Naturaleza
¿Qué dijo Arturo Pérez-Reverte de los perros, su amor y su lealtad?
Una reflexión de Pérez-Reverte sobre los perros vuelve a circular y rescata su mirada sobre la lealtad, el afecto y la convivencia que aún emociona.

Resumen
- Pérez-Reverte vincula convivir con perros a la lealtad y la generosidad
- La reflexión procede de textos anteriores y no de una declaración de 2026
- Los perros son una presencia constante en la obra y vida del escritor
Arturo Pérez-Reverte lleva muchos años diciendo algo que quienes han compartido casa con un perro reconocen casi sin necesidad de explicaciones: la relación con estos animales puede enseñar una forma de afecto difícil de encontrar en otros lugares. Su reflexión más conocida lo concentra en tres palabras —generosidad, compañía y lealtad— y en una frase que ha vuelto a circular con fuerza: «Nadie que no haya convivido con ellos conocerá nunca, a fondo, hasta dónde llegan las palabras generosidad, compañía y lealtad».
Pero conviene aclarar un detalle importante. No se trata de una declaración nueva realizada por el escritor en septiembre de 2026. La reflexión pertenece a un texto anterior de Pérez-Reverte y terminó integrada en Perros e hijos de perra, el volumen que Alfaguara publicó en noviembre de 2014 reuniendo escritos sobre estos animales. El propio autor explica en el libro que la recopilación abarca artículos escritos entre 1993 y 2014.
Una frase que Pérez-Reverte escribió mucho antes de 2026
La historia de esas palabras se remonta todavía más atrás. La reflexión aparece en un artículo titulado precisamente Perros e hijos de perra, fechado el 4 de octubre de 1998, nacido a partir de una información sobre peleas clandestinas de perros. El escritor quedó especialmente impresionado por la disposición del animal a combatir hasta el límite cuando percibe que su dueño está junto a él. El texto figura también entre los artículos de 1998 recopilados posteriormente en Con ánimo de ofender.
Ese origen ayuda a entender mejor el sentido de la frase. Pérez-Reverte no estaba construyendo una estampa amable sobre mascotas dormitando en un sofá. Todo lo contrario. Hablaba de animales utilizados por seres humanos, sometidos a violencia y convertidos en instrumentos de apuestas clandestinas. Lo que le fascinaba —y a la vez le enfurecía— era que esa fidelidad pudiera ser aprovechada precisamente contra el propio perro.
Ahí está el nervio de su reflexión. La lealtad, una cualidad que solemos considerar virtuosa, puede convertirse en vulnerabilidad cuando cae en malas manos. El perro confía, sigue, espera. Y el humano, a veces, responde a esa confianza de la peor manera posible. Pérez-Reverte nunca ha sido especialmente delicado cuando escribe sobre la condición humana; aquí tampoco.
Por qué habla de generosidad, compañía y lealtad
En Perros e hijos de perra, el escritor cuenta que había convivido con perros durante aproximadamente la mitad de su vida y que de ellos había aprendido buena parte de lo que creía saber sobre amor, desinterés y lealtad. Añadía que los cinco perros que habían pasado hasta entonces por su vida le habían mostrado un afecto que consideraba excepcionalmente desinteresado y fiel.
No es una ocurrencia aislada dentro de su obra. Los perros aparecen una y otra vez en sus artículos, recuerdos y ficciones. Sombra, el labrador negro que lo esperaba cuando regresaba de sus años como reportero; Sherlock, un teckel que llegó incluso a protagonizar la portada de la recopilación de 2014; perros históricos, callejeros, maltratados, soldados o simplemente domésticos. Cambia el escenario, pero permanece una obsesión: la nobleza del animal frente a las miserias humanas.
El libro de 2014 reúne precisamente esa mirada. No es un manual sobre perros ni una colección sentimental al uso. Hay maltrato, abandono, guerra, coraje, humor y memoria personal. En unas páginas aparece un perro perdido; en otras, un animal que acompaña a alguien hasta el último momento. El hilo común es siempre parecido: qué hacen ellos cuando dependen de nosotros y, sobre todo, qué hacemos nosotros con esa confianza.
La comparación con los seres humanos es deliberada
Pérez-Reverte no suele ocultar su desconfianza hacia nuestra especie y con los perros lleva esa ironía bastante lejos. En distintos textos ha contrapuesto su fidelidad con la hipocresía, la cobardía o el interés que atribuye a determinadas conductas humanas. No pretende formular una teoría moral universal; escribe desde la experiencia, con esa mezcla suya de afecto y pólvora verbal.
