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Ciencia

¿Por qué un estudio plantea reducir la población mundial a la mitad?

Un estudio plantea reducir la población mundial a 4.000 millones para aliviar recursos, contaminación y presión ambiental a muy largo plazo.

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reducir la población a la mitad

Un nuevo estudio científico plantea una idea capaz de provocar una discusión antes incluso de terminar de leer el titular: reducir gradualmente la población mundial hasta unos 4.000 millones de personas. No mediante muertes, esterilizaciones forzosas ni límites obligatorios al número de hijos, sino a través de una caída voluntaria de la natalidad durante varias generaciones. El horizonte que manejan sus autores es lejano: aproximadamente el año 2200.

La propuesta parte de una tesis sencilla, aunque bastante menos sencilla resulta todo lo que viene después. Cuantas más personas viven en el planeta y mayor es el consumo de cada una, más alimentos, agua, energía, vivienda, minerales y territorio hacen falta. Los investigadores sostienen que reducir ambas presiones —población e impacto por habitante— facilitaría la recuperación de ecosistemas, disminuiría la contaminación y las emisiones y aliviaría la competencia por recursos naturales. No hay, por tanto, un botón rojo para borrar media humanidad. Hay una transición demográfica que duraría casi dos siglos.

De más de 8.000 millones a 4.000 millones en 2200

El trabajo, titulado Achieve Sustainability by Easing Population to 4 Billion by 2200 y publicado en la revista Sustainable Development, analiza la relación entre el crecimiento de la población, el consumo y diferentes indicadores de deterioro ambiental. Sus autores encuentran fuertes correlaciones entre el tamaño de la población, el impacto por persona y fenómenos como la pérdida de biodiversidad, las emisiones contaminantes o la explotación de recursos.

Su planteamiento no consiste simplemente en dividir por dos la cifra actual. La población tendría primero que dejar de crecer y posteriormente comenzar un descenso prolongado hasta situarse alrededor de 4.000 millones de habitantes, aproximadamente la población que tenía la Tierra en la década de 1970.

Ese detalle temporal cambia bastante la película. Presentar el estudio como una propuesta para “eliminar” a 4.000 millones de personas sería falso. Lo que se plantea es que las generaciones futuras sean progresivamente menos numerosas, de modo que el descenso se produzca por una natalidad inferior a la mortalidad durante un periodo muy largo.

Mientras tanto, las proyecciones centrales de Naciones Unidas van por otro camino, aunque también apuntan a un frenazo demográfico. La ONU calcula que la población mundial, situada en 8.200 millones en 2024, continuará creciendo hasta alcanzar aproximadamente 10.300 millones a mediados de la década de 2080 y después comenzará un ligero descenso. Más de la mitad de los países y territorios ya presentan una fecundidad inferior al nivel de reemplazo, situado alrededor de 2,1 hijos por mujer.

El mundo, dicho de otra forma, sigue llenándose, pero el grifo demográfico está perdiendo presión.

Cómo se reduciría la población sin imponer cuántos hijos tener

Aquí aparece el aspecto más delicado del debate. La historia del siglo XX aconseja mirar con desconfianza cualquier discurso que mezcle población, recursos y decisiones públicas sobre reproducción. Los autores, precisamente por ello, descartan medidas coercitivas y sitúan el descenso de la natalidad en tres terrenos conocidos: educación, acceso a anticonceptivos y autonomía reproductiva.

La lógica es la de la transición demográfica que ya se ha producido en buena parte del planeta. Cuando cae la mortalidad infantil, aumenta la escolarización, mejoran las condiciones económicas y las mujeres disponen de mayor capacidad para decidir si quieren tener hijos y cuándo, las familias suelen hacerse más pequeñas.

El fenómeno está lejos de ser una extravagancia académica. Europa, Japón, Corea del Sur, China y numerosos países latinoamericanos viven ya con tasas de fecundidad bajas. El problema político en algunos de ellos es justamente el contrario: gobiernos preocupados por conseguir que nazcan más niños, no menos.

El estudio cita transformaciones especialmente rápidas. Corea del Sur pasó de algo más de cuatro hijos por mujer a comienzos de los años setenta a menos de dos durante la década siguiente. Irán protagonizó otra fuerte caída de la fecundidad en los años noventa. No hizo falta esperar siglos para comprobar que las estructuras familiares pueden cambiar a enorme velocidad cuando cambian las circunstancias sociales.

Eso obliga a separar dos asuntos que a menudo se mezclan. Una cosa es estudiar los efectos ambientales del tamaño de la población. Otra muy distinta consiste en considerar legítimo que un Estado decida quién puede tener hijos o cuántos.

La planificación familiar defendida actualmente por organismos internacionales se basa precisamente en la decisión voluntaria. El acceso a información y anticonceptivos se entiende como una cuestión ligada a la autonomía personal y a la igualdad entre mujeres y hombres, no como un instrumento para cumplir cuotas demográficas.

Y ahí está una frontera política nada pequeña. Reducir embarazos no deseados porque las personas pueden decidir sobre su vida es una cosa. Reducir nacimientos porque alguien desde un despacho ha establecido cuál es la población conveniente resulta otra completamente diferente.

Cuatro mil millones no son una cifra mágica para salvar la Tierra

Hay otra precisión fundamental. El estudio no demuestra que 4.000 millones sean la capacidad exacta del planeta, como si la Tierra fuera un ascensor con una placa que indicara el número máximo de pasajeros.

La presión ambiental depende también —y muchísimo— de cómo vive cada persona. Un ciudadano que consume grandes cantidades de energía fósil, realiza frecuentes viajes en avión, utiliza un vehículo pesado y compra productos intensivos en recursos deja una huella completamente distinta a la de alguien con un consumo material muy reducido.

