producción solar cae justo cuando aumenta el consumo residencial. Tradicionalmente, el sistema necesita activar generación más costosa para cubrir ese salto.

Con cientos de miles de baterías cargadas, una parte de esas viviendas deja de demandar electricidad de la red durante el pico vespertino. Algunas incluso pueden devolver energía. Se aplana así la famosa curva de demanda y disminuye la necesidad de que entren en funcionamiento las unidades de generación más caras.

Eso explica por qué una batería instalada en una casa puede influir, aunque sea microscópicamente, en el precio que termina pagando otra familia que no tiene ni batería ni placas solares. La suma convierte esas pequeñas decisiones privadas en un fenómeno colectivo.

AEMO ya observa que el almacenamiento está modificando los patrones de consumo y aumentando la cantidad de electricidad de menor coste disponible en el mercado. El viejo esquema —una docena de grandes centrales producen y millones de clientes consumen pasivamente— empieza a difuminarse. El consumidor también genera, guarda y decide cuándo utilizar la energía.

Una caída mayorista del 47% no significa recibos un 47% más baratos

Aquí conviene esquivar una trampa muy tentadora. Precio mayorista y factura doméstica no son lo mismo.

La electricidad adquirida en el mercado es solo una parte del recibo final. A ella se añaden redes de transporte y distribución, comercialización y otros costes regulados. Por eso una reducción del 47% en el mercado mayorista no se traslada automáticamente ni de inmediato a una rebaja idéntica en la factura de cada hogar.

Los propietarios de paneles y batería sí pueden obtener un efecto adicional mucho más directo: consumen una mayor proporción de la electricidad que producen ellos mismos y compran menos energía de la red. El responsable del Smart Energy Council, David McElrea, afirmó durante el acto celebrado en Castle Hill que la combinación de solar y batería puede reducir en determinados casos la factura anual de una vivienda hasta en 2.000 dólares australianos. Es una estimación del sector, no una garantía universal: depende del tamaño de la instalación, los hábitos de consumo, las tarifas y el coste inicial del equipo.

El verdadero interés del caso australiano está precisamente ahí. No consiste en regalar electricidad mediante decreto ni en esperar que una sola tecnología resuelva el mercado, sino en mover energía barata de una hora a otra. Parece casi demasiado sencillo. Durante décadas, una de las dificultades de la electricidad era justamente que debía producirse prácticamente cuando se consumía. El almacenamiento empieza a romper esa vieja regla.

Un programa que pasó de 2.300 a 7.200 millones de dólares australianos

La demanda superó con rapidez las previsiones iniciales. A finales de 2025, apenas seis meses después del lanzamiento, Canberra anunció que elevaba la estimación de financiación del programa desde 2.300 millones hasta 7.200 millones de dólares australianos durante cuatro años. Para entonces ya se habían apoyado más de 160.000 instalaciones y añadido unos 3,6 GWh de almacenamiento.

El objetivo gubernamental es facilitar más de dos millones de baterías antes de 2030 y sumar aproximadamente 40 GWh adicionales de capacidad de almacenamiento. La subvención, por tanto, no fue concebida como una promoción fugaz sino como una pieza estructural de la política energética australiana.

Ese crecimiento también obliga a vigilar costes, calidad de las instalaciones y diseño de los incentivos. Un programa que multiplica su presupuesto por más de tres porque tiene más éxito del previsto puede presentarse como triunfo político; también significa que el contribuyente terminará soportando una factura bastante mayor de la inicialmente calculada. La energía nunca pierde del todo esa peculiar costumbre de enviar la cuenta a algún sitio.

El experimento australiano ya ha dejado una idea difícil de ignorar

Australia no ha descubierto una batería revolucionaria ni una nueva fuente de energía. Ha hecho algo más terrenal: conectar masivamente la solar doméstica con almacenamiento y conseguir que cientos de miles de hogares adapten su consumo a las horas en las que la electricidad resulta más abundante.

El resultado coincide con una caída del 47% del precio mayorista en el National Electricity Market, mientras la generación renovable alcanza niveles récord y las baterías ganan peso tanto en viviendas como a gran escala. Sería excesivo adjudicar todo ese descenso a medio millón de baterías; sería igualmente extraño fingir que medio millón de baterías cargándose con sol al mediodía y descargándose durante el pico nocturno no están modificando el mercado.

Ahí reside la parte verdaderamente interesante. Durante años se habló de la transición energética como una sustitución de centrales: quitar carbón, poner renovables. Australia está mostrando otra fase, bastante menos fotogénica pero quizá más profunda. No basta con producir electricidad barata; hay que conseguir que esté disponible cuando hace falta. Entre el tejado abrasado por el sol de las dos de la tarde y la cocina encendida a las ocho de la noche había un hueco. Medio millón de baterías empiezan a llenarlo.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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