Por eso reducir su reflexión a «Pérez-Reverte ama a los perros» deja fuera la mitad del asunto. Claro que los admira. Pero los utiliza también como espejo incómodo. Frente a un animal que espera junto a una puerta, protege a su dueño o reconoce una voz entre muchas, coloca al humano capaz de abandonarlo, explotarlo o maltratarlo. Y la comparación, inevitablemente, escuece.
Años después llevó ese universo todavía más lejos con Los perros duros no bailan, publicada por Alfaguara en 2018, una novela protagonizada por perros en la que vuelven a aparecer la supervivencia, la amistad y la lealtad como fuerzas centrales.
Qué hay de cierto en esa extraordinaria fidelidad canina
La palabra lealtad pertenece en buena medida al lenguaje humano; la ciencia suele hablar de apego, vínculo social, búsqueda de proximidad o seguridad. La traducción emocional no es exactamente la misma. Aun así, la investigación sobre comportamiento canino ha encontrado resultados que ayudan a comprender por qué muchas personas reconocen inmediatamente lo que describe Pérez-Reverte.
Un conocido estudio sobre el comportamiento de los perros observó que estos dedicaban más tiempo a resolver una tarea cuando estaba presente su propietario que cuando se encontraban solos. La presencia de una persona desconocida no provocaba el mismo efecto. Los investigadores interpretaron el resultado como evidencia de un efecto de «base segura» específico del dueño, una forma de apego en la que la presencia de una figura conocida facilita la exploración y la conducta del animal.
Eso no convierte una frase literaria en una conclusión de laboratorio, claro. Nadie puede colocar la «lealtad» en una báscula y medirla en gramos. Pero sí muestra que el vínculo perro-persona no es una fantasía sentimental construida únicamente por los propietarios. Existe un componente de apego individualizado que ha sido observado experimentalmente y que investigaciones posteriores han seguido estudiando.
El perro no quiere a cualquier humano de la misma manera
Este punto resulta especialmente interesante. La familiaridad importa. El propietario puede convertirse para el animal en una referencia de seguridad distinta de cualquier persona que pase por allí y le rasque detrás de las orejas.
Quien ha vivido años con un perro conoce la escena: el animal puede mostrarse sociable con medio barrio y, sin embargo, cuando aparece una situación extraña busca una cara concreta. Una puerta que se abre, el ruido de unas llaves, unos pasos reconocibles en el rellano. De repente cambia el cuerpo entero. No hacen falta discursos; tampoco suelen servir de mucho entre humanos.
Esa experiencia cotidiana está detrás de buena parte de la literatura perruna de Pérez-Reverte. El vínculo se construye en la convivencia, en rutinas diminutas que parecen irrelevantes hasta que desaparecen: el paseo a cierta hora, el hocico que interrumpe una lectura, la espera junto a una puerta, el animal que se coloca siempre en el mismo lugar mientras alguien trabaja.
Pérez-Reverte y una relación con los perros que atraviesa su obra
Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena el 25 de noviembre de 1951, por lo que tiene 74 años en septiembre de 2026. Fue reportero durante 21 años y es miembro de número de la Real Academia Española desde 2003.
Ese pasado como reportero también permite leer sus textos sobre animales desde otra perspectiva. Durante décadas escribió sobre conflictos, violencia y comportamientos humanos llevados al extremo. Cuando habla de perros, no abandona esa mirada áspera; sencillamente cambia el objeto. De ahí que sus textos puedan pasar en unas líneas de una caricia a una escena brutal.
En la recopilación de 2014 aparecen perros ligados a guerras, carreteras, hospitales, hogares y recuerdos personales. El autor los observa casi como observa a sus personajes humanos: por lo que hacen cuando llegan las malas horas. Ahí, según su particular escala de valores, la fidelidad pesa mucho.
Una vieja reflexión que sigue encontrando lectores
La frase que ha regresado a la actualidad en septiembre de 2026 tiene, por tanto, bastante más historia de lo que sugieren algunos titulares. No es una ocurrencia reciente de Pérez-Reverte a sus 74 años, sino una idea que arrastra desde hace décadas y que ha ido reapareciendo en artículos, libros y personajes.
Quizá precisamente por eso continúa funcionando. No necesita demasiada teoría. Habla de una experiencia doméstica y corriente —un perro esperando, mirando, acompañando— y le coloca detrás una cuestión bastante menos cómoda: la lealtad cuando no se espera nada a cambio.
Pérez-Reverte encontró su respuesta mirando a los perros. Y, como tantas veces en sus textos, la comparación con nosotros no sale precisamente favorecida.

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