El propio trabajo combina por eso el descenso demográfico con una reducción del impacto ambiental per cápita. Cuatro mil millones de personas consumiendo recursos sin límite podrían seguir causando daños enormes. Ocho mil millones viviendo en economías más eficientes, electrificadas y menos dependientes de combustibles fósiles podrían ejercer una presión sensiblemente diferente.

La desigualdad de emisiones deja este problema bastante desnudo. El IPCC ha estimado que el 10% de los hogares con mayores emisiones por habitante genera entre el 34% y el 45% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero vinculadas al consumo doméstico. Es difícil sostener, ante semejante diferencia, que todos los habitantes del planeta pesan exactamente lo mismo sobre el clima.

Reducir el debate a “somos demasiados” sería cómodo. También demasiado tosco.

Menos población aliviaría recursos, pero traería otros problemas

Una humanidad menos numerosa necesitaría, en términos generales, menos suelo urbanizado, menos producción de alimentos, menos viviendas y una cantidad menor de numerosos materiales, siempre que el consumo individual no creciera hasta borrar esa ventaja. Para los autores, esa menor presión facilitaría la conservación de hábitats y especies y contribuiría a reducir emisiones, contaminación y competencia por recursos.

También vinculan las familias menos numerosas en regiones de alta fecundidad con mejores posibilidades de escapar de la pobreza. Es una relación que debe manejarse con cuidado: la pobreza no nace simplemente porque haya mucha gente. Influyen instituciones, conflictos, educación, distribución de la riqueza, productividad, corrupción, acceso a servicios públicos y muchas otras variables.

El descenso demográfico tampoco sale gratis. Cuando nacen muchos menos niños durante décadas, la pirámide de población cambia de forma. Crece el peso de las personas mayores mientras disminuye proporcionalmente la población en edad laboral. Japón permite asomarse a ese futuro; buena parte de Europa también.

Pensiones, trabajadores y una economía acostumbrada a crecer

Una población menguante obliga a revisar sistemas económicos diseñados durante décadas bajo una suposición casi automática: el año siguiente habrá más trabajadores, más consumidores y más contribuyentes.

Con menos jóvenes, aumenta la presión sobre pensiones, sanidad y cuidados. Determinadas regiones pueden perder habitantes, comercios y servicios públicos. Algunos sectores afrontan escasez de trabajadores. Las infraestructuras construidas para poblaciones crecientes tienen que mantenerse con bases fiscales menores.

No es un argumento que invalide cualquier reducción demográfica, pero sí desmonta la fantasía de que bastaría con disminuir el número de habitantes para entrar tranquilamente en una especie de jardín ecológico. La demografía nunca entrega regalos sin factura.

Numerosos países ya han alcanzado su máximo de población o se aproximan a él y tendrán que adaptarse a estructuras de edad diferentes. La transición puede generar oportunidades, pero también exige cambios económicos y sociales importantes.

El planeta tiene un problema de cantidad y otro de consumo

El debate que abre este estudio resulta incómodo porque obliga a mantener dos ideas en la cabeza al mismo tiempo.

La primera: el número de seres humanos importa. Pretender que una población de 15.000 millones tendría exactamente la misma presión sobre alimentos, agua, energía, ciudades y ecosistemas que una de 4.000 millones carecería de sentido.

La segunda: contar cabezas no basta. La distribución del consumo importa tanto que dos sociedades con idéntica población pueden producir impactos ambientales radicalmente diferentes. Las investigaciones sobre los límites planetarios llevan años señalando precisamente esa tensión: una parte de la humanidad utiliza cantidades enormes de recursos mientras otra todavía no alcanza niveles suficientes para cubrir necesidades básicas.

Ahí está quizá el aspecto más interesante de la propuesta. El futuro sostenible que describen sus autores no consiste solamente en tener menos hijos, sino en abandonar la idea de que bienestar significa consumir cada vez más materia y energía indefinidamente.

La aritmética tiene poco romanticismo. Un planeta finito no puede proporcionar recursos infinitos. Pero tampoco existe una cifra universal que, una vez alcanzada, convierta automáticamente a la humanidad en sostenible.

Una humanidad más pequeña, pero sobre todo distinta

Llegar a unos 4.000 millones de habitantes en 2200 es un escenario extraordinariamente lejano. Durante ese tiempo pueden cambiar la tecnología, la producción de alimentos, las fuentes de energía, la longevidad, los movimientos migratorios y hasta las preferencias sobre tener hijos. Cualquier proyección a casi dos siglos contiene, inevitablemente, una buena dosis de incertidumbre.

Lo que sí está ocurriendo delante de nosotros es la desaceleración del crecimiento demográfico mundial. La fecundidad global ha descendido hasta alrededor de 2,25 hijos por mujer y numerosos países han cruzado ya el umbral de reemplazo. La discusión sobre un mundo con poblaciones estables o decrecientes ha dejado de ser ciencia ficción.

El estudio lleva esa tendencia mucho más lejos y propone convertirla en parte de una estrategia ecológica deliberada, siempre basada en decisiones reproductivas voluntarias. Sus 4.000 millones no son una receta matemática para salvar la Tierra. Son una hipótesis sobre cómo podría ser un planeta menos congestionado y con menor presión sobre la naturaleza.

Y también un recordatorio algo incómodo: quizá la cuestión no sea únicamente cuántos humanos caben en la Tierra, sino cuánto ocupa, consume y contamina cada uno. Ahí las cifras dejan de señalar solamente hacia las regiones con más nacimientos y empiezan a mirar, bastante directamente, hacia las sociedades que más consumen.